miércoles, 30 de noviembre de 2016

La memoria y el ladrón de recuerdos

Los primos. Yajalón Chiapas, México


«Todo lo que hemos olvidado grita en nuestros sueños pidiendo ayuda.» 
Elías Canetti 

1
-Una mañana lluviosa y fría de 1974 volvíamos de san Antonio, el rancho del abuelo Gil, en Yajalón Chiapas. Empapados hasta los huesos, cayendo y resbalando por el terreno lodoso, traíamos por los hombros al primo Pablo, fracturado del dedo del pie. ¿Lo recuerdas? Éramos unos chicos tremendos.
-pero tú no ibas con nosotros.
Por supuesto que sí, habíamos ido a pasar el fin de semana al rancho, y comimos huevos estrellados, y avena, y café de olla, que nos hizo la abuela y pan desde luego. Pan que ayudamos a amasar.
-Si de todo eso más o menos me acuerdo. El primo Pablo, que en paz descanse, y los abuelos. Había naranja y caña, y ayudamos al abuelo a guardar el café, en el beneficio. Y montamos caballos.
-pero tú no ibas con nosotros. ¡Casi estoy seguro que no! Mis tíos nunca dejaban que anduvieses con nosotros…

Son los recuerdos los que van construyendo nuestro camino. Es tarde ya, el crepúsculo de una vida. Miro hacia atrás de reojo y detengo mis pasos. Suspiro y dejo que la corriente de los sueños me vaya envolviendo. Hago recuento del camino.

Elías Canetti, La lengua absuelta, la novela de su vida contada paso a paso a través de los recuerdos. El enredo con la lengua, recordando que Canetti es un extraño personaje que nació en Bulgaria, y olvido el idioma Búlgaro. Que provenía de la estirpe Judía Sefardí que, tuvo que marchar de España y que a pesar de la afrenta, recordaba perfecto el idioma español. Elías Canetti, el hombre menudo de estatura que escribió sus obras cumbres en alemán. Nacionalizado británico siendo reconocido con el premio Nobel de Literatura en 1981. La lengua absuelta, la extraña y cercana relación con la madre. La necesaria lucha que se define finalmente con la lejanía entre ambos. De nueva cuenta la memoria y el olvido. Los recuerdos. Canetti es un escritor que recuerda, siempre recuerda; es un hombre que labra su escritura en base a la memoria y que conforma todo un universo de la literatura, tomando como punto de partida, trayecto y punto final del camino, sus recuerdos.

El hombre posee alma por que recuerda. Posee sueños porque recuerda. Tiene vida porque recuerda. Gran parte de nuestro camino lo hacemos recordando, nuestras reuniones son reuniones de recordar el pasado. Nuestra referencia al presente, se basa en lo que podemos rescatar del olvido y revivirlo, nos planteamos el futuro en función de lo que hemos sido. No existe otro modo de seguir viviendo si no lo hacemos en función de la memoria. El hombre que la pierde en el sendero, el que olvida, el que se extravía, perece.

Son las cinco de la mañana de esta mañana fría del último día de noviembre, ciudad de México. Mi mujer y mis hijos duermen. Mi compañía la taza de café. Silencio en derredor mío. Releo algunos párrafos del arte de la memoria de Ilán Stavans, “sin la memoria, por ejemplo, no sabríamos que el tres va antes que el cuatro, y después del dos, lo que nos impediría multiplicar y sumar, o saber nuestra edad. Nos impediría saber que el sábado y el domingo son días de asueto, y que tal y cual son nuestros padres”.

Las emociones íntimas, la tristeza, la risa, el amor y el desamor, están ligados de manera estrecha a nuestros recuerdos. Nuestro sueño y nuestro desvelo, la maravilla del insomnio es un ir y venir al paraíso de la memoria, nos refocilamos en ella, escudriñamos sus recovecos, nos empeñamos incluso en tratar de rescatar vivencias del olvido. Solemos pasar horas y horas, días enteros, intentando traer al presente algún viejo recuerdo que creemos haber vivido.

2

Adueñarse de los recuerdos de otros, es también parte de nuestras vidas. Robarle la memoria al vecino.
La historia del primo Pablo y su fractura del dedo del pie, las peripecias en el rancho del abuelo, la dolorosa y angustiosa vuelta al pueblo, resbalando y cayendo, la escuché por primera vez el domingo siguiente en casa del abuelo. Para ese entonces, Pablo lucía orgulloso su bota de yeso. El abuelo se refería a Pablo y a los otros primos como “unos valientes”, y lo repitió al menos una docena de veces. La abuela reía también y con una abierta felicidad, contaba la hechura del pan y los huevos estrellados, y la glotonería de los “valientes”, todos ellos reían al igual que mis tíos, e incluso mis padres. Yo permanecía en silencio, añorando haber estado allí con ellos. La historia, y como esa muchas más de aquella época las viví desde la amena charla de mis primos, y desde la soledad del encierro en casa.
Con el tiempo y habiéndome alejado de la familia me fui envolviendo en aquellas historias, como si fueran mías. Primero desde una prudente distancia, al final como claro protagonista de ellas. Con la muerte de los abuelos me encontré un día contando aquellos recuerdos sin tener que cuidarme de las inquisitivas miradas, y sin que ellos tuviesen la oportunidad de quitarme del grupo de valientes. Pablo falleció temprano, y se volvió un cómplice de mis hazañas.

-Pablo me pedía tal…

-El primo Pablo me acompañaba…

Desde su tumba, Pablo revolcándose entre los mitos de mi vida.

