jueves, 13 de julio de 2017

Noches insomnes

Insomnio. Cd. de México, 2017 Fotografía Dany Mtz.


-Algunos caballeros dicen que tienen sueños felices cuando vienen
aquí -había dicho la mujer-. Otros dicen que recuerdan lo que sentían
cuando eran jóvenes. (Eguchi)
La casa de las bellas durmientes.
Hite Kawabata

I
De cuatro o cinco largas zancadas subí la escalera. El edificio era uno de los modernistas edificios de la colonia del valle, de tres niveles. Mi cita era en el tercero de estos pisos. Era sábado a las once de la mañana. Mi vida corría entre las clases entre semana en ciudad universitaria, y el trabajo de sábados y domingos en la pequeña empresa de mi padre. Él tenía toda una vida dedicado a la reparación de gafas. Minucioso en el cuidado de armazones y el pulido de cristales. Yo me encargaba de las entregas a clientes que preferían los fines de semana. María Luisa el nombre. Mujer, con toda la justeza para decir que era hermosa. Cuarenta y cinco años maravillosamente bien puestos. Abrió con la confianza de conocer a mi padre, con la confianza también de que mi padre, era buen amigo de su esposo. Abrió con el desparpajo de haberse levantado tarde el día sábado, de haberse bañado y de estar en ese momento, tomándose la segunda o tercera taza de café.
A los diecinueve años la vida se me iba sin una sola pizca de café en el alma.
Me senté a la mesa y no solamente saqué del maletín, los estuches de los dos pares de gafas que tenía que entregarle si no que, saqué también, la tela y el líquido para limpiar las lentes. Un ritual aprendido en este oficio. Los clientes solían ponerse las gafas, posaban frente al espejo, acomodaban una y otra vez las armazones, ajustes insignificantes, pero casi siempre necesarios. El pulido final de las lentes y por supuesto la envoltura y colocación minuciosa en sus estuches.

-¡Oscar! Respondí alzando la voz, a la pregunta de cuál era mi nombre.

-igual que tu padre. Dijo ella, también en voz alta, desde la habitación.

Se sentó justo al lado mío.
¡Dios, mira que ojeras! Dijo al paso.

Y empezó a contarme de sus largas noches de insomnio. La cercanía de su aliento a café recién tomado.

- ¿Sabes que la gente cuenta ovejas en sus noches sin sueño?

-yo cuento el número de hombres que me han besado. Y de su rostro se desprendió la más esplendida de las sonrisas.

Las pautas de silencio, ajenas y pesadas como losas en las espaldas.  Sonreí pensando en aquella confesión a boca jarro.

-pienso en el hombre, y en su nombre. Y recorro con ese recuerdo los pormenores del camino andado. Cómo nos conocimos. Cuándo fue el primer beso. Qué circunstancias nos rodearon. Cómo fue el abandono. Cómo mi entrega al juego amoroso. Y así cada detalle. Hasta que despierto a la mañana siguiente, sin saber a qué hora me dormí.
-¡Por lo menos es más interesante que contar ovejas! Cerró enseguida, con esta exclamación.

El primer par de gafas le iban a la perfección, las retiró para que yo me pusiera a la tarea de limpiarlos. Se levantó de nuevo para ir a probarse el otro par.

-Un día también tú contaras besos y repasaras historias para poder conciliar el sueño. Dijo desde la lejanía.
-y allí también te acordaras de mí.

Del segundo par de gafas no tengo ningún recuerdo de cómo le quedaron. Se asomó de nuevo a la sala y lo hizo para que, en mi memoria, aquella imagen perdurara eternamente encriptada en mi cerebro. María Luisa había vuelto de su cuarto completamente desnuda y con el cabello acomodado por delante cubriendo parcialmente uno de los senos. Menuda y frágil figura. Senos de mujer madura, pequeños y firmes. La cintura estrecha y el abdomen plano. La blanca y tersa piel de sus muslos. Besó mis labios, primero con la inocencia con que se besa a un amigo. Su mirada de ojos cafés y aceituna penetraban mi mirada. ¡Taladrando mi alma! El roce y el calor de su cuerpo. El cálido abrazo y la ansiedad galopando mis sentidos, acelerando el corazón. De los besos, pasamos a los juegos de manos, y de los juegos de manos a la entrega. Con ella aprendí que, después de hacer el amor, la gratitud tiene que llegar con el sabor de una taza de café.
María Luisa se encriptó en mi memoria desde aquella inolvidable mañana de sábado. Tenía cuarenta y cinco años y una belleza fuera de esta órbita. De tiempo en tiempo y en los siguientes quince años, volví religiosamente a verla, para llevarle las gafas que seguía arreglándole mi padre. Para limpiar sus armazones, para pulir las lentes, para verla sonreír, y para amarla como fiel amante. Siempre bella, mis manos fueron testigos crueles del marchitamiento de su piel, y de la ingrata flacidez de sus senos. Mis labios fueron también testigos de las arrugas circulares en sus labios. El brillo de sus ojos siguió fiel al asombro de los míos. Ni mis estudios, ni mi carrera profesional, ni mi mujer ni mis hijos, pudieron hacerme desistir de aquellas visitas matinales de los sábados. Sus noches de desvelo, según sus propias palabras, se fueron llenando de nuestras historias. Y su mundo insomne se transformó con el paso del tiempo, en un paraíso en el que, solamente contaban mis besos, nuestras circunstancias, nuestras entregas.

