sábado, 26 de febrero de 2011

El sapo y el reloj

Orgulloso croaba un sapo sobre el dedo índice de la profesora de fisiología, se henchía orgulloso al saberse del color del oro. Atraído por el alboroto, un reloj observaba la escena desde la muñeca de la extremidad opuesta. Era uno de esos relojes de plástico que cualquier incauto puede adquirir por unos cuantos pesos en puestos callejeros; sin motivos para alardear, trataba de pasar desapercibido. El sapo ―mientras tanto―, continuaba pregonando a las cuatro paredes del aula su noble ascendencia áurea.
            Tanta presunción terminó por molestar al reloj tepiteño que, incapaz de contenerse, exclamó furioso:
            ―¡Quieres callarte! Con tanto alboroto vas a provocar que mis circuitos electrónicos se descompongan.
El sapo, sorprendido, encaró al vacío.
            ―¿Y tú quién eres? ―dijo tan sólo por decir algo. Cuando sus enormes ojos saltones localizaron al enemigo resguardado bajo el puño de una manga, estuvo a punto de soltar una carcajada. ¡He ahí un relojillo demasiado simplón para ser de clase! ¡Y de color azul rey encendido!
―Supongo que eres nuevo, no recuerdo haberte visto por aquí ―agregó despectivo.
            ―¡A parte de parlanchín, ciego! Pues te equivocas, querido aristócrata: llevo tiempo viviendo en este mismo sitio. Sólo que... como no soy de esos que alborotan, suelo pasar desapercibido…
            ―Pues por el colorcito que te cargas, no me sorprende… ―murmuró el sapo entre dientes.
―…en cambio a ti  ―que no sabes del silencio y el recato― te conozco más que a un amigo de toda la vida. Y sé algunas cosillas que…
El sapo se sintió ofendido.
            ―¿Qué insinúas, pitufo desgraciado? ―explotó, se retorcía de coraje.
            ―Nada, charlatán.
            ―¿Charlatán? ¿Yo charlatán? ¿Cómo te atreves a llamarme así? ¡Me estás insultando! ―y sin decir más, el anillo se puso a llorar.
            Contrariado por la intempestiva reacción del sapo, el reloj terminó por ceder a los impulsos de su noble corazón asiático.
            ―Ni aguantas nada, sapito, sólo una broma
            ―Pues si me conoces también, deberías saber que no estoy para ese tipo bromitas. Heriste mis sentimientos.
            ―No fue mi intención ofenderte, te lo juro ―se disculpó el reloj azul en un tono sarcástico que dejaba mucho que desear.
            ―¿Acaso no insinúas que no estoy hecho de oro? ―insistió el sapo, herido en su amor propio.
            El reloj no respondió, le costaba trabajo seguir con aquel juego, mantener viva una disputa que en el fondo no sentía propia (ni siquiera al recordar los orígenes fangosos de su contrincante) y decidió acabarla de una vez por todas.
            ―Sabes, Midas ―el sapo hinchó su pecho agradecido―, nuestra diferencia puede ser resuelta sin que nadie salga lastimado.
            ¾¿Y quién será el juez de paz?
            ¾Alguien que nos conoce muy bien y que no querrá dar lugar a suspicacias: la maestra, nuestra dueña.
            El reloj activó su alarma y se escuchó una tonadita monótona que había hecho de la Séptima Sinfonía de Ludwing van Beethoven una vergüenza. Atendiendo al llamado, la maestra interrumpió su discurso y discretamente bajó la cabeza hasta la altura de la mano, en señal de confidencia.
            ¾¿Qué quieres? ¾inquirió.
            ¾El sapo y yo queremos hacerte una pregunta.
            ¾¿Qué no ven que estoy dando clase? Está bien, pero apúrense.
            ¾¿Es cierto que el sapo es de oro?
            La maestra echó una rápida mirada a los alumnos, al ver que seguían plácidamente dormidos, contestó:
            ¾¡Desde luego que es de oro puro! ¡Me costó una fortuna!
Zanjado el incidente,  la maestra continuó con la clase de fisiología.

Ciudad Universitaria, México, D. F. 1984.

jueves, 24 de febrero de 2011

Versos a Sor Juana Inés de la Cruz


No soy yo la que pensáis,
sino es que allá me habéis dado
otro ser en vuestras plumas
y otro aliento en vuestros labios.