Mi historia robada es una historia romántica, para recrear un poco a los ladrones de recuerdos. Todos en alguna medida lo somos. Sesenta por ciento de la población, según algunos estudios de la Psicología moderna, solemos apropiarnos de esos recuerdos para poder convivir en una reunión de amigos. Romántica porque adereza una infancia gris, entre algodones y sábanas. Resguardado de resfríos leves o graves neumonías, asma. Mi madre corriendo tras de mí con el suéter o la chamarra. El mundo visto desde detrás de las ventanas, encerrado en casa de los vientos traicioneros y maliciosos. El trompo, el balero y las canicas relucientes, y nuevos. Sin un sólo rasguño en sus cuerpos, al igual que ninguna huella en mi alma. Ladrón de recuerdos para tener algo que contarle al mundo. Configurarme un universo infantil pleno de sueños y aventuras.

Marcel Proust, lo vivido y lo robado, lo real y lo ficticio. El gran referente para hablar de literatura y memoria, siete libros que conforman su gran obra, En busca del tiempo perdido. Aunque se han realizado estudios para contrastar los acontecimientos de la novela con la vida real de Proust, lo cierto es que nunca podría llegar a confundirse, porque, como afirma el propio autor, la literatura comienza donde termina la opacidad de la existencia.

Cuánto de lo contado desde una perspectiva autobiográfica le pertenece al escritor. Cuánto de las hazañas platicadas en entrevistas le pertenece al entrevistado. Los hechos importantes en una sociedad, dan cabida a ladrones seriales, de recuerdos. El movimiento estudiantil del 68 dio pie a que muchos impostores que, pasaron de largo, una vez fueron muriendo los protagonistas, y sin que estos pudiesen desmentirles, se fueron apropiando de sus historias para hacerlas suyas, y así como estas, catástrofes y guerras se visten de contadores y estrellas arropados en el anonimato y el silencio inicial, para dar cabida después, al alumbrón. Hasta que llega alguien con pruebas irrefutables, y revela sus pequeñeces de hombre.

¿Pero por qué razón robamos las historias de otros?

De manera pormenorizada me di a la tarea de  buscar en internet y al menos en la combinación de palabras exprofeso hallé poco, o casi nada. Con una salvedad bien estudiada, la de la falsa memoria, construida a partir de hechos inexistentes, totalmente creados bajo circunstancias particulares, estrés, depresión, hipnosis. En el robo de recuerdos o apropiación de historias ajenas, existe la conciencia de hacerlo; se sabe del hecho, se conoce a los personajes, y sin embargo uno va hurgando entre ellos hasta incorporarlos formalmente a nuestra memoria. Sentido de pertenencia de grupo, la única razón, o al menos la más evidente para poder justificarla. Identificarse con el otro compartiendo un pasado. El gusanito que hace tomar a otro un recuerdo, compartirlo en una charla casual, envolverlo grácilmente en hechos memorables, lento pero a paso seguro, la repetición de la plática hasta que, transformándola, se vuelva de uno.

-el primo Pablo, y la fractura del dedo del pie, ¿pie derecho verdad?
Si, el derecho y tú lo cargabas justo de ese lado. Recuerdo que en una de esas el resbalón hizo que casi te fueras contra el alambre de púas.
-Cierto. Ahora recuerdo eso. Incluso una de las púas desgarro mi pantalón. ¿Pero, tú andabas con nosotros?
-Por supuesto, gracias a mí no te caíste por completo, yo los detuve a ti, y a Pablo. Lo bien que la pasamos esos días con los abuelos.
-Sí. Comimos castañas asadas, y plántanos hervidos. Y tú vomitaste por comer tantas castañas, o ¿fue el primo Toño?
Fue Toño. Contesto y sonrió victorioso, toda una vida y por fin el otro me ha integrado como protagonista de sus recuerdos.

La memoria y ese extraño mundo en el que nos vamos enredando, historia tras historia de nuestra vida reflejada en sueños. Hasta que llega el ladrón de recuerdos más experto de todos los que ha habido, el Alzheimer y te deja vacío, inanimado, inexistente.



2016 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 24 de noviembre de 2016

Amor entre soledades VI

Arte efímero. MUAC. Cd. de México, 2015


-¡Escúchame grandísimo cabrón!, exclamó mi padre, mientras yo daba la vuelta, alejándome.
-Pones un pie fuera de esta casa, y no vuelves a vernos. Te olvidas de rentas, dineros y demás cositas que güevoneando todo el día, te hemos estado consintiendo.

Me paré en seco, y giré ciento ochenta grados para verlo de frente. Corpulento, y grueso. El cabello ondulado. Las cejas pegándose en el centro al fruncir el ceño.  La comisura de los labios temblando. Eso le pasaba siempre que estaba muy enojado.

-Pa. Dije con la voz quebrándose entre mis labios.
-Yo a usted le tengo mucho respeto, y no se trata de ganar o perder lo que usted, desde su buen corazón, ha querido darme. Pero la quiero pa, y mucho; como usted no se imagina. Tal vez como usted ha querido a mi madre.

-a tu madre no la metas en esto. Respondió mi padre a botepronto.

-como usted diga, pero le digo que la quiero.

-Pues escoge entre esa muchacha, que no te merece, y lo que en esta casa dejas.

-Pero eso sí, vociferó mi padre. Arqueando aún más las cejas y aumentándole el temblor del labio.

-tu pones un pie fuera de esta casa y sales a buscar a esa mujer y para nosotros habrás muerto.

