domingo, 27 de marzo de 2011

Hombre con chongo


Técnica: Carbón sobre papel


Realizado en el curso de dibujo de la figura humana en el museo de la escultura de Xalapa, Veracruz.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca, por Amanda Paltrinieri*




*En busca de información para escribir una minificción sobre una vaquita culta que tacha de ignorante a una yegua  (pueden reír, pero es cierto) me encontré con este excelente texto de Amanda Paltrinieri, que de inmediato me remontó a la película Cabeza de Vaca (1990) de Nicolás Echevarría. Se los dejo, a mí me parece excelente.

 
Álvar Núñez Cabeza de Vaca
INDIANA JONES ERA UN POROTO...
Si no naufragaba, lo apresaban los indios o lo perseguían corsarios... Ésta es la historia de un conquistador que no conquistó nada, del más exitoso de los fracasados, de un invasor que supo respetar a los invadidos.

Imagine cinco minutos de una película de aventuras. Después de pasar las mil y una -naufragios y cautiverios varios, muchas muertes, hambre y enfermedades- el protagonista llega a la "civilización", apenas un pueblo perdido en tierra extraña. Las autoridades lo reciben como un héroe, pero él sólo quiere volver a su país. Consigue embarcar, con tanta mala suerte que por enésima vez su nave se va a pique y debe volver a tierra firme. Nuevamente en el mar, lo atacan corsarios franceses... y ya está a punto de caer prisionero cuando una flota amiga lo rescata.
A esta altura del filme, seguramente usted habrá disfrutado a lo loco con tanta acción, pero creerá que simplemente se trata de otra exageración hollywoodense: ¿Cómo aceptar, si no, que la película va apenas por la mitad y que esos cinco minutos reflejan sólo un año -y no el más movido- de los diez que el protagonista pasó en su primer viaje aventurero?
Sin embargo el personaje existió. Era Álvar Núñez Cabeza de Vaca, un conquistador que no se llenó de oro como Hernán Cortés (Nueva 316) o Francisco Pizarro (Nueva 277); según se lo mire, fue un experto en fracasos o un hombre íntegro que supo aprender de cada experiencia y convivir con diferentes culturas, y que sólo perdió a la hora de enfrentarse con la ambición de sus compatriotas.
Por si fuera poco, dejó escritas valiosísimas páginas que -aunque con la visión parcial de su época- cuentan la vida cotidiana de muchos de los pueblos que habitaban América cuando llegaron los españoles.

El inclasificable
En el primero y más valioso de sus relatos, conocido como Naufragios, Cabeza de Vaca destacó que era nieto de Pedro de Vera, conquistador de las islas Canarias. Lástima que no se preocupó por dar otro tipo de datos como la fecha de su nacimiento: se cree que ocurrió entre 1490 y 1507, probablemente en Jerez de la Frontera, Andalucía. Provenía de una familia noble y rica.
Es imposible clasificarlo: aunque como todos los conquistadores esperaba ganar dinero en el "nuevo continente", a diferencia de la mayoría era hombre de letras. Pero tampoco era lo que se dice un intelectual ni un "señorito" como podría haberlo sido por su cuna: cuando las circunstancias lo obligaron demostró que podía arreglárselas para sobrevivir.
En 1527 embarcó como alguacil mayor en la expedición de Pánfilo de Narváez, quien ya había estado en las "Indias". Ninguno de los dos imaginaba qué les esperaba.
A poco de llegar al Caribe, los viajeros fueron recibidos por un ciclón que les costó dos barcos, sesenta personas y veinte caballos. Cuando pudieron reorganizarse, cuatrocientos hombres pusieron rumbo al norte en cinco barcos: la idea era explorar la península de la Florida, adonde llegaron en abril de 1528. Desde allí irían hacia el norte, al "Apalache" según dedujeron de lo que algunos indios les murmuraban cuando les preguntaban por las fuentes del oro y el maíz.
Pero la cosa pintaba fea: las costas estaban llenas de islotes y el continente no era precisamente tierra firme sino pantanosa.

