lunes, 1 de mayo de 2017

La casa de los gatos (De los tiernos y terribles infantes)

Quema de año viejo. Fotografía Oscar Mtz. Molina, Altamira 2016

I

La tarea no era fácil. Lo primero que teníamos que hacer era atraparlos y para eso, la mejor hora siempre fue al caer la tarde, en la pesadez de la siesta. Nos deslizábamos con un sigilo digno de un soldado de asalto. De esos que veíamos por la televisión en aquellos episodios de Pelotón. Los atrapábamos echándoles encima una camiseta o un saco de ixtle, cuidándonos siempre de sus garras. Maullaban enfurecidos, nerviosos, revolcándose entre nuestras manos. La calma luego. El apaciguamiento. La fatiga. Para nosotros era también el momento de tranquilidad.

¡Los gatos se dejaban hacer entonces!

Envolvíamos sus patas y su cuerpo dejando descubiertas las cabezas. El maullido cambiaba y en lugar de aquel de defensa y desesperación, pasaba a ser un maullido más sordo, como pidiendo compasión. Lo que seguía después era escurrirnos en algún lugar solitario; bien fuera detrás del centro de salud, o mejor aún en el ala abandonada del beneficio de café. Para esas horas las sombras nos habían cubierto y nos deslizábamos como fantasmas con nuestra preciada carga, nuestra presa codiciada.
La navaja era una de esas suizas rojas de buen tamaño. Había sido la navaja del padre de Emanuel, el honor te correspondía cuando cumplías los diez años ¡Nunca antes ni por favor! Ni por lo que fuese.
Sostuve al gato enredado por la camiseta, entre mis piernas, la boca apretada con firmeza con mi dedo anular y medio, mientras exponía uno de los ojos del animal con los dedos índice y pulgar de mi mano izquierda. El gato tranquilo y quieto, mi mano izquierda temblando por el esfuerzo. Tomé el mondadientes de la navaja y sin pensarlo demasiado, clavé el mondadientes justo en el centro del ojo, un chisguete de líquido saltó mojando mi mano. Lo que siguió después fue un revoltijo de sucesos la mar de enredados. El maullido fue, no solamente agudo si no tremendamente espeluznante, el gato se revolcó violentamente entre mis manos, descubriéndose y saltando desde mi regazo, tambaleándose y chocando contra las paredes, escapó de nuestras manos. Gritos de todos los presentes con el afán de atraparlo. Correrías hacia uno y otro lado. Emanuel gritando enojado por el mondadientes, y pendejeandome por el descuido y yo, arqueado entre náuseas y vómitos imparables, hasta tres o cuatro veces. Habíamos comido mango verde con chile piquín y sal de grano. Mis pantalones enrojecidos por el chile y con pedazos de mango verde. ¡Arcadas hirientes! los líquidos y los mocos escurriendo por mi nariz y mi boca. El tono amenazante de Emanuel y la risa y la burla del resto.
A las nueve de aquella noche volví a casa cobijado en la oscuridad.

II

-Dios está con nosotros
¿Dios está con nosotros? pregunté
-sí, Dios está con nosotros. Eso significa Emanuel. Dijo la tía Enedina. Prima hermana de mi padre y además eterna maestra de catequesis.
Así que Emanuel quiere decir Dios está con nosotros. Pensé para mis adentros, a sabiendas que, mi madre, se refería a él como alma del demonio o hijo de satanás u otras linduras, pero todas por ese estilo.
Era justo dos años mayor que yo, porque según yo los dos habíamos nacido en el mismo mes de mayo. Así que en aquella época él tendría ya los doce. Había quedado huérfano de padre desde los ocho y prácticamente desde esos días se echó a la calle. ¡Jamás! que yo me acuerde le tuvo miedo a algo o a alguien. Si había que matar zanates o perseguir iguanas o garrobos, él iba por delante. Si había que desollar los garrobos y las iguanas para los presos de la cárcel, prácticamente él se encargaba de hacerlo. Si no le cuadraba algún chiste o alguna bromita de alguno de nosotros, sus cuates, él se encargaba de hacérnoslo saber con un pescozón en la nuca, o con una llave de lucha libre sujetándonos por la cabeza y el cuello con sus brazos o con las piernas. Casi siempre exigía de nosotros, no la rendición si no la súplica al perdón, enseguida nos liberaba y amigos como siempre. En las peleas de a de veras con algún desconocido de nuestras huestes, por muy grande que estuviese, allí sí que había que verlo en su dimensión completa. ¡Violento! El frenesí de destrozar a sus rivales. A veces a golpes, otras a mordidas si era necesario. A veces sangrando de las narices y de la boca, ante las palizas recibidas por alguien de mayor edad o de mayor alcance, y aun así nosotros sabíamos que la pelea no terminaba hasta que el otro se rindiese, o pusiera mejor tierra de por medio. Sorbía su propia sangre desde la boca, dejaba que la costra se secara al filo de las narices, o que la que había escurrido por sus antebrazos, permaneciese allí como trofeos o huellas de las peleas. Vanagloriándose.
Jodidos y pobres, él y su madre vivían en una casucha de ladrillos y láminas, con un patio inmenso lleno de árboles frutales, herencia del padre. Justo a dos solares de nuestra propia casa.
    