Así fue como me quedé en casa y aprendí poco a poco a olvidarla. O al menos, a pensar que no hablando de ella, la olvidaba. Me casé al poco tiempo con la hija del compadre de mi papá, y a decir verdad me llené la vida de placeres que salían de los bolsillos de ellos. Tuve hijos con la mujer buena y complaciente que, el destino, había puesto en el camino. Del mismo modo como a ella, le puso mi sino. Crecí en el negocio que compartí con mi padre, y bajo la estricta dirección de sus sentidos. Desde aquella breve rebeldía, jamás volvió a tratarse el asunto de la mujer de mis días de juventud. Adela
Pueblo chico infierno grande. Adela se casó también con algún agente viajero, y de vez en vez se asomaba por el pueblo. Tampoco era cosa de removerle el polvo a los ijares. Pasamos por la vida como se pasa en la resolana de la tarde.
Con la vejez de mi papá, llegó también la muerte de mi madre. Se adelantó en ese viaje, sumisa y sumida en el eterno silencio y el ir y venir de la casa.
La tarde sombría nos apañó a los dos en el quicio de la puerta. Yo con un café, y mi padre con el eterno cigarro en los labios. El gesto adusto y contrito por los años. Las manos temblorosas por el mal del Parkinson. Las arrugas surcando frente y entrecejo. A lo lejos, y cada vez más acercándose, Adela bamboleando las caderas, meciendo entre ellas el aire. El paso enérgico y el taconeo firme. El porte altivo, los pechos de madurez a toda prueba. Pasa justo al centro de la acera. En ningún momento pierde ritmo en el paso, ni en la cadencia. La vemos alejarse de nuestra presencia momentánea. Apreciamos en todo su esplendor desde la retaguardia, glúteos, muslos y piernas.

-¿Adela?, pregunta mi padre. ¿Aquella muchacha verdad?

-Sí, pa, aquella.

-¿Cómo es que no te enredaste con ella, estando tan guapa?, vuelve a inquirir mi papá.

-Cómo que ¿Cómo es que no lo hice? Por usted y sus amenazas de desheredarme y dar por muerto, si ponía un pie fuera de casa.

-Bueno, eso fue lo que me pidió tu madre que te dijera.

-En aquellos ayeres tu mamá tenía un genio de los mil demonios, y yo andaba enrollado en algunos quereres non santos. Entenderás ahora que, lo menos que quería, era contradecirla.

Al decir esto, mi padre apenas dejaba ver una sonrisa.
En la distancia el taconeo de Adela, se perdía.


2015 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 18 de noviembre de 2016

Chiles en Nogada

Autorretrato, Cd de México. Octubre 2016

¡Complicidad¡

Y la palabra saltó desde lo más profundo de mi conciencia, plasmándose después, en el ángulo superior derecho de mi hoja.
Complicidad, pensé de nuevo. Y en efecto, la palabra volvió a surgir plena, sin ninguna duda.
Complicidad la del santo padre Capellán y la de la joven abadesa. Confesor y confesante.

-hija, seguro diría él.
-pensemos en cómo agasajar al invitado. La estrella mayor de nuestro firmamento.

Por la cabeza de ella el desfile sin igual. Moles de todos los colores y sabores. Dulces de yema. Capirotada. Licores perfumados. Rompopes almendrados.

-un plato fuerte, luminoso, mexicano. ¡Muy mexicano! Diría el capellán, y coqueto, guiñaría un ojo a la abadesa.

Supongamos que la joven abadesa, de noble cuna, rondaría los diecinueve años. El capellán, entrado en los cincuenta. La ciudad es Puebla. El convento, el de Santa Mónica, y la orden de monjas, la de las Agustinas.
La monja tenía ya la friolera, de tres años de estancia. Acompañada de sus criadas, como todas las aspirantes pudientes y de las buenas y recatadas familias poblanas. La maravillosa mañana del mes de agosto. La riqueza de productos en la mesa. Son tiempos de granada y nueces.

-Algo se nos ocurrirá. Dice ella. Y remata con un Padre. Respondiendo así, al guiño coquetón del confesor.

Las criadas, también cómplices, sonríen discretas entre sí. Cuanto amor sublime de aquella escena. La joven monja y el capellán. Varón de nobleza.
La monja recorre la mirada sobre la larga mesada. Carnes, aves, frutos, huevos, nueces. Granada. Al final de aquella hilera. Tres o cuatro enormes chiles poblanos. Verdes, brillantes y turgentes.

-acérqueme el chile, Padre. Dice la joven monja. Sonriendo inocente y chasqueando discreta los labios.

El capellán se estremece. Pero en silencio le acerca el chile. Y en un murmullo cómplice, agrega.

-hija, quieres que te arrime también, los huevos. ¿A ver qué se te ocurre?

Sonríe él. Sonríe ella, en silencio. Y sonríen las criadas. Estas últimas, al pensar en la ocurrencia de chiles poblanos revueltos con huevos.
El capellán y la monja, por lo mismo que sonreímos ahora.
La monja sostiene en su manecita el chile que le arrimara el padre. Sopesa discreta las posibilidades. Se descubre en un rapto de condena, haciendo algunas comparaciones vergonzosas.

-desflemados, y rellenos de carne. Exclama.
Volviendo de los pensamientos que momentos antes, turbaran su mente.

El padre, voltea hacia las carnes. Y coge un ave.

-No, solamente res y cerdo. Dice la monja. Y de nuevo, agrega con sutileza, padre.

Una de las criadas está ya, en la tarea adivinada de limpiar los chiles, retirar las semillas, desflemarlos sobre las hornillas de la estufa. Otra, afanosa comienza a picar y revolver ambas carnes, la de res y la de cerdo.

Y ante la pregunta del capellán.
-hija, ¿y qué hacemos luego?
Se desencadena el caos en una vorágine.

-padre, píquele el plátano, la manzana, la pera. Es la respuesta de la monja.
-El durazno, padre. Remata, un poco a la carrera.