De desastre en desastre
Cabeza de Vaca comenzaba a mostrar su fibra. Aunque discrepaba con Narváez (partidario de dividir la expedición enviando trescientas personas por tierra y cien por mar), decidió seguirlo para que no lo acusaran de cobarde: si algo tenía en estima era su honra.
Los cálculos de Cabeza de Vaca no estaban errados: los caballos servían de poco en aquel suelo; escaseaban alimentos; algunos poblados con los que se cruzaban los recibían a flechazos y los expedicionarios comenzaban a caer por culpa de fiebres extrañas.
En tres meses murieron casi sesenta hombres por hambre, enfermedad o en combate. Un tercio de los sobrevivientes languidecía, semipostrado; hubo intentos de fuga y algunos oficiales se odiaban entre sí. Para colmo, no había noticias del grupo que navegaba.
Como pudieron, los que estaban en condiciones construyeron cinco naves (la mejor para Narváez, otra para Cabeza de Vaca y una tercera al mando de Alonso Castillo y Andrés Dorantes). El 20 de septiembre se largaron al mar, con la idea de llegar a la desembocadura del Mississippi, a la que llegaron el 5 de noviembre. Sin embargo seguían muriendo uno tras otro.
Finalmente, el ansiado Mississippi fue el desastre final: sus aguas desembocaban con tanta fuerza que era imposible remontarlas para ganar la costa. A pesar del pedido de Cabeza de Vaca para que la flota intentara mantenerse unida, Narváez ordenó el "sálvese quien pueda". Una nave zozobró, la de Dorantes y Castillo desapareció; la de Narváez se perdió en el mar con él a bordo (sus tripulantes habían desembarcado en un islote y terminaron comiéndose unos a otros).

Aprendiz de brujo
Cabeza de Vaca alcanzó la costa con un puñado de sobrevivientes extenuados, a los que se unieron días después Dorantes, Castillo y otros náufragos. Lo que Núñez no sabía era que llegar a un poblado español le iba a demandar todavía siete años. Durante ese tiempo, intuitivamente, usó las mismas técnicas que cualquier antropólogo moderno aplicaría en circunstancias parecidas: observó a la gente que fue conociendo, se adaptó a las costumbres de cada pueblo y -sobre todo- guardó en su memoria cada una de las experiencias vividas.
Lo tomaron por hechicero: de hecho logró sanar gente y aprendió bastante medicina americana. Fue comprado y vendido como esclavo varias veces y estuvo a punto de ser asesinado otras tantas. Tuvo períodos de libertad y gracias al prestigio ganado como sanador pudo sobrevivir comerciando de pueblo en pueblo. Algunos de sus compatriotas lograron fugarse de un cautiverio, pero él se negó a abandonar a un enfermo. En una de sus idas y venidas reencontró a Dorantes, Castillo y un moro, el negro Esteban, que habían sobrevivido de milagro.
Esas aventuras fueron narradas en Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, publicados hacia 1542, cuando él ya estaba en su segundo viaje americano. En el texto también describió las costumbres de diversos pueblos. Contó por ejemplo que los coaques y los haneses eran culturas matriarcales cuyas mujeres gozaban de una posición privilegiada; que repartían todas sus posesiones y que amaban y trataban muy bien a sus niños. En cambio otros, como los mariames y los iguaces, despreciaban a las mujeres y las obligaban a hacer los trabajos más pesados.
Naufragios relata los episodios más sorprendentes: desde la aceptación de la homosexualidad en algunas tribus hasta los diferentes métodos ejercitados por los pueblos de la costa y los de tierra adentro para ahuyentar mosquitos.

Regreso y nostalgia
Después de haberse internado por lo que hoy es el estado de Texas, Cabeza de Vaca, Dorantes, Castillo y Esteban se toparon, en 1536, con los primeros españoles. Éstos no podían creen lo que veían: los cuatro, extrañamente vestidos, encabezaban una muchedumbre que los seguía con adoración.
Fueron escoltados a México, donde los recibieron el virrey Antonio de Mendoza y el propio Hernán Cortés. Poco tiempo después Álvar Núñez emprendía su accidentado regreso a España.
No iba a permanecer allí demasiado tiempo; sólo el suficiente para escribir su Naufragios... Las noticias de la desastrosa expedición de Pedro de Mendoza por las tierras del Plata le sirvieron de excusa para ofrecerse como candidato a los cargos de Adelantado, Gobernador y Capitán General de la Provincia del Río de la Plata en el caso de que el sucesor de Mendoza, Juan de Ayolas, hubiera fallecido como se sospechaba.
En diciembre de 1540 embarcó nuevamente hacia América.