III
        
Lo de aquella tarde estúpidamente desastrosa del gato y el mondadientes, dejó para mí una huella muy difícil de borrar. La vergüenza hizo que, durante los siguientes cuatro o cinco meses y con el beneplácito de mi madre, me alejara del grupo de amigos de la cuadra, y por supuesto de Emanuel. Cabizbajo me deslizaba por las calles evitando en lo posible los encuentros con ellos, camino a la escuela. A veces topaban mi paso para invitarme de nuevo a volver al redil de la manada. Mi padre pesaba en el barrio y de algún modo se extendía sobre mí un manto de velada protección. Mamá sin saber en absoluto el asunto del gato, aliviaba un poco la carga refiriéndose al buen camino que tomaron mis notas en los últimos meses de mi educación primaria. Dejó de referirse a Emanuel como alma del demonio y sólo hacía mención de lo vago que era.
El reencuentro comenzó una tarde del descanso de verano, muchas horas para un encierro. Los juegos a la pelota. Las correrías por el barrio, en donde por cierto habían ido desapareciéndose los gatos.
-deberías acompañarnos para verlos. Me dijo un día Emanuel. Con la confianza que pueden tenerse un niño de once y otro de trece años, después de haber estado jugando toda la mañana.
La galera abandonada del beneficio de café resultó la casa perfecta para aquellos desvalidos. Por lo menos alcancé a contar once gatos, allí entre ellos los de los vecinos. Quietos, acurrucados entre las sombras del edificio. Amontonados y apretujados entre sí. Nosotros en completo silencio apretujados también. A una orden de Emanuel y para sorpresa mía, dos o tres de nuestros amigos comenzaron a gritar y a hacer ruido con palos y tablas. ¡El maullido y la desesperación de los gatos! Rebotando contra las paredes, chocando unos y otros, saltando y cayendo terriblemente descompuestos. Algunos de ellos, despistados y medrosos chocando contra nosotros. Nuestras risas, carcajadas silenciando los maullidos. Gatos perdiendo toda compostura, gatos de andar inseguro y estúpido, gatos desorientados en los saltos ¡Todos ciegos!
La confianza volvía a mí y mejor aún volvía entre mis amigos y yo, y particularmente volvía entre Emanuel y yo. Esa tarde de vuelta a casa, pensaba yo entre mis adentros que bien valía la pena sacarse aquella espina.

