viernes, 21 de septiembre de 2012

Competencia de miradas


Se observan fijamente. Los separa una breve distancia, que la salamandra acorta poco a poco, sin romper el contacto visual.

Gana la mosca. ¿Su premio? Ser digerida rápidamente.
 
 
Imagen de Andrés Gross: Salamandras cazando moscas.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Servicio Social: (2) La cena de la culebra


PARA SER MIS primeras 8 horas de servicio social, no la estaba pasando nada mal. Levanté mi cerveza y brindé por los dioses otomíes, que seguramente a esta hora rondaban la clínica, atraídos por la música y el alcohol. El repiqueteo de la lluvia sobre el techo de lámina fue la confirmación a mis sospechas. Destapé otra lata cerveza para agradecer su gesto. A mi alrededor, los expasantes bebían como si ésta fuera la última borrachera de sus vidas (y no la primera de su nueva etapa). Como diría alguno de ellos que cabeceaba en un rincón:

¾Es nuestra forma de dar gracias a la clínica por su discreta y silenciosa contemplación.

El comentario, entre poético y delirante, provocó que todos lo acusaran de mamón.

Los fantasmas ¾de existir¾ posiblemente se encontraban afuera de la clínica, protegiéndose de la lluvia en algunas de los cientos de botellas vacías que adornaban el jardín.

A las diez de la noche, la gastritis postetílica hacía estragos en nuestras entrañas. Bastaba ver los rostros  o bajarle el volumen al estéreo para oír claramente el diálogo de estómago e intestinos, convulsionados por insoportables retortijones.

¾¿Y qué chingados vamos a cenar? ¾preguntó una voz anónima, seguramente de alguno de los nuevos pasantes.

Los expasantes, que eran nuestros anfitriones, considerando que aquella sería su última noche en la clínica, no se preocuparon por volver a llenar el refrigerador por nada que no fueran cervezas y refrescos. Ante el ayuno inminente, los nuevos pasantes nos miramos preocupados: ignorando si contaríamos si quiera con energía eléctrica, nunca se nos ocurrió llevar un frigorífico, y menos pensamos en un poco de comida. ¡Nos habían contado tantas historias acerca de una anciana caritativa, con nietas hermosas, que acogería en su mesa a los médicos pasantes en su primera cena.

¾Pues lo más importante, o sea los pomos, aquí están… esos nunca faltaron… ¾excusó el expansante de Santiago Mexquititlán.

―¡Salud por el año que se avecina! ―dijimos a coro.

Un ruido de fierros mojados fuera de la clínica atrajo nuestra atención: alguien se estaba brincándose la valla y no tardaría en estar dentro de la clínica, pensamos, no sin cierto temor justificado por nuestra novatés. Y esperamos con los ojos desorbitados que el portón se abriera.

¾¿Y si es uno de estos dioses indígenas que se ha despertado molesto por nuestro alboroto? ¾preguntó Margarita, acercándose a Rubén.

¾Si nuestro desmadre le incomodara a los dioses, seguramente ya nos habrían devorado... ¾farfulló el anfitrión, tranquilizándonos.

Se abrió la puerta de la clínica y entró el expasante del poblado de La Torre, sacudiéndose el agua y limpiándose el lodo de los zapatos. La tranquilidad volvió a nuestros rostros, frustrando en el fondo nuestra desesperanza esotérica.

¾Oye, güey, ¿no trajiste algo de comer? ¾preguntó el expasante de San Pedro Tenango.

Con sonrisa burlona y demostrando un gran histrionismo, el aspirante a médico internista, sabedor de la necesidad de combinar el alcohol con los alimento, nos tranquilizó.

            ¾El problema de la cena está resulto ¾señaló el morral que llevaba colgado en un costado.

La ovación se fue apagando cuando extrajo de su morral un manojo oscuro y amorfo, que despertó las preguntas de los presentes.

¾Es solo una pinche víbora que acaban de atropellar en la carretera. Le pasó la llanta por la cabeza y adiós mundo cruel. Pero el resto del cuerpo está bien ―y extendió el animal sobre la mesa para que lo viéramos, provocando la repugnancia de unos y la risa histérica de otros¾. Una culebra de dos metros, bien nos alimenta a todos.

Decapitada, húmeda, pero todavía con el calorcito vaporoso de la muerte reciente.