Segundas partes nunca fueron buenas
Aunque en muchísimo menor escala que las del primer viaje, el camino hasta Asunción también tuvo sus peripecias: para variar, naufragó en costas brasileñas y demoró casi un año en alcanzar su destino. En el trayecto -que incluyó sus dosis de combates y de negociaciones con los indígenas- tuvo la confirmación de la muerte de Ayolas y se topó con una maravilla: las cataratas del Iguazú, donde "da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye, y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en lo alto dos lanzas y más", según escribió.
Llegó a Asunción en marzo de 1542. Allí lo recibió Domingo Martínez de Irala, hombre taimado y ambicioso cuyo único objetivo era alzarse con las riquezas de las "Sierras del Plata" en la región andina y ser confirmado como Gobernador (precisamente, el puesto de Cabeza de Vaca).
Mientras organizaban las expediciones a las sierras, Irala y sus seguidores habían establecido lo que ellos mismos llamaban "el paraíso de Mahoma", en el que disponían de cuantas mujeres les viniera en gana para su diversión y de los parientes de ellas como fuerza de trabajo.
Cabeza de Vaca quiso poner fin a esa situación. Prohibió a los blancos el trato con los indios y estableció una serie de normas destinadas a impedir su explotación. Para probar que hablaba en serio, hizo dar cien azotes al primer español que violó a una mujer guaraní después de promulgadas las ordenanzas.
Podría decirse que Cabeza de Vaca era un intelectual bienintencionado, pero -así como había logrado vencer mil obstáculos naturales- no supo actuar políticamente. Lo único que consiguió fue ganarse el odio de la gente de Irala y de parte de la propia.
En algún momento tuvo noticias de la conjura que Irala organizaba solapadamente, pero no hizo nada. Fue riguroso cuando no hubiera debido serlo, y cuando la situación se hizo insostenible se dejó ganar por la inacción. Lo cierto es que en abril de 1544 un grupo de colonos lo apresó en su casa y lo mantuvo casi un año encerrado hasta que lo mandaron engrillado a España, acusado de cargos como el de querer convertirse en rey.
El pleito duró ocho años, durante los cuales escribió una Relación General para informar sobre su actuación en la región del Plata. Finalmente lo absolvieron e incluso, en 1552, fue nombrado juez del Tribunal Supremo en Sevilla.
Esa designación fue lo último que se supo de él. También se desconoce la fecha de su muerte. Por suerte quedaron sus textos, esos graciosos relatos de aventuras que recuerdan a uno de los más exitosos chambones de la Historia, un Robinson del siglo dieciséis, un conquistador que no conquistó nada.
© 1998

viernes, 25 de marzo de 2011

Viuda inca


Lleva siete enaguas negras,
negro faldón, trenza negra.
Piel de andar rozando soles,
manos de hilvanar estrellas.

El viento mece su pena
subiendo mil escalones,
Incas tallaron montañas,
huella de sus anteriores.

Por su sombra el Titicaca
enluta sus aguas verdes.
Coca abultada en su boca,
duerme pezones que sienten.

Seco llanto invoca al hombre,
máscara, ritual y polvo,
sabio latir que orillaba
su encendida estela de oro.

Lleva siete enaguas negras,
negro faldón, trenza negra.
Viéndola lejos , la viuda,
parece una llama negra.
 

José Maria Velasco. Munal, Marzo 2011

Pintor y Paisajista. Nació en Temascalcingo Edo. de México.
Dedicado inicialmente a la artesanía.
En 1858 ingresa en la Academia de San Carlos. Por su brillante trayectoria fue nombrado profesor de perspectiva, y más tarde de paisaje. Su labor docente duró más de 40 años.
Naturalista convencido, se alejó de las corrientes impresionistas de la época. Mezcla en sus paisajes además del naturalismo, la propia percepción e imaginación plástica.
Su maestro Eugenio Landesio se vio claramente superado y lo enfocó al paisajismo. En 1889 en la Exposición Internacional de París, recibió la condecoración de Caballero de la Legión de Honor.

Decisión



Estaba decidida a sacarlo de su vida. Un estornudo intenso se escuchó. Él no volvió a molestarla.



Imagen: Tomada de la red.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Poema de amor y lluvia*


en esta la terrible ciudad
de prisas y de asfalto
de letras luminosas y de muerte

en esta la terrible ciudad
de brazos largos y cortos
de sombras que a medio desnudar
se pierden entre gritos y desidias
entre amores etéreos que no vuelven
y fríos desamparos

en esta la terrible ciudad
donde no te espero
porque no te fuiste
donde no te encuentro
porque no estás sola
porque fuiste lluvia
pero también fuiste mi canto
y la mansa mirada de la muerte

en esta la terrible ciudad
que sin tu nombre espanta
donde no me alcanzan los brazos
ni la calma para amarte
donde siento cruel la soledad
y cala el frío de un dios ajeno y compulsivo
al que no importamos una madre

en esta la ciudad ajena
y con tu nombre tatuado en su mirada larga
apenas puedo renacer de las cenizas
sin que sepas –amor- de este desastre
del que sólo sé que no te espero

*José Manuel Ortiz Soto, réplica de viaje (poemario), lagarta azul, 2006.
Imagen tomada de la red.