IV  

¿Dios está con nosotros?
¿O dónde esta entonces? ¿Cuidando gatos ciegos y torpes?
La fecha exacta, dieciséis de noviembre de 1974. Alcancé a tomarme tres tragos bien puestos de aguardiente de caña. Todos reíamos impacientes. El gato era sin duda alguna el más hermoso que jamás antes hubiese sido atrapado, pero sobre todo era uno muy valiente, jamás emitió maullido alguno. La concurrencia esperando la orden de Emanuel. Él con una tranquilidad pasmosa jugueteando con la navaja roja, enseñándomela. El mondadientes ausente. La hoja principal abierta. El caos a la orden suya. El gato escapando de las manos, huyendo por el tejado, sin emitir un sólo maullido. ¡Cómplice!. El mareo y la obnubilación en mi cabeza. Las manos, cuatro o cinco pares sujetándome brazos y piernas. Las rodillas de alguien apretando mi pecho, otros pares de manos sujetando mi cabeza. Mis gritos, aullidos desaforados. ¡Angustiosos! De pánico. Emanuel y la magia de la navaja suiza, los gritos ordenando. Después el silencio y la oscuridad. La penumbra. Las lamidas en mi mano de algún compasivo gato. Gritos de hombres, exclamaciones de dolor de mi madre. El coraje en los exabruptos de mi padre. Correrías y saltos, golpes de desvencijadas hojas de las ventanas, puertas tiradas a mazo puro.

V    

Si preguntan en el pueblo por mi nombre Oscar Antonio, jamás me conocen. Pero si preguntan por el tuerto, enseguida les darán razones. Con el tiempo se apaciguaron las pesadillas y los temores. Me construí un pequeño patrimonio con las buenas hechuras de mi padre, pero sobre todo por las exigencias y amarraduras de mi madre. En aquellas épocas pocas cosas podían hacerse, a lo más que opté, una vez cicatrizadas mis heridas, fue conformarme con un parche de piel fina, por fortuna solamente se perdió uno de mis fanales. El otro, opaco y como fuera me permitió seguir mirando para adelante.
Emanuel y tres o cuatro más fueron refundidos en una correccional de menores, tenían entre doce y trece años cuando aquello y estarían allí, unos pocos años y después serían liberados. Así eran y así son las leyes. Papá tenía el respeto del barrio y del pueblo, se movía entre los comerciantes y la gente que manejaba los dineros. Él se encargaba de llevarles sus libretas de cuentas y todas esas cosas que para ellos eran importantes. Silencioso como siempre, como toda su vida, una de esas mañanas y después de haberse ausentado unos días del pueblo, llegó con un periodiquito del día previo, aventándolo y señalándole a mi madre.

¡Motín en la correccional de menores!

Y allí decían que justo unos días previos a ser liberados, había habido una revuelta y pleitos entre pandillas. Los cuatro sujetos del pueblo habían recibido sendos piquetes en el tórax, los cuatro sujetos del pueblo, habían fallecido. Los cuatro sujetos del pueblo, los únicos muertos. Eso decía el pequeño periodiquito que, por cierto, esa misma tarde comenzó a venderse como pan caliente entre toda la población.

VI                      
      
Mamá se empeñó siempre que pudo prohibiéndome salir con aquel niño, con Emanuel.
-que sea la última vez que te veo con él. Decía. No te va traer nada bueno. Agregaba en tono serio.
-pero ma, es divertido. Y además es nuestro vecino. Respondía yo
-¡es un niño malcriado y travieso! acotaba mamá. ¡Un vago! Gritaba luego.
De todos modos en aquella época, salía y me divertía de lo lindo, hasta que descubrí por mí mismo que, no sólo era malcriado y travieso, si no que era un grandísimo hijo de la chingada.

-¡Un hijo de su reputísima madre! Me repito en esta soledad de viejo, casi ciego.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 28 de abril de 2017

Manos núbiles


Sus senos mostraban la opulencia propia de su edad, me acerqué a ellos tocándolos con la impericia de la juventud, pero con el deseo de la labor bien realizada.
―Juan: apúrate con la ordeña, que aún nos falta preparar los quesos.

Hilario Martínez Arredondo

martes, 25 de abril de 2017

Infancia ingrata (de los tiernos y terribles infantes)

Los abuelitos Gil y Consuelito. Compartida del álbum familiar. 


