jueves, 8 de diciembre de 2016

¡Frío y niebla!

Escuela de Medicina, 1980 Tuxtla Gtz Chiapas México

Cogí la gruesa chamarra de carnaza, me la puse sobre los hombros y salí de la cabaña.
Tengo apenas ocho meses de haberme retirado de la medicina.
¡Jubilado con treinta y seis años de servicio a cuestas!
Afuera, a pesar de ser las tres y cuarto de la tarde, ha caído la oscuridad como si fueran las siete u ocho de la noche. Mientras caminaba al cobertizo en busca de leños para la chimenea, dentro de mi cabeza venía una y otra vez la imagen.

¡Frío y niebla!

¡Dios! esa mirada persiguiéndome a lo largo de mi camino. A lo largo de toda mi vida.

¡Pánico, dolor, suplica!

Esa mirada de quién quiere a toda costa, santificarse a la vida, aferrándose a este mundo.

La mujer estaba recostada en el camastro, los ojos hundidos en las órbitas, los pómulos salientes, la palidez en su cara, la extrema delgadez de las carnes.

¡Caquéctica!

Me acerqué para tomarle el pulso. Saqué el baumanómetro y el estetoscopio del viejo maletín y comencé a checar signos de vida en aquel cuerpo reclamado ya, por la tierra. Mientras colocaba el estetoscopio en el pecho, ella intentó con la mano derecha tocar mi antebrazo. Un estridor sordo y ronco salió de su garganta. El hedor fétido en aquel aliento. Su mano cayó sin siquiera alcanzar a rozarme. El movimiento de alejamiento y defensa había sido justo, para evitar su contacto.

Aquella tarde había caminado dos horas y media por un sendero lleno de maleza, entre cañadas y cerros. Resbaladizo por la lluvia. Dos horas y media acompañado por el esposo, un hombre menudo y enjuto, a quien veía, desde la retaguardia, cargando un fardo en el alma. Y por una auxiliar de enfermería que casi corría, para mantener nuestro tranco. Una pequeña caravana que amén de serios y desencajados, nos movíamos en una incertidumbre. 
La mujer en agonía no rebasaba la treintena de años, el marido muy apenas lo hacía, y yo recién cumplidos los veinticinco. Tenía cuatro semanas y tres días en el servicio social. Contados con palomitas en el calendario día a día.
Mientras tomaba los signos, el quejido constante y los gestos en aquel rostro, los dichos del marido, y el silencio de padres y hermanos en derredor nuestro, me hicieron entender el dolor y el sufrimiento por los que había estado pasando los últimos días o tal vez ya las últimas semanas. La fatiga y el desánimo en aquel cuerpo postrado.
Escudriñé en el maletín y no había otra cosa más que dipirona y paracetamol.
A partir de mi llegada y en las siguientes seis horas y cuarenta minutos cada hora, me di la tarea de checar los signos vitales con mi flamante baumanómetro y mi estetoscopio. Tomaba su muñeca con delicadeza y sentía el pulso, cada vez más apagado. Me atreví y sentándome al borde del camastro, pasaba mi mano por la frente de la mujer hallándola cada vez más fría. Ella a la vez tocaba mi mano, acariciándola. El afán de consuelo aquella tarde, era mutuo.
Cada dos horas y después de un tiempo de tranquilidad en la mujer, y al reiniciarse los quejidos y los gestos, la auxiliar mezclaba la dipirona y el paracetamol y los pasaba por las venas.
Seis horas y cuarenta minutos de vigilancia mutua, de vigilia, ella la vista fija hacia mí, yo desviándola de vez en cuando.
Seis horas y cuarenta minutos y esa mirada de pánico y suplica, a pesar de haberse aliviado el dolor, a pesar de haber logrado una efímera tranquilidad, estuvo presente en el rostro de la mujer sin cambiar un sólo ápice.

Desandamos el camino caída ya la noche. A trompicones y resbalando alcancé a ver las luces de Pichucalco. El silencio había sido compañero fiel de nuestro andar de regreso en aquella húmeda tarde. El hombre, recién estrenado como viudo, se veía ya con alivio. ¡Aligerado! El pesado fardo del alma me lo había endosado y lo traía yo cargando.

La escuela de Medicina y el romanticismo de nuestra carrera. El apostolado. Los inolvidables profesores. La compañía de amigos, grata y amena. El cobijo del internado. La revisión de artículos. Los rimbombantes vocablos con los que nos comunicamos.

¡Tinnitus y fosfenos!

¡Esternocleidomastoideo!

¡Meningitis estreptocócica!

Seis horas y cuarenta minutos de una conversación con la impotencia y la frustración y un agachar la cabeza ante la inminente victoria de la muerte.