lunes, 21 de marzo de 2011

Por si no te vuelvo a ver

Nos encontrábamos a trescientos kilómetros de la ciudad en que nos conocimos. Eran las tres de la mañana y el frío intenso del altiplano de México se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital.
Un fino sudor le brotaba de la nariz, que bajo la iluminación mercurial hacía contraste con la oscuridad de sus ojeras. El cabello bruno reflejaba luz a través de las miles de gotas que parecían anidar en su pelo. Apretaba las mandíbulas y la lividez de su cara se acentuaba cada vez que el dolor le corría por alguna parte del cuerpo.
Las enfermeras iban y venían. Mi compañero de guardia, arropado con una manta se había hecho una bolita y su respiración silbante no dejaba dudas: dormía profundamente. Los cubículos estaban separados por cortinas de plástico que corrían por los tubos de acero inoxidable; le daban al espacio una privacidad asfixiante por los olores del yodo y por el tufo que se adosa a los enfermos.
Nos reconocimos de inmediato: ella estudiaba para enfermera y hacía sus prácticas en la Cruz Roja. Un domingo fuimos a una ciudad cercana, paseamos por el parque y juntos disfrutamos el frío dulce de un helado. De regreso en el autobús, recostó su mejilla en mi hombro y su mano cayó sobre mi muslo. La abracé, y con los dedos frotaba la cima de su pecho, mientras la boca reconocía el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó de ahí, simplemente, dejé de verla; no sé por qué.
—¿Eres el único médico aquí?
—Sí.
—¿No hay nadie más que tú?
—No a esta hora. ¿Por qué no te quieres atender conmigo?
—Me da vergüenza.
—¿Vergüenza? ¿Por qué?
—Tú sabes... no puedo contártelo a ti, por lo que pasó entre nosotros.
—Por eso mismo deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención? Dime, por favor.
Poco a poco, se fue relajando y platicándome de su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó ayuda de una auxiliar, quien la llevó al baño, le pidió que se despojara de su ropa interior y, envuelta en una bata, volvió con ella para que se recostara en la camilla y yo pudiera explorarla.
Mientras me quitaba el guante de látex, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, ¡pero los momentos eran tan opuestos! ¡Qué lejos estaba de la penumbra del camión! En aquellos momentos su respiración crujía y resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que rebasaba toda frontera y parecía llevarnos a recovecos de intenso placer. No recuerdo qué fue lo que nos detuvo, pero la tormenta amainó y nos despedimos en una terminal, donde cada uno abordó el camión que nos dejaría en nuestras casas.
En cambio, en esa otra madrugada, mis manos sensibles se detuvieron en cada parte de su anatomía y buscaron palmo a palmo los vidrios que habían roto la continuidad de sus tejidos. ¡Sabía que la estaba matando... y debía llegar ahí antes de que su vida se desanudara! De inmediato me comuniqué con el médico jefe de la guardia, quien estuvo de acuerdo con mi diagnóstico y pidió con urgencia la presencia del anestesiólogo.
Por un momento, nos quedamos solos. Me miró con ojos lejanos. Hubo un abrazo sin fuerzas y un beso tierno en la boca; luego, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas, resbalando a tientas por mi cuello. Me dio otro beso.
—Por si no te vuelvo a ver... —me dijo.
Se fue con su cita a la unidad quirúrgica. Yo tenía más consulta y los recuerdos calientes.
Afuera, arreciaba la lluvia y una sirena ululaba en la oscuridad.