A la memoria de los abues Gil y Consuelito

I
A las seis de la tarde la oscuridad invadía San Antonio el rancho del abuelo.
En penumbra y casi siempre bajo una llovizna pertinaz, ¡chipi chipi interminable! Escuchábamos desde el corredor de la casa los gritos de algún indio arreando hacia el corral el hato de vacas y becerros. A sus gritos le acompañaba el tintineo del cencerro colgando del pescuezo de alguna de las vacas. A esas horas el penetrante aroma de café invadía los espacios de la casa. El abuelo en total silencio se daba a la tarea de ir encendiendo los quinqués de petróleo, uno en la cocina, otro en el pasillo interno, y otro más en el comedor. Para la sala y el pequeño vestíbulo reservaba siempre la luminosa luz blanca de la lámpara de gasolina. Los nietos nos arremolinábamos junto a él y atentos seguíamos sus maniobras. Limpiaba la lámpara, revisaba la llave de paso, quitaba el seguro y comenzaba a bombear los gases con una cadenciosa calma, ajustaba el dispositivo de bombeo, encendía un fósforo, abría  la llave de paso y entonces acercaba el fósforo al capuchón de mantilla.
-¡Hágase la luz! Y la luz se hacía.
Blanca y transparente luz en medio del cafetal y los platanares. En medio de naranjos y guayabas. El abuelo se mecía en su mecedora. Repasaba por enésima vez las revistas ajadas y escuchaba la radio. La XEW ponía entonces la música de Agustín Lara y a las ocho en punto la radionovela de Chucho el Roto. Nosotros, nietos de otra época jugábamos serpientes y escaleras o damas chinas.
¡Atentos! Siempre atentos. Con un ojo al gato y otro al garabato.
Teníamos prohibido el café a esas altas horas de la tarde, solamente veíamos cómo iba y venía la taza desde la mano a la boca del abuelo.
El olor del café se evaporaba entonces entre las mecidas del abuelo y entre sorbo y sorbo. Nuestra atención daba paso después a lo que ocurría en la cocina. ¡Dios! El penetrante olor a panes recién salidos del horno. La magia de la abuela y su maravillosa presencia. Blanca y delgada, cabello levemente ensortijado. Ojos claros. El canturreo eterno en los labios. El calor del fogón de leños. En el caldero la enorme olla con la avena en pleno borboteo.
-panes y atole de avena. Magia de la abuela, con mermelada de guayaba, otra obra maestra del abuelo.
La cena era una algarabía de recuentos de nuestras aventuras en el día. El que se subió al árbol de naranjas y por nada se viene abajo. Al que le picó una abeja en el afán de robarse un cacho de panal rebosante de miel. El que resbaló entre el lodazal. El que tomó agua del arroyo y se tragó las larvas de caracol. El que siguió el canto de las peas hasta perderse en el platanar. Justo aquí la abuela hacía un alto en la tarea de servirnos la cena, se santiguaba y decía.
-Dios los proteja, ¡jamás! Sigan a las peas. ¡Aves de mal agüero que delataron a Cristo nuestro Señor y por ellas lo atraparon!
-¿Ya viste dónde andaban, viejo? Preguntaba entonces al abuelo.
Para esas horas el abuelo estaba más atento de Chucho el Roto y de Matilde de Frizac, que de nosotros.
A las nueve el abuelo hacía el camino de regreso, apagaba primero la lámpara de gasolina y se seguía en orden inverso con todos los quinqués de petróleo.
-hora de dormir. ¡Ordenaba! No sugería ni pedía ¡Ordenaba!
La noche se iba entre risas y murmullos. Entre adivinanzas y juegos a oscuras. Entre asomos por la ventana para descubrir en aquella negrura de la noche las titilantes luces de luciérnagas y cocuyos. Entre la música y los chirridos de grillos y chicharras. Entre los lastimeros cantos de búhos y el aleteo ciego de murciélagos.
¡Invariablemente! Alguno de nosotros o todos a la vez, teníamos hambre a las once o doce de la noche y en penumbras y en medio del silencio, tentando en el pasillo, tomábamos a bordo la cocina y desde algún canasto, a hurtadillas nos hacíamos llegar galletas y panes que, la abuela, dejaba estratégicamente dispuestos para los pequeños ladronzuelos.
El sueño nos invadía después hasta dar de nuevo la vida con nosotros alrededor de las cinco y media de la mañana. El intenso aroma de las cerezas de cafetos y el azahar de los naranjos. La ordeña de las vacas. Los gritos del abuelo dando órdenes a los trabajadores. Los bostezos y las cobijas de unos. El suéter y las chamarras de franela. La orinada al fondo del patio. La lavada de la cara y las manos en las frías aguas de la pileta. Pasar al gallinero y recoger los huevos entre el cacareo enardecido de las gallinas. Sacar las bacinicas de los abuelos y tirar los orines en el retrete de la fosa séptica.  
De nuevo la magia de la abuela en la cocina. Los huevos rancheros con frijoles refritos. Queso fresco hecho en el rancho. Las muchachas haciendo las tortillas. Los imperdibles taquitos de tortilla con sal.
En la radio, a las ocho de la mañana, tres patines y la tremenda corte y en el corredor externo, las risas del abuelo ante las ocurrencias de José Candelario tres patines ante el juez. Las complicidades de Luz Maria Nananina y las penurias de Rudesindo Caldeiro y Escobiña.
A las nueve de la mañana de nuevo la aventura de corretear entre los cafetos jugando a las escondidas. Las resorteras haciendo blanco en zanates y tordos que se apresuraban a picotear los plátanos maduros, o a hurtar los granos de maíz del gallinero. El sol despuntando y abriéndose paso entre las nubes oscuras. La presteza del abuelo para construir con su navaja extraños y complicados barcos de corcho y bambú. Barcos mercantes y de guerra. La locura sin par de echarlos a navegar en las turbulentas aguas del arroyo. ¡Empaparnos hasta la coronilla! Descalzos soportando estoicos las punzadas en los pies al caminar entre guijarros y piedras. Al mediodía los interminables partidos de beisbol en la terraza del beneficio de café, y en punto de la una y media, el silencio, la paciencia y la serenidad en torno de la radio, la maravilla de las ondas hertzianas de la XEW y la voz venida desde la lejanía ¡Kaaalimán!
Al caer la tarde de nuevo el reto de andar en los platanares, el asunto de las peas y sus extraños graznidos nos movían un poco el tapete, aun así nos atrevíamos a seguirlas.