II                
Cuando yo tenía nueve años de edad falleció mi abuela. Recuerdo perfecto que mi abuelo, recién viudo, caminó conmigo hasta el tendejón de la esquina. Mi caminar era de tristeza y congoja por la abuela.
- ¡el camino está plagado de muertos! Dijo mi abuelo.  ¡Así es la vida! Remató después.
Cierto, la vida está plagada de muertos. Al poco tiempo le tocó partir al abuelo. Algunos años después a los hermanos de mi padre. A mi madre en algún punto del trayecto. Todos ellos cercanos a mi camino. Mi padre marchó cuando yo cumplía los sesenta años, el ya bastante viejo. Mi mujer abandonó mi paso y a partir de los sesenta y ocho años mi vagar se hizo en solitario. María Luisa se había ido en el silencio de una noche. Quizás entre los recuerdos de los hombres que la habíamos amado, y de los que ella solía contar nuestros besos y juegos amorosos, a manera de llamar el sueño en sus noches de insomnio.   
       
-Un día también tú contaras besos y repasaras historias para poder conciliar el sueño. Dijo desde la lejanía.
-y allí también te acordaras de mí. Había dicho María Luisa aquella luminosa mañana de sábado, mientras se probaba las gafas.

Y en efecto. El sueño de viejo llega corto y ligero. No bien terminan de cerrarse mis parpados, cuando de nuevo se abren mis ojos a la oscuridad y al desvelo. En vez de ovejas cuento los besos y las historias de amor con María Luisa. Pero también lo hago con los besos y recuerdos de mi mujer. Y así, de uno en uno voy pasando los senderos, de una en una las mujeres a las que he amado. En el último trayecto de mi vida me procuro también nuevos besos. La ansiedad de hombre viejo llega con las mañanas de invierno, con las tardes calurosas del verano, pero sobre todo con la soledad de cualquier noche. De tarde en tarde desando el camino a casa. En esta inmensa ciudad hay jovencitas que se prestan o se alquilan para seguir llenándole la memoria a uno con sus besos, para seguir ensuciándonos las conciencias con sus juegos amorosos, para seguir enlodando nuestros pasos por la tierra. Hay desvelos que suspiran, hay noches de insomnio y desesperanza, hay madrugadas de soledad y angustia. Allí es cuando en lugar de contar ovejas, o de revolcarme en recuerdos cada vez más lejanos e imprecisos, me entretengo contando los nuevos besos, los de esta tarde, los de esta joven que dijo llamarse Martha, o Gloria, o lo que fuera.

Cuerpos de nuevo firmes, senos de nueva cuenta tiernos.

El sueño que llega tarde o temprano.

El olor y el aroma del café.

La muerte que ronda a la vuelta de la esquina.

La soledad.

El silencio.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina 

lunes, 1 de mayo de 2017

La casa de los gatos (De los tiernos y terribles infantes)

Quema de año viejo. Fotografía Oscar Mtz. Molina, Altamira 2016

I

La tarea no era fácil. Lo primero que teníamos que hacer era atraparlos y para eso, la mejor hora siempre fue al caer la tarde, en la pesadez de la siesta. Nos deslizábamos con un sigilo digno de un soldado de asalto. De esos que veíamos por la televisión en aquellos episodios de Pelotón. Los atrapábamos echándoles encima una camiseta o un saco de ixtle, cuidándonos siempre de sus garras. Maullaban enfurecidos, nerviosos, revolcándose entre nuestras manos. La calma luego. El apaciguamiento. La fatiga. Para nosotros era también el momento de tranquilidad.

¡Los gatos se dejaban hacer entonces!