domingo, 20 de marzo de 2011

Una historia de piratas


La doctora Lazo era una mujer hermosa ¾a pesar de su voz de barítono y su gesto contraído¾, sus treinta años despertaban entre los jóvenes estudiantes febriles y húmedas pasiones. Su pelo, lacio y rubio, que ingenuamente le cubría la mitad de la cara, acrecentaba su gracia y le otorgaba una inocencia que, con el tiempo, se sabría inexistente. Su tez más bien pálida, casi transparente, pero con una ligera textura acartonada como la de los cadáveres conservados en formol, daba a su persona un rasgo inconfundible, como el misterio sepulcral que la precedía por los pasillos del pabellón de Patología del Hospital General de México.
            Los comentarios lúbricos de los mordaces e indecentes estudiantes del cuarto semestre se dejaron escuchar desde el primer día de clase. La doctora G. Lazo estaba al frente del aula en compañía del grupo de profesores de patología médica. Su mirada displicente se paseaba amenazante sobre los cuatro grupos encerrados en el aula, haciendo denso y pesado el ambiente.
            ¾¡Esa doctora es un ángel! ¾dijo una voz a punto del orgasmo.
            ¾¡Esa doctora es un ángel! ¾afirmamos los demás, orgásmicos.
            Pero la luna de miel entre profesorado y alumnado duraría poco. No había terminado de hablar el segundo profesor, cuando la doctora G. Lazo se supo de pie. Un silencio sepulcral cubrió el lugar. De súbito, era la noche, como lo advertían los grillos que comenzaron a rechinar en las jardineras. Sobre nuestras cabezas pasaron aleteando, pesada y torpemente, un par de murciélagos grisáceos que fueron a posarse sobre los hombros de la susodicha doctora. Tiempo después afirmaría Magdalena ―antes de enemistarse conmigo por asuntos de amores―,  haber escuchado aullidos de lobos por el rumbo del estacionamiento de estudiantes. (¿Cómo no entendimos entonces que ya se gestaba la desgracia que, un par de meses después, caería sobre la Ciudad de México, el 19 de septiembre y en la que específicamente fallecerían algunos residentes de que en ese momento estaban frente a nosotros?). Un vaho gélido cubrió el aula cuando la doctora Lazo se puso de pie. Las pequeñas gotas de sudor ¾producto del hacinamiento grupal¾ se cristalizaron en sienes y mejillas, pecho y axilas, provocando un insistente escozor que hacía tiritar al alumno más pintado. Debíamos aceptarlo, su presencia como enviada del mal, era imponente-
            ¾¡Jóvenes, soy la doctora Lazo, titular del grupo 1416! ¾su voz gutural retumbó en las paredes, multiplicándose aritméticamente hasta provocar en los presentes una pérdida momentánea del sentido. El eco, tembloroso, huyó por un cristal fracturado y se perdió en el otro extremo del hospital―. Sepan de una vez que no voy a tolerar la impuntualidad... los comentarios extra clase... o comer tortas, tomar refrescos o fumar en el aula.
            Y a continuación desplegó ante nosotros la normatividad de toda una generación castrense.
            ¾¿Alguna pregunta?
No había un sólo murmullo que escapara de nosotros; era mayor el temor a que penetrara en nuestra boca alguno de los gigantescos moscardones de la muerte que formaban su aureola. Mujer acostumbrada a no ser contrariada, se levantó precipitadamente y echó a andar seguida por su séquito. Al verla alejarse por los pasillos, las manos entrelazadas a la altura de la región lumbar, llamaba la atención su constante balanceo, como de pirata con pata de palo. Sobre su hombro, un perico verde nos gritaba maldiciones en holandés. Entonces comprendimos que se trataba del alma en pena de algún viejo pirata de las Antillas. Y los temores vampíricos desaparecieron de nuestros sueños.
            El año escolar fue por demás productivo, pues siempre tuvimos miedo de ser colgados del árbol mayor del Hospital General.

Imagen tomada de la red.

viernes, 18 de marzo de 2011

¡Fuera... abajo!


Esas dos palabras aunadas al ruido de una motosierra fueron lo último que percibió antes de caer y rodar por la colina del antaño nemoroso paraje.
De su muñón, anclado al suelo, brotaron de inmediato lágrimas de sabia buscando inútilmente llegar hasta sus hojas y, envuelta en un aroma arbóreo, emergió su alma.

Desde entonces lanza sus lamentos; no por el uso que de sus ramas hicieron los lugareños al curar su frío invernal, sino por el destino final de sus troncos convertidos en unos finos y lustrosos libros de ecología.

domingo, 13 de marzo de 2011

La casita


La casita, óleo sobre tela, 62 x 40 cm.

Violeta


Violeta, Oleo sobre tela, 30 x20 cm

Historias de cirujanos (Lola)


Lola se recostó sobre la fría mesa, abrió los brazos en cruz y permitió que los sujetaran a las braceras; entornó los ojos, paseó sensualmente la punta de la lengua alrededor de sus labios y comentó al doctor con malicia: “Jovencita de diecisiete primaveras”. Pusieron la mascarilla cubriendo nariz y boca, aspiró cuando le dieron la indicación que lo hiciera; hizo un leve gesto de dolor al recibir la dosis de Pentothal sódico por la vena; después se fue deslizando por el túnel de la inconsciencia.



Lola soñaba con la cirugía estética, con la belleza recuperada, con los labios perfectamente delineados y sensuales, con la nariz perfecta, con los ojos libres de las bolsas y las arrugas espantosas que hacían las patas de gallo, con los pómulos tersos y la barbilla afilada. Soñaba también con senos firmes y voluptuosos, areolas cuidadosamente delimitadas, y pezones inquietos y traviesos. Lola caía irremediablemente en el tobogán del sueño y las ilusiones y se veía de nuevo chiquilla de abdomen plano, glúteos redondos y elevados, muslos firmes sin chaparreras, y piernas sin estrías, ni varices. En una frase suya: jovencita de diecisiete primaveras.
Ni aquella era la sala de quirófanos, ni aquel el cirujano plástico. El veredicto había sido unánime, la sentencia emitida sin contratiempo ni revocaciones ni enmiendas: “Pena de muerte”, dijeron.

sábado, 12 de marzo de 2011

El minorrés


Es tan pendejo, pero tan pendejo,
que difícilmente puede ser un buey completo;
es apenas un minorrés.