La abadesa cayendo en el éxtasis, y el trance místico. Observándolo todo. A la criada que prepara los chiles, a la que mezcla las carnes, a la que pica los frutos. Al capellán, a punto de picar los plátanos.

-ese plátano dulce, no, padre. Grita ansiosa la abadesa. Al ver que el inocente, se disponía a trocear un guineo.

-El otro plátano, y agrega, macho. Mordisqueándose el labio superior, con los dientes de abajo.

-¿La crema? piensa en este arrebato. Y prácticamente una criada más,  le adivina el pensamiento. 

A por la crema de vaca. Nueces peladas. Almendras molidas. Jerez, canela, sal.
Acitrón, hermana. A la carne revuelta. Pasas. Almendras enteras. Piñones. Canela. Pimienta.

El furor de la mañana que se ha extendido por horas. El platón maravilloso de talavera. Fondeado por la blanca crema, de nogada. Acordaron el nombre la monja y el capellán con la complicidad de las criadas.  Al centro de aquella crema, la lujuria del chile poblano, relleno de las carnes, y los frutos. Rociados a la vez de la nogada blanca y pura.

-¿La granada y el perejil, hija? Pregunta el santo capellán.

La joven monja. Dominadora ya de todos los instantes. Con las delicadísimas manecitas, pica finamente el cilantro y espolvorea con este, el platón radiante. Después, desgrana una granada, y las brillantes y rojas pepitas, encienden de luz la maravilla, para el glorioso visitante. 
Prácticamente dieron cuenta, salvo de las aves y los plátanos guineos, de todos los productos de la mesada.
Cómplices las criadas descansan de la laboriosa mañana.
Sonríen al admirar el platón de talavera y se preguntan discretas a qué sabrá todo ese desmadre.
El capellán recorre de nuevo la gran mesada. Repasando en la mente la totalidad de los productos utilizados. Súbitamente los descubre, y animoso pregunta a la joven abadesa.

-Hija, ¿y los huevos?

-Esos, me los arrima más tarde. Padre.
Responde ella, deslizando suavemente la lengua por el labio superior.




© 2014 By Oscar Mtz. Molina

lunes, 7 de noviembre de 2016

Síndrome de Atención Dispersa (confesiones)

Autorretrato, Tijuana Mex. Octubre, 2016



Dr. Oscar Antonio Martínez Molina
Médico Cirujano Ortopedista
Escritor


“Alvarito, mi profesor de literatura en la preparatoria en Mérida Yucatán, descubrió un día que yo no solamente tenía bien metido el hábito de la lectura, en particular de la poesía y la narrativa, sino que sobre todo, mi lectura en voz alta era amen de fluida, muy bien modulada. Pasa al frente, dijo un día, y  después de ese día, durante toda la lectura de la Ilíada de Homero, asumí los papeles de Aquiles, Hector, Paris. Era el año de 1975. Esa hora de clases de literatura era razón para que el salón estuviese lleno a reventar. La química Lupita Piña, también maestra de la prepa, no se perdía una sola de las representaciones. Ella escuchaba muy atenta cada frase salida de mis labios, y yo ponía el mayor énfasis al saberla al frente de la concurrencia, con los ojos azules puestos en mi persona”.



¡La tarea no ha sido nada fácil, créanme!
Desde que tengo conciencia de mi mundo interno, mi día a día ha sido una charla constante conmigo mismo.
Bicho raro. Aislado. Distinto.

¡Solitario! Antisocial.

Etiquetas de un mundo que, simple y sencillamente no entiende que mi cabeza gira y camina de otro modo, nada más.
Aprendí desde muy joven que, los caminos que te da la vida, no tienen que ser necesariamente comunes a todo el mundo. La soledad se hizo mi amiga desde temprana época, una amistad total y absolutamente disfrutable. Esta conversación con alguien dentro de mí, ha sido mi mayor descubrimiento. Una especie de amigo insustituible. Horas y horas de constante cavilar, de crear mundos, de construir historias. Mi gran descubrimiento, la lectura, y saber que otros como yo, habían sabido salir adelante. Mi gran aliada, la escritura, y comencé desde muy joven ha dejarlo todo en apuntes.
La tarea no ha sido nada fácil, repito. He tenido que aprender a vivir una doble vida; la una muy similar a los cartabones, al estatus quo que nos rige. La otra, de libertad dentro de mi mente. Aprendí de mis amigos ha comportarme en un mundo que exigía, extroversión y buen talante. Y de la familia, padres, hermanos, sobrinos, a compartir una conducta de moral y de sociabilización aceptables. Mi mente caminaba a ritmo propio, creando, leyendo, aprendiendo con una insaciable forma de devorarlo todo. Aprendí de todos ellos que, la burla puede ser amable, y que puesta de un modo sutilmente constructiva puede ser totalmente útil. Jamás encontré en estas burlas, la malicia de hacer un daño, o al menos encontré la manera inteligente de neutralizar dichos efectos.
Mi mujer y mis hijos, un reto afrontado en una plena madurez, o al menos eso creía. El haber atrasado el momento fue una decisión que ahora a la distancia, me pareció de lo más oportuno. La responsabilidad de formar una familia, recayendo en un ente solitario, en un personaje que ha vivido siempre su mundo interno, su historia paralela, era labor por lo menos, harto incierta.
Las historias que hemos vivido juntos. La paciencia de mi mujer a toda prueba. Haberse echado a cuestas la vivencia de los hijos, y mis extrañas distracciones. Apenas recién he desnudado mi alma, ante ella. Y con nuestros hijos, ahora ya adultos, hemos aprendido a reírnos de mis distracciones, de mis constantes ausencias, de mis errores de tacto. Nos hemos reído y sobre todo, nos hemos hecho cómplices de ellas. Aprendí a vivir dentro de mis mapas mentales y ellos han sido parte fundamental para que, estos mapas, vayan corriendo en mi vida haciéndola más sencilla. Poco a poco y quizás, con un dejo de molestia, mi mujer entendió que la casa, con todas sus necesidades era sólo un asunto de ella.

