sábado, 21 de enero de 2017

¡Mejor olvida!

Autorretrato. Cd de México, 2016 

-Escribe desde la memoria. Me dijo el profesor.
Mientras daba una fuerte aspirada a su puro. Hizo un mutis. Exhaló el humo.
-¿Desde la memoria? Pregunté
-Sí, sólo desde allí. Respondió él.

Cayó la noche y un manto de neblina se cernió sobre la Ciudad de México. Camino en solitario por calles del centro histórico. El ulular lejano de una sirena acompaña el ruidoso taconeo de mis pasos. Tomo la oscura calle de República del Salvador hasta la pequeña plaza Primo Verdad. Hago un alto; a no más de un par de metros de mí, tirados en el piso, tres o cuatro sujetos. Malvivientes borrachos o drogados. Cruzo a la acera de enfrente y camino pegado al templo de Jesús Nazareno hasta llegar a la calzada de Pino Suárez, allí giro a la derecha. El anuncio de emergencias del hospital de Jesús, con luces azuladas y la cruz celeste. Desemboco a la calle de Mesones y sigo andando sobre Pino Suárez, llego a la calle de Regina y comienzo a caminar por ella. Lúgubres quicios de puertas de madera y aldabones de hierro, enrejados portones. Dos, tres, cuatro cuadras. Mi vista a diestra y siniestra. El maullido de un gato, ladridos aislados de perros al sentir mi presencia. La opaca conversación de veladores en algún negocio de comercio, papelerías con enormes bodegas. Una camioneta de carga, descargando mercancía a esa hora. El saludo casual. La mirada esquiva. El frío y la húmeda neblina. Las calles de Correo Mayor y la de Las cruces, quedaron atrás. La novena calle de Jesús María, y al cruzarla a nada estoy de trompicar con otro solitario transeúnte. Me llevo ágil la mano a la cintura. El frío del metal de la pistola traspasa la delgada piel de mis guantes. Sigo caminando sobre Regina. Calle Misioneros se llamará enseguida. Altos edificios repletos de ventanales. Alguna aislada luz escapando por las rendijas. ¡Murmullos de las almas! Almas quietas. El armónico ritmo de mis pasos. En la acera izquierda, casa Ibarra. Y la memoria me hace un guiño. Allí también una pequeña camioneta descargando paquetes de mercancías. Justo frente a ellos, el portón que me da la bienvenida. Abro y con suavidad empujo apenas para dar cabida a mi entrada. Suave, emparejo de nuevo y cierro desde dentro. Subo por una avejentada escalera de metal hasta el tercer nivel del viejo edificio. La oscuridad del largo pasillo, que he recorrido durante los últimos doce años de mi vida. Al fondo el cobijo, mis aposentos, el cuarto desarreglado en el que vivo. La pequeña parrilla eléctrica. La sarteneta con residuos de comida. ¡Migas! Totopos resquebrajados y fritos, revueltos con huevos. Al lado, un pequeño recipiente de plástico con frijoles refritos. La cafetera eternamente encendida y eternamente también con el café listo. Me sirvo una taza, aspiro. Saboreo el amargo regusto. Jalo una silla. Cojo un libro. Prendo la radio de onda corta, la estación establecida tiempo atrás. El blues y las leyendas, justo la mágica harmónica de Little Walter. El olor del aceite de las migas calentándose.