Una aureola de misticismo se cernió sobre nuestras cabezas; era posiblemente la presencia de los dioses otomíes que rondaban la clínica la que nos hizo callar y aceptar su designio. ¿Era acaso esto una ofrenda, un pacto de bienvenida o despedida para con estos hombres que luchan a diario por la salud de los suyos? Para ser sincero, habríamos esperado una bienvenida con un borrego en barbacoa o un buen mole de guajolote.

¾Pero estos no son dioses griegos, buey, pensé, envuelto en un halo de lucidez etílica. Y volví a levantar mi cerveza, brindando con ellos.

Una hora después ¾ya completamente ebrios, olvidándonos de la repugnancia primera¾ nos dispusimos a engullir los trozos de culebra, que semejaban pescuezos de pollo con un poco más de carne. No digo que fue aquella la mejor cena de nuestra vida, pero creo que sí nos darían la energía suficiente para seguir soportando las borracheras de los otros trescientos sesenta y cuatro días por transcurrir.

Imagen toda de la red.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Servicio Social: (1) La llegada


Todos llegan por el mismo camino. El frío oscuro de lo desconocido fue la señal para que se levantara precipitadamente del asiento, corriera trastabillando por el pasillo congestionado del autobús y, sin aplastar ni un pollo, alcanzara la puerta justo en la parada del pueblo.
¾¡Bajan en Donicá! ¾grita un joven flaco, a pesar de que tres pasajeros descendían tranquilamente.
Allí estaba a media mañana, detenido en el tiempo a orillas de una carretera, sin saber para dónde caminar, buscando desesperadamente las siglas salvadoras: “S.S.A.” Secretaría de Salubridad y Asistencia.
¾Perdone... ¾se dirige a una de las mujeres que acababan de descender del autobús. La mujer señala un camino de tierra roja; luego le ofreció una sonrisa de topo tímido.
―Allí donde se ven aquellos árboles y la antena. Ahí está la clínica que busca.
El mapa del Estado de Querétaro que consultó debió estar equivocado. Según aquel, la clínica se encontraba al pie de la carretera Temascalcingo-Amealco. Se sintió decepcionado.
A sus recién cumplidos veinticuatro años, el médico pasante en servicio social de Donicá, se echó a caminar cuesta bajo por la carretera roja. No está convencido que ese camino lo lleve al que será su hogar por el próximo año. Camina arrastrando los pies, la mochila le pesa, siente bajo los tenis las piedras granulosas de la recién mantenida carretera. Se llamaba José Manuel y es originario de Jerécuaro, Gto., pero en esta historia prefiere no ser nadie. Apenas ha caminado cien metros y la angustia lo invade, se decepciona sin saber por qué. Quizá porque el camino rojo parece no terminar, perdido entre curvas y arboledas. A pesar de ser mediodía, un frío intransigente cala, maltrata. La distancia se prolonga más allá del río, entre otra curva y más árboles.
¾Perdone... ¿la clínica? ¾la mujer, indiscutiblemente otomí, por su indumentaria, apenas si presta atención al estúpido joven que se cruza en su camino. Y sigue su marcha precipitadamente.
¾¡Chinga tu madre! ¾musita casi en silencio, invadido por una oleada de furor. Quisiera gritarle que ¿acaso no sabía que él era el nuevo médico pasante de la comunidad?, que ya tendría necesidad de consultarlo y entonces vería, hija de su pinche madre. Pero no fue solo el furor lo que le invadió: éste llegó y desapareció como si no nunca hubiera existido, como una simple oleada intempestiva que invade, pero que se disipa al poco tiempo. Y nuevamente, en su reciente llegada, se sintió solo y vacío; incomprendido. Solo y su alma; desahuciado, con la necesidad de abrir aún más los ojos y comprender el medio que lo rodea. Con ganas de despertar del sueño apenas iniciado y saber que no era este el sitio al que lo habían asignado por un año.
Al salir de la curva, ochocientos metros adelante, apareció el cono rojo característico de las bodegas Conasupo, supo que ahí, por todos los demonios, estaba la clínica, entre pinos temblorosos, agitados tempestuosamente por la brisa emanada de la presa Santiago Mexquititlán.
Y por primera vez, en los diez minutos que llevaba en la comunidad de Donicá, tuvo un instante de calma.
 
Imagen tomada de la red.