“puedes cambiar el tornillo de plástico que se le rompió a la tapa de la taza del W.C, me dijo un día, distrayéndome de mi lectura, o de mi música, o de mi escritura, o de mi conversación interna. Me asomé al baño y lo primero que hice fue hacer un diagnostico del daño, debo aclarar que no tenía ningún mapa mental para dicho diagnostico, jamás antes en mi vida me había enfrentado a un problema de esa índole. Mi primer intento fue con unas pinzas que, por lo ancho de la tuerca, no conseguí abrazar. Mi mujer y los niños observando. Mi objetivo concreto, era aflojar una tuerca, y entonces tomé un desarmador y un martillo para percutir sobre la tuerca y lograr aflojarla.
– si golpeas allí, se puede romper la taza, dijo mi mujer premonitoriamente. Mejor no lo hagas. Agregó.
En ese momento ella ignoraba que, mi atención, estaba alejada de sus palabras a varias millas de distancia. Y que se concentraba solamente en lograr mi objetivo. Aflojar esa tuerca a como diera lugar. Percutí un par de veces y logré aflojar el tornillo de plástico, ufano desatornille y mostré a mi mujer y a mis hijos el tornillo con su tuerca. Cierto, la taza había presentado una leve fractura. Leve dije. Mientras otra vez, hacía un nuevo diagnostico de la situación de fisura. Obvio, sin mapa mental. Ignoro si mi mujer o mis hijos decían algo, mi atención estaba puesta en este nuevo momento. ¡Mi decisión hecha! Resuelto llevé mi mano a la manija para soltar el agua desde el depósito. Nuevamente mi mujer y su letanía.
-No le bajes al agua.
Pero mi nuevo objetivo concreto, era averiguar si había o no roto el W.C.
Y de nuevo, ella ignoraba que mi atención corría por otros lares y en la lejanía.
Le bajé a la palanca del agua, y por supuesto que, pudimos comprobar que la fisura era real, y por lo tanto el agua del depósito se desparramó por todo el baño. Para mis hijos aquel momento ha sido de los más memorables de muchos otros. Y como dije al principio, hemos reído de ellos.
Le ayudamos a mi mujer a recoger el agua, y a limpiar un poco aquel tiradero. Procuré en todo momento, evitar la mirada de frente con ella. Mis hijos se reían un poco y se burlaban del suceso. Yo volví al sitio del que no debí haber salido, mi sillón y mi libro, o mi escritorio y mis cuadernos.
Tres o cuatro horas después, contábamos con una nueva taza de baño, y por supuesto con su respectivo lavabo de manos.
-Para que hagan juego, dijo mi mujer”
Yo asentí, diciéndole que eso habría sido lo correcto desde un principio.

Agradecer a mi mujer y a mis hijos esa paciencia infinita que han tenido conmigo, esa sonrisa que siempre ha estado en sus caras, ese sentimiento de saber que lo toman un poco a la ligera, que no me confrontan en mis desatenciones, que me ayudan burlándonos de ellas, que se convierten en nuestras anécdotas y nuestras historias. Esa desfachatez con la que, extendemos la sobremesa con risas, y en esas noches que se pasan de recuerdo en recuerdo. La historia repetida de llegar a casa y la pregunta directa de mi hija.

-¿Pa, ya notaste el cambio?

Y recorrer en silencio y disimulando que si lo he hecho, las paredes y muebles de sala, el comedor, la recamara. Mi hija riendo. Ir a la cocina y con una sincera atención buscar por cada recoveco. La comunicación con mis ojos. Mi hija a punto de las carcajadas siguiéndome los pasos.
Con una sensibilidad a toda prueba, cómplices mis hijos, mi mujer cuando así lo requiere el tiempo.

-Pa, Mami se cortó el cabello. Me lo dice en un susurro. Y yo le guiño el ojo por su valiosa ayuda.

-hija, te quedó muy bonito el corte de pelo. Le digo a mi mujer, y ella aprecia mi gesto.

-¿En serio te gusta?, me dice mi mujer, mientras ríe con mi hija.

-Si, en serio, te ves muy guapa. Contesto yo, con la alegría de haberla sorprendido.

-Hace tres días que me lo corté. Agrega ella.