Sor Juana Inés de la Cruz
México (1648-1695)

Amordazada en desacuerdo de obediencia
entro al silencio más largo de mi vida.
El último.

Mudos se oirán los discursos que no escribiré
serán los más terribles
porque no hay silencio más temerario
que el silencio del poeta
el silencio del científico
el silencio del intelectual.

No quedan palabras ante una realidad
que atropella y mutila.
No intentaré otra defensa.

Muda quedará la pluma
de intempestivos versos
de ardores propios y ajenos.

Tengo un corazón hecho grito
una mano estrujando caricias
una boca que traga besos cautivos
que desahogo en ciertas noches
cuando huyo de mis propias garras.

Mis escritos comulgan
entre mi innata virginidad condolida
y mi intento postergado de arrebatos
cuando a solas me entrego
en esta celda sombría
abstraída al zenit del conocimiento.

Reconozco haber escrito versos profanos
que me censuran
con vehemencia febril
¡misericordia!
miseria, corda, corazón,
más allá del pensamiento
sin discutir mis enigmas
sin soslayar mis recovecos
sin encubrir mi perfidia.

Mi palabra arropada en formas
yace desnuda como un lirio quieto.

Renuncié a otra vida
por traspasar el umbral del saber.
Aquí serené mi inquietud insaciable.
Ahora con dolor debo despojarme
de mis libros amados
¡son tantos...!
de mis elementos científicos
¡exactos!
de mis instrumentos musicales
¡bellos!

He amado lo que el Hijo
tiene de hombre y de divino.
He deseado su santo nombre
tanto como sus pies llagados.
¿Habrá sido éste mi peor pecado?

Mi rebelión ha quedado devastada.

Aquí dejo como legado
mis poemas editados
y mi último escrito,
una carta en respuesta a sor Filotea de la Cruz,
mi confesor, mi editor, mi amigo.

Parto en silencio a socorrer a mis hermanas
que agonizan en la epidemia.
Voy a ensañarme con la fiebre espesa
hasta que me consuma el fuego
desde adentro hacia afuera.

Dejo lo que fui en mi empeño:
un estandarte,
un crucifijo insurrecto,
una mujer de hábito oscuro,
una respiración ambivalente
como el mismo eco de la Historia.

Sé que en un punto llegarán los perdones
a desgranar sus uvas en las coronas,
allí me alivianaré
me alimentaré
me persignaré
y desprendida como una tentación
me fugaré por debajo de la puerta.

LILIANA ZWETSCHEK

miércoles, 23 de febrero de 2011

Caperucita Roja (minis de sombra para soltar la mano)

I

...y entonces, la abuelita airadamente dijo al leñador: puro cuento, caperucita roja no existe.
Detrás del arbusto y habiendo escuchado todo, el lobo aún se relamía el hocico.

II

...la verdad si me la comí, dijo el lobo al leñador, en clara alusión a caperucita roja. Huy, de lengua me como un plato, le respondió éste. Esas pulgas no brincan en tu petate, agregó después.

III

A los veinte, a su paso por el bosque rumbo a casa de la abuelita, caperucita roja era envuelta en un estruendoso concierto de aullidos. Auuuu, auuuu. Algunos de estos eran de desesperación, los más, de lujuria.

IV

En aquellas ocasiones en las que él se ponía muy feroz, caperucita corría a ponerse su baby doll rojo, y entonces hacían de cuenta que andaban en el bosque y retozaban sin parar; hasta que la abuelita los invitaba a tomar chocolate o el leñador, con el ceño fruncido y en tono amenazador, le advertía: mucho cuidado con comerse a caperucita.

V

Caperucita, al igual que todas las niñas y púberes de cualquier lugar, terminó por crecer y convertirse en una mujercita hecha y derecha. A su vez, el lobo había perdido agresividad y carácter con los años, tornándose enfermizamente tímido ante la belleza y el porte de la hembra. "Caperuza, Caperuza..." exclamaba a su paso, para luego ir a esconderse temeroso.

VI

A los cuarenta caperucita roja además de hermosa era también encantadoramente sofisticada. ¡Mi madre!, dijo un lobo a otro lobo, la experiencia andando. Las cositas que sabrá hacer, respondió el segundo en un tono francamente más vulgar.

VII

Al asomarme por el facebook de Caperucita Roja, en la ventana amigos encontré una larga lista de lobos (más de uno, viejos amigos míos), algún chacal conocido y una que otra zorra.

