viernes, 29 de abril de 2011

Gudelia




Danica McKellar (Winnie Cooper) de los años maravillosos

Gudelia se asomó a mi vida como uno de esos extrañísimos milagros capaces de cambiarle a uno la existencia; de otro modo jamás podría explicarme cómo pudo ser posible que un joven adolescente preparatoriano, anclado en el verano caluroso de Salto de Agua pudiera ir de tarde en tarde hilvanando sueños.
Gudelia era la tía Yucateca de mi amigo Pedro. Una mujer hecha y derecha con sus 30 abriles bien puestos. Ojos claros, chaparrita y con la piel blanca. De piernas fuertes y bien torneadas, breve de pechos y cintura extremadamente estrecha. Caderas y nalgas inquisidoras capaces de revivir muertos. Dos días hicieron falta para entender que se sentía a modo con nosotros –jovencitos inexpertos.
El calor en Salto de agua. El río Tulijá refrescándonos sin ningún secreto. La blusa mojada ajustándose a su cuerpo, y el short dejando poco a la imaginación que subía de tono al igual que los calores del pueblo. ¡Perros en celo!
Y ella sabiéndose mirada y acariciada por nuestros ojos, por nuestro roce oportunísimo.
Si hasta ese momento no comprendía por qué nuestras amigas buscaban novios tres o cuatro años más viejos, teniéndonos a nosotros a tiro de piedra, jamás pretendí entender que a la tía Gudelia se le ocurriera voltear a vernos. El calor sofocante, el sudor pegándose a nuestras axilas, a nuestro cuello; la risa que llegaba fácil, estridente, festiva y las noches más serenas rodeándola para escucharla en ese tono tan propio de ella, escudriñando en sus ojos claros el guiño secreto.
Arania, decía Gudelia, en vez de araña, ninio, en vez de niño. ¡Ainas me golpeo!, cuando asustada quería decirnos que por poco se golpea. ¡me chingué!, una vez que si se chingó.








Después de una larga jornada correteando y nadando en el Tulijá me asomé aquella tarde sofocante por casa de Pedro. La hamaca quieta pendiendo de sus brazos. Pedro no durmiendo, literalmente muerto. Silencio total. Ausentes todos. Volví los pasos hacia atrás, al cruzar nuevamente el patio Gudelia sonreía lejana, --30 abriles, gata en celo-. ¿Cómo esta tu novia? Yo sonreía también. ¿La abrazas? ¿Y la besas mucho? ¿Y donde la besas? ¿Qué me dices ninio? Y seguro me sonrojaba aunque decía que había sido el sol de la mañana. ¿Y le tocas la arania? Y desde luego entendí que esta vez se trataba de otra especie de araña, mucho más venenosa. Estábamos sentados, ambos apenas sonreíamos, Gudelia fue tornándose seria, muy seria. Se levantó la falda y abrió las piernas: un pelambre tupido y espeso, ¿una arania?, un mono arania. ¿Quieres Olerlo? Dijo al fin, y al intentar tocarla, enérgica repitió: !olerlo¡. Al mismo tiempo que levantaba las caderas acercando a mi rostro aquella fruta. Mi nariz rozaba aquellos pelos y mi cerebro registraba con ansiedad la mezcla de olores a mar y fuego, salubre, dulce, brisa fresca, duraznos frescos, mango y limonero. Aspiraba profundamente cuando llegó la siguiente orden: Tocarlo. ¿Quieres tocarlo?. Y suavemente deslicé mis dedos bordeando primero aquella fruta del verano y lentamente los fui introduciendo sintiendo la pulpa grata y la tersura del cielo. Humedad, tibieza, blando, terso, suave. Fueron palabras que a partir de ese momento se integraron a mi vida a través de mis dedos. El brillo de sus ojos y la sonrisa traviesa volvieron a ser parte de su rostro, los labios en un leve susurro musitando tal vez alguna plegaria o por lo menos así me parecía en aquellos instantes -severa en su mandato. ¡Pruébalo!, dijo la tía Gudelia y yo, obediente como lo había sido, me lleve a la boca el fruto carnoso, rosado, húmedo, tierno. ¡Pitahaya de las montañas!. Y mordisqueé y chupé como si de aceitunas se tratara. No dejé de hacerlo porque Gudelia en un rítmico movimiento de su cuerpo aprisionaba mi boca y mi cara hasta que literalmente se fue fundiendo en un gemido delirante y eterno. ¡Perros en celo! ¡Perra en celo!