Repentinamente me vino la idea absurda de que me hallaba al lado de un cadáver…

Justo leo el párrafo del cuento la casa sin fronteras de José Agustín, que dejé pendiente esta mañana, y a partir de este me sigo en la lectura. Sorbo mi café, con la mano izquierda agarro migas del sartén y las llevo a la boca. Concluyo el cuento, la cosa me ha tomado quince o veinte minutos. El desmadre de mi mesa. Libros apilados y cuadernos de notas. Rayones, bosquejos de dibujos. La caja de puros, la tijera para despuntarlos, mi único lujo. La computadora dando luz. El documento de Word en el que he estado escribiendo. En la radio Bo Carter, quién ha estado aquí (¿Who's Been Here?), escribo enseguida. ¡De repente! Me vino el deseo inmenso de meterle un tiro en la cabeza… y justo en ese momento recuerdo la pistola en la cintura, el bulto que incomoda. La retiro y la coloco sobre la mesa. Me inquieta un poco verla. La cubro con algunos papeles sueltos. Despunto el puro y lo llevo a mi boca, tomo el encendedor y comienzo la tarea de encenderlo. Aspiro profundo, cierro los ojos. Exhalo el humo. La historia girando y girando ansiosa. El tecleo incesante, el puro en los labios, alternándose con los sorbos del café. Los dibujos, los rayones. Las notas, los postits adheridos en cualquier sitio de la mesa. La ceniza del puro equilibrándose en la punta. La mezcla de olores, tabaco y café, humedad en mi cuarto. La peste en mis axilas. ¡Macho cabrío! ¡Lobo de estepa!

-Escribes basura. Dijo el profesor esta mañana. Tienes que hacerlo desde la memoria. Desde la precisa descripción de las cosas, de las calles, de las vivencias. De los ojos que amaste un día. De lo que perdiste en una borrachera. En el delirio de verte abandonado y echado al olvido. En el amor y el odio de la mujer que se perdió en la voz de otro hombre, y se enredó en otras promesas.

Pinche profesor, sabía perfecto de mi mujer y su abandono. Del engaño con mi primo y con sus promesas.

-Dejemos esas cosas. Le dije una y otra vez al viejo. Mientras escudriñaba en mi mirada. Sonriendo.

-¡Provócate! Había dicho. Mientras daba una buena chupada al puro.

-¡Provócate, y déjate de pendejadas! Y clarito vi la risa burlona en su cara.

María Inés y mi primo me engañaron literalmente desde el primer día de nuestra boda. La cama y las sábanas aún estaban tibias de nuestra primera noche, cuando ellos se encargaron otra vez de calentarlas. Es mejor dejarlo de ese tanto. Salir de casa y poner tierra de por medio. Que la vergüenza sea de esa puta, y no tuya. La vida es para vivirla hijo, no para pasarse echando lágrimas y penas. ¡Mejor olvida!
Y jamás he vuelto a poner un pie en el pueblo, en mi casa. Si claro, ha sido la misma pistola. Y ha sido también el mismo dolor de madrugada. Y las mismas lágrimas y la misma pena.

-La memoria, decía el profesor. Y la misma cantaleta.
-A tus historias les falta esa vibración que da la vida. Esa sensación de dolor. Esa nostalgia. Ese sentido de saber que pudo haber pasado. La verosimilitud en una narrativa.
Y el profesor se paseaba de lado a lado, tratando de despertar esa memoria.
-El proceso de la escritura, y no tan sólo la técnica. Siempre rematando con esta aseveración de mierda.
-Concebir la idea, organizarla, planificarla, considerar la situación comunicativa. Los objetivos. Las notas, los postits. ¡Técnica! ¡Técnica! Gritaba el profesor. ¿Y la memoria, y el recuerdo, y la sangre viva?

Se quedaron en el pueblo, en la casa. A María Inés le pegue el tiro en la cabeza, después que vio cómo acababa mi primo entre las sabanas. ¡Sangre viva derramada! Y después sobre todo, de haber implorado mi perdón, para que no le pasara lo mismo. Echó sus lágrimas mientras arrodillada se prendió abrazada de mis piernas. Y después de esa noche, a tres meses de mi boda, entonces si no volví a poner un pie en mi casa y en el pueblo. Y de eso hacía ya treinta y cuatro años.

El profesor y sus vueltas. Y su puro. Y su mirada.
-¿Cómo puede un hombre hacerse humo? Y justo exhaló una enorme voluta de humo desde la boca.
-Puede -respondí-. Sobre todo si se prestan las circunstancias -agregué, con una leve mueca de mis labios, como si fuera una sonrisa.

