miércoles, 28 de diciembre de 2011

Exposición: 25 miradas al Bosque





2011: Año Internacional de los Bosques.












25 Miradas al Bosque: 25 fotógrafos.













En el Zoológico de Chapultepec,
México D. F.












Paisajes, aves, mamíferos, reptiles, anfibios, hongos y artrópodos.











También en los Zoológicos de San Juan de Aragón y Los Coyotes en Coyoacán.








Fotos y textos: Diana RHM, Zoológico de Chapultepec, diciembre 2011.

martes, 27 de diciembre de 2011

Llamado de sangre

 
Nochebuena daba paso a Navidad. La tenue luz de la aurora agredía la visión del pálido Santa quien, por un momento, se creyó con tremenda resaca. A pesar del dolor de cabeza, su memoria colocaba frente a sí la imagen de la linda mujer: esbelta, de rostro níveo, y una linda y rosada lengüita que mostraba entre dos caninos apenas prominentes.

—Las mujeres, ¡ay!, las mujeres —decía, tocándose el cuello dolorido.

En su oído aún sentía su aliento y esa vocecilla que decía; “tu traje me abre el apetito y mi debilidad son los hombres rubicundos”.

Tentaciones


Cuando desperté, la mujer de la fiesta ya no estaba; junto a mí yacía un ángel de alas desplumadas. Ante mi reclamo, exhibió un convenio por mí firmado: “Dios acepta perder un ángel; el infierno gana dos”.


Imagen tomada de la red.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Fuego amigo



Aunque su madre le dijo que no, que Santa Claus no encontraría a su papá en “la bola”, él confiaba que aún en plena guerra de Revolución pudiera traerlo, así que rezó con todas sus fuerzas por ello.
El día de Navidad, junto al árbol, en una caja muy bonita y vestido con sus mejores galas, halló el cuerpo frío y rígido de su padre.


Imagen tomada de la red.

martes, 13 de diciembre de 2011

Predicar en el desierto


La hambrienta y sedienta multitud guardó silencio.
—Creced y multiplicaos en peces, pan y vino —ordenó el profeta.
Las piedras siguieron siendo piedras.

Imagen tomada de la red.

domingo, 20 de noviembre de 2011

El Internado: (IX) Segunda carta de internado (o petición de uniformes)


