jueves, 22 de diciembre de 2016

Tito (French poodle enano)

Tito, Fotografía de Dany Mtz. Cd de México, 2016

Mientras Laura daba vueltas a la llave para entrar a casa, el french, temeroso y tímido y a escasos suspiros del pánico, se repegaba aún más contra la pared. Tenía apenas dos días de haber sido llevado a casa y la incertidumbre era sin duda el sentimiento más presente en su espíritu perruno. Después de haber permanecido toda la mañana en aquel silencioso espacio, el sonido del metal de la llave entrando en la cerradura, los dos o tres giros, el clic preciso al abrirse el cerrojo. La plenitud en aquella maravilla de olfato entrenado a lo largo de siglos y siglos de adaptación y entrenamiento. Habían sido suficientes las cuarenta y ocho horas de contacto, para saber que aquellos olores eran los del cuerpo y los cabellos de Laura, estos los de Dany, estos otros los de Oscarín, y finalmente estos últimos, perfectamente identificados, los del viejo narigón y gruñón, empeñado en que, aquella minúscula presencia de apenas tres kilos y medio, no era bienvenida en casa.
-Cualquier casa que se respete, deberá estar ausente de mascotas, cualesquiera que sean estas sus géneros, razas, u orígenes. Y delante de la taza de café expresso, con el ceño fruncido eternamente, y el hosco silencio en los labios, parecía que aquel veredicto sería inalterable. Los niños suplicaban apenas, con la mirada. Laura de vez en cuando intentaba un argumento, el perro se arrinconaba más y más contra la pared.     
El empeño de Laura y los niños, dos años le calculan, y fue víctima del maltrato. Golpeado, vejado, fractura de la mandíbula. ¡Chueco!, lo sacrificaran si no lo acomodan. Y aquella mirada triste, y aquel cuerpo raquítico, y el pelambre raído por la desnutrición. La mordedura ajena, la mandíbula superior al frente, y la inferior a occidente, o al poniente.

¡Atravesada!

-Nadie lo quiere

-Seguro lo sacrificaran

Y jamás supe si la mirada del french, o la de Dany, o la de Oscarín, o la de Laura, o la de todos, fue la más triste, y tres segundos después de la frase: está bien, que se quede. Fue a la vez la más brillante y alegre.

Complicado compartir un espacio con un enemigo que te encara paso a paso. Que se te cierra en una carrera juguetona, que distrae tu lectura con un ladrido innecesario, que mancha tus zapatos con un charco de orina, o con muchos charcos.
¡Entrenamiento! Y aquella parecía ser la palabra y la acción que lo resolvería todo.
El french, ahora ya conocido abiertamente como Tito, fue poco a poco integrándose a un modo y aun espacio reconocido como suyo, sin embargo, el dolor y el sufrimiento vividos, los seguiría persiguiendo en el tiempo. Tosidos y ahogamientos producidos por la mala alineación de su mandíbula harían correr más de una vez a Laura y a los niños. Para el hosco hombre, lo más cercano al socorro, era levantar la mirada del libro, o dejar por escasas milésimas de segundo el oloroso aroma del café, y seguir ausente la tarea de resucitamiento.

II

¡French!
¡Poodle!
¡Caniche!
¡Grande, mediano, enano, toy!

La historia, incierta como la propia historia de Tito. Siglo XV y su redención entre aristócratas y nobles. Francia y el reclamo por Alemania, y Rusia. La precisión de la etimología: poodle, de Pfudel (charco) uno que juega con el agua, instituido en Inglaterra en 1643 y caniche, de canard (pato) en relación con la caza de estas aves, en Francia. Antes de esta época, algunos escritos hacen mención de esta raza en el mundo árabe, alrededor del siglo VII d.C.
Aristócratas y recuperadores de caza, particularmente dentro del agua, chapoteadores, buenos nadadores. Bueno, en este sentido Tito ni nadador, ni cazador de patos. Aristócrata sí, si consideramos su gusto refinado por la música clásica.