Había un secreto que podía palparse, que reptaba entre todos nosotros, que hacía que tu mejor amigo se volviera el peor sueño. Gudelia al centro de nuestra vida, de nuestro espacio, de nuestro tiempo.
Todos callamos y sin duda soy el único que rompe el silencio.









Alegre y festiva
Extremadamente dispuesta a cualquier juego. Centro de nuestro universo. Imponiendo a cada miembro de la jauría las reglas de su juego.
Durante 3 semanas y sin fallarme un sólo día, la tía Gudelia compartió conmigo los jugos de su plena madurez sin regatearme jamás un sólo segundo.
Gudelia se asomó a mi vida como uno de aquellos extrañísimos milagros.
El olor, el aroma que desde aquel primer instante me pareció extremadamente grato, se fue perdiendo entre otros aromas y olores también exquisitamente gratos. Humedad, tibieza, blando, terso, suave, siguen siendo palabras que se renuevan constantemente a través de mis dedos. Y me sigue pareciendo que pitahaya y aceitunas son frutos que se dan mejor entre las piernas.
Los ojos claros, las piernas vigorosas, las nalgas bien dispuestas, la risa, la piel blanca seguramente a 35 años de distancia, se verán marchitas. El sonido sin embargo vivo como aquellos días: Arania, ninio, !ainas me golpeo¡.

Deshidratación dijo el Doctor del pueblo, mientras perforaba una vena de mi brazo para pasar por ella sales y líquidos intravenosos.
Insolación, repitió mi madre a mi padre, inocente y angustiada al mismo tiempo -pero no ha dejado el río y el sol un sólo instante-, agregó enseguida. Sereno mi padre mesó mis cabellos escudriñando en mis ojos. ¡Enculamiento!, dijo y se fue al trabajo, yo comencé mi vida.





viernes, 22 de abril de 2011

Espera

A Tania, que esperamos tenerla de regreso pronto.

Frágil es tu cuerpo ausente de este miedo
Sordo el dolor en tu sueño hoy inducido
De tus costados brota como un río la angustia
Y tus piernas se aferran a su andar por esta tierra, mujer
Ahuyento los buitres que acechan hambrientos a tu pecho
Ella te ronda, ávida de ti, de tu breve juventud para su sed marchita
Temerosos sollozamos al pie de tu cama
Frágil niña de barro, te acompaño en tu oscuro sufrimiento
Paciente aguardo el brillo intenso de tus ojos

domingo, 17 de abril de 2011

Ojo de Escher


No sé si estoy al otro lado del espejo
soy una imagen que nunca se detiene
hace tanto que dejé los sueños
tal vez fue en entonces
cuando Alicia confundió la ruta
juran que la han visto a veces
asomar de las pinturas de Escher
en la geometría el tiempo
si arrojas contra el viento la primera piedra
la segunda, la tercera…
mañana habrá en el aire otra montaña
y en tu rostro la mirada de otro espejo

Imagen de Escher: Escher Eye

sábado, 9 de abril de 2011

En el quirófano (Historias de Cirujanos)