MI MUY QUERIDO, respetado y agraciado Sr. Dr. Jefe de Enseñanza:
Antes de pasar al motivo de mi carta, reciba usted mis más sinceras y cordiales felicitaciones por el ejemplar servicio postal con que contamos internamente en esta Institución de Salud. Si en un momento de mi vida me atrae la fuerza irremediable de la política, y está en mis manos brindarle apoyo en su candidatura a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, tenga la certeza de que tendrá incondicionalmente mi voto ¾y el de todos aquellos que se encuentren a mi alcance. ¡Seré uno de sus más fanáticos y férreos seguidores! ¡Cuánto ganarían el país y los enamorados y los estudiantes de provincia y las madres con hijos y esposo indocumentados en los Estados Unidos...
Hoy a primera hora ¾antes siquiera de echar fuera de mis ojos las lagañas y arrancar el sueño añejo (el de hoy, el de ayer, el de mañana)¾, sin ser importunado por los angustiosos ladridos de los perros o por insulsos silbatos, o mentadas de madre de esposos celosos, su leal emisario depositó en mis manos la misiva que minutos antes usted redactara. ¡Qué loable ejemplo de presteza y velocidad! ¡Qué servicio! ¡Qué puntualidad! Señor mío: no hacía falta leer la carta para considerarme desde un principio... culpable.
¾¡SOY CULPABLE! ¡ME CONSIDERO DIGNO MERECEDOR DEL FALLO QUE SU NOBLE JUSTICIA DECRETE! ¡SOY UN CERDO IRREMEDIABLEMENTE CULPABLE!
Porque ser médico interno de pregrado es un honor que no todos los estudiantes de medicina alcanzan; no existe justificación para faltar a una guardia; no existe poder humano que te exima por no llegar al Servicio durante tres días consecutivos... Lo hecho no tiene nombre ni adjetivo pronunciables. Este caso no es lamentable, es abominable. No es desagradable, es repugnante. No es mal visto, es censurable. El solo pensar en el tumulto de expresiones musitadas en dadáico lenguaje por el centenar de recién nacidos que en vano esperaron a que un médico les diese la bienvenida oficial a este mundo pasajero, a este motel de paso, sucio y placentero. ¡Ay! ¡Yo que siempre pretendí huir de sistemas burocráticos, resulto ser un enano gruñón y barrigón; un cancerbero indecente a las puertas del infierno!
¿Fue a caso el demonio quien con maléfica intención, cuernos puntiagudos, patas de carnero y azufroso olor, quien me llevó a actuar irresponsablemente? ¿Fue acaso el tedio ¾C’est l’Ennuit! Baudeleriano¾, corruptor de buenas costumbres, hermano sanguinario de la apatía y el vicio, quien me condujo por caminos ominosos? ¿Fueron acaso el Pingüino y el Guazón, paladines del mal, encarnizados enemigos de Batman y el joven maravilla, o acaso Simón Barciniestro, o los nefastos Mutantes o el Ecoloco… quienes me sedujeron al mal?
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¾dolor de cabeza, ya me volviste a dar...
Perdón, Señor, si me he dejado llevar por el sentimentalismo. A pesar de todo, sigo siendo humano. Un humano que ¾como todos¾ teme el agua fría de la madrugada. Un seudohumano que no logra subsistir con dos rebanadas de jamón y una cucharada de papas fritas. Un microhumano al que le crecen las uñas y se le hinchan los pies; y que tiene sentimientos de culpa por esa multitud de desdichados entes que se amontonaron fuera del cunero fisiológico, en espera de ser atendidos... porque falté a una sagrada guardia... porque falté a mi sagrado Servicio...
De nueva cuenta, señor, le pido perdón y reconozco que soy un truhán vestido de médico que... (¡Perdón de nueva cuenta! Y corrijo:) Soy un truhán desvestido de médico. Leyó usted bien, Señor Director, Señor Jefe de Enseñanza: soy un truhán desvestido de médico que hace tres días se encuentra imposibilitado para abandonar el dormitorio de internos de este hospital, porque no tiene un solo pantalón blanco en que enfundarse. El último desistió cuando el cloro no pudo blanquearlo: abrió tremenda boca y mostró al público expectante unos dientes peludos en forma de pierna... Para mi desgracia, el terremoto que esperaba me tragara en ese instante había llegado tres años antes, perdonándome entonces la vida, pero nunca la vergüenza. El zapato derecho, haciendo gala de un pudor inusitado, al sentirse desnudo y ridículo, tomó el primer objeto punzo cortante que halló a su alcance y como el mejor samurai occidental (sic) se hizo el harakiri: la asquerosidad sanguinolenta de su muerte provocó en él un acceso de vómito molar, mientras mi pie izquierdo ¾conocido radical, y dirigente obrero después¾ cayó en un desmayo del que, 75 h después, no ha despertado. La camisa blanca, fiel compañera, amante de mis últimos tres años, en una crisis de histeria comprensible, se desgarró el cuello y se arrancó los botones, arrojándomelos a la cara. La bata, regalo de tío Antonio, médico general (y que en su momento la recibiera como parte de su primera dotación de uniformes en el ’83, en su época de interno), resultó estar hecha de mejor tela: simplemente calló, como callan los hombres en los corridos populares; pero el gris del sufrimiento se dejaba traslucir, y fue inútil la melosa caricia de Hoover, Cloralex, El chinito o de su fresa amiga Suavitel. El resto de mi indumentaria forma parte de la intimidad de cada individuo y quizá sea de mal gusto mencionarla, por pudor.
Magnánimo señor: ¡En tan deplorables condiciones me es imposible presentarme ante usted! Mi acto, por más temerario que sea, no se debe a mi fallida vocación revolucionaria ni mucho menos a un snobismo seudointelectual; es el resultado de un prejuicio convencional. ¡Las buenas costumbres! ¾que ni la miseria ni el subempleo, que ni los tres años de teatro callejero han podido superar. Porque tengo la mala costumbre de acudir a mi sitio de trabajo no digamos bien vestido, sino solo presentable; simple y  llanamente vestido. Por tal motivo, sin desmerecer en nada la justicia imperiosa que vuestra merced imparte, aprovecho la oportunidad que se me brinda para pedir (léase si se quiere suplicar, mendigar) un uniforme... dos si es posible, como se menciona en el contrato de trabajo de los médicos internos. Y para hacer patente que mi petición no tiene mala fe, y como consejo de mi cuerpo que a final de cuentas será quien se cubra y haga el ridículo espantapajarezco, la filipina puede ser del número 36 al 44, el pantalón del 28 al 36 y los zapatos desde un 26 apretado hasta un 28 desparramado, que ya encontraré forma de sujetarlos...
De esta manera, Don Quien Corresponda, solícito, los ojos bañados en lágrimas y el corazón palpitante y adolorido por la culpa, no dudaré un instante de la seriedad de la justicia con que seré gobernado. Y sea cual sea el veredicto, estoy seguro que mi alma, habiendo recibido en un tiempo justo y pertinente el perdón divino, recorrerá día tras día, noche tras noche, madrugada tras madrugada los largos y oscuros corredores de este hospital; entrará un sin número de veces en los ardientes cubículos del primero y tercer pisos; subirá y bajará escaleras; se llenará las manos y las bolsas de muestras de laboratorio, y en un acto de sumisión resignada, doblegará la cabeza al cruzarse en su diario andar con un médico de base o un residente. ¡Tal es el pago que un alma de ultratumba puede ofrecer a los mortales!
Me despido de usted con el más cálido de los saludos que me es posible brindar, dadas las deplorables condiciones en que me encuentro, esperando que en este momento, mientras lee con atención esta misiva, disfrute de un amargo café y un oloroso tabaco veracruzano.