Volví a Pichucalco y lloré el resto de la noche. Lo hice porque habría sido la mayor pendejada no haberlo hecho. En esos tiempos era lo único que podía ofrecerle a mi paciente. Llorar por ella.
Al día siguiente y a temprana hora llamé a mi padre.
Él tenía en ese entonces la mueblería.

-Voy a dejar la medicina, y trabajaré allí contigo en lo de carpintería.  Le dije en el tono más convincente que pude.

Papá es muy parco en eso de las conversaciones telefónicas.
-déjate de chingaderas. Dijo
Y me colgó



Diciembre 09, 2016. Facultad de Medicina, UNACH

© 2016 By Oscar Mtz. Molina

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La memoria y el ladrón de recuerdos

Los primos. Yajalón Chiapas, México


«Todo lo que hemos olvidado grita en nuestros sueños pidiendo ayuda.» 
Elías Canetti 

1
-Una mañana lluviosa y fría de 1974 volvíamos de san Antonio, el rancho del abuelo Gil, en Yajalón Chiapas. Empapados hasta los huesos, cayendo y resbalando por el terreno lodoso, traíamos por los hombros al primo Pablo, fracturado del dedo del pie. ¿Lo recuerdas? Éramos unos chicos tremendos.
-pero tú no ibas con nosotros.
Por supuesto que sí, habíamos ido a pasar el fin de semana al rancho, y comimos huevos estrellados, y avena, y café de olla, que nos hizo la abuela y pan desde luego. Pan que ayudamos a amasar.
-Si de todo eso más o menos me acuerdo. El primo Pablo, que en paz descanse, y los abuelos. Había naranja y caña, y ayudamos al abuelo a guardar el café, en el beneficio. Y montamos caballos.
-pero tú no ibas con nosotros. ¡Casi estoy seguro que no! Mis tíos nunca dejaban que anduvieses con nosotros…

Son los recuerdos los que van construyendo nuestro camino. Es tarde ya, el crepúsculo de una vida. Miro hacia atrás de reojo y detengo mis pasos. Suspiro y dejo que la corriente de los sueños me vaya envolviendo. Hago recuento del camino.

Elías Canetti, La lengua absuelta, la novela de su vida contada paso a paso a través de los recuerdos. El enredo con la lengua, recordando que Canetti es un extraño personaje que nació en Bulgaria, y olvido el idioma Búlgaro. Que provenía de la estirpe Judía Sefardí que, tuvo que marchar de España y que a pesar de la afrenta, recordaba perfecto el idioma español. Elías Canetti, el hombre menudo de estatura que escribió sus obras cumbres en alemán. Nacionalizado británico siendo reconocido con el premio Nobel de Literatura en 1981. La lengua absuelta, la extraña y cercana relación con la madre. La necesaria lucha que se define finalmente con la lejanía entre ambos. De nueva cuenta la memoria y el olvido. Los recuerdos. Canetti es un escritor que recuerda, siempre recuerda; es un hombre que labra su escritura en base a la memoria y que conforma todo un universo de la literatura, tomando como punto de partida, trayecto y punto final del camino, sus recuerdos.

El hombre posee alma por que recuerda. Posee sueños porque recuerda. Tiene vida porque recuerda. Gran parte de nuestro camino lo hacemos recordando, nuestras reuniones son reuniones de recordar el pasado. Nuestra referencia al presente, se basa en lo que podemos rescatar del olvido y revivirlo, nos planteamos el futuro en función de lo que hemos sido. No existe otro modo de seguir viviendo si no lo hacemos en función de la memoria. El hombre que la pierde en el sendero, el que olvida, el que se extravía, perece.

Son las cinco de la mañana de esta mañana fría del último día de noviembre, ciudad de México. Mi mujer y mis hijos duermen. Mi compañía la taza de café. Silencio en derredor mío. Releo algunos párrafos del arte de la memoria de Ilán Stavans, “sin la memoria, por ejemplo, no sabríamos que el tres va antes que el cuatro, y después del dos, lo que nos impediría multiplicar y sumar, o saber nuestra edad. Nos impediría saber que el sábado y el domingo son días de asueto, y que tal y cual son nuestros padres”.

Las emociones íntimas, la tristeza, la risa, el amor y el desamor, están ligados de manera estrecha a nuestros recuerdos. Nuestro sueño y nuestro desvelo, la maravilla del insomnio es un ir y venir al paraíso de la memoria, nos refocilamos en ella, escudriñamos sus recovecos, nos empeñamos incluso en tratar de rescatar vivencias del olvido. Solemos pasar horas y horas, días enteros, intentando traer al presente algún viejo recuerdo que creemos haber vivido.