Eric Hazán.

El anciano movió la cabeza tres veces, asintiendo. Los alumnos se distribuyeron sobre las camas improvisadas como butacas. A esa hora los pacientes tomaban el sol en las jardineras del hospital, por lo que no había de qué preocuparse. La voz del viejo profesor se escuchó lejana, cual si no se encontrara ya entre nosotros, y sólo fuera producto de un hecho macabro. Pero su figura, antes que asustar a nadie, apenas conseguía arrancar al más duro corazón una risa tímida.
Una mosca grande y verdosa abandonó la cama 65 y cruzó la habitación con un ruido zonzo de bombardero de la Segunda Guerra Mundial. Precautoriamente, Magdalena agachó la cabeza, esquivándola, salvando de la colisión su ensortijado pelo. El frustrado aterrizaje apenas inmutó al insecto, que dio tres vueltas en círculo antes de ubicar otro sitio de descenso. Cuando observó la calva amarillenta del anciano profesor, emitió un chillido salvaje: bajó las patas y apuntó su hocico negro en la dirección correcta, aterrizando en aquella zona despoblada sin ningún contratiempo. El primer impulso del maestro fue agitar la cabeza y arrojarla al vacío, pero la mosca ya mordía una escama seborreica y difícilmente abandonaría su manjar ante tan sutil protesta. Luego del tercer piquete la inconformidad del huésped era mayor, y ahora fueron sus dos enormes orejas las que se agitaron, acuchillando el vacío y provocando un sonido de cartón que se desgarra, pero ni así las contracciones defensivas pudieron llegar hasta el insecto. Para entonces los ojos frambuesa del profesor se encontraban desorbitados, chorreando algunas lágrimas como muestra de su malestar; sus belfos resoplaban, furiosos, salpicando a los alumnos con viscosas gotas de saliva espesa. Por su espina dorsal corría un temblorcillo insistente que erizaba su pelambre, dando la impresión de un gigantesco perro furioso. Sus costados huesudos permitían ver como la piel se metía entre las costillas, dejando imaginar los órganos internos. Sus ancas parecían dos diminutas torres de juguete, embarradas de excremento amarillo verdoso; de entre ellas emergía una enorme y rígida cola lampiña que hacía esfuerzos suprahumanos para elevarse, agitarse y estrellar el escuálido pompón de su raquítica pelambre sobre su cabeza, donde la mosca picoteaba por enésima vez la escama seborreica, sin percatarse de la mole que se le venía encima. Después de un “¡ah!”, el bicho cayó inerte al piso.           
¾¡Muuuuuuuuu! ¾mugió el profesor de Gastroenterología, satisfecho de la demostración brindada. Admirados y complacidos, los alumnos, dimos por concluida la clase y nos fuimos a las jardineras a practicar la lección aprendida.

Imagen tomada de la red.

jueves, 10 de marzo de 2011

Espiral


Quisiera conocer a quien diseñó la estación CU del metrobús y su respectivo puente peatonal: su inconsciencia ante la comunidad universitaria no tiene límite. No dudo de su belleza espiral, tampoco del consumo de energía que se emplea para ascender o descender; cronometrado a paso constante, se necesitan al menos dos minutos para que los desesperados estudiantes estén a tiempo para alcanzar el pumabús. En su desesperación por bajar, algunos jóvenes se convierten en esferas y se arrojan al vacío. ¿En qué tendría que convertirme yo para subir ahora y llegar a tiempo a mi destino?
―Infame diseñador: me he visto en la necesidad de mutar para no ser aplastado por la multitud que trata de bajar y subir...

Imagen LaLa_Dra

miércoles, 9 de marzo de 2011

Historias de Cirujanos (4)

Acomodó las lentillas de aumento y utilizando la punta de una aguja enfocó el objetivo. Inyectó con el mayor de los cuidados el anestésico local. Consideró la distancia adecuada e inclinándose, aproximó su rostro al hermoso rostro de su paciente. El asunto consistía en identificar meticulosamente las microlesiones en la retina, al fondo del ojo y una vez aisladas, efectuar disparos laser para eliminarlas. Tenía perfectamente dominada la técnica. Se le reconocía como un experto.
El asombro de ayudantes y enfermeras, y los exabruptos e improperios de la paciente, deben haberse dado porque a tan estrecha cercanía, en vez de acercarse al ojo, se acercó prendiéndose a los labios.

domingo, 6 de marzo de 2011

Urgencia en la sala de partos

En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede.