II
Ahora veo a mis propios nietos en sus visitas a casa. Tan felices con sus teléfonos celulares y sus tablets. Cada uno emocionado jugando los juegos digitales. A cual más y en solitario con explosivas y alegres expresiones, celebrando algún gol virtual ¡Inexistente! Disparando en batallas contra bestias y seres intergalácticos. Los mayorcitos riendo de videos chuscos y celebrando ingeniosos memes.
-¡Son muy felices! Le digo a mi mujer, mientras da la propina al repartidor de pizzas, y los llama a la mesa. Yo, atento como lo fuera siempre mi propio abuelo y también un poco, para que me recuerden, les voy sirviendo coca cola en vasos desechables.
Me retiro al rincón de mi estudio, libros y libros que me rodean en un extraño mutis. De algún modo me pongo melancólico y triste al pensar en la ingrata infancia que tuve.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 21 de abril de 2017

El primer beso y cien años de soledad

Libertad azul. Cuadro de Lau Mendoza. Óleo sobre lienzo

No es que tenga muy buena memoria de mi aspecto físico, de cuando rondaba los doce o trece años de mi vida, sino que algunas veces me he dado a la tarea de verme en fotografías. Flaco, desgarbado y larguirucho de piernas, narizón y escurrido del culo, como si al pasar por allí hubiera dejado olvidadas las nalgas. De lo que si tengo memoria es de mi ansiedad por pasar desapercibido a su mirada, jamás me hubiera podido imaginar que, por alguna casualidad, rozara por su cabeza la idea de fijarse en mí. Yo, y al igual que yo una docena de amigos llegábamos a la secundaria después de haber juntado nuestras vidas durante los seis años de la primaria. Al tercer día la voz corría ya desesperada en los pasillos, -la niña nueva-. Blanca o pálida, con el cabello lacio y castaño cayendo como cascada de aguas cristalinas hasta la espalda. Recuerdo perfectamente el color café de sus zapatos y el vestido con un amplio vuelo en la falda. Los delgados brazos y los tiernos ojos, pero sobre todas esas cualidades y delicias, la voz, que aun en estas horas resuena nítida en mis oídos.

-Clara Cisneros- dijo

Poniéndose de pie y presentándose ante la concurrencia. Rumor entre los varones y cuchicheos entre las niñas.

-¡Qué pesadita!- murmuraba Martha Alicia justo detrás mío.