2

Adueñarse de los recuerdos de otros, es también parte de nuestras vidas. Robarle la memoria al vecino.
La historia del primo Pablo y su fractura del dedo del pie, las peripecias en el rancho del abuelo, la dolorosa y angustiosa vuelta al pueblo, resbalando y cayendo, la escuché por primera vez el domingo siguiente en casa del abuelo. Para ese entonces, Pablo lucía orgulloso su bota de yeso. El abuelo se refería a Pablo y a los otros primos como “unos valientes”, y lo repitió al menos una docena de veces. La abuela reía también y con una abierta felicidad, contaba la hechura del pan y los huevos estrellados, y la glotonería de los “valientes”, todos ellos reían al igual que mis tíos, e incluso mis padres. Yo permanecía en silencio, añorando haber estado allí con ellos. La historia, y como esa muchas más de aquella época las viví desde la amena charla de mis primos, y desde la soledad del encierro en casa.
Con el tiempo y habiéndome alejado de la familia me fui envolviendo en aquellas historias, como si fueran mías. Primero desde una prudente distancia, al final como claro protagonista de ellas. Con la muerte de los abuelos me encontré un día contando aquellos recuerdos sin tener que cuidarme de las inquisitivas miradas, y sin que ellos tuviesen la oportunidad de quitarme del grupo de valientes. Pablo falleció temprano, y se volvió un cómplice de mis hazañas.

-Pablo me pedía tal…

-El primo Pablo me acompañaba…

Desde su tumba, Pablo revolcándose entre los mitos de mi vida.

Mi historia robada es una historia romántica, para recrear un poco a los ladrones de recuerdos. Todos en alguna medida lo somos. Sesenta por ciento de la población, según algunos estudios de la Psicología moderna, solemos apropiarnos de esos recuerdos para poder convivir en una reunión de amigos. Romántica porque adereza una infancia gris, entre algodones y sábanas. Resguardado de resfríos leves o graves neumonías, asma. Mi madre corriendo tras de mí con el suéter o la chamarra. El mundo visto desde detrás de las ventanas, encerrado en casa de los vientos traicioneros y maliciosos. El trompo, el balero y las canicas relucientes, y nuevos. Sin un sólo rasguño en sus cuerpos, al igual que ninguna huella en mi alma. Ladrón de recuerdos para tener algo que contarle al mundo. Configurarme un universo infantil pleno de sueños y aventuras.

Marcel Proust, lo vivido y lo robado, lo real y lo ficticio. El gran referente para hablar de literatura y memoria, siete libros que conforman su gran obra, En busca del tiempo perdido. Aunque se han realizado estudios para contrastar los acontecimientos de la novela con la vida real de Proust, lo cierto es que nunca podría llegar a confundirse, porque, como afirma el propio autor, la literatura comienza donde termina la opacidad de la existencia.

Cuánto de lo contado desde una perspectiva autobiográfica le pertenece al escritor. Cuánto de las hazañas platicadas en entrevistas le pertenece al entrevistado. Los hechos importantes en una sociedad, dan cabida a ladrones seriales, de recuerdos. El movimiento estudiantil del 68 dio pie a que muchos impostores que, pasaron de largo, una vez fueron muriendo los protagonistas, y sin que estos pudiesen desmentirles, se fueron apropiando de sus historias para hacerlas suyas, y así como estas, catástrofes y guerras se visten de contadores y estrellas arropados en el anonimato y el silencio inicial, para dar cabida después, al alumbrón. Hasta que llega alguien con pruebas irrefutables, y revela sus pequeñeces de hombre.

¿Pero por qué razón robamos las historias de otros?

De manera pormenorizada me di a la tarea de  buscar en internet y al menos en la combinación de palabras exprofeso hallé poco, o casi nada. Con una salvedad bien estudiada, la de la falsa memoria, construida a partir de hechos inexistentes, totalmente creados bajo circunstancias particulares, estrés, depresión, hipnosis. En el robo de recuerdos o apropiación de historias ajenas, existe la conciencia de hacerlo; se sabe del hecho, se conoce a los personajes, y sin embargo uno va hurgando entre ellos hasta incorporarlos formalmente a nuestra memoria. Sentido de pertenencia de grupo, la única razón, o al menos la más evidente para poder justificarla. Identificarse con el otro compartiendo un pasado. El gusanito que hace tomar a otro un recuerdo, compartirlo en una charla casual, envolverlo grácilmente en hechos memorables, lento pero a paso seguro, la repetición de la plática hasta que, transformándola, se vuelva de uno.