Imágenes todamas de Internet.


domingo, 20 de febrero de 2011

Cuentos para leer en clase (Introducción)*

Por si fuera necesaria, una breve introducción…

Los Cuentos para leer en clase son resultado del tedio; son los hijos bastardos que la necedad llevaba a cuestas, hijos procreados entre el falso estudio y la no menos falsa enseñanza. Son producto de la amnesia que convoca el ronroneo soporoso de un reloj en el interior de un aula y que, entre bostezos, obscenamente se posa sobre los cráneos desnudos con la insistencia de una mosca terca que revolotea, desciende y hunde su trompa lo mismo en un manjar suculento que en un plato de excremento.
            Los Cuentos para leer en clase fueron escritos al interior de un aula en horas de enseñanza, guiados cuidadosamente por el cuchicheo monótono de un profesor entorpecido por la edad burocrática y el creciente rencor a una sociedad cruel y despiadada que en el fondo no ceja de mofarse de sí misma.
                ¡Son los hijos ocultos en las cloacas de la casa vecina! Los monstruos acéfalos que ocultamos bajo la cama al oír los goznes de la puerta; los siameses que se entierran bajo el patio (a resguardo de los perros hambrientos). Son la sátira perversa que la desgana convoca con un no fingido encono malintencionado. Son el vómito repugnante que siguió al bacanal incontrolable…
            No son, sin embargo, consecuencia de rencores incontrolables a la medicina o la enseñanza, porque jamás el sueño o el hastío nacieron de ellas; simplemente, fungieron como el medio propicio para que algunos entes llamados profesores acrecentaran su güevonería parásita a costa de estudiantes no menos güevones y valemadristas, que no tuvieron reparo en desperdiciar tiempo y juventud sin que el menor remordimiento les punzara el alma.
            ¡Un momento hijo de puta! grita desde su tumba en vida el Dr. Mario Testelli Matarelli (sic), emergiendo desde lo profundo como un recuerdo punitivo y quisquilloso. Sabias sus palabras, terribles sus arranques. ¿Y dónde quedamos los profesores más cabrones, aquellos que nunca los dejamos dormir en clase? ¿Aquellos desgraciados que con sorna picamos sus ojos, pateamos sus huevos y escupimos su rostro, por pendejos? ¿Acaso nuestro empeño no fue digno de tomarse en cuenta? ¡Litros de bilis derramada en vano, me cae de madre!
            Se necesitan más de unos segundos para digerir su resurrección. Luego, con la seriedad y la desconfianza que exige siempre su persona, respondo:
            ―Cierto. Cuando la clase demanda en demasía no sobra tiempo para dormir sobre los libros. Tampoco alcanzan los sarcasmos para mitigar la angustia. Y, por desgracia, Maestro, toda regla tiene su excepción ―que generalmente se olvida―. Sus clases, aunque magistrales, no fueron más que una breve pesadilla que los psiquiatras habrán de exorcizar.
            Entonces, pinche Manolo, sé congruente y no generalices. ¡No todos fuimos hechos de la misma mierda! Por favor di a tus lectores (si es que hay alguno que no sea producto de tu imaginación calenturienta) que no todos tus profesores fueron mediocres, que hubo sus contadas y sobresalientes excepciones (como la de un servidor y otros cabrones que andan por ahí). ¡Y por favor, déjame morir en paz, no quiero seguir oyendo estupideces!
(Y el mal sueño en que se convirtió para muchos estudiantes de fisiología el fantasma del doctor Mario Testelli, regresa al subconsciente del que nunca debió haber salido.)
            Por eso, curioso lector, al escrutar el origen de estos cuentos no puedo olvidar a la bella, cordial, buenota y joven profesora de fisiología ―¡miembro del equipo de profesores del doctor Testelli!― por ser la musa que una tarde me tocó con su aura inspiradora. No habían transcurrido ni diez minutos de clase y ésta ya era un desastre. Antes de los veinte minutos de perorata insufrible, presa de convulsos desasosiegos, caí en un sopor indomable. No valieron tallones de ojos, piquetes de costilla o apretón de huevos. Aquel bostezador irreal y grotesco no podía ser yo. Sin embargo, tras una peyótica y prolongada ausencia, y contra toda esperanza inicial, luego de sobrellevar (¡Dios sabrá cómo!) la hora y cuarenta minutos que duró aquel sufrimiento: ¡el primer cuento de este libro estaba escrito!
Por desgracia, debo dejar en claro, no fue la belleza desbordante de la profesora la que me atrajo y saturó mis sentidos, sino la ocre monotonía en que tanto empeño puso para que sus alumnos tuviéramos un merecido descanso. Es por eso que, años después, admiro y agradezco esa su habilidad para entretejer y destejer ―cual moderna Penelopea― el principio sin fin de sus clases; las casi dos horas de sueño que nadie estaba dispuesto a desaprovechar. Estoy seguro que sin ese noble gesto de su parte ―lo digo de corazón, sin sarcasmos―, este libro jamás hubiera sido posible. Por eso agradezco su desfachatez para ser una ignorante perfecta, el histrionismo que usó para modular su voz y no despertarnos intempestivamente; a su mal gusto en el vestir, y a tantas y tantas cosas a las que no presté atención por causa del sueño. Pero sobre todo, reconozco su valentía pues sabiendo que carecía de la mínima pizca de pedagogía, por seis largos meses se empeñó en brindarnos ―con puntualidad inglesa― las clases más tediosas, aburridas e insufribles que jamás recibí durante mi formación como médico.
            A esta noble médico (de la que he olvidado el nombre, por razones obvias), dedico este mi más puro y sentido libro Cuentos para leer en clase. Su enseñanza fue extrema y sin ella este libro habría sido una alucinación más.