III

La vida la comenzamos a vivir a la par, Tito juntó sus pasos a los nuestros y por dieciséis navidades, nuestros pasos han andado de uno a otro lado. Entre Chiapas y Tamaulipas. Sorteando caminos de neblina y lluvia. Soleados y calurosos. ¿De que estarán hechas las almas de los perros? Pequeñas sanguijuelas capaces de arrancarle a uno las sonrisas. Mis hijos lo apapachan y lo abrazan como al mejor de los amigos. Él, simple y llanamente se deja hacer, se acurruca junto a ellos, gentil también los acaricia, con las manos tersas o con la húmeda lengua. Laura se enternece cuando lo ve enfermo o cabizbajo con la columna curvada por los años. Tito además es parte del edificio, tiene que ver con los vecinos de uno y otro condominio. Sus diarios paseos son acompañados con saludos. Va y viene de uno a otro lado de los jardines que lo han cobijado. Es también motivo de charlas en familia, de uno a otro lado preguntan por su estado. 
En estas andanzas, ahora han quedado atrás las escapadas y las perdidas horas de agonía. Atrás quedaron también los intentos de escaparse a una libertad añorada. Alguna vez nos hizo recorrer nuestra colonia en su búsqueda, al haberse extraviado por breves parpadeos de vigilia.    

¡Viejito! 

Aún lejano, con muy poco contacto entre ambos lo miro ir de uno a otro lado de la casa. ¡Literal! Como Pedro por su casa. Husmeando y olfateando alacenas, escudriñando entre mis zapatos, asomándose discreto por el baño mientras rasuro mis canosas barbas. Confiado a veces se acurruca y se acerca a mi costado. Bromeo con mis hijos. Tito será el encargado de cruzarme de lado a lado el río Estigia del Hades, peleara cual guerrero valeroso contra el temido guardián de los infiernos, el can cerbero, mítica bestia de tres cabezas. Bueno, eso es lo que nosotros pensamos y platicamos. Viéndolo tan aguerrido, seguramente el can cerbero, meterá la cola entre las patas y dará vuelta, huyendo temeroso, agachando los tres pares de orejas, uno por cada cabeza.

-¿De que estarán hechas las almas de los perros?
Y buscando respuestas me sumo en el más profundo de los sueños.



©2016 By Oscar Mtz. Molina

sábado, 17 de diciembre de 2016

El espectacular gol de chilena

Con los amigos futboleros. Cd. de México, 2016 


¡Estupefactos! 
Ninguno de los allí presentes, mi mujer y los otros abuelos incluidos, acertamos a hallar la explicación.
Literal, el jugador recibió el balón de la banda contraria, matando la bola con el pecho, y lo hizo entre dos defensas; el balón se elevó en línea recta por encima de su cabeza, justo en el tiempo preciso para que, el mismo jugador, se diera vuelta de espaldas a la portería, y se elevara en espectacular pirueta, logrando la chilena más perfecta; el balón sostenido milagrosamente  en el aire, describió una vez recibida la patada, una indescriptible parábola hasta anidarse en el ángulo superior derecho de la meta.
¡Justo en la horquilla!
De nuestras gargantas los desaforados gritos de algarabía extrema.
Mi mujer, sentimental hasta las canas, se permitió un par de lágrimas.
¡Goooooooooooooooooool!
Era según el monitor, el último minuto de aquel juego.
México 1 y Alemania 0
Aquel portentoso gol hacía la hazaña.
El asombro de tal proeza en nuestras caras.
La mirada fija, inamovible a la pantalla. Emociona a cualquiera ser testigo de tanta magia.
Nos alejamos a corazón contrito. Los viejos no podemos ser partícipes de más de una emoción de tal envergadura.
Mientras nos alejábamos aún temblorosos me pareció oír de uno de los amigos de mi nieto, a este último.
-diles wey, que se trata de un videojuego de FIFA.
Y si piensan lo mismo que yo, a mí también me dieron ganas, un sólo moquete al nieto de mierda.
Nos despedimos esa tarde de casa de mi hijo con esa sensación de haber perdido la inocencia.
Mi mujer mientras iba en el auto repetía una y otra vez.
-¡no por Dios! Qué emoción.  Y yo veía cómo se llenaban de nuevo sus ojitos de lágrimas.
¡Qué poca madre de llenarle a uno la vida de esperanzas!



© 2016 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 8 de diciembre de 2016

¡Frío y niebla!

Escuela de Medicina, 1980 Tuxtla Gtz Chiapas México

Cogí la gruesa chamarra de carnaza, me la puse sobre los hombros y salí de la cabaña.
Tengo apenas ocho meses de haberme retirado de la medicina.
¡Jubilado con treinta y seis años de servicio a cuestas!
Afuera, a pesar de ser las tres y cuarto de la tarde, ha caído la oscuridad como si fueran las siete u ocho de la noche. Mientras caminaba al cobertizo en busca de leños para la chimenea, dentro de mi cabeza venía una y otra vez la imagen.

¡Frío y niebla!

¡Dios! esa mirada persiguiéndome a lo largo de mi camino. A lo largo de toda mi vida.

¡Pánico, dolor, suplica!