Fotografía tomada de Internet


Todo comenzó de la manera más inocente y trivial que uno pudiera imaginar. Una sala de quirófanos espléndidamente iluminada, las enfermeras y los jóvenes médicos, aplicados en el devenir del procedimiento. Un paciente plácidamente acomodado bocabajo. El abordaje nítido de la columna lumbar. El cirujano en jefe ensimismado en la meticulosa labor de liberar raíces nerviosas. Y entonces, de pronto la exclamación que, ahora a la distancia de este recuento, se tornó en absolutamente inoportuna.
-asómense, y observen, una raíz nerviosa bífida, ¡un hallazgo sumamente raro! Una entre quién sabe cuántos casos- dijo, emocionado.
Y entonces la doctora N. Anestesióloga, excelsamente guapa, 34 años, madre esplendida de dos pequeñajos, esposa modelo del Doctor R, -amigo cercano del cirujano en Jefe-; acercó un banco de altura justo detrás del cirujano, subió a él (al banco, no al cirujano), colocó una mano en el hombro del doctor, aproximó su cuerpo a la espalda y su rostro al del jefe.
No veo bien- exclamó.
Y repitió todo lo que he mencionado, pero estrechándose los cuerpos hasta hacerse uno solo, hasta volverse una sola unidad. Y se prolongó la explicación abundando en detalles, y la hasta ese instante, firme mano del cirujano, fue invadida por un espantoso temblor, y se estremeció su cuerpo al sentir el aroma de la hermosa doctora, y el roce en las mejillas, y la voz cercana al oído, y los pezones que, como dagas, amenazaban con perforar su espalda.
Y jamás volvió a ser todo como antes.
Hubo excesos al inicio. Cirugías largamente retardadas con amplias y explicitas cátedras demostrativas, y decenas de rarezas que ameritaban la observación minuciosa, hasta el vicio, donde procedimientos verdaderamente comunes, daban pie a extensas divagaciones. Siempre con el velado asombro y con la ansiada cercanía de la doctora, siempre con la proximidad de aquel cuerpo hermoso y joven, siempre con el beneplácito del resto de los concursantes, siempre con la jovialidad del cirujano en jefe, y siempre con la oportunísima presencia de aquel banco de altura que, notablemente, se había convertido en el más ruin de los cómplices. 


© 2016 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 8 de abril de 2011

El bebé de doña Licha

— ¡Doctor, doctor! ¡El niño no respira!
Me lo dijo a gritos el mozalbete. Dejé a los estudiantes, a quienes les impartía la clase de Biología en la naciente secundaria de Cox y salí corriendo, tomando el atajo para llegar a mi consultorio, donde doña Licha, la mamá, ya instruida, le daba con el dedo índice masaje al corazón del bebé de quince días de nacido.
Ese niño había llegado a deshoras, la madre con poco más de cuarenta años, nunca pensó que la providencia le diese otro hijo. Dos días antes se presentó en el consultorio diciéndome que los cólicos no se le quitaban al recién nacido. Habían probado remedios caseros y hasta algunas gotas que un dentista había recomendado. Después de observarlo detenidamente, y por su edad, sospeché que el niño podría tener un tétanos.
Cox en aquel tiempo estaba incomunicado, había que recorrer de tres a cuatro horas a caballo y después otro tanto para llegar a la ciudad. O bien esperar a que bajase la avioneta si el tiempo lo permitía. El pronóstico de dicha enfermedad en ese medio o en cualquiera sigue siendo grave, pero en aquel tiempo era mucho más.
¿Qué me hizo aceptar un reto de tal envergadura, si lo más sencillo era decirles a los padres que  lo llevaran a un hospital? No lo sé, si volviera a estar en una situación similar, les diría: “esto no puede tratarse aquí, requiere de especialistas y de cuidados intensivos”.
El bebé estaba grave; y a los ojos de los padres debieron verlo más. Recuerdo que llegó el cura Panchito y luego quien sería su padrino. En el consultorio fue bautizado con el nombre de Mario. Don Servando, su papá, me dijo: “no lo llevaremos a la ciudad, se lo encomendamos a Dios y a usted, doctor”, quizá esa fue la motivación y hablé con la mamá, que la necesitaba al lado del bebé. Las contracciones eran tan fuertes que el niño dejaba de respirar y el corazón se detenía, por lo que tuve que adiestrarla en reanimación. ¡Qué mejor enfermera que la mamá!
Recuerdo que me cuestionaba: si el niño tiene contracciones musculares, debería responder a sustancias relajantes. Para ese momento tenía al bebé con soluciones intravenosas, antibióticos, penicilina cristalina, y doña Licha se sacaba la leche y la daba con un gotero, pues no podía mamar. Teníamos botellas de agua caliente a toda hora, ya que en las madrugadas bajaba la temperatura en aquel pueblo de la montaña. Todos los días se aseaba del muñón umbilical.
Cómo llegué a deducir que el Diazepam podría servirme, no lo sé. Pero recuerdo haberme dicho: si diez miligramos sirven para un sujeto de 60 Kg, ¿cuánto tendré que ponerle al bebé? Tenía muy presente que la sustancia es altamente irritante para las venas, así que la diluí en suero y se la instalé gota a gota. Fue increíble, el número de veces que dejó de contraerse se redujo a una o dos en el día. Sabía de antemano que era imprescindible no descuidar la hidratación, la alimentación, el suministro de antibióticos y por supuesto se habían mandado a traer de la ciudad la antitoxina. Creo que el amor de la madre, los rezos que ella hacía, fueron insubstituibles para que el infante cruzara la delgada línea que hay entre la vida y la muerte.
Un día llegó doña Licha y me presentó a su hijo… un muchacho enorme, lo saludé y lo abrace como a un hijo mío que no hubiese visto en veinte años. En alguna ocasión, recuerdo que dijo su mamá: “le debimos de haber puesto Rubén, yo creo que Diosito lo mandó a estas tierras”. Yo me quedé pensando, que no en todos mis pacientes tuve aciertos y en uno de ellos aún bajo la cabeza y pido perdón a la madre por no haberlo salvado.