-el primo Pablo, y la fractura del dedo del pie, ¿pie derecho verdad?
Si, el derecho y tú lo cargabas justo de ese lado. Recuerdo que en una de esas el resbalón hizo que casi te fueras contra el alambre de púas.
-Cierto. Ahora recuerdo eso. Incluso una de las púas desgarro mi pantalón. ¿Pero, tú andabas con nosotros?
-Por supuesto, gracias a mí no te caíste por completo, yo los detuve a ti, y a Pablo. Lo bien que la pasamos esos días con los abuelos.
-Sí. Comimos castañas asadas, y plántanos hervidos. Y tú vomitaste por comer tantas castañas, o ¿fue el primo Toño?
Fue Toño. Contesto y sonrió victorioso, toda una vida y por fin el otro me ha integrado como protagonista de sus recuerdos.

La memoria y ese extraño mundo en el que nos vamos enredando, historia tras historia de nuestra vida reflejada en sueños. Hasta que llega el ladrón de recuerdos más experto de todos los que ha habido, el Alzheimer y te deja vacío, inanimado, inexistente.



2016 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 24 de noviembre de 2016

Amor entre soledades VI

Arte efímero. MUAC. Cd. de México, 2015


-¡Escúchame grandísimo cabrón!, exclamó mi padre, mientras yo daba la vuelta, alejándome.
-Pones un pie fuera de esta casa, y no vuelves a vernos. Te olvidas de rentas, dineros y demás cositas que güevoneando todo el día, te hemos estado consintiendo.

Me paré en seco, y giré ciento ochenta grados para verlo de frente. Corpulento, y grueso. El cabello ondulado. Las cejas pegándose en el centro al fruncir el ceño.  La comisura de los labios temblando. Eso le pasaba siempre que estaba muy enojado.

-Pa. Dije con la voz quebrándose entre mis labios.
-Yo a usted le tengo mucho respeto, y no se trata de ganar o perder lo que usted, desde su buen corazón, ha querido darme. Pero la quiero pa, y mucho; como usted no se imagina. Tal vez como usted ha querido a mi madre.

-a tu madre no la metas en esto. Respondió mi padre a botepronto.

-como usted diga, pero le digo que la quiero.

-Pues escoge entre esa muchacha, que no te merece, y lo que en esta casa dejas.

-Pero eso sí, vociferó mi padre. Arqueando aún más las cejas y aumentándole el temblor del labio.

-tu pones un pie fuera de esta casa y sales a buscar a esa mujer y para nosotros habrás muerto.

Así fue como me quedé en casa y aprendí poco a poco a olvidarla. O al menos, a pensar que no hablando de ella, la olvidaba. Me casé al poco tiempo con la hija del compadre de mi papá, y a decir verdad me llené la vida de placeres que salían de los bolsillos de ellos. Tuve hijos con la mujer buena y complaciente que, el destino, había puesto en el camino. Del mismo modo como a ella, le puso mi sino. Crecí en el negocio que compartí con mi padre, y bajo la estricta dirección de sus sentidos. Desde aquella breve rebeldía, jamás volvió a tratarse el asunto de la mujer de mis días de juventud. Adela
Pueblo chico infierno grande. Adela se casó también con algún agente viajero, y de vez en vez se asomaba por el pueblo. Tampoco era cosa de removerle el polvo a los ijares. Pasamos por la vida como se pasa en la resolana de la tarde.
Con la vejez de mi papá, llegó también la muerte de mi madre. Se adelantó en ese viaje, sumisa y sumida en el eterno silencio y el ir y venir de la casa.
La tarde sombría nos apañó a los dos en el quicio de la puerta. Yo con un café, y mi padre con el eterno cigarro en los labios. El gesto adusto y contrito por los años. Las manos temblorosas por el mal del Parkinson. Las arrugas surcando frente y entrecejo. A lo lejos, y cada vez más acercándose, Adela bamboleando las caderas, meciendo entre ellas el aire. El paso enérgico y el taconeo firme. El porte altivo, los pechos de madurez a toda prueba. Pasa justo al centro de la acera. En ningún momento pierde ritmo en el paso, ni en la cadencia. La vemos alejarse de nuestra presencia momentánea. Apreciamos en todo su esplendor desde la retaguardia, glúteos, muslos y piernas.

-¿Adela?, pregunta mi padre. ¿Aquella muchacha verdad?

-Sí, pa, aquella.

-¿Cómo es que no te enredaste con ella, estando tan guapa?, vuelve a inquirir mi papá.

-Cómo que ¿Cómo es que no lo hice? Por usted y sus amenazas de desheredarme y dar por muerto, si ponía un pie fuera de casa.

-Bueno, eso fue lo que me pidió tu madre que te dijera.