…ya no pongo música clásica a todo volumen a las seis de la mañana, los sábados y domingos. Ya no paso horas y horas recostado o sentado en un sofá leyendo libros, dos o tres simultáneos. Ya no busco los desvelos de antaño, que me llevaban a dormir tan sólo cinco o seis horas al día. Ya no descubro las tramas en las películas contándolas a mi mujer y a mis hijos en plena sala del cine, quitándoles el encanto, a menos que el asunto sea muy obvio. Ya no cuestiono cada acto, analizándolo, lo dejo ir de golpe y porrazo. Ya no tomo las dieciocho tazas de café exprés, que acostumbraba. Ya no mantengo mi seriedad y me gesto adusto, con el entrecejo fruncido de la noche a la mañana, me doy ahora, instantes de reposo, algunos breves segundos.  Ya no cargo con papelitos para recordarlo todo, y aquel famoso en la bolsa de mi camisa con la leyenda brutal y certera: “ver todos los otros papelitos” ha quedado en el anecdotario.
Con los años, y sobre todo con los buenos amigos a mi lado, he aprendido que, hablar de deportes en general y de futbol en particular, no es tan malo, a pesar de que siga ignorándolo todo, o casi todo. Que la música, la religión y la filosofía, pueden adaptarse al hombre y a su tiempo, y mi música, puede ser tan buena como las suyas, o mi filosofía tan válida como la del que menos, o como la del que más, y que la religión se profesa desde una rendija del espíritu, y a partir de allí, se vierte por distintos senderos. O no se vierte, y también es valido. Que hacerse una fotografía sonriendo no es tan difícil, aunque para mi siga siéndolo, ¡lo intento! Que a veces la mejor compañía es la soledad y un buen libro, y que otras veces, lo son, las charlas con amigos, y la copa de vino. Y que la presencia de mi mujer y de mis hijos en mi vida, ha sido la mayor libertad que ha tenido mi alma.
Seguramente aquí, mis amigos, mis compañeros de trabajo y particularmente mis pacientes, se harán la pregunta de ¿cómo los he operado?, mis respuestas son los mapas mentales, los objetivos concretos. Cada una de las cirugías las repaso dentro de mi cabeza con lujo de detalle, pero además, lo hago considerando los pormenores y las posibles complicaciones, así como las opciones y alternativas para resolverlas. Nada queda a la deriva. De allí el silencio que me rodea en la sala de quirófanos, a diferencia de otros, cero gritos, cero enojos. Cada decisión con la atención puesta al extremo. De allí también mis cortos tiempos quirúrgicos. Cada procedimiento tiene un tiempo y un ritmo, cada uno de ellos la finalidad de lograr el objetivo. Los mapas mentales se construyen paso a paso. De la A, a la Z. En cada mapa mental vislumbro el objetivo final, y por supuesto los pasos que debo dar para conseguir la meta. Si se bloquea un camino, retomo una nueva ruta que previamente está considerada. Al termino de la cirugía, y mientras mis residentes ponen suturas, me arrincono en algún lugar de la sala, y me siento en un banco de altura. Nuevamente el silencio y la soledad se hermanan en mi cabeza.  
    
Lo observo, lo veo subir y bajar escalones, lo escucho y me veo en él. Lo platico ahora ya con mi mujer. A veces sonríe y levanta los hombros. Discute, lee mucho, silencioso en su paso. A veces explosivo. Irreverente, altanero. Otras callado, y obediente. ¡Contestatario! Aferrado al destino y al éxito. Temeroso brutal al fracaso. Habrá que seguir el paso. Mi hijo es una especie de continuación de esta historia. Habrá que irlo llevando por caminos menos agrestes que los míos.

-Mapas mentales, le digo.

Mi mujer y mi hija se ríen un poco de nosotros. Ambas la han tenido más difícil al tratar de adivinar por donde andamos.

-Pa, eres un caso que no tiene remedio.

Y ella y mi mujer saben ahora, que han sido las partes fundamentales en este remedio. Seguro que ellas si lo saben, yo, solamente lo sospecho.

La historia sigue su juego hija, y al ocaso de mi vida, cuando me veas caminar en silencio, y veas que una mueca que parece sonrisa se asoma a mis labios, tiéndeme tu abrazo y sonríe conmigo como lo has hecho tantas veces, alegrándome. Este viejo amigo que ha caminado a mi lado, y dentro de mi mente desde hace tanto tiempo,  de vez en cuando me cuenta cuentos que solamente yo comprendo. 


Ciudad de México, 7 de noviembre del 2016
© 2016 By Oscar Mtz. Molina 

La gallina sarada

Avalancha de Lodo. Imagen de Internet


Parecía que el cielo se caía en pedazos, todo estaba oscurecido y con estruendosos ruidos.
¡Cielo negro!
¡Encapotado!
Mamá corría de uno a otro lado de la casa. Primero al patio a meter la ropa tendida para que no se mojase. La vi arrancar literalmente la ropa, desprendiendo las pinzas que volaban por los aires. Enormes goterones caían zigzagueantes, a diestra y siniestra de su paso, algunos de estos, haciendo blanco en la cabeza y la espalda de mamá. Apenas unos pocos minutos después la lluvia se cerró en torrencial aguacero. Mamá corría ahora dentro, cerrando ventanas y apuntalando puertas.

¡Relámpagos y truenos!

Cayó la oscuridad y apenas eran las once de la mañana.
-recemos. Dijo mamá
Y nos acurrucamos a su lado. Mamá muy seria y mis cuatro hermanos menores, asustados.
-en el nombre del Padre, y del hijo, y del Espíritu Santo. Santiguándonos.

¡Silencio!