j. m. ortiz soto, hospital lic. adolfo lópez mateos, méxico, d. f., 1995.

*Forma parte del libro Cuentos para leer en clase.

El Palomo*

El cañón rugió. Tronó como en los tiempos de la revolución. Así era como el Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.
—¿Se quieren casar? —preguntaba.
La mujer se tapaba la cara con el velo rosado que le servía de adorno. El novio se quedaba serio. Y luego un diálogo de miradas en silencio. El Palomo sabía entonces que había un sí, todo era cuestión del tiempo. Ese domingo habría boda. Él se encargaría de comprarles el ajuar, contratar a los músicos, colocar la tarima en el salón, una choza de palma en las afueras, y tener dispuesto el refino, el refresco y la cerveza. La primera ronda era para brindar por los novios y corría a cuenta de él; las siguientes, de los comensales. Ese era su negocio.
Aquel domingo llegaría la caña transparente con su olor de azúcar vieja; transportada en tambores a lomo de mula, bajo la vigilancia del dueño del cañaveral.
La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer rompiendo el tablón al golpe de los huaraches. Los músicos, como siempre, destrozándose el pulpejo de los dedos gracias a la anestesia de la caña. La luz ámbar de los quinqués daba la sensación de tener pedazos de luna colgados sobre aquella rústica pista de baile. Jacinto, tumbador de caña, con reverencia alargó la mano hacia una joven morena. Ella lo observó discreta, movió la cabeza y luego distrajo la mirada hacia otro lado. Él fue a un lugar sombrío. Tragó un sorbo de caña que bajó con un buche de cerveza.
La mujer se estuvo quieta, movía los ojos como buscando algo, al rato aceptó bailar con otro. La falda amplia semejaba una mariposa danzando. Él, de lino blanco, con un pañuelo rojo al cuello, hacía tronar sus tacones contra la madera, como si disparara.
Jacinto, furioso, se interpuso, y sacando una hoz, arremetió contra él; con un gesto de dolor, el hombre abrazó su vientre. Las tripas, como pequeñas víboras brotaban de entre los brazos y las manos. Al agresor en un santiamén lo desarmaron. El herido fue puesto a pocos metros del entarimado; los intestinos, libres de la pared, se acomodaron en la tierra. La sangre poco a poco dejó de correr. Los quejidos parecían el eco del violín.
Al victimario lo ataron a un gran poste que servía para sostener el cielo. Manos, brazos y muslos estaban sujetos por gruesos mecates; sólo podía mover las piernas y los pies, con los cuales taconeaba sobre las costillas de la madera. Los quejidos ya no se oían. Los músicos terminaron cuando el sol irrumpió y en el aire había olores de pan recién horneado. Otra música llegaba: el zumbido de las moscas.