-En aquellos ayeres tu mamá tenía un genio de los mil demonios, y yo andaba enrollado en algunos quereres non santos. Entenderás ahora que, lo menos que quería, era contradecirla.

Al decir esto, mi padre apenas dejaba ver una sonrisa.
En la distancia el taconeo de Adela, se perdía.


2015 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 18 de noviembre de 2016

Chiles en Nogada

Autorretrato, Cd de México. Octubre 2016

¡Complicidad¡

Y la palabra saltó desde lo más profundo de mi conciencia, plasmándose después, en el ángulo superior derecho de mi hoja.
Complicidad, pensé de nuevo. Y en efecto, la palabra volvió a surgir plena, sin ninguna duda.
Complicidad la del santo padre Capellán y la de la joven abadesa. Confesor y confesante.

-hija, seguro diría él.
-pensemos en cómo agasajar al invitado. La estrella mayor de nuestro firmamento.

Por la cabeza de ella el desfile sin igual. Moles de todos los colores y sabores. Dulces de yema. Capirotada. Licores perfumados. Rompopes almendrados.

-un plato fuerte, luminoso, mexicano. ¡Muy mexicano! Diría el capellán, y coqueto, guiñaría un ojo a la abadesa.

Supongamos que la joven abadesa, de noble cuna, rondaría los diecinueve años. El capellán, entrado en los cincuenta. La ciudad es Puebla. El convento, el de Santa Mónica, y la orden de monjas, la de las Agustinas.
La monja tenía ya la friolera, de tres años de estancia. Acompañada de sus criadas, como todas las aspirantes pudientes y de las buenas y recatadas familias poblanas. La maravillosa mañana del mes de agosto. La riqueza de productos en la mesa. Son tiempos de granada y nueces.

-Algo se nos ocurrirá. Dice ella. Y remata con un Padre. Respondiendo así, al guiño coquetón del confesor.

Las criadas, también cómplices, sonríen discretas entre sí. Cuanto amor sublime de aquella escena. La joven monja y el capellán. Varón de nobleza.
La monja recorre la mirada sobre la larga mesada. Carnes, aves, frutos, huevos, nueces. Granada. Al final de aquella hilera. Tres o cuatro enormes chiles poblanos. Verdes, brillantes y turgentes.

-acérqueme el chile, Padre. Dice la joven monja. Sonriendo inocente y chasqueando discreta los labios.

El capellán se estremece. Pero en silencio le acerca el chile. Y en un murmullo cómplice, agrega.

-hija, quieres que te arrime también, los huevos. ¿A ver qué se te ocurre?

Sonríe él. Sonríe ella, en silencio. Y sonríen las criadas. Estas últimas, al pensar en la ocurrencia de chiles poblanos revueltos con huevos.
El capellán y la monja, por lo mismo que sonreímos ahora.
La monja sostiene en su manecita el chile que le arrimara el padre. Sopesa discreta las posibilidades. Se descubre en un rapto de condena, haciendo algunas comparaciones vergonzosas.

-desflemados, y rellenos de carne. Exclama.
Volviendo de los pensamientos que momentos antes, turbaran su mente.

El padre, voltea hacia las carnes. Y coge un ave.

-No, solamente res y cerdo. Dice la monja. Y de nuevo, agrega con sutileza, padre.

Una de las criadas está ya, en la tarea adivinada de limpiar los chiles, retirar las semillas, desflemarlos sobre las hornillas de la estufa. Otra, afanosa comienza a picar y revolver ambas carnes, la de res y la de cerdo.

Y ante la pregunta del capellán.
-hija, ¿y qué hacemos luego?
Se desencadena el caos en una vorágine.

-padre, píquele el plátano, la manzana, la pera. Es la respuesta de la monja.
-El durazno, padre. Remata, un poco a la carrera.

La abadesa cayendo en el éxtasis, y el trance místico. Observándolo todo. A la criada que prepara los chiles, a la que mezcla las carnes, a la que pica los frutos. Al capellán, a punto de picar los plátanos.

-ese plátano dulce, no, padre. Grita ansiosa la abadesa. Al ver que el inocente, se disponía a trocear un guineo.

-El otro plátano, y agrega, macho. Mordisqueándose el labio superior, con los dientes de abajo.

-¿La crema? piensa en este arrebato. Y prácticamente una criada más,  le adivina el pensamiento. 

A por la crema de vaca. Nueces peladas. Almendras molidas. Jerez, canela, sal.
Acitrón, hermana. A la carne revuelta. Pasas. Almendras enteras. Piñones. Canela. Pimienta.