En septiembre de mil novecientos ochenta y cinco, la Ciudad de México se vino abajo con el terremoto. Uno deambulaba por las calles como si estuviera muerto. Caía la tarde y el silencio y la penumbra lo embargaban a uno. Las casas y los edificios que, uno había visto en pie, eran enormes montículos de escombros. Unos y otros ayudábamos en el buen hacer. Auxiliando y recuperando cuerpos. Limpiando calles, levantando muros. Historias de dolor y llanto. Historias de sobrevivencias inexplicables. Vivales de toda calaña por supuesto. El profesor ansioso por conocer lo que había pasado.
Le conté entonces. El hombre era de aspecto decente. Alto y delgado. Se asomó una tarde por calles del centro, allí entre las ruinas del Regis. Se integró a cuadrillas de rescate. Tratando de pasar desapercibido. Cuarenta años o algo por allí. Esculcó los bolsillos de uno de los cadáveres. Cruzaron nuestras miradas.

-No es nada malo. Dijo. Tan sólo un pequeño cambio. Y tomó la licencia de manejo de aquel individuo muerto. Remplazándola con la suya. Aquella tarde fumamos brevemente un cigarrillo.
-Que todos piensen que he muerto -dijo-, seguro lo harán saber a mi familia -y con una pasmosa tranquilidad se levantó después, y jamás volví a verlo.
-En esos días aciagos, profesor, resultó muy fácil pasarse del lado de los muertos.

-¿Cómo puede un hombre, entonces, hacerse una conciencia de humo?
-Puede. Dije de nuevo, enfrentándolo.

 Esta tarde y después de haber conocido mi secreto, el profesor cambió ligeramente el tono.
-Escribe desde la memoria, pero sin dejar a un lado la técnica. Me dijo el profesor. Tus cuentos están muy bien armados, aprecio en ellos un gran trabajo de argumentación, de planteamiento de objetivos. Un proceso narrativo seguramente respaldado en anotaciones y búsqueda de información. ¡Tus cuentos vibran! A leguas se ve que vuelcas en ellos ese sentimiento escondido en el fondo de tu alma.

María Inés y su ruego mientras, hincada, pedía mi perdón, y mi primo en el silencio de un sueño del que nunca despertó. La voz sincera de mi padre. Que la vergüenza sea de esa puta, y no tuya. ¡Mejor olvida!

La escritura es técnica, es un proceso complejo de crear fantasías. Provócate y déjate de pendejadas. Escribes basura. La memoria y la tarea de ir describiéndolo todo.
Cayó la noche y un manto de neblina se cernió sobre la ciudad de México. Camino en solitario por calles del centro histórico. El ulular lejano de una sirena acompaña el ruidoso taconeo de mis pasos. Tomo la oscura calle de república del Salvador hasta la pequeña plaza Primo Verdad. Hago un alto; a no más de un par de metros de mí, tirados en el piso, tres o cuatro sujetos. Malvivientes borrachos o drogados. Cruzo a la acera de enfrente y camino pegado al templo de Jesús Nazareno hasta llegar a la calzada de Pino Suárez, allí giro a la derecha…

Y voy tecleando cada detalle que he vivido en el trayecto de la casa del profesor, en el vecindario de República del Salvador, hasta mi cuarto.

¡De repente! Me vino el deseo inmenso de meterle un tiro en la cabeza!

Habíamos empezado la charla aquella, con la frase del profesor. Provócate y déjate de pendejadas. Y la risa burlona en su rostro. Mientras le contaba lo de María Inés y mi primo, se fue desencajando en una seriedad nerviosa. ¡Sangre viva derramada! Y sus ojos querían salirse de las órbitas. Provócate, había dicho y por fin lograba despertar en mi alma demonios escondidos. María Inés y el coraje de haberla amado con todas mis ansias. María Inés y todo el resto de mi vida en la soledad y en el anonimato. María Inés y la vida de un hombre sin conciencia, de un hombre con una identidad desconocida. María Inés y la historia de un hombre que desapareció entre los muertos del hotel Regis.
El profesor sabía aquella historia, la técnica había dicho. ¡Los detalles! Cada uno desde la memoria. Cuidadoso dejó el puro sobre el cenicero de su mesa de trabajo. El libro que revisábamos. La escritura como proceso cognitivo. Por nada se desprenden las cenizas de la punta del puro, así de intranquilo se notaba, así de temblorosa su mano. ¿Café? Preguntó con una voz que denotaba ansiedad. Miedo. La frente con un hilillo de sudor. La literatura es ficción. La escritura si bien es cierto que requiere del sentir de quien escribe, no necesariamente parte de una vivencia. 
-Profesor, la historia de María Inés y mi vida no necesariamente tiene que ser contada.
Fue cuando saqué la pistola que, por alguna razón, siempre portaba escondida en el cinto.                   
  