jueves, 7 de abril de 2011

La gran rata gris


Se caló los lentes, abrió el hocico y mostró unos enormes dientes blancos. Acarició sus bigotes puntiagudos y sonrió, dando así la bienvenida a sus nuevos alumnos.
            ¾¿Se captó la idea? ¾fue la primera palabra que retumbó en el aula, enigmática. De un portafolios repleto de papeles, extrajo ulgunas revistas¾. Que no son información de segunda o tercera si no, fíjense nada más quien firma: OMS, ¡la Organización Mundial de la Salud! ¾trituró un pedazo de queso añejo y el ruido de sus muelas sonó como una máquina masticando pedacitos de acero. Los cristales del aula castañearon.
           Sería un curso pesado.


Imagen tomada de la red.

viernes, 1 de abril de 2011

Del anecdotario: Doña María (la Abuelita)

Muerte y lujuria, José Clemente Orozco.

La suripanta, José Clemente Orozco.

Para los viejos del pueblo -incluidos entre estos a mis propios padres-, doña María seguramente fue un personaje inexistente o, a lo sumo, uno muy insignificante. Para nosotros, al contrario, fue sin la menor de las dudas, el más notable de ellos. Doña María era conocida en el bajo mundo de nuestra adolescencia como: la Abuelita. Y ejercía como bien habrán sospechado, el oficio más antiguo del mundo. Según me cuentan, en aquellos ayeres la buena mujer rondaba los 55 años, vivía al otro lado de las vías del tren, muy cerca del centro del pueblo y que era, sobre todas las buenas referencias, amen de comprensiva, muy cariñosa. Apelo aquí a mi inocencia y mi pudor, pero sobre todo a la ventaja que me da haber sido yo y no otro el que cuenta esta historia, para dejar en claro que jamás aquellas mis necesidades fueron cubiertas por la Abuelita. De allí el recurso narrativo de: me cuentan...
      Me cuentan pues, que habiéndose presentado con ella un buen amigo de la infancia, y que a la sazón andaría alrededor de los 16 abriles, y después por supuesto de haber cubierto sus más ancestrales necesidades, cayó en cuenta de que no llevaba ni una sola moneda para el pago requerido por la buena suripanta. Rogó, ensayó la mejor cara de compungido, se apenó, entornó los ojos, y en fin, puso su mejor empeño, y la más florida lengua, para lograr con aquellos gestos lo que los cánones marcaban como absolutamente útil, en el supremo afán de salir lo mejor librado de dicha circunstancia. La buena mujer, comprensiva hasta la pared de enfrente, aceptó resignada aquellos gestos de arrepentimiento que debía considerar como su pago.
      Pasaron apenas unos días, y estando doña María de compras en el mercado del pueblo, se topo de pronto con la señora Z -madre de aquel amigo neodesvirgado-, Hay mamita, dijo doña María, me da mucha pena abordarte en estas circunstancias, pero fíjate que tu hijito me quedó a deber 20 pesos. La señora Z, ligeramente turbada, y habiendo reconocido en aquella mujer a quien las lenguas del pueblo tenían bien identificada, sacó de su monedero los pesos y los colocó en la mano que se extendía, sin ningún remordimiento, abierta.
      Era el pueblo, eran los años setentas, eran las ansias y las angustias, eran las buenas gentes que acompañaban nuestras vidas, eran también las madres a las que de algún modo, les aliviaba saber que para todo había almas buenas y caritativas.

Salto de Agua Chiapas, verano de 1974.