Mamá me aturde con sus letanías. Repite sin cesar Ave Marías y Padres Nuestros. Y a cada oración una súplica.
Me mira de reojo y apenas sonríe.
El día camina lento. La lluvia tupida sin amainar un sólo ápice.
-¡las gallinas! Exclama de pronto y suspendemos rezo y súplicas, y ella y yo corremos a asomarnos por la ventana que da al patio.
-¡Dios mio! Exclama y agrega. ¡El diluvio!
Al fondo del patio el gallinero con láminas voladas al suelo y literal, recostado por un lado, alcanzamos a ver en aquella destrucción, algunas gallinas atrapadas entre aquella derruida construcción.
¡Muerte!
-¡Ay la gallina sarada! Exclama mamá al acordarse de la gallina más vieja, la mamá de todas ellas, la más gallarda y gorda. La más cariñosa y entendida. Ahora mamá arrecia más el llanto, por la gallina.
Vemos también cómo se mecen los árboles por los fuertes vientos.
Mamá llora, así como afuera corre la lluvia, aquí dentro son sus lágrimas las que no paran.
A la hora nona de la tarde todo era caos en aquel pueblo. Arroyo blanco había desbordado y a su paso, reblandecía la tierra de la cañada y con esto, el cerro del zopilote se vino abajo.
¡Desgajándose!
Riada y cerro arrasaron con todo. Potreros y ganado. Puentes y caserío. ¡Todo!
Mamá seguía hincada y todos nosotros alrededor suyo. Oímos el estruendo y el temblor de la tierra y fue justo cuando el cerro se partió y empezó su paseo por el pueblo acompañando a arroyo blanco que ya para entonces había crecido volviéndose río maduro o mar. A las siete de aquella tarde, por fin, la lluvia amainó y en quince minutos más el cielo alcanzó a abrir en un maravilloso espectáculo de sol y arcoíris. Habían sido ocho o diez horas en las que la historia se llevó mi pueblo. No supimos nada hasta la mañana siguiente que llegaron las brigadas de gente desconocida. Gritaban voz en cuello. Desesperados.
-¿hay alguien allí? ¿Están bien?
Y cosas por el estilo
Asomamos las narices por ventanas y puertas. El cerro desgajado y el agua con lodo rodeándonos. Ninguna otra casa en pie. A nuestro derredor lodo y tierra removida. ¡Fango!
Árboles arrancados de tajo. Desolación y muerte.
Subirse al helicóptero de rescate fue para nosotros y para ellos toda una odisea. Nos sujetaron con cuerdas y pecheras y uno por uno fuimos izados.
Mamá, ya dentro del helicóptero, siguió con sus rezos y justo íbamos a partir cuando dijo al jefe de rescate, señalando hacia abajo.
-una de mis gallinas vive. ¡Es un milagro! Como uno solo, todos volteamos a ver hacia donde mamá señalaba.
La gallina sarada se aferraba con el pico y las patas al único poste en pie, del gallinero.
Serían los rezos, o las ansias de mamá, o las lágrimas, o las miradas de súplica de nosotros, niños de un prodigio de salvamento, o todo junto; pero la mayor algarabía en ese helicóptero fue justamente cuando el rescatista entró, con la gallina sarada cobijada en sus brazos.


© 2016 By Oscar Mtz. Molina

sábado, 5 de noviembre de 2016

Tres tristes tigres

Marcos, de su archivo personal


Con dedicatoria a mis amigos Marco Antonio y Ruperto.

Caminamos bajo una tenaz llovizna hasta guarecernos finalmente bajo las enormes hojas y ramas de frondosos árboles. La montaña oscurecía a pesar de no rebasar las tres de la tarde. Nos apostamos cada uno a prudente distancia uno del otro.

-Por acá asomará algún venado, o por lo menos un conejo. Dijo nuestro amigo Marcos, guía de aquel zafarí, y dueño de rifles y municiones

Y sin hacer mucho caso, acomodé la mira de mi rifle. Un wínchester 22, negro. Sonreí al saberme en esa extraña postura de cazador ajeno. Tres amigos enrolados en la tarea de cazar. Tres jóvenes estudiantes de la facultad de Medicina, empeñados en hacer de aquella tarde la más sangrienta matanza de salvajes animales; la meta en nuestras cabezas era dar con todo aquello que se moviera delante de nuestros ojos. ¡Seres vivientes! Inocentes criaturas expuestas a la certera puntería que, las miras telescópicas, harían de nosotros expertos francotiradores.
Y así, en aquella lluviosa tarde pasaron por nuestras miradas las más variadas piezas de caza. Contabilizamos tres venados, a menos que haya sido el mismo venado el que pasó frente a nuestras narices en tres ocasiones. Cinco conejos, tres liebres, una manada de guaqueques, un desmañanado tepescuintle, e incontables palomas que se posaban atrevidas a escasos metros de nuestros bien armados escondites. Nos turnábamos en el tiro, cual tiradores de ferias pueblerinas frente a patos y caballos de latones. A cada tiro fallido la burlona risa de los otros dos participantes. Al inicio discretos al sabernos propicios a las fallas, pero después, en cuestión de minutos, las carcajadas abiertas, ya sin ningún cuidado en espantar a las fieras, y a las aves. Debimos haber disparado cada uno de nosotros, una treintena de veces, cada uno con el tiempo necesario de mirar cuidadosos por la mira telescópica, centrar al blanco y una, dos, tres percusiones. El animal en turno ni siquiera se mosqueaba, y seguía en su labor de comer la hierba. Y tan sólo se alejaba momentáneamente de nuestro campo de visión, cuando nuestras carcajadas hacían eco en aquella silente montaña.
Volvimos a casa caída ya la tarde y empapados de los pies a la cabeza; sin una sola pieza de caza, pero con la risa más esplendida en nuestros rostros. Zapatos y tenis embarrados de lodo, calzones y chamarras cundidas de cadillos y otras lindeces adheridas fuertes a la tela y raspando agresivas, nuestras dermis. El hambre atravesándonos de lado a lado.

La historia se nos enredó en los talones en los años ochenta, y nos alcanzó para correr vela el resto de nuestras vidas. Los caminos se fueron en un paralelismo sin tregua, el tiempo y la lejanía fue también entremezclando olvidos y recuerdos en el sendero.

¡Jamás tuvimos la conciencia de voltear a vernos!

Este México tan vasto, tan propio, tan orgullosamente solitario.   
         
Tres tristes tigres abonando suspiros a su paso por la tierra.

Cualquier historia es buena para retomar el paso me dije un día, y atisbo ahora las nostalgias de aquellos ayeres. El tiempo ha mermado nuestras ansias y nuestras locuras, tornándonos en viejos agrios, con agruras, dispepsias, eructos indisciplinados que se escapan, ¡silenciosas flatulencias!
La gordura en unos casos, ha rellenado nuestras cinturas, la calvicie, y el cabello cano, las arrugas en nuestros rostros.
Triunfadores o decrepitas trayectorias de vida, ¿quién lo sabe ahora? Es tan sólo voltear a ver aquel camino que, tuvimos la oportunidad, de caminar juntos un día. Es rara la amistad, es una perversa. Poder estar ajenos a la vida y de pronto, veinte, treinta, cuarenta años después, y retomar el camino justo donde lo dejaste pendiente.