Con un trapeador desvelado el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares están de pie.

De pie, es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan.

Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio.

Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas.

Si acaso se oye una radio que da la hora, seguramente es el programa del "ojo pelón". Los que toman las decisiones críticas, duermen: se despiertan sólo si es necesario.

En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Presienten un mundo vacío, sin asideros.

Las enfermeras –algunas ángeles; otras no tanto– aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina.

El puente entre la paciente y la institución son los internos, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen cuatro centímetros de dilatación.

Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico es no tener “Camachos”.

En el momento exacto –a esa hora crucial– preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.

A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero –ese sí– clavado en la vena.

Dos de nosotros guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros.


El jefe –en el silencio del hospital– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.


–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaba con énfasis nuestro equipo.

El escándalo despertó a todo el mundo.

Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud.

Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron sus extremidades, para que las apoyara en las pierneras en posición ginecológica.

Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo.

–Ya, señora; todo va a salir bien –y por dentro muriéndonos de risa.

El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto.

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado.

No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.

Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

sábado, 5 de marzo de 2011

La coneja rosa

Después de tres semanas de clases no habíamos puesto un pie en el área de quirófanos y los alumnos del grupo l316 empezábamos a perder la confianza en el ser humano, sobre todo porque siempre creímos que en una materia como Técnicas quirúrgicas habría más práctica que teoría. Casi al borde de la desesperación colectiva, una mañana un comentario de Eric Hazán a Jesús Takajashi me hizo abrigar nuevas esperanzas sobre mi enseñanza quirúrgica y, desde luego, sobre un provechoso futuro como médico cirujano: la profesora ¾mujer soltera, rebasando ya la mitad de la vida¾ ocultaba detrás de sus gruesos lentes y su indumentaria de monja frustrada, cierto misticismo de coneja de Alicia en el País de las Maravillas. Y como si aquel descubrimiento fuese parte de un encantamiento  ¾en un acto de abrir su corazón al nuevo grupo de alumnos y despojándose de falsas máscaras y añejos prejuicios¾, su sonrisa apareció ante nosotros como la de una dulce y tierna conejita rosa. Sus enormes dientes blancos y brillantes se mostraron sin conmiseración ni reticencias y aún los alumnos de la décima fila pudieron ver su brillo de anuncio televisivo y constatar su fortaleza. Sus cejas se arquearon dando a los profundos ojos rojos una expresión vivaracha y entrañable, mientras su par de orejas crecían aritméticamente hasta alcanzar las proporciones adecuadas para cubrir la última fila, así fuera de comentarios entre dientes. Ya sólo le faltaban unos blanquecinos y rígidos bigotes que dieran a su nariz el carisma y el encanto de las conejillas al olisquear su entorno o mascar displicentes un chicle de tutifruti.
¾No hay duda ¾sonrió Alejandro Membrillo al contemplar la metamorfosis¾: el amor de esta mujer por sus alumnos la ha transformado en una coneja de prácticas. ¡Ella es el conejo que por tres semanas nos habían negado!
¾¡Finalmente hoy operaremos! ¾ gritamos todos, satisfechos.
Cuando el primer equipo quirúrgico pasó al frente la doctora había completado la metamorfosis y movía coquetamente su diminuta y esponjada cola. Eric la tomó en sus manos y la acarició rítmicamente; mientras le demostraba nuestro aprecio, la depositó sobre la mesa de operaciones improvisada en el aula.
―¿Todo listo? ―pregunté a Fabiana Ballesteros, que hacía de anestesióloga.
 ―Sí.
Las inmensas orejas de la coneja se elevaron como torres expectante, pero ni el gran amor a la enseñanza ¾del que tanto hablaba la maestra y del cual habíamos recibido ya una muestra en su metamorfosis¾ fueron suficientes para evitar que escapara cuando Fabiana acercó a su rostro la mascarilla con el cloroformo y Bongo ¾el primate más torpe del equipo¾ empuñó el filoso bisturí con el que habría de explorar sus entrañas.