¡De repente! Me vino el deseo inmenso de meterle un tiro en la cabeza!

El profesor cayó primero sobre sus rodillas, el disparo había sido a muy corta distancia. El sonido seco y opaco calibre .22. Mantuvo unos brevísimos segundos los ojos abiertos, con la vista fija en mí. Después alcancé a ver que cerraba los ojos, mientras caía suavemente sobre su costado derecho. La cabeza hizo un extraño sonido al golpear secamente contra el piso. Un delgado hilillo de sangre empezó a manar del orificio por el que entró la bala. Permanecí con los brazos colgando a los lados. En mi mano derecha la pistola. Alcancé a ver que la ceniza del puro aún se mantenía equilibrándose en la punta.    
Volví a casa, comí las sobras de las migas recalentadas. Tomé café caliente. En la radio, The Wolf Is at Your Door, de Chester Arthur Burnett. Habrá que ir buscando un nuevo sitio para comenzar el asunto de la escritura. Técnica, sin memoria. Talleres de textos. Criticas compartidas. Habrá que, también, buscarse una nueva identidad y un nuevo perfil. Y empiezo con la tarea de destruir los papeles que, hasta ahora, me identifican. Y esperar alguna explosión, alguna matazón, algún terremoto, inundaciones, desgracias imprevistas.   


2017 By Oscar Mtz. Molina   

sábado, 7 de enero de 2017

No me haga cambiar de hábitos, señora mía

Saqueadorcito. Imagen tomada de Internet. Quintana Roo

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

La frase repiqueteaba en su cerebro mientras corría con la mirada fija contra el enorme ventanal de cristales. En la mano derecha sostenía el pesado tubo obtenido de algún sitio cercano. Un carro de esos de supermercado, reconocería después ante la incrédula mirada de su esposa. La turba, enardecida por hacerse justicia por propia mano, avanzaba desde y hacia distintos rumbos. Unos y otros en estampidas coordinadas entre sí, azuzadas por una incesante gritería. El saqueo del almacén visto desde una prudente distancia, parecía una carnicería ejecutada por carroñeros insaciables. Aparatos eléctricos, juegos de video, estufas, refrigeradores, camas, colchones. La risa plagada de nerviosismos. Los padres arrastrando a los hijos en la inconciencia de llenarse los bolsillos de lo que fuese. Jóvenes encapuchados y al grito de cristalazo, irrumpiendo con la violencia de los pocos años. Los vidrios saltando al aire. Las vitrinas de las boutiques de moda a la disposición de la rapiña. Blusas, faldas, pantalones, suéteres, y trajes de moda. Taxis y autos desvencijados cooperando, motonetas y carros del supermercado como improvisados burros de carga. Impávidos, algunos mirones metían las manos al pantalón, o cruzaban sus brazos. Sonreían entre sí.
La mañana previa, y ante los incesantes rumores en las redes sociales de probables cierres de casetas y carreteras, tomaron camino a la ciudad de México. El trayecto recorrido por trescientos setenta y cuatro kilómetros, había sido miel sobre hojuelas. Mientras cruzaban la autopista rodeando Tulancingo, la velocidad del rodamiento empezó a disminuir de manera gradual, hasta concluir totalmente uniéndose en una caravana sin fin. Los rumores de las redes tomaban finalmente su perfil de realidad. Sentado frente al volante veía a diestra y siniestra, atrás y adelante. Aquel cuadro de apocalipsis. Pesados tráileres de uno o doble remolque, camiones de pasajeros, camionetas con hijos pequeños, autos con parejas inicialmente sonrientes que, tomaban aquel paro, como parte del descanso de vacaciones. Camiones cargados de frutas y legumbres. Naranjeros. Dos camionetas de tres toneladas, con vacas que entornaban los ojos y rumiaban la poca comida ofrecida en esos lances. Él mismo encerrado en su coche, con su mujer y su hija, y la pequeña mascota, dormitando en el asiento de atrás. Los amagues de cuando en cuando ¡Se mueven!, y a subirse de prisa a los autos y camiones, después de estirar un poco las piernas, y de recoger un poco también, los nervios. Los amagues insufribles de recorrer unos pocos metros, para enseguida, volver a padecer la incertidumbre y el enojo que, poco a poco, va haciendo roncha en el cuerpo. Cuatro horas de espera y el asunto parece no tener un punto de concordia. Autos pintarrajeados en el cristal posterior. ¡No al gasolinazo! ¡Fuera Peña! ¡Muera el mal gobierno! Hombres y niños orinando a un costado de la autopista, los prudentes, entre algún arbusto que, dará al final de temporada, flores y frutos abonados en amoniaco; los poco cuidadosos orinando junto a sus vehículos, encharcando el asfalto. Las mujeres, jóvenes y maduras correteando a la intemperie hasta la gasolinera o hasta la fonda para hacer lo mismo, por unos cuantos pesos. Una que otra atrevida, envuelta en un rebozo y con el culo al aire, ahorrándose la caminata y los pesos, y el frío.    