El furor de la mañana que se ha extendido por horas. El platón maravilloso de talavera. Fondeado por la blanca crema, de nogada. Acordaron el nombre la monja y el capellán con la complicidad de las criadas.  Al centro de aquella crema, la lujuria del chile poblano, relleno de las carnes, y los frutos. Rociados a la vez de la nogada blanca y pura.

-¿La granada y el perejil, hija? Pregunta el santo capellán.

La joven monja. Dominadora ya de todos los instantes. Con las delicadísimas manecitas, pica finamente el cilantro y espolvorea con este, el platón radiante. Después, desgrana una granada, y las brillantes y rojas pepitas, encienden de luz la maravilla, para el glorioso visitante. 
Prácticamente dieron cuenta, salvo de las aves y los plátanos guineos, de todos los productos de la mesada.
Cómplices las criadas descansan de la laboriosa mañana.
Sonríen al admirar el platón de talavera y se preguntan discretas a qué sabrá todo ese desmadre.
El capellán recorre de nuevo la gran mesada. Repasando en la mente la totalidad de los productos utilizados. Súbitamente los descubre, y animoso pregunta a la joven abadesa.

-Hija, ¿y los huevos?

-Esos, me los arrima más tarde. Padre.
Responde ella, deslizando suavemente la lengua por el labio superior.




© 2014 By Oscar Mtz. Molina

lunes, 7 de noviembre de 2016

Síndrome de Atención Dispersa (confesiones)

Autorretrato, Tijuana Mex. Octubre, 2016



Dr. Oscar Antonio Martínez Molina
Médico Cirujano Ortopedista
Escritor


“Alvarito, mi profesor de literatura en la preparatoria en Mérida Yucatán, descubrió un día que yo no solamente tenía bien metido el hábito de la lectura, en particular de la poesía y la narrativa, sino que sobre todo, mi lectura en voz alta era amen de fluida, muy bien modulada. Pasa al frente, dijo un día, y  después de ese día, durante toda la lectura de la Ilíada de Homero, asumí los papeles de Aquiles, Hector, Paris. Era el año de 1975. Esa hora de clases de literatura era razón para que el salón estuviese lleno a reventar. La química Lupita Piña, también maestra de la prepa, no se perdía una sola de las representaciones. Ella escuchaba muy atenta cada frase salida de mis labios, y yo ponía el mayor énfasis al saberla al frente de la concurrencia, con los ojos azules puestos en mi persona”.



¡La tarea no ha sido nada fácil, créanme!
Desde que tengo conciencia de mi mundo interno, mi día a día ha sido una charla constante conmigo mismo.
Bicho raro. Aislado. Distinto.

¡Solitario! Antisocial.

Etiquetas de un mundo que, simple y sencillamente no entiende que mi cabeza gira y camina de otro modo, nada más.
Aprendí desde muy joven que, los caminos que te da la vida, no tienen que ser necesariamente comunes a todo el mundo. La soledad se hizo mi amiga desde temprana época, una amistad total y absolutamente disfrutable. Esta conversación con alguien dentro de mí, ha sido mi mayor descubrimiento. Una especie de amigo insustituible. Horas y horas de constante cavilar, de crear mundos, de construir historias. Mi gran descubrimiento, la lectura, y saber que otros como yo, habían sabido salir adelante. Mi gran aliada, la escritura, y comencé desde muy joven ha dejarlo todo en apuntes.
La tarea no ha sido nada fácil, repito. He tenido que aprender a vivir una doble vida; la una muy similar a los cartabones, al estatus quo que nos rige. La otra, de libertad dentro de mi mente. Aprendí de mis amigos ha comportarme en un mundo que exigía, extroversión y buen talante. Y de la familia, padres, hermanos, sobrinos, a compartir una conducta de moral y de sociabilización aceptables. Mi mente caminaba a ritmo propio, creando, leyendo, aprendiendo con una insaciable forma de devorarlo todo. Aprendí de todos ellos que, la burla puede ser amable, y que puesta de un modo sutilmente constructiva puede ser totalmente útil. Jamás encontré en estas burlas, la malicia de hacer un daño, o al menos encontré la manera inteligente de neutralizar dichos efectos.
Mi mujer y mis hijos, un reto afrontado en una plena madurez, o al menos eso creía. El haber atrasado el momento fue una decisión que ahora a la distancia, me pareció de lo más oportuno. La responsabilidad de formar una familia, recayendo en un ente solitario, en un personaje que ha vivido siempre su mundo interno, su historia paralela, era labor por lo menos, harto incierta.
Las historias que hemos vivido juntos. La paciencia de mi mujer a toda prueba. Haberse echado a cuestas la vivencia de los hijos, y mis extrañas distracciones. Apenas recién he desnudado mi alma, ante ella. Y con nuestros hijos, ahora ya adultos, hemos aprendido a reírnos de mis distracciones, de mis constantes ausencias, de mis errores de tacto. Nos hemos reído y sobre todo, nos hemos hecho cómplices de ellas. Aprendí a vivir dentro de mis mapas mentales y ellos han sido parte fundamental para que, estos mapas, vayan corriendo en mi vida haciéndola más sencilla. Poco a poco y quizás, con un dejo de molestia, mi mujer entendió que la casa, con todas sus necesidades era sólo un asunto de ella.