José Manuel Ortiz Soto
Médico Interno de Pregrado.
México, D.F., 17 febrero 1988. Periódico de Internos.

Imagen tomada de la red.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Del amor V: Sin interés


EL REGALO DE LA MUERTE.

Lucio, Luchito como le decíamos sus amigos, a los 40 años de su exitosa vida; dueño de numerosos negocios que le permitían una vida más que holgada a él y a su numerosa familia; sufrió un infarto repentino. Su duro corazón, indiferente al sufrimiento ajeno y ávido de atesoramientos, también atiborró grasa en sus arterias hasta colapsar. Angustiado se resistía a acompañar a la flaca al viaje final, no podía, no debía morir. La buena muerte le había concedido la gracia de ver su tiempo perdido. Y se recuperó...

El primer día que pudo salir de casa por su propio pié, al abrir la puerta, a punto estuvo de pisar unos "segundos" y unos "minutos" yaciendo a raíz de suelo, maravillado los levantó, los inspeccionó y se los echó al bolsillo. Con paso lento, cuidando ese amiguito que aún latía en su pecho echo a andar hacia el consultorio de su cardiólogo distante unas pocas cuadras. Unos impacientes "minutos" posados en la banca de la parada del autobús fueron el siguiente hallazgo, con lo cual llenó todos sus bolsillos. Pasar frente a la barbería y saludar a Figueres fue la causa de encontrar unas peludas "medias horas" entre las revistas y espejos del local, llenó una bolsa con ellas y feliz llegó a la sala de espera del doctor. Ya intencionalmente buscó y encontró unos angustiados "momentos" ocultos bajo el escritorio de la recepcionista los cuales abarrotaron el portafolio que llevaba. Al entrar con el médico se sentía realmente bien y cuando sorprendido el galeno le confirmó su buen estado de salud comprendió el alcance del regalo que había recibido en trance de muerte.

Así fue que a la obsesión de atesorar dinero, Luchito dio por atesorar su tiempo perdido. Empezó a buscar en cuanto lugar podía haberlo: en el aeropuerto unas "emperifolladas horas", angustiadísimos "momentos" en la sala del dentista y hasta unos juguetones "ratos" en la puerta de la tortillería.

Al bienestar físico siguió el rejuvenecimiento. Cuando logró llenar un gran cuarto con todos esos tesoros, Luchito volvió a ser un niño de 7 o 6 años. Fue entonces que el niño jugando en el parque tropezó con un viejo pordiosero y como en los bolsillos no encontró monedas le regaló unos cuantos "minutos" que llevaba en la bolsa. Después de esto se le vio en hospitales y asilos convidando a enfermos y ancianos y no paró hasta que, poco tiempo después al ir a buscarlo a su lujosa mansión, lo encontré completamente solo, envejecido, agónico y feliz.

martes, 1 de noviembre de 2011

Guardia

Para Alicia Cruzblanca y Sergio Reyes, Ale Zugarazo y Sigfrido Huerta,
amigos y médicos que ya descansan.

Cada vez que te acercas a mi,
estoy consciente de lo frágil que soy.
Diana RHM





Has venido a despedirte de mí: recibo el abrazo fuerte que nos condenará a la ausencia. Estoy allí detrás de la multitud. Tu esposa, inconsolable al pie del féretro, con la mirada perdida, trata de encontrarte. Tus hijas, no menos perturbadas, distraen a la niña que llora por haber perdido al compañero de juegos. Entristecido, el perro echa a correr al infinito. No tengo el valor de acercarme: soy una desconocida que soporta el dolor en el silencio. Sueño tu muerte.