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

El gusanillo haciendo nido en su cabeza. El desmadre entre camioneros y padres de familia, y entre jóvenes agricultores y mujeres al volante. La ambulancia varada justo en medio de aquel nudo de motores y chasises. ¡Se nos muere nuestro paciente! ¡Viene muy grave! Gente de campo, gente sincera. Y en ese mundo de caos endiabladamente complejo, en esa estrechez de maniobras, uno a uno va poniendo su parte. El autobús de pasajeros acomoda su unidad en el poco espacio que alguien sacrificó al no moverse, aún ante la tentación de recorrer esos pocos metros hacia adelante. La ambulancia puede en un breve espacio dar vuelta y volver en sentido contrario. Seguramente decenas de vehículos acomodaron su paso hasta que, unos minutos después, y por una carretera secundaria, vemos pasar la ambulancia marchando con su enfermo grave, ¿O su cadáver?. Los rumores de nueva cuenta. El enojo por quienes han tomado la autopista. Por quienes han lastimado la libertad de ir y venir. La disyuntiva de buscar salir de aquel embrollo, o esperar a que se abra el paso. Las redes sociales que hablan de destrozos y desmanes kilómetros más adelante. La entrada a la ciudad por Ecatepec también tomada. Rapiña. Presencia policíaca. Toques de queda. Conatos de violencia, allí mismo en esa fila de infortunados caminantes. La reventa de aguas y refrescos. De plátanos fritos en bolsitas. Ya no están cobrando la orinada, ¿ya no? No, ahora te obligan a comprar un plato de empanadas, o unos tacos de cecina, y te prestan el W.C.

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

A las nueve de la noche escuchaban los pormenores del día en la televisión del hotel en Tulancingo. Las imágenes de gente con palos y piedras, unos a la defensa de sus comercios, otros al robo. Unos a gritos reconviniéndolos a no caer en provocaciones. A la mesura. Otros al hurto, al destrozo. El taxi cargado con un colchón en el toldo, una lavadora en la cajuela, sobre el colchón un refrigerador grande, la mujer sentada en el pequeño espacio que, puede quedar en ese nisán, abrazada en cruz a sus pertenencias robadas. Un hombre corriendo con dos enormes paquetes de papel higiénico, cada uno bajo los brazos, y uno más equilibrándose en la cabeza. Lord cagón, así lo bautizaran después entre los tuiteros y los memes. La muerte de un policía al intentar impedir el atraco a la gasolinera. Las imágenes crudas que los medios masivos han ido soltando a la deriva. El cuerpo del hombre tirado en el suelo. Dos autobuses incendiados en Ixmiquilpan. Allí también dos jóvenes tiroteados. Uno de ellos en el suelo, en medio de un charco de sangre. Los mensajes interminables por el Facebook y al wasap. Pequeños videos de actos vandálicos. Ciudades y poblados antes calmos, ¡Humanizados! Ahora en la barbarie. Memes y memes absurdos, irritables. Declaratorias de los prohombres de la política, derecha, centro izquierda, llenos de mierda hasta la coronilla. La imagen de un french poodle, la misma raza que su mascota, pero callejero, atravesando en solitario una calle semi oscura, con la cola levantada y en el hocico una bolsa de Sabritas. Saqueadorcito, será el mote del pequeño ladrón de marras. Habían tomado la cena. Un plato de empanadas y cecina. Un tequila que a esas horas y después del largo calvario, caía de perlas. Los churros comprados en la esquina. El sueño profundo.