*Tomado de un libro inédito de Rubén García. Publicado y traducido al francés.

viernes, 18 de febrero de 2011

Alfileres

Hay sonidos microscópicos:
cuando el talón hinca un tallo reseco.
A nadie ofende,
o atemoriza.
Son fugacidades
que suceden en el camino.
En mi interior hay pasos
Y talluelos a la vera
que se rompen:
como la vez que un hijo nos miente,
un amigo que defrauda,
o nos consume la incertidumbre
al enterarnos,
que ya no somos lo mismo
ante los ojos de la persona que amamos.
Es un clik breve, intenso,
un alfiler que penetra;
un dolor que nos hace bajar la cabeza,
por días o toda la vida.

jueves, 17 de febrero de 2011

Cuatro coemas sin título

I

No me faltan las palabras
son la forma que mis manos amalgaman
entre el barro de tus senos y el océano de tu sexo
alfarero de ángeles
el cielo es mi escaparate


II

Agosto
son las hojas de los árboles que braman
en un viento frío y tibio que el verano
ha vuelto sueño


III

Hay una sirena
en el islote de mi oreja
en la marea del sueño


IV

¿Qué seré mañana si me faltas?
Seré el náufrago que fui
mientras no estabas

Imagen de Maricar Lavín: Instantes.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Mito imperfecto


Así que era verdad, de tal forma lucían los vampiros. Mis propios ojos lo confirmaban: la tez blanquecina, en el cráneo unos cuantos pelos sucios y adheridos al cuero; ojos inyectados de unas pequeñas venas azulosas y los colmillos prominentes y amenazadores.

Sin embargo había algo que discordaba. No toda la leyenda debía ser verdadera pues el espejo me reproducía perfectamente.

Pérula

Atardecer
Todo un paraíso en la playa de Pérula.

La Huerta, Jalisco. Julio 24, 2010
Foto: Diana RHM, Cámara PowerShot SX20 SI Canon

martes, 15 de febrero de 2011

A Ulises


―¿En verdad me quieres tanto?  Está bien: seré sirena, me sumergiré en el mar y me quedaré varada en alguna isla, esperando a ser rescatada por un marinero que vuelve a casa.

Imagen tomada de la red: Ulises y Circe.

domingo, 13 de febrero de 2011

Los primeros ochenta y cuatro días

Todo empezó después de una borrachera: era tiempo de parar. El primero de marzo de 1987, Luggi se presentó ante el profesor Pedro Miranda, instructor de atletismo de la Unidad Morelos del IMSS, dispuesto a cambiar de vida. "Regresa mañana", le dijo el profesor al ver las deplorables condiciones en que lo tenía sumido la resaca. "Lloré de tristeza e impotencia, pero ahí estuve al día siguiente para preparar el V Maratón Internacional de la Ciudad de México". Se integró a los entrenamientos del grupo de atletismo, esforzándose igual que ellos, aun a costa del peligro que conllevaba para alguien de casi cien kilos peso y que, por si no fuera suficiente, jamás había hecho deporte. Faltando a la recomendación de tomarse un día de descanso a la semana, acumuló 84 días corriendo consecutivamente. Al contar la hazaña a sus compañeros de la ruta de peseros, éstos lo festejaron con una fenomenal parranda que evitó que el ansiado día 85 llegara. Meses después se repetiría la escena cuando, irónicamente, y justo en el día 84 y con las mismas amistades,  la marca personal se vio otra vez interrumpida. Habrían de transcurrir dos años y dos meses para que Luiggi superara el alcoholismo y su proyecto de "constancia y resistencia" se hiciera realidad. Así, el primero de mayo de 1989, José Luis Masias Luna,  dio comienzo a  la carrera que el jueves 10 de febrero del año en curso tuvo como meta la ciudad de Pachuca, Hidalgo. Han pasado 90 000 mil kilómetros, que en tiempo son 21 años, 9 meses y 10 días. Al preguntarle a Luiggi cuál es su próxima meta, responde: "El 26 de abril de este año, en la ciudad de Chihuahua, quiero completar 8000 días sin faltar a correr. Ahí cumplí los 4000 y me trataron muy bien. Prometí regresar y ahí voy."

viernes, 11 de febrero de 2011

Aires góticos

Dra. Liliana Zwetschek

Soy la palidez de tu esfinge
la nube que se derrama en la lluvia que introduces
la sierva de tu vuelo

oigo
las tonalidades de tus laúdes escritos
enraizados entre insomnios y acertijos

aliméntame
a tragos de lágrimas lloradas bajo los dinteles
(huelen a laureles las Beatrices, ¿te diste cuenta...?)
que me llegue nocturna la extremaunción que me unges
en el mórbido silencio que todo lo acontece
todo lo precede
todo lo cierra