Imagen: Funeral, tomada de la red

lunes, 31 de octubre de 2011

Ironías

Lo siento dijo el neurocirujano, poniendo de nuevo atención, tengo la cabeza llena de neuroanatomía.

Para "Médicos Mexicanos por la Cultura y el Arte", en su aniversario, el primero de muchos.

domingo, 23 de octubre de 2011

Solitarios


La buscó toda una vida. A punto de darse por vencido, la vio venir.
—Llegué a pensar que nunca te vería... —dijo emocionado.
La Muerte abrió los brazos.

Imagen tomada de la red.

jueves, 20 de octubre de 2011

Esperé el plenilunio


Esa noche la telaraña atrapó luz de luna y convirtió su seda en plata. La orgullosa artífice, cautivada por el nuevo aspecto de su obra se posó en el centro de la red y fue fácil; bastó un disparo de mi larga y viscosa lengua.
¡Qué delicia de araña!

martes, 4 de octubre de 2011

Remedio Infalible


"Agua con hierbas, pero que esté tibia", dijo la nana. Y sumergieron por completo al chamaco para sacarle el demonio, hasta que dejó de respirar.

domingo, 25 de septiembre de 2011

El Internado: (VIII) Tocoférico

Como en una noche de tantas, nuevamente, la Tocoférico se encuentra en embotellamiento de mujeres parturientas. Gritos aterradores, movimientos desarticulados, plegarias al Divino...
Luego, por un momento, todo parece volver a la calma: los Becancitos se adormilan; unos añoran sus hogares; otros recuerdan experiencias placenteras. Pero solo es un instante, porque el grito aterrador vuelve a la sala. El Becancito, sobresaltado, se incorpora y se dirige al foco de alerta e introduce su mano experta.
¾¡Dormilón a labor! ¾lanza un grito de angustia, un pedazo de su cuerpo por la boca.
Y es el caos.
¾¡Puje! ¡Puje! ¡Puje! ¡Así! ¡Viene! ¡Viene! ¡Izquierda...derecha! ¡No lo suelte! ¾suplica el Becancito a la madre.
Y así termina mi relato sobre la llegada de un nuevo ser a este mundo de infelices e ilusiones.


Fernando A. D. Febrero 1988. Periódico de Internos.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Celedonio

Celedonio era mi vecino, y su trabajo era la aplicación en las paredes de las casas de un insecticida muy tóxico que se le conocía por sus siglas: DDT. También tomaba muestras de sangre a todos aquellos que tuviesen fiebre. Iba con su bomba sobre la espalda, caminando entre maleza, lodo, sol y lluvia, recorriendo muchos kilómetros diariamente.
—Estamos bien tapados doctor, imagínese que la gente no quiere cooperar y no deja que le piquemos el dedo para sacarle una gota de sangre y ponerla en la laminilla.
— ¿Por qué no quieren Loño?
— Usted cree, dicen que el gobierno, les va a vender su sangre.
Me quedé pensando, en la burrada que decían los indígenas, pero detrás de tal expresión está el resentimiento y la desconfianza.
Renunció a su trabajo porque había perdido deseos y el color de la piel parecía un pan mal cocido. Y fue lo mejor que hizo. Platicábamos con familiaridad, después me acompañaba a lugares alejados para visitar algún enfermo en recompensa le atendía a sus hijos. Pero lo mejor que sucedió es que nos hicimos amigos.
— Va a ver doctor que antes de tres meses, tengo mi casa.
Celedonio cumplió a los tres meses había hecho su casa, él con una carretilla traía la piedra de la cantera y cuando hubo reunido la suficiente empezó a levantar paredes: dos cuartos, una cocina y letrina.
Otro día en el camino me dijo que aprendería talabartería para hacer ajuares para los caballos y los jinetes. De los olores que recuerdo, fue el secado de las pieles, el aroma es penetrante, insidioso. Aprendió la artesanía sin que tuviese maestro y luego alzó otro cuarto que fue su taller.
Años después me cantó que su pueblo debería de tener agua entubada. Sin ser autoridad, y organizando a las familias, llevó agua de la montaña a su pueblo.
El mundo y México tiene muchos de esos y sucede que quienes están arriba, en el poder, los ignoran. O todavía peor: los matan.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Del anecdotario: el maestro Tafoya



Los recuerdos llegan vivos y frescos desde los recónditos y retorcidos escondrijos de mi cerebro, llevándome de vuelta a la casa amarilla de dos plantas con un esplendido jardín repleto de campanas amarillas, y tulipanes de intenso colorido -plantas estas por demás apreciadas por mi madre. Salto de Agua es el pueblo. El patio trasero de la casa con tangerinas y caimitos. Nuestro mundo de juegos y aventuras que se extendía a través de un potrero hasta los mismísimos vertederos de cascabillo de café y arroz, maquilados en el beneficio de casa Calcáneo. En ese enorme planchón de concreto, utilizado para secar al sol los granos de café traídos del norte del estado, fue la pista por donde hacía mis pininos en bicicleta y más adelante en una destartalada motoneta.
Allí en los talleres de mantenimiento tuvo lugar esta anécdota.