Yo, de plano girado en mi pupitre repasando aquel rostro de nariz respingada y labios frescos, escudriñando en aquella mirada de grandes ojos negros y recorriendo con los ojos desde los hombros hasta la punta de los dedos.
Clara Cisneros aterrizó una mañana plena de calor infernal que la traía directamente de la capital con toda su familia. Se encontró con el cielo más azul que pudo haber imaginado. Se encontró también con un suelo polvoriento y un aire que, de tan ralo, apenas osaba dispararle los cabellos. Casi la misma tarde que conocí a Clara, mi padre llegó con la noticia de que teníamos nuevo jefe de telégrafos. 
Tuvieron que pasar casi dos semanas de aquel primer encuentro para que pudiera por fin hablar con ella. Diez y media de la mañana. Hora del descanso. ¿qué más podía haber para nosotros en esos escasos veinte minutos? “La cascarita futbolera” claro esta. Gritos y gritos desesperados. Zapatazos a diestra y siniestra. Balones que rozaban las cabezas de las niñas, o que se estrellaban sin cuartel en las espaldas o en las paredes. El silbato que daba fin no solamente al partido sino también al descanso.

-Son unos guarros asquerosos- dijo Clara.

Mirándome fijamente a los ojos, al verse empujada entre cinco o seis sujetos empapados de sudor que, jadeando, se daban prisa por ocupar sus asientos. Yo no tuve más que permanecer callado, después, ofrecí una disculpa casi en silencio. Esa primera conversación terminó entre los olores del sudor que corría por mis brazos, y por el cuello, y por la espalda, tampoco me atreví a mirarla el resto de la mañana. A pesar de mis buenas dotes de portero al día siguiente argumenté una torcedura del tobillo; ante la insistencia, agregué también una de la muñeca izquierda. Esta vez no hubo cruce de palabras, aun así, hice todo lo posible por pasar junto a ella con la espalda y las axilas de mi camisa completamente secas. Dos semanas sin tocar un balón en la escuela es tarea harto difícil para alguien que, a los doce o trece años, sueña con llegar a ser algún día Enrique Borja o Pelé.  Las falseaduras del tobillo y de la muñeca izquierda no me lo permitían, insistí. El silencio también se había hecho crónico, más de una vez, muchísimas más, me había descubierto viéndola. Los amigos me sentían ajeno, la amistad de Pedro comprometida. Y como no estarlo, si en bola nos había confesado que Clara Cisneros casi seguramente seria su novia. Con tristeza y recelo veía como ella celebraba las bromas y los inventos de aquel galán. Para ahondar aún más mi desgracia pude ver una buena mañana que, ya sin ninguna dificultad, se asomaba a mirar los partidos de fútbol y más aún que sólo exclamaba airada cuando el tropel de jugadores hacía acto de presencia en torno a ella. Fuera de allí sonreía y celebraba de vez en vez algún gol o alguna atajada.
Después de los calores, o junto con ellos, hicieron su aparición las lluvias. Los partidos de fútbol menguaron y en contraparte, el amontonamiento en los pasillos y el murmullo subiendo cada vez más de tono. Comencé también en aquella temporada a usar los anteojos y claro esta la retahíla de apodos por obra y gracia de Pedro.
La segunda conversación formalmente dirigida a mi llegó en aquella época de lluvias, amontonamiento, apodos y espejuelos. Estaba refugiado al fondo de la biblioteca de la escuela disfrutando en soledad un vicio que había cogido desde pequeño, y del que sólo algunos pocos tenían noticias. La lectura. Incluso lo de las gafas había quien culpara aquel vicio como parte del problema.

-No se te ven mal- dijo, al mismo tiempo que sonreía.
-Las gafas- apuntó después.

Yo aprecié en aquellas palabras algún cumplido y lo único que se me ocurrió fue dar las gracias.
Recuerdo muy bien que después, cerrando aquel libro le mostré el titulo: "Cien años de soledad", y con la naturalidad de haber leído tantas veces en voz alta a la abuela, o a mi madre, o al viento para que se llevara mis palabras a donde quisiera, sonreí y continué mi lectura justo donde la había interrumpido.