“puedes cambiar el tornillo de plástico que se le rompió a la tapa de la taza del W.C, me dijo un día, distrayéndome de mi lectura, o de mi música, o de mi escritura, o de mi conversación interna. Me asomé al baño y lo primero que hice fue hacer un diagnostico del daño, debo aclarar que no tenía ningún mapa mental para dicho diagnostico, jamás antes en mi vida me había enfrentado a un problema de esa índole. Mi primer intento fue con unas pinzas que, por lo ancho de la tuerca, no conseguí abrazar. Mi mujer y los niños observando. Mi objetivo concreto, era aflojar una tuerca, y entonces tomé un desarmador y un martillo para percutir sobre la tuerca y lograr aflojarla.
– si golpeas allí, se puede romper la taza, dijo mi mujer premonitoriamente. Mejor no lo hagas. Agregó.
En ese momento ella ignoraba que, mi atención, estaba alejada de sus palabras a varias millas de distancia. Y que se concentraba solamente en lograr mi objetivo. Aflojar esa tuerca a como diera lugar. Percutí un par de veces y logré aflojar el tornillo de plástico, ufano desatornille y mostré a mi mujer y a mis hijos el tornillo con su tuerca. Cierto, la taza había presentado una leve fractura. Leve dije. Mientras otra vez, hacía un nuevo diagnostico de la situación de fisura. Obvio, sin mapa mental. Ignoro si mi mujer o mis hijos decían algo, mi atención estaba puesta en este nuevo momento. ¡Mi decisión hecha! Resuelto llevé mi mano a la manija para soltar el agua desde el depósito. Nuevamente mi mujer y su letanía.
-No le bajes al agua.
Pero mi nuevo objetivo concreto, era averiguar si había o no roto el W.C.
Y de nuevo, ella ignoraba que mi atención corría por otros lares y en la lejanía.
Le bajé a la palanca del agua, y por supuesto que, pudimos comprobar que la fisura era real, y por lo tanto el agua del depósito se desparramó por todo el baño. Para mis hijos aquel momento ha sido de los más memorables de muchos otros. Y como dije al principio, hemos reído de ellos.
Le ayudamos a mi mujer a recoger el agua, y a limpiar un poco aquel tiradero. Procuré en todo momento, evitar la mirada de frente con ella. Mis hijos se reían un poco y se burlaban del suceso. Yo volví al sitio del que no debí haber salido, mi sillón y mi libro, o mi escritorio y mis cuadernos.
Tres o cuatro horas después, contábamos con una nueva taza de baño, y por supuesto con su respectivo lavabo de manos.
-Para que hagan juego, dijo mi mujer”
Yo asentí, diciéndole que eso habría sido lo correcto desde un principio.

Agradecer a mi mujer y a mis hijos esa paciencia infinita que han tenido conmigo, esa sonrisa que siempre ha estado en sus caras, ese sentimiento de saber que lo toman un poco a la ligera, que no me confrontan en mis desatenciones, que me ayudan burlándonos de ellas, que se convierten en nuestras anécdotas y nuestras historias. Esa desfachatez con la que, extendemos la sobremesa con risas, y en esas noches que se pasan de recuerdo en recuerdo. La historia repetida de llegar a casa y la pregunta directa de mi hija.

-¿Pa, ya notaste el cambio?

Y recorrer en silencio y disimulando que si lo he hecho, las paredes y muebles de sala, el comedor, la recamara. Mi hija riendo. Ir a la cocina y con una sincera atención buscar por cada recoveco. La comunicación con mis ojos. Mi hija a punto de las carcajadas siguiéndome los pasos.
Con una sensibilidad a toda prueba, cómplices mis hijos, mi mujer cuando así lo requiere el tiempo.

-Pa, Mami se cortó el cabello. Me lo dice en un susurro. Y yo le guiño el ojo por su valiosa ayuda.

-hija, te quedó muy bonito el corte de pelo. Le digo a mi mujer, y ella aprecia mi gesto.

-¿En serio te gusta?, me dice mi mujer, mientras ríe con mi hija.