El maestro Tafoya era el mecánico encargado de dar mantenimiento a los vehículos y maquinarias de la casa Calcáneo, de la que mi padre era uno de los jefes administrativos. -El maestro siempre estaba lleno de trabajos y pendientes por llevar a cabo-.
Me platica mi padre sin embargo que como suele suceder en estos casos, el día que sin previo aviso Don Juan Calcáneo, acompañado de mi padre llegaron a los talleres y encontraron al maestro plácidamente sentado en una poltrona, don Juan le preguntó: -qué esta usted haciendo maestro?-, el maestro a sabiendas de que habiendo sido hallado en aquellas circunstancias ya no tenia ningún caso mentir, respondió: -nada-, Porque efectivamente no estaba haciendo nada. Don Juan se puso ligeramente serio ante la respuesta, pero conociendo el buen desempeño del maestro a lo largo de los años de trabajo se mostró tolerante; después se dirigió al chalan que también estaba sentado y le preguntó: -y usted que esta haciendo?- a lo que el chalan respondió de inmediato. -Le estoy ayudando al maestro.-
Para esos momentos don Juan y mi padre no se aguantaron más y soltaron a reír.

Siempre me resulta grato charlar con mi padre y descubrir el amor y la lealtad conque se refiere a aquellos años de trabajo. Siempre también guarda excelentes recuerdos de don Juan. Quien por cierto tenía a su vez enorme apreció por mi padre.

Salto de agua, de los años 70s

domingo, 4 de septiembre de 2011

El Internado: (VII) Periodo expulsivo


EN LA SALA de expulsión me encuentro hoy
esperando la llegada, el momento,
en que pronto brotarán recién nacidos
tras dolores de mujer en pleno parto.

Pasarán a través del borrado y dilatado cérvix
bañados por el líquido del amnios
y gritando por salir transvaginados
llorarán en las manos del pediatra.

No obstante no cesan los dolores:
sigue en trance ese útero contráctil
que arroja al exterior ya su placenta
llora triste por el DIU que lo atraviesa.


Rodolfo Hau, MIP. Enero 1988. Periódico de Internos.

jueves, 25 de agosto de 2011

El Internado: (VI) Y Dios dijo: Multiplíquese la vaca (por 366 dìas)


Apretó con firmeza las mandíbulas y sus dientes se cerraron furiosos sobre el trozo de carne recién servido. La mano derecha hizo palanca ayudada por la izquierda. Dispuesto el engranaje, el cerebro ¾¡su cerebro!¾ dio la orden: ¡Preparen! ¡Listos...! y los dientes rechinaron. Los músculos mandibulares aparecieron como pequeñas hinchazones deformes sobre su cara. Las manos se extendieron y perdieron en la distancia, como estiradas por la furia omnipotente de un gigante... Sin embargo, la conjunción de física y matemáticas resultó inútil: el pedazo de carne guisado en chile pasilla resistió firme los embates. Correoso, indeformable, orgulloso, como correspondía a todo preciado descendiente de la añosa vaca que día tras día, noche tras noche, año tras año, con paródica puntualidad inglesa, era sacrificada para dar de comer, cenar, desayunar a los cientos de médicos que trabajaban en aquel hospital público.

13 enero 1988, H. G. Z. no. 27, Tlatelolco. Periódico de Internos.

Imagen tomada de la red.