-Voy a hablar con la niña- le dijo- y vas a ver como te la sirvo en bandeja…

En la promesa espontánea de Pilar Ternera a Aureliano Buendía. No hubo después un sólo descanso en el que no corriéramos despavoridos al refugio de aquella biblioteca, ni en el que ansiosos y cómplices buscásemos aquel libro. Alguno de los dos sin importar el turno empezaba la lectura, dos o tres páginas, casi un murmullo. Ambos además leyendo al mismo tiempo las líneas, como queriendo comprobar que la lectura correspondiese efectivamente al texto, o como si quisiéramos en aquella cercanía dar validez a nuestras palabras. Había mucho fuego en aquella lectura, demasiada magia y demasiado encantamiento. Había también mucho fuego en aquella cercanía. ¿Cómo no echar a volar la imaginación ante aquel mundo de fantasía de Úrsula y Melquíades? ¿Ante aquella irrealidad del General Aureliano Buendía? ¿Ante aquel sueño y aquella pesadilla del Mauricio Babilonia, de Mercedes, de Remedios Moscote y Pilar Ternera, impúber y puta?. Había también sonrojos por nuestra parte, y a falta de una educación sexual formal, teníamos que imaginar lo que hacía el General Buendía, y lo que pasaba por la mente de José Arcadio, y el porqué de los obsequios de Pietro Crespi, y las angustias de Meme. Y porqué ansiaba más que seguir leyendo, sentir la respiración de Clara y el sonido de su voz. Y su brazo rozando mi brazo. Y su cuerpo pegado junto al mío en aquella soledad y en aquel silencio en la que dos almas vivían como si solamente fuera una sola.
Cuatro o cinco semanas después corría en boca de todos. Desde el primero hasta el ultimo en la escuela, sabía ya que Clara era mi novia ¡todos! excepto yo.

“Pilar Ternera murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso…"

Así comienza el ultimo capitulo de Cien años de soledad.
Para aquellos momentos el rumor había rebasado ya los muros de la escuela y se extendía, no solamente al circulo cercano de amigos, si no que era ya noticia de reuniones familiares, corrillos en el parque del barrio, y me atrevo a decir que de veladas de sociedad y fiestas del pueblo. No dudaría, si ese fuera el caso, que hubiese aparecido por allí anunciado en los periódicos. Una de aquellas mañanas interrumpí mi lectura y quedé en silencio. Me armé del poco valor que aún tenía, y le pregunté, buscando la luz de sus  ojos.

-¿Es cierto lo del rumor?
-¿Ese que dice que eres mi novia? Dije

Despegó también la mirada del texto. Volteó a verme. Sonreía.
Había cambiado tanto, y descubrí en sus ojos un extrañísimo brillo que la hacia verse ya no como la niña del primer día, sino como la mujer más hermosa que jamás hubiera visto. Había crecido con Mercedes y Amaranta, con la Meme, con Pilar Ternera, con Úrsula, con Rebeca, con Remedios, y con todas aquellas mujeres que hicieron de un infierno, un mundo de sueños, y que habían por sobre todas las cosas, en el lapso de cien años, sobrevivido a sus varones.

- Es cierto. Dijo entonces Clara Cisneros. Y sosteniendo mi cara entre sus manos me dio aquel primer beso en los labios.

Desde la pequeña biblioteca de aquella escuela, una brillante explosión de luz, dio paso a la salida de primero miles, y enseguida millones de mariposas amarillas que aleteando jubilosas,  invadían incesantemente pasillos, salones y patios. Jardines, mercados y plazas. El pueblo entero con sus campos y colindancias.


© 2007 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 20 de abril de 2017

Los dedos del diablo



La encontraron escondida bajo mi cama. A la luz de las antorchas, las rendijas de sus ojos llorosos nada tenían que ver con guaridas de gatos negros o aquelarres. La niña temblaba de miedo. «Es sólo una huérfana en busca de comida y abrigo», dije tratando de cubrir su desnudez. «¡He aquí la prueba de su brujería!», espetó el primer inquisidor, «la maldita hechizó incluso al señor obispo». No dije más. Ella fue condenada a la hoguera, y yo a buscar a otra alma libre que acompañe mis noches.