Cero mío
mi abstracto caníbal
mi falo inconcluso
quiero llegar lenta hasta tus sombras
palpar la seda de tus intersticios
saciar la sed de tus vampiros blancos
desafinar hasta la última cuerda
en la voracidad de sus fauces
quiero

jueves, 10 de febrero de 2011

El cirujano

Me consta ―porque yo estaba allí― que la incisión que hizo en la piel, fue perfectamente de acuerdo a lo que los libros de anatomía y cirugía ortopédica indican; también puedo argumentar que la disección de los planos profundos, esto es: músculos, fascias y tendones los llevó a cabo con rigurosa meticulosidad, respetando en cada caso, como dije antes, lo que los libros ordenan. Así pues, expuso cuidadosamente la rodilla y trabajó con especial cuidado la lesión tumoral que tenía que extraerse, cortando cuidadosamente el hueso, tratando en todo momento de respetar los bordes sanos que los distintos estudios transoperatorios de patología se lo iban indicando. Me consta también que en todo momento hizo referencia a la cercanía de los grandes vasos poplíteos, arteria y vena en el hueco posterior de la rodilla, y del riesgo inminente de muerte si estos grandes vasos no eran cuidadosamente manipulados. De antemano sabíamos todos los presentes que su mujer había confiado en él su cirugía. Esa misma tarde, cuando me enteré del fallecimiento por sangrado de la arteria poplítea, repasaba en mi mente buscando en qué momento lo hizo, en qué preciso momento, si hasta el cierre de la herida estuvimos todos absolutamente atentos. ¡El mejor cirujano, ni duda cabía de ello!

martes, 8 de febrero de 2011

José Luis Macías, Luiggi: Magnoficción


Si entender el concepto de minificción resulta complicado, explicar el de magnoficción no lo es tanto. Al menos no en México, país considerado por André Bretón como surrealista y de quien, dicen, comentó: si Kafka hubiera sido mexicano, sería un escritor costumbrista (creo haber leído alguna vez, pero no me hagan caso). Y como muestra de lo que digo, les dejo la siguiente entrada.
Todo médico que se precie de serlo recomendará a la madre de su paciente o al paciente mismo, caminar unos veinte o treinta minutos diarios. Pero ¿quién y por qué recomendaría a una persona correr 7956 días, que equivalen a 90 000 km? Más los que se acumulen.
Desde el primero de mayo de 1989, Luiggi ha corrido en los 32 estados que conforman la república Mexicana, en 16 delegaciones del Distrito Federal y en 12 países... ¡Sin parar un solo día! Y si no fuera suficiente, lleva construidas 4 pistas de atletismo en la delegación Gustavo A. Madero. "Y me faltan cinco, una por cada medallista olímpico en atletismo". ¿Sorprendente? Y más si consideramos que todo este trabajo ha sido realizado sin el apoyo de las autoridades deportivas, rascándole en busca de financiamiento privado o con los propios medios del interesado. Clases de cultura deportiva a niños y miles de playeras verdeamarillas regaladas complementan el quehacer de Luiggi.
Este jueves 10 de febrero, en la ciudad de Pachuca, Hidalgo, Luiggi correrá los veinte kilómetros que le faltan para llegar a su meta más próxima de 90 000 kilómetros. (¡Qué lejos se ven los 50 mil kilómetros en el cerro del Cubilete, en Silao, Guanajuato, trayecto en el que tuve la fortuna de acompañarlo hace ya algunos años!). A partir del próximo domingo, semanalmente estaré presentando algunos de los apuntes sobre  la trayectoria de mi amigo José Luis Macías, a quien, desgraciadamente, las autoridades deportivas mexicanas no han dado el reconocimiento oficial que se merece.


Imagen: José Manuel Ortiz Soto: Posando con Luiggi para la foto.

Inspiración


Yacía el poeta no a los pies de la musa, sino agotado sobre sus pechos.


