miércoles, 29 de abril de 2015

La residencia (XXVI) : La pinche araña


La Araña amaneció con el pelo estropajoso y un humor de los mil demonios. Antes de siquiera de mirarse en el espejo, lo estrelló con el tacón de su zapato favorito. Luego, con amañado desdén, arrojó el zapato por la ventana.
Para la Araña, éste era un día común y corriente (un poco más de lo uno, un poco más de lo otro, en realidad tampoco le importaba) y la agresión a dos de sus objetos preciados no era más que la secuencia de una cadena de fingido aprecio. La hipocresía era su mejor arma. Asesina en potencia, todas las mañanas, olvidando los placeres de la víspera, no tenía reparo en partirle su madre a cada objeto a su alcance. A lo largo de su vida, hombres y mujeres habían huido de su lado no por su fealdad, sino por el peligro que representaba en momentos como aquellos. Quienes la conocían, al verla venir por la acera no dudaban en dejar de lado su valor y bajarse de la banqueta, aun exponiéndose al riesgo que conlleva caminar entre los automóviles. Siempre será mejor una prudente distancia de por medio, aseguraban. No obstante, sé de un intrépido que invocó al demonio, que después de beberse el octavo caballito de tequila dijo que él sí había dejado el miedo atrás, se había armado de güevos y una noche la abordó en la esquina de su casa, cuando la Araña regresaba de su trabajo. Para su sorpresa, la Araña lo invitó a entrar a su casa. El lugar era por demás lúgubre; el largo pasillo de cantera despedía un olor a humedad y tierra añeja, como de camposanto, y un sonido profundo los acompañó hasta llegar a la sala. Cuando las primeras luces de un candelabro se prendieron, no fueron capaces de disipar las sombras en su totalidad, pero la mezquina luz fue suficiente para que él, el atrevido hombre valiente, se percatara de cada misterio encerrado en esa vieja casona. Los millares de cristales esparcidos por todas las orillas de la sala le permitieron entrever que esa mujer odiaba los espejos, pero que al mismo tiempo había algo en su interior que la llevaba a, después de destruirlos, proveerse de nuevos espejos. Del techo descendían gruesa y viscosas crines, formando una red sin orden, entrecruzándose, enlazándose. Luego como la impaciencia ya nos agobiaba—, nuestro camarada el valiente nos contó la historia de amor más fantástica:
¿Que cómo logré escaparme? Cabrones: yo iba preparado mentalmente para todo, y jamás  cerré los ojos, ni aún cuando me la estaba mamando. Siempre los tuve bien abiertos. Y cuando estaba terminando por décima vez, los tentáculos ya descendían del techo, para envolvernos. Traté de separarme de ella bruscamente, pero su cuerpo viscoso, sus pies cruzados sobre mi espalda, sus brazos aferrados a mi cuello parecían no querer separarse de mí... ¡Entonces sí que sufrí!, pues veía esas hebras gigantescas caer sobre nosotros. Pensé que quedaría atrapado como una mosca entre la telaraña, y todo por cusco. Pero logré huir, dejándola sumida en su orgasmo...
Por supuesto que no le creímos, pero nos hicimos los apantallados.
Luego, con el tiempo, hubo otros intrépidos que aseguraban haber logrado huir de la viuda negra, hablaban de osamentas abandonadas en los rincones más distantes de la casa, aún con un rictus de placer grabado en los huesos de la cara, de olores nauseabundos, de putrefacción que indicaba la cercana presencia de una carne en descomposición. Es más, hubo quien dijo ver al través de un ojo de una cerradura un cementerio en el que un mundo de arañas violaban las cuencas de los ojos de incontables calaveras.

Por eso, cada mañana, cuando la Araña aparecía entre nosotros, nos guardábamos mucho de acercarnos a ella. Cuando por alguna indicación éramos llevados a su presencia, manteníamos el más solemne de los silencios, asintiendo a cada expresión suya, procurando no contrariarla, porque sabíamos que una opinión encontrada liberaría su cólera. Siempre le dijimos que sí a todo lo que nos propuso, y vivimos muy felices bajo su mandato.

jueves, 23 de abril de 2015

Receta infalible


Mi premisa es que el dolor se quita con sexo. No hay nada que una buena liberación de endorfinas no mitigue. Lo pesado es la interminable fila de viejitas afuera de mi consultorio.

Hilario Martínez

Aún tengo la memoria de tu olor...


Aún tengo la memoria de tu olor
la humedad de tus besos sobrevive a mis labios
tu calor, colgado de tu sala, se extiende hasta mis manos

dormí contigo (literal)

los contornos de tu cuerpo
reaparecen en cada sonrisa que dibujas en mi rostro
y tu piel, aún tibia, abre una ventana a las tres de la mañana

mi silencio será eterno

me hidrato con un poco cerveza
para rememorar la suavidad de tus ojos


Jonathan de la Cruz Pacheco

viernes, 3 de abril de 2015

Amar hasta la muerte


La casa, Serigrafía de Jaime Ignacio Martínez

Qué fría estará mi alcoba sin el calor de tu cuerpo. Dijo mientras empujaba al abismo, el cadáver de su mujer. Sollozaba, emitiendo entrecortados suspiros. Había que haber estado allí para comprender la angustia y el dolor de aquel hombre. Fue absuelto. ¡Inocencia!, fue el veredicto. Y cómo no declararlo de ese modo si lo que uno encontraba al ver ese rostro, eran desolación, soledad, tristeza.La amaba hasta la muerte, se decía a su paso.
Y en efecto así había sido.