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

Y a las cuatro de la mañana la reflexión robándole el sueño. La educación y la cultura brillando por su ausencia. Las buenas costumbres. Los buenos hábitos. Las enseñanzas cívicas, la moral de la iglesia. Las familias. El gasolinazo como pretexto y el descontento volcado en una sociedad que se desquita. El clamor por una reivindicación del pueblo, la sociedad decrepita y la adoración a dioses no de barro, ni de lodo, ni de maíz, ni siquiera imaginarios. ¡Dioses hechos de mierda, sólo!

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

De nuevo aquella frase repiqueteando dentro de su cabeza. Imaginándose alguna declaración sincera del Presidente de la República, ante los hechos de rapiña y caos, y desde luego, con la vana ilusión de una medianamente decorosa renuncia. Al final recordó lo que seguía en el texto:
“No me mire así, señora”, le dijo de buen tono. “Estoy hablando con el corazón”. Y luego, volviéndose a Homero, termino: “Menos mal que estoy pagando cara mi insensatez”.          
Y recordó también el título del cuento, Buen viaje señor presidente y al autor Gabriel García Márquez, por supuesto.

La turba enardece los sentidos. Embota los sentimientos. El sonido de los cristales que se rompen. El griterío de la gente. Las costumbres y los hábitos. La educación que se mama. Que se mama sólo lo que se quiere mamar. La cultura que no ha valido para sentar a los políticos en los banquillos de la justicia. La intransigencia de unos pocos. La malicia. La gendarmería correteando jóvenes. La risa desternillada de quien toma los videos, la fotografía oportuna. La cabeza que da vueltas y vueltas buscando el meme chusco. Las noticas amarillas. Tomó entonces el tubo y en medio de la oscuridad, anónimo, asestó el golpe preciso, insonoro entre tanto griterío, entre tanto escándalo, cauteloso y precavido hurgó en la vitrina, de aquel pequeño establecimiento. No había en su rostro pena alguna. La turba enardece los sentidos diría más tarde a su mujer, mientras que, de las bolsas de camisa, pantalón y chamarra iba sacando las plumas y los relojes mont blanc.

-Mira, estos son de dama. Dijo ella, mientras iba poniéndoselos en la muñeca.

Al final de aquel día tan lleno de exabruptos, rumores y noticias, reían. Saqueadorcito, el french poodle, con la cola levantada alegremente y con las Sabritas en el hocico, se veía muy tierno y bien valía aquellas risas.              