Esa mirada de quién quiere a toda costa, santificarse a la vida, aferrándose a este mundo.

La mujer estaba recostada en el camastro, los ojos hundidos en las órbitas, los pómulos salientes, la palidez en su cara, la extrema delgadez de las carnes.

¡Caquéctica!

Me acerqué para tomarle el pulso. Saqué el baumanómetro y el estetoscopio del viejo maletín y comencé a checar signos de vida en aquel cuerpo reclamado ya, por la tierra. Mientras colocaba el estetoscopio en el pecho, ella intentó con la mano derecha tocar mi antebrazo. Un estridor sordo y ronco salió de su garganta. El hedor fétido en aquel aliento. Su mano cayó sin siquiera alcanzar a rozarme. El movimiento de alejamiento y defensa había sido justo, para evitar su contacto.

Aquella tarde había caminado dos horas y media por un sendero lleno de maleza, entre cañadas y cerros. Resbaladizo por la lluvia. Dos horas y media acompañado por el esposo, un hombre menudo y enjuto, a quien veía, desde la retaguardia, cargando un fardo en el alma. Y por una auxiliar de enfermería que casi corría, para mantener nuestro tranco. Una pequeña caravana que amén de serios y desencajados, nos movíamos en una incertidumbre. 
La mujer en agonía no rebasaba la treintena de años, el marido muy apenas lo hacía, y yo recién cumplidos los veinticinco. Tenía cuatro semanas y tres días en el servicio social. Contados con palomitas en el calendario día a día.
Mientras tomaba los signos, el quejido constante y los gestos en aquel rostro, los dichos del marido, y el silencio de padres y hermanos en derredor nuestro, me hicieron entender el dolor y el sufrimiento por los que había estado pasando los últimos días o tal vez ya las últimas semanas. La fatiga y el desánimo en aquel cuerpo postrado.
Escudriñé en el maletín y no había otra cosa más que dipirona y paracetamol.
A partir de mi llegada y en las siguientes seis horas y cuarenta minutos cada hora, me di la tarea de checar los signos vitales con mi flamante baumanómetro y mi estetoscopio. Tomaba su muñeca con delicadeza y sentía el pulso, cada vez más apagado. Me atreví y sentándome al borde del camastro, pasaba mi mano por la frente de la mujer hallándola cada vez más fría. Ella a la vez tocaba mi mano, acariciándola. El afán de consuelo aquella tarde, era mutuo.
Cada dos horas y después de un tiempo de tranquilidad en la mujer, y al reiniciarse los quejidos y los gestos, la auxiliar mezclaba la dipirona y el paracetamol y los pasaba por las venas.
Seis horas y cuarenta minutos de vigilancia mutua, de vigilia, ella la vista fija hacia mí, yo desviándola de vez en cuando.
Seis horas y cuarenta minutos y esa mirada de pánico y suplica, a pesar de haberse aliviado el dolor, a pesar de haber logrado una efímera tranquilidad, estuvo presente en el rostro de la mujer sin cambiar un sólo ápice.

Desandamos el camino caída ya la noche. A trompicones y resbalando alcancé a ver las luces de Pichucalco. El silencio había sido compañero fiel de nuestro andar de regreso en aquella húmeda tarde. El hombre, recién estrenado como viudo, se veía ya con alivio. ¡Aligerado! El pesado fardo del alma me lo había endosado y lo traía yo cargando.

La escuela de Medicina y el romanticismo de nuestra carrera. El apostolado. Los inolvidables profesores. La compañía de amigos, grata y amena. El cobijo del internado. La revisión de artículos. Los rimbombantes vocablos con los que nos comunicamos.

¡Tinnitus y fosfenos!

¡Esternocleidomastoideo!

¡Meningitis estreptocócica!

Seis horas y cuarenta minutos de una conversación con la impotencia y la frustración y un agachar la cabeza ante la inminente victoria de la muerte.

Volví a Pichucalco y lloré el resto de la noche. Lo hice porque habría sido la mayor pendejada no haberlo hecho. En esos tiempos era lo único que podía ofrecerle a mi paciente. Llorar por ella.
Al día siguiente y a temprana hora llamé a mi padre.
Él tenía en ese entonces la mueblería.

-Voy a dejar la medicina, y trabajaré allí contigo en lo de carpintería.  Le dije en el tono más convincente que pude.

Papá es muy parco en eso de las conversaciones telefónicas.
-déjate de chingaderas. Dijo
Y me colgó



Diciembre 09, 2016. Facultad de Medicina, UNACH

© 2016 By Oscar Mtz. Molina