sábado, 13 de agosto de 2011

jueves, 11 de agosto de 2011

El Internado: (V) Primera carta de internado


MI MUY ESTIMADO y querido señor, hijo, hermano, tío, primo, padre, nieto, abuelo... de quien corresponda:
1) En los últimos tres días he tenido una oportunidad que pocas veces se presenta en la vida:
a.¾ sentarme y escribir,
b.¾ sentarme y volver a escribir,
c.¾ sentarme nuevamente y volver a escribir,
d.¾ sentarme y ...
2) Para un joven aprendiz de escritor este honor es más dulce que el éxtasis (¿estasis?), desde luego, si no se tratara de escribir siempre lo mismo, con la única diferencia de que a cada nueva copia la caligrafía y la sintaxis se van deteriorando deplorablemente.
3) No miento si afirmo que mi encuentro con el espíritu intrahospitalario ha despertado en mí un profundo sentimiento médico¾literario: he encontrado aquí el ambiente propicio, los desquiciantes alaridos de las parturientas, el agudo y  punzante chillido de los neonatos, una excelente cantidad de guardias de meditación, el blanco puro de los uniformes y un régimen de disciplina estricta de
a¾ señor voy aquí,
b¾ señor estoy aquí,
c.¾ ñor...
4) Este ingrato ambiente me ha proporcionado la oportunidad de ser más productivo, elevándome por el amplio cielo de la meditación y alejándome de tentaciones mundanas:
5) Salir a la calle y perderme en la ruta de lo cotidiano, jalarme los pelos en la oportunidad menos pensada y echar fuera al hombre verde que la hipocresía (cara amigable, torpe, sonriente) lleva dentro y amenaza con apuñalar al prójimo en el momento menos pensado; echar tierra en las paletas de fresa de los niños pobres; observar con morbosa obscenidad a las parejas de novios que se ocultan en lo oscuridad...
6) Pero... ¡No! ¡No! ¡No!
7) La meditación intrahospitalaria limpia, purifica, baña, esteriliza, etc., al hombre, a la mujer, al homosexual... libra a cualquiera de sus malos pensamientos.
8) ¿Entonces para qué salir a la locura, al ronroneo paranoico de los autos, a la música disco, al rock, a las drogas, a la prostitución y el asesinato?
9) ¿Para qué gritar, gruñir, mentar la madre, vestirse mal, pintarse un ojo de morado, ponerse un arete en el glande, pasar hambre?
10) El monótono golpeo de los dedos sobre las teclas de la máquina de escribir es mejor terapia que cualquiera propuesta por Neuróticos Anónimos;
11) El continuo caminar a medianoche por los pasillos longilíneos, silenciosos, amarillos, casi esqueléticos, es mejor terapia que observar enajenadamente cómo se diluye tu ojo al través de una botella de vino tinto y un poema de de Charles Baudelaire;
12) ..................
13) ..............................
14) y una biblioteca con sus libros cubiertos por mohos infinitos...........
15) ................y el doctor...............y la doctora.................
16) En consecuencia, por todo lo dicho y meditado y vuelto a meditar hasta el hartazgo:
17) Mi muy estimado y querido señor Hijo de Puta: doy mi consentimiento para ser internado en este hospital psiquiátrico.

Atte.
José Manuel Ortiz Soto
Médico interno de Pregrado

méxico, d.f., enero l988. Periódico de Internos.

lunes, 8 de agosto de 2011

Amada medusa


Se mueve con la gracia de un felino, sus ojos son el día y la noche, su mirada es un reto. Todo el tiempo la contemplo y si ella me tocara, sentiría el galope de mi corazón de granito.

Aquella tarde, a hurtadillas llegué a su palacio. Detrás de los guerreros dormidos le declaré mi amor. Entendió que me burlaba de ella y que mi propósito –como el de muchos de los marciales– era darle muerte. Sus pupilas encontraron las mías y quedé convertido en estatua. Ayer vino Perseo, pensé que sería transformado, como a todos, en piedra. ¡Nunca imaginé que él le daría muerte! Estoy entre cuerpos de roca y el otoño llega lúgubre y gélido. Me azota el viento frío del sur, pero ni eso puede congelar la tibieza de su recuerdo.

sábado, 30 de julio de 2011

¿Invisibles o Imperdibles?




La razón que dio pie a la discusión inicial fue una soberana tontería, y en eso si coincido en aceptarlo. Invisibles dije yo en el tono mas enérgico. Imperdibles hostias. Fue su airada afirmación intentando en un desesperado esfuerzo, en hacer valer su criterio. ¿Invisibles o imperdibles?, refiriéndonos a las pendejaditas esas con las que las mujeres se acomodan el cabello. El alcohol y las tachas debieron jugar también su papel. Lo rescatable fue que brincábamos sin sentido de uno a otro vuelo. La mierda de la conquista pasando por la suripanta universal de México, la malinche; y por el sanguinario Cortes, y su recua de bandidos. A cual mas de nuestros mutuos amigos inclinándose hacia uno u otro bando. Hasta que llegamos al futbol, -ellos ufanos y orgullosos por ser campeones del mundo-, y allí si como decimos en este pueblo, se chingó todito el asunto. Bueno no del todo, porque fue entonces cuando nos fuimos a los purititos madrazos. Patines y trompadas a diestra y siniestra. Con decirles que en una de esas la tundí contra mi propia jefa que se empeñaba en que aquellos no eran modos bien vistos como los anfitriones que éramos.