Imagen tomada de la red.

jueves, 3 de marzo de 2011

Una lección de anatomía


Festejamos la noticia: el elevador se había descompuesto y la doctora Graciela C. difícilmente cargaría sus obesos setenta y tantos años a través de cuatro pisos de rampas y escaleras tan sólo por el gusto de echarle a perder la tarde a sus alumnos. Por educación ―a pesar del poco riesgo que implicaba―, acordamos esperarla los treinta minutos reglamentarios antes de oficializar la suspensión de clases; ya después, con la conciencia tranquila, podríamos ir al estacionamiento a emborracharnos. Un tanto preocupados por la ausencia de la maestra (que nunca faltaba a sus clases), con sincera pesadumbre observábamos el reloj a intervalos regulares de cinco minutos, sólo para comprobar que el tiempo seguía honestamente su marcha, y se desvanecía entre el penetrante olor a formol y la presencia contundente de los cadáveres sin nombre, siempre puntuales a su obligatoria lección de anatomía.
            ¾A mí se me hace que la pinche viejita ya no vino ¾dijo el Ocho con su inconfundible acento costeño y su risa libidinosa¾. Pos nomás de intentar subir a pie tantos pinches pisos, seguro que se infarta.
            A nadie emocionó aquel comentario tan fuera de lugar. La doctora C. ¾dada su avanzada edad¾ difícilmente podría subir un peldaño y respirar al mismo tiempo. Además, era un hecho científicamente comprobado que después de ascender diez escalones, la anciana desfallecería, caería pesadamente sobre el concreto, mientras un tumulto de jóvenes pre-médicos iría a su lado agitando sus batas, tratando de proporcionarle un medio ambiente mejor oxigenado. Por desgracia toda ayuda resultaría inútil. ¡Pobre doctora! Fallecer de esa manera, y todo por su amor a la enseñanza, por el deseo de no faltar jamás a una clase. Dejando en el pasado viejas rencillas, sobre todo por malas calificaciones, algunos alumnos nos sentíamos conmovidos, dispuestos a guardar luto riguroso a su memoria. En los tres meses que restaban del curso, no permitiríamos que un profesor más joven ¾seguramente un oportunista¾ ocupase la plaza que la doctora C. tan celosamente había logrado conservar durante cincuenta años.
            ¾Mus-chas-chi-tos... ¾retumbó su voz en mi memoria, áspera, fría como un recuerdo de ultratumba; pesada, entrecortada, agitada, derritiéndose en el sofocante calor de una muerte por obesidad y asfixia. De ninguna manera ¾me prometí¾ dejaría de recordar cada uno de sus comentarios y enseñanzas; el día de mañana no dejaría de exaltar su habilidad para realizar una disección sin más instrumento que sus agudas uñas amarillas, y qué decir de ese gesto tan característico que usaba para limpiarse el sudor de la frente con el dorso de una mano empapada de grasa y pedazos de tejido. Pero lo que más me dolía era imaginar a una multitud de gusanos hambrientos que estarían escarbando suculentamente su fofa inmensidad.
            ¾¡Pobre mujer! ¾dije en voz alta, llevado por el sentimentalismo, recordando que alguna vez me había ofrecido para vivir su penthouse (como reconocimiento a mis buenas calificaciones y a la carencia de familiares cercanos en la ciudad). Unas lágrimas amargas rodaron de mis ojos. ¡Sería preferible que su cadáver fuera donado al anfiteatro de medicina!,  comenté, recordando el gran amor que ella profesaba a la anatomía. ¿Qué mejor destino para un cadáver cansado al que ¾en estos últimos años¾ ya nadie glorificaba, o, peor aún ni siquiera toleraban? Desde luego, pensé al recordar sus monumentales proporciones, para que su gloria sea todavía mayor, la disección deberán realizarla estudiantes de anatomía previamente seleccionados, los más chingones, las mejores calificaciones, los más cabrones de la generación...
            ¾Pool ejem-plo o túú, much cha chito... ¾ fui seleccionado, elegido por la voz de su recuerdo, tocado por su dedo como quien huye macabramente de la muerte. Escuchar su voz, después de muerta... O me estaba volviendo loco o yo era una especie de médium amateur, que había logrado hacer contacto con el alma de la doctora C. Mis ojos se abrieron desmesuradamente, observando las gavetas en las que reposaban los cadáveres. Y allí, ante una de ellas, con meditabunda rectitud, estaban reunidos mis compañeros de clase. Ya no tuve duda: el cadáver de la doctora C. dirigía en persona su propia disección. Horrorizado, quise salir corriendo de ahí, abandonar definitivamente aquel cuento de Allan Poe en el que me había introducido. El estruendo de las sillas al caerse me devolvió a la realidad: me había quedado dormido. Un tanto avergonzado, me concentré en la clase de anatomía que la doctora Graciela impartía diestramente, mientras limpiaba de su rostro el sudor, dejando sobre el pelo que le cubría la frente minúsculos pedazos de grasa y músculos acartonados.

Imagen: La anti-lección de anatomía del doctor Nicolás Tuulp.