Imagen: Rodin - Il poeta e la Musa (San Pietroburgo, Hermitage)

lunes, 7 de febrero de 2011

El mito de Acteón

Especialmente feliz me parece la cita del mito de Acteón, rey de Tebas, devorado por sus canes instigados por la rencorosa Diana ¿mediante la incapacidad para reconocer a su amo? o ¿porque la diosa le recubrió con una piel de ciervo y los perros engañados desviaron hacia él su agresividad? Precisamente en esta disyuntiva se encuentran las dudas actuales para explicar la interrelación antígeno-anticuerpo y la falta de reconocimiento de los antígenos mielínicos propios (Acteón) por el sistema inmunitario pervertido (los perros).
Nunca se ha explicado con más elegancia literaria el conflicto inmunológico en la esclerosis múltiple.

Prof. Eduardo Varela de Seijas

El mito de Acteón

La diosa Ártemis-Diana es la protectora de la caza, su actividad habitual. En este cometido recorría bosques y montes acompañada de su séquito de ninfas. ninfas. Cuando estaban cansadas y sudorosas tras el ejercicio solían descansar en las orillas de remansos de los ríos o fuentes rumorosas y aprovechaban para tomar un baño. Las diosas eran muy celosas de su intimidad y no podían ser vistas en su desnudez por ningún mortal so pena de arrostrar el castigo correspondiente.
Esto le ocurrió a Acteón, un joven de la familia real de Tebas, educado por el centauro Quirón, que practicando un día en el monte Citerón su actividad favorita, la caza, encaminó involuntariamente sus pasos hasta el lugar donde la diosa y sus ninfas tomaban un baño. El joven no se retiró sino que se quedó contemplando la escena con sus mortales ojos, extasiado ante la visión de la belleza de la diosa. Ártemis, irritada al sentirse observada, lo castiga duramente: lo convierte en un ciervo y excita contra él a los perros que integraban su jauría. Acteón conserva su consciencia humana e intenta hablar con los perros que no lo reconocen y se abalanzan sobre él, desoyendo los sonidos lastimeros que el ciervo emitía en su deseo de que lo reconocieran. Luego buscan desesperados a su amo por todo el bosque hasta llegar a la cueva donde habitaba Quirión quien, para consolarlos, modeló una estatua a imagen de Acteón y se la mostró.

Iguanas gigantes en el D.F. (Angustias y pesadillas)



Jamás imaginé ni en el más loco de mis días aciagos, en este ir y venir por avenidas y calles de la ciudad, que aquella mañana helada y solitaria ―como las más de este febrero también alocado―, y justo al doblar la esquina que me separaba para subir al microbús, me topara de frente con aquella descomunal iguana. Verde, intensamente verde, con ojos abultados, inquietos y vivaces y la lengua rosada que torpemente se movía de adentro hacia afuera.
El microbús me dejo plantado allí mismo, como si nada.
La calle desierta por la helada.
Lenta, subiendo la angustia por pies y piernas engarrotadas.
La iguana caminando directamente hacia mí.
Detuve bruscamente mis pasos. Me quedé parado. Inmóvil, paralizado.
Movió con lentitud una pata delantera balanceándose sobre el otro costado, manteniéndose en esta posición algunos segundos.
Una iguana gigante, ni duda cabía. Las tenía perfectamente identificadas en mi mente. Las había visto más de una vez asumiendo este andar lento y perezoso.
Repitió el movimiento, adelantando esta vez la otra pata delantera y de nuevo el balanceo hacia el otro costado.
Descomunal en su aspecto. La mirada desde hacía ya buen tiempo, atenta a mi cuerpo.
Por mi mente la idea vaga de salir corriendo, pero de nuevo, la imagen en mi memoria recordando la manera en que éstas bestezuelas se yerguen sobre sus cuatro patas, y cómo ágilmente despliegan velocidades nada despreciables, dando la apariencia de flotar, de apenas tocar la tierra.
Y aquí estamos pues, solos esta mañana de invierno en la ciudad de México; yo inmóvil, absolutamente quieto, la gigantesca iguana con la mirada fija en mi, con ese bamboleo lento de su cuerpo acercándose sigilosamente, olfateando y oteando con la lengua.
La maldita bestia lo tiene claro, he visto hacerlo antes por el Discovery Channel; cuando esté a una distancia prudente combinará tres acciones distintas, pero a un solo tiempo: uno, abrirá enormemente la boca, dos, proyectará enérgicamente su lengua rosada y pegajosa, y tres, se lanzará violentamente sobre mí, impulsándose con las patas de adelante.
A mí no me quedará otra cosa que tratar de hacerme un ovillo facilitándole mi deglución, y sobre todo, evitándome con ello un sufrimiento innecesario.