Pero somos buena onda y si no cómo se explica que nuevamente estemos departiendo el pan, el vino y la mesa. Invisibles o imperdibles. Nada mas por si las moscas ya le vi la pistola que abulta su chamarra y el ya vio que de mi cinto se asoma la fusca.

domingo, 24 de julio de 2011

El Internado: (IV) El principio del juego


El Hijo de Puta arrojó fuera del cubreboca su sonrisa de topo. La mancha azul claro, sintiéndose liberada del fétido aliento que la aprisionaba, se deslizó discretamente hacia el cuello sudoroso, intentando la huida. La humedad la cubrió inmediatamente por capilaridad. Luego, desteñida, confundida entre las gruesas y oscuras gotas aceitosas, la mancha se adhirió fuertemente a la piel, dejando apenas una diminuta cicatriz en el sitio del deceso.
El Hijo de Puta, satisfecho por el temor que despertaba, alacranó marcialmente sus puntiagudos bigotes, mostrando al mismo tiempo sus dos hileras de dientes amarillos. Con sonrisa sardónica, extendió al joven interno el arrugado papel.
            ¾Doctor Cocús: tienes guardia de castigo.
La voz retumbó en el cerebro del joven médico como un petardo en el interior de una olla de peltre. El sentimiento de perro apaleado al que atan un cohete al rabo, resbaló por su columna vertebral. Trató de tranquilizarse para comprender cuál había sido su falta y equiparar el castigo.
¾Todo fue un malentendido, doctor... ¾escuchó su voz, escapando sin fuerza por su garganta, respetuosa, temerosa, justificando su acto. El Hijo de Puta movió mecánicamente la cabeza, negando clemencia. No estaba acostumbrado a escuchar réplicas y menos si éstas proveían de un simple interno de pregrado.
Cocús repasó los hechos. A las doce en punto dejó el área de Toco Cirugía y echó a correr hacia el piso de pediatría. En el camino se cruzó con una R1 de pediatría, quien le dijo que la clase estaba suspendida, pero que no olvidara los artículos científicos del jueves. Cambió de dirección y fue a la biblioteca: una hora de búsqueda por cinco artículos. Consideró afortunada la decisión.
¾Sigues siendo un joven precavido ¾ le susurró el Ego al oído. Cocús volvió a Toco Cirugía, satisfecho.
¾Buenas tardes, doctor ¾le escupió en la cara el Hijo de Puta, embozado en el cubreboca azul¾. ¿Qué tal estuvo la clase? ¾volvió al ataque, esperando una mentira acusadora, saboreando el efecto demoledor de sus palabras.
Las piernas de Cocús amenazaron con dejarlo caer. ¿Cuándo se había visto a un coordinador de internos a las catorce horas rondando por los servicios, supervisando labores? No necesitaba ser inteligente para comprender que aquella repentina aparición tenía un motivo. Él era el motivo, carajo, y no le gustaba nada.
¾No tuvimos clase, doctor Hijo de Puta ¾musitó con voz endeble, tratando de descifrar el porvenir. Y las imágenes de la clase suspendida, la biblioteca y los artículos pasaron corriendo por el pasillo, burlonas.
¾Pues ya te jodiste, pinche interno ¾pensó su oscuro cerebro, saboreando su triunfo, mientras entregaba el memorándum en que se hacía oficial la guardia de castigo¾. Te quedas encerrado el próximo sábado 27 de enero, doctor.
Y sin esperar respuesta, irguió su cuerpo flaco y torpe y se marchó por el pasillo blanquecino.
¾El muy hijo de puta... ¾susurró Cocús, frustrado, al borde de las lágrimas, maldiciendo el momento en que se le ocurrió pasar a la biblioteca¾ ¡El muy hijo de puta me dejó castigado en el día de mi cumpleaños!
Esta vez, las lágrimas le mordieron la cara, tratando de animarlo.

Imagen tomada de la red.

domingo, 17 de julio de 2011

San Cristobal de las Casas 2011

Portales de San Cristobal de las casas.



Venta de granos en el mercado central.


Templo de Santo Domingo.


Patio Central museo del ambar. templo del Justo Juez.


Vendedora de frijol de vaina.


Andador principal.

miércoles, 13 de julio de 2011

Cerca del quirófano

Anexo a los quirófanos se ubican casi siempre los vestidores médicos. Es un lugar privado donde los ayudantes, el anestesiólogo y el cirujano cambian su ropa de diario por el uniforme azul. Para que el médico ingrese a la sala de cirugía debe de cubrirse la boca, el pelo, zapatos y enfundarse con pantalón y camisa libre de gérmenes. Obviamente hay vestidores para mujeres y para varones.