© 2017 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 5 de enero de 2017

Oficio de escritor

Autorretrato, Altamira 2016 

¡El olor a mariscos cocinándose impregnaba espacio y tiempo!
Levantó con la mano izquierda la tapa del enorme sartén. Mantequilla y aceite de olivo, la base. Las jaibas, marinadas en salsa de chipotle y pimienta y sal, tornándose rojizas. Los vapores desprendiéndose en una grisácea nube. El vaso de ron de caña en la mano derecha. Bebió un largo trago y sin pensarlo demasiado, vació el resto de ron en la sartén rociando las jaibas. ¡Una enorme llamarada chamuscándolas! Rió a carcajadas por su ocurrencia. Tapó la sartén y dejó que la cocción continuara por unos pocos minutos.
Estaba sin camisa y con una sucia barba de tres días. Sudando por pecho y espalda. Despeinado y apenas lavado de la cara. Tres días también de apenas breves horas de pegar pestañas. El tecleo ágil y sin pausas en el tablero de su vieja laptop. Inservible para otras funciones que no fuesen las de máquina de escritura. Las vueltas y vueltas de ideas en la cabeza. Tres días también de descorchar botellas de vino y del cigarro tras cigarro en una fumadera sin fin.
Retiró la sartén de la hornilla y la llevó a la mesa. Apartó libros y cuadernos de notas. Hojas con delicados dibujos a lápiz. Estilizados autorretratos. Bocetos de bestias retorcidas. Aves.
Ella salió de la habitación contigua. Recién bañada. Blancas las carnes. Pequeña de estatura. Indescriptible. Senos y nalgas firmes. Piernas esbeltas sin un ápice de grasa. Ágil. Completamente desnuda.
Sonriente. Ojos claros, verdes o azules. El cabello húmedo, recortado hasta los hombros. Sonrisa inocente.
Sirvió sendos vasos de vino. Los vapores de mariscos irrespirables.
¡Espléndidamente irrespirables!
Coqueta se sentó sobre la mesa y cuidadosa cogió una jaiba. Pasó la lengua sobre ella, saboreando. Mordisqueó el vientre de la jaiba, inundando labio y paladar. Jugos inenarrables. Chipotle, pimienta, sal, olivos, jaiba, ron. Entornó la mirada.
Mordisqueó su vientre. Ahora era él, quien se prendía a su sexo, ofrecido en la mesa. Aspirando con fruición otros aromas mucho más exquisitos, bebiendo sorbo a sorbo otros jugos mucho más enloquecedores.
Juego de proezas.
Destazar una jaiba embebida en chipotle a dentelladas, sin mancharse. Y llevar por el cielo, una hembra. Lujuria de las carnes.
Dormitó apenas cuarenta y siete minutos. Lavó de nuevo cara y cabeza con agua del lavabo. Las axilas y los brazos pegosteados de sudores. El sofocante calor del mediodía. Echó agua en el cuello y en los brazos, en la nuca y en la espalda. En su abultado abdomen.
Apenas tomó una toalla para secarse las manos. Se sentó una vez más ante la laptop. Se sirvió medio vaso de tinto. Prendió un cigarro sosteniéndolo entre los labios. Comenzó el tecleo infame.
“¡El olor a mariscos cocinándose impregnaba espacio y tiempo!…”
Comenzaba así su novela.
Mientras escribía tecleando, miró de reojo los dibujos que había hecho. Autorretratos. Bocetos de una joven.
“Salió de la habitación contigua. Recién bañada. Blancas las carnes. Pequeña de estatura. Indescriptible…”
Empezó a describirla en su relato.
A las dos de la tarde. Puntual como siempre. Llegó Matilde, su casera. Mujer madura, casada y religiosa de las de atar rosarios. Madre de tres adolescentes. Entrada en carnes. ¡Muy entrada en carnes! Escuchaba el tintineo constante de las teclas. Limpió la habitación en silencio. Arregló cama y retiró del baño los paños húmedos. Pasó por encima escoba y plumero. Se acercó después al hombre y a la máquina. Tintineo constante. Ofreció de un plato despostillado dos empanadas de frijoles y queso. Una taza de café. ¡Caliente! Vertido desde un desvencijado termo.
“Ella se sentó sobre la mesa y cuidadosa cogió una jaiba…”
Escribía justo esta frase.
Suspendió la escritura. Cogió una empanada y dio una enorme mordida. Bebió enseguida dos o tres tragos de café.
-Doña Matilde, dijo entonces él.
-¿le gustaría salir en mi novela?
Doña Matilde sonrió muy apenas.
-¿y qué tendría yo que hacer? Dijo ella
-¡Nada! Exclamó él
Y la tomó de la cintura sentándola a la mesa. Hizo con el dedo índice de la mano derecha y sus labios, la señal de guardar silencio.
Gentil empezó a separarle las piernas.
“Mordisqueó su vientre. Ahora era él, quien se prendía a su sexo, ofrecido en la mesa…”
Así seguiría justo, su historia.


Dic. Altamira 2016 By Oscar Mtz. Molina