¡Interpasse!

Cada uno recorrió su sino por donde los vientos le fueron favorables, cada uno vislumbró para sí, una ruta que se fue moldeando acorde al carácter. Tres tristes tigres, que una tarde de lluvia, con el último tiro en el rifle, decidieron hacer al mismo tiempo el disparo.

Apareció a escasos treinta metros, solitario y gallardo, sin duda alguna el jabalí era cabeza de manada. Indiscutible macho alfa. Las piernas fuertes, el lomo arqueado, la cabeza firme. Dos elegantes colmillos adornando el hocico. Pastaba en una tranquilidad indescriptible. Amainó la llovizna. Volteamos a vernos desde nuestros refugios. Nuestras risas y carcajadas desaparecieron. Ninguno de los tres pidió turno. Sabíamos que cada uno contaba con un último tiro en la recamara del rifle. Los tres apuntamos al jabato. Y permanecimos en una quietud irrespirable. El cielo seguía con una terca negrura. Justo al tronido de un estruendoso trueno, las opacas percusiones de nuestros rifles. El jabalí se estremeció. Dejó algunos segundos la labor de comer hierbas, sacudió las gotas de agua de su cuerpo, y dándose vuelta encaminó después a su guarida, perdiéndose entre la maleza. Los tres tristes amigos permanecimos serios escasos milésimas de segundo, para explotar de nuevo en una risa y un lamento. 

-¡Qué malos somos con un rifle en la mano!

Volvimos dos días después de aquel zafarí en Cristóbal Obregón, municipio de Villaflores Chiapas, eran las ocho o nueve de la mañana de un día de domingo pueblerino, subíamos al camión que nos llevaría a la capital. Éramos también los tres únicos pasajeros que subían al paso del autobús, y los tres únicos, digámoslo de este modo, fuereños.  Dos hombres del pueblo pasaron junto a nosotros y una docena de personas entre mujeres y niños siguiéndoles el paso. Los hombres cargaban en andas, maniatado en un palo, al más hermoso jabalí que hubiese visto jamás en mi vida.

-¿Lo cazaron? la pregunta de nuestro amigo a los hombres que se detienen junto a nosotros.
-No, lo hallamos está mañana desangrado en la cañada, al pie de la montaña. Respondieron al unísono.
-Con tres disparos en el pecho. Agregaron y después, retomaron su camino.

El regreso a casa lo hicimos en el más profundo silencio, dormitando por el cansancio. Jamás volvimos a pensar en repetir el zafarí, y ni siquiera, hasta ahora tocamos el punto de la montaña, de la lluvia, de los truenos, y mucho menos, de aquel jabato alfa macho, muerto.



© 2016 By Oscar Mtz. Molina  

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Ciudad y memoria (El pueblo)

Salto de agua, abril 2015. Fotografía Oscar Mtz. Molina

V

De ti me queda siempre la nostalgia
El sinsentido de andar sin rumbo fijo
El claro despertar de las mañanas

De ti me queda el dolor de haber partido
Cualquier día de verano
Y en el verano mismo de mi sino.

Un par de versos que se encadenaron a mi alma, y que a la vez se hicieron uno, con mi espíritu. Hay que ver la tristeza del aire frío surcando las calles de la ciudad de México.
Hay que ver también la soledad con la que camino al caer la tarde.
Esa melancolía al llegar a casa, en la colonia portales, y en la que, desde hace más de treinta años, pago renta y sobrevivo.
Decisiones que vamos tejiendo en torno nuestro.
Casarse con el diablo y alejarse del pueblo.
¡El fracaso enredado en los talones!

Salto de agua se quedó a la vera del sendero, dolía el alma al principio al saberme lejos del pueblo, del río Tulijá, de los amigos, el tiempo fue poco a poco marcando la distancia, hasta llegar al olvido.

¡Qué noches de silencio y soledad!
¡Qué tardes entre el humo de un cigarrillo!

Tiempo y lejanía dejaron al final telarañas en mi memoria.
¡Memoria y ciudad, ansia y desvelo!
La ciudad de México terminó por engullirse mis sueños, devolviéndome al paso, sombras y vagas ilusiones. Negrura y polvo en las aceras, en el quicio de puertas y portones, hilos de plata en los cabellos.
La ciudad de México terminó por pintarme ojeras en el rostro y por hacer mayor, el surco en el entrecejo. Voces enredadas en la conciencia y el sabor permanente del tabaco en los labios. El ocaso y la eterna agonía de volver y no sólo volver, sino que hacerlo vacío. Con arrugas en el rostro, y arrugas en el alma. El corazón contrito.
Salto de agua se quedó en algún resquicio de mi memoria, en el recuerdo de un tren partiendo de la estación, atravesando el pueblo, cruzando el puente sobre las aguas turbulentas del río Tulijá. Se quedó también en el recuerdo de noches acaloradas y el murmullo de la gente conversando en el quicio de las puertas, sentados en sencillas sillas o acurrucadas en las banquetas. Se quedó en el bullicio madrugador en el mercado del pueblo, en el ir y venir a las compras, al mandado, decían ellos.
Salto de agua se quedó enredado en el guiño y en el parpadeo de una joven que, por unos segundos de mi vida, caminó a mi lado.

¡Memoria y ciudad!

¡Recuerdo y olvido!


© 2016 By Oscar Mtz. Molina