-Si, en serio, te ves muy guapa. Contesto yo, con la alegría de haberla sorprendido.

-Hace tres días que me lo corté. Agrega ella.

…ya no pongo música clásica a todo volumen a las seis de la mañana, los sábados y domingos. Ya no paso horas y horas recostado o sentado en un sofá leyendo libros, dos o tres simultáneos. Ya no busco los desvelos de antaño, que me llevaban a dormir tan sólo cinco o seis horas al día. Ya no descubro las tramas en las películas contándolas a mi mujer y a mis hijos en plena sala del cine, quitándoles el encanto, a menos que el asunto sea muy obvio. Ya no cuestiono cada acto, analizándolo, lo dejo ir de golpe y porrazo. Ya no tomo las dieciocho tazas de café exprés, que acostumbraba. Ya no mantengo mi seriedad y me gesto adusto, con el entrecejo fruncido de la noche a la mañana, me doy ahora, instantes de reposo, algunos breves segundos.  Ya no cargo con papelitos para recordarlo todo, y aquel famoso en la bolsa de mi camisa con la leyenda brutal y certera: “ver todos los otros papelitos” ha quedado en el anecdotario.
Con los años, y sobre todo con los buenos amigos a mi lado, he aprendido que, hablar de deportes en general y de futbol en particular, no es tan malo, a pesar de que siga ignorándolo todo, o casi todo. Que la música, la religión y la filosofía, pueden adaptarse al hombre y a su tiempo, y mi música, puede ser tan buena como las suyas, o mi filosofía tan válida como la del que menos, o como la del que más, y que la religión se profesa desde una rendija del espíritu, y a partir de allí, se vierte por distintos senderos. O no se vierte, y también es valido. Que hacerse una fotografía sonriendo no es tan difícil, aunque para mi siga siéndolo, ¡lo intento! Que a veces la mejor compañía es la soledad y un buen libro, y que otras veces, lo son, las charlas con amigos, y la copa de vino. Y que la presencia de mi mujer y de mis hijos en mi vida, ha sido la mayor libertad que ha tenido mi alma.
Seguramente aquí, mis amigos, mis compañeros de trabajo y particularmente mis pacientes, se harán la pregunta de ¿cómo los he operado?, mis respuestas son los mapas mentales, los objetivos concretos. Cada una de las cirugías las repaso dentro de mi cabeza con lujo de detalle, pero además, lo hago considerando los pormenores y las posibles complicaciones, así como las opciones y alternativas para resolverlas. Nada queda a la deriva. De allí el silencio que me rodea en la sala de quirófanos, a diferencia de otros, cero gritos, cero enojos. Cada decisión con la atención puesta al extremo. De allí también mis cortos tiempos quirúrgicos. Cada procedimiento tiene un tiempo y un ritmo, cada uno de ellos la finalidad de lograr el objetivo. Los mapas mentales se construyen paso a paso. De la A, a la Z. En cada mapa mental vislumbro el objetivo final, y por supuesto los pasos que debo dar para conseguir la meta. Si se bloquea un camino, retomo una nueva ruta que previamente está considerada. Al termino de la cirugía, y mientras mis residentes ponen suturas, me arrincono en algún lugar de la sala, y me siento en un banco de altura. Nuevamente el silencio y la soledad se hermanan en mi cabeza.  
    
Lo observo, lo veo subir y bajar escalones, lo escucho y me veo en él. Lo platico ahora ya con mi mujer. A veces sonríe y levanta los hombros. Discute, lee mucho, silencioso en su paso. A veces explosivo. Irreverente, altanero. Otras callado, y obediente. ¡Contestatario! Aferrado al destino y al éxito. Temeroso brutal al fracaso. Habrá que seguir el paso. Mi hijo es una especie de continuación de esta historia. Habrá que irlo llevando por caminos menos agrestes que los míos.

-Mapas mentales, le digo.

Mi mujer y mi hija se ríen un poco de nosotros. Ambas la han tenido más difícil al tratar de adivinar por donde andamos.

-Pa, eres un caso que no tiene remedio.

Y ella y mi mujer saben ahora, que han sido las partes fundamentales en este remedio. Seguro que ellas si lo saben, yo, solamente lo sospecho.

La historia sigue su juego hija, y al ocaso de mi vida, cuando me veas caminar en silencio, y veas que una mueca que parece sonrisa se asoma a mis labios, tiéndeme tu abrazo y sonríe conmigo como lo has hecho tantas veces, alegrándome. Este viejo amigo que ha caminado a mi lado, y dentro de mi mente desde hace tanto tiempo,  de vez en cuando me cuenta cuentos que solamente yo comprendo. 


Ciudad de México, 7 de noviembre del 2016
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