Sitio de enorme tensión, misma que la disipan con pláticas cotidianas, comentarios sobre los acontecimientos del país o bien los rostros quedan en silencio. Todos se quitan su ropa de calle y buscan en los estantes la talla que mejor acomode.

Los que sólo vamos como ayudantes o aprendices, nos limitamos a observar a los que asumirán la responsabilidad. Los médicos tienen conductas variadas. En aquella ocasión el paciente era un niño de cinco años con un tumor alojado en faringe. El anestesiólogo, de piel blanca, ojos de raya cubiertos por espejuelos y bajo de estatura. Él normalmente serio, ahora parecía más. Se cambiaba sentado en una esquina, alejado de los demás. Yo no sabía si era por bochorno o por la dificultad técnica de la anestesia. El cirujano otorrino --se la había pasado contando situaciones jocosas que le festejábamos-- se cambiaba de pie en una esquina contraria a la del anestesista. Hubo un momento en que nos quedamos callados, envueltos en la dificultad del quehacer que vendría.

El otorrino se bajó los pantalones dejando al descubierto su ropa interior, al mismo tiempo el anestesiólogo sentado en la esquina opuesta hacia lo mismo. Cuando escuchamos del cirujano un “ Ay ay ay” amanerado y reculando hacía donde estaba su compañero y exclamando “Ay… ay qué me vas hacer… qué me vas a hacer” hasta que se sentó sobre las piernas de su colega. Rompimos en carcajadas. Él se puso de mil colores mientras el otro imitaba movimientos copulatorios y seguía con la vocecita amanerada “ Qué me vas a hacer”, “qué me vas a hacer”. Instantes después se paró y serio le dijo: “Ánimo colega, deje esa cara, que vamos a salir bien de la cirugía”.

domingo, 10 de julio de 2011

Definición





La muerte es una pesadilla hasta que cobras conciencia de ella.


Imagen: Tomada de la red

domingo, 3 de julio de 2011

Trabajo y diversión

—¡Vete de aquí!— ordenó un médico.
—Han dicho que te fueras— indicó una de las enfermeras un instante después.
—¡Quítate!¿No ves que estorbas?— gritó otro médico al pasar a su lado.
—Pero ¿no entiendes que te vayas?— dijo el cirujano al verla sonreír divertida.

Cuando la Muerte se cansó de jugar, les dirigió una última mirada y se llevó al enfermo.

jueves, 30 de junio de 2011

De Cheshire

Cuando observó el pistón que movía la sonrisa, supo que no era liebre: sin duda era un gato… hidráulico.

martes, 28 de junio de 2011

El Internado: (III) La Cofradía


Apenas Cocús traspasó la puerta del auditorio, el miedo a lo desconocido que lo acompañaba las últimas semanas se desvaneció. El destino se teje con mano propia, pensó y se dirigió en dirección al primer grupo de caras conocidas que vio. Allí estaban Hau Linn, Yolanda Frow y Dda, a quienes conocía de comienzos de la carrera; Rompecorazones Bazae y Walterio, con quienes había jugado en la selección de futbol de la facultad, a más de compartir con ellos algunas cervezas; a Pedrozoa, Tanamazte y Pili no los había visto en su vida, pero fueron presentados como amigos de sus amigos y con eso era suficiente. Solemne Primero fue un caso particular: anduvo rondando un rato por el auditorio, luego, como si conociera a todos, se acercó al grupo de Cocús y presentó solo. “Veo que ya se conocen, considérenme uno más de su grupo”,  dijo con la solemnidad del político mexicano. “Este güey parece licenciado, habla hasta por los codos”, dijo Walterio, “me cay que si tengo alguna bronca aquí, que él me defienda”.
Una hora después, cuando la Jefa de Enseñanza, doctora Panterorrosa, pidió elegir a un alumno que representara al grupo de internos ante las autoridades del hospital, Solemne Primero arrasó en las votaciones con trece votos. Tavo el Costeño y MiriuGe fueron los votos once y doce; el treceavo, vino de un anónimo integrante que prefirió mantenerse a la sombra todo el año. Quizás hombre, quizás mujer o quién sabe…
Por esos azares del destino en los que pensaba Cocús, había nacido La Cofradía, que se encargaría de tomar las decisiones de los médicos internos de pregrado, generación 1988, del Hospital General de Zona número 27, del IMSS.

Imagen tomada de la red.