Envolvíamos sus patas y su cuerpo dejando descubiertas las cabezas. El maullido cambiaba y en lugar de aquel de defensa y desesperación, pasaba a ser un maullido más sordo, como pidiendo compasión. Lo que seguía después era escurrirnos en algún lugar solitario; bien fuera detrás del centro de salud, o mejor aún en el ala abandonada del beneficio de café. Para esas horas las sombras nos habían cubierto y nos deslizábamos como fantasmas con nuestra preciada carga, nuestra presa codiciada.
La navaja era una de esas suizas rojas de buen tamaño. Había sido la navaja del padre de Emanuel, el honor te correspondía cuando cumplías los diez años ¡Nunca antes ni por favor! Ni por lo que fuese.
Sostuve al gato enredado por la camiseta, entre mis piernas, la boca apretada con firmeza con mi dedo anular y medio, mientras exponía uno de los ojos del animal con los dedos índice y pulgar de mi mano izquierda. El gato tranquilo y quieto, mi mano izquierda temblando por el esfuerzo. Tomé el mondadientes de la navaja y sin pensarlo demasiado, clavé el mondadientes justo en el centro del ojo, un chisguete de líquido saltó mojando mi mano. Lo que siguió después fue un revoltijo de sucesos la mar de enredados. El maullido fue, no solamente agudo si no tremendamente espeluznante, el gato se revolcó violentamente entre mis manos, descubriéndose y saltando desde mi regazo, tambaleándose y chocando contra las paredes, escapó de nuestras manos. Gritos de todos los presentes con el afán de atraparlo. Correrías hacia uno y otro lado. Emanuel gritando enojado por el mondadientes, y pendejeandome por el descuido y yo, arqueado entre náuseas y vómitos imparables, hasta tres o cuatro veces. Habíamos comido mango verde con chile piquín y sal de grano. Mis pantalones enrojecidos por el chile y con pedazos de mango verde. ¡Arcadas hirientes! los líquidos y los mocos escurriendo por mi nariz y mi boca. El tono amenazante de Emanuel y la risa y la burla del resto.
A las nueve de aquella noche volví a casa cobijado en la oscuridad.

II

-Dios está con nosotros
¿Dios está con nosotros? pregunté
-sí, Dios está con nosotros. Eso significa Emanuel. Dijo la tía Enedina. Prima hermana de mi padre y además eterna maestra de catequesis.
Así que Emanuel quiere decir Dios está con nosotros. Pensé para mis adentros, a sabiendas que, mi madre, se refería a él como alma del demonio o hijo de satanás u otras linduras, pero todas por ese estilo.
Era justo dos años mayor que yo, porque según yo los dos habíamos nacido en el mismo mes de mayo. Así que en aquella época él tendría ya los doce. Había quedado huérfano de padre desde los ocho y prácticamente desde esos días se echó a la calle. ¡Jamás! que yo me acuerde le tuvo miedo a algo o a alguien. Si había que matar zanates o perseguir iguanas o garrobos, él iba por delante. Si había que desollar los garrobos y las iguanas para los presos de la cárcel, prácticamente él se encargaba de hacerlo. Si no le cuadraba algún chiste o alguna bromita de alguno de nosotros, sus cuates, él se encargaba de hacérnoslo saber con un pescozón en la nuca, o con una llave de lucha libre sujetándonos por la cabeza y el cuello con sus brazos o con las piernas. Casi siempre exigía de nosotros, no la rendición si no la súplica al perdón, enseguida nos liberaba y amigos como siempre. En las peleas de a de veras con algún desconocido de nuestras huestes, por muy grande que estuviese, allí sí que había que verlo en su dimensión completa. ¡Violento! El frenesí de destrozar a sus rivales. A veces a golpes, otras a mordidas si era necesario. A veces sangrando de las narices y de la boca, ante las palizas recibidas por alguien de mayor edad o de mayor alcance, y aun así nosotros sabíamos que la pelea no terminaba hasta que el otro se rindiese, o pusiera mejor tierra de por medio. Sorbía su propia sangre desde la boca, dejaba que la costra se secara al filo de las narices, o que la que había escurrido por sus antebrazos, permaneciese allí como trofeos o huellas de las peleas. Vanagloriándose.
Jodidos y pobres, él y su madre vivían en una casucha de ladrillos y láminas, con un patio inmenso lleno de árboles frutales, herencia del padre. Justo a dos solares de nuestra propia casa.
    
III
        
Lo de aquella tarde estúpidamente desastrosa del gato y el mondadientes, dejó para mí una huella muy difícil de borrar. La vergüenza hizo que, durante los siguientes cuatro o cinco meses y con el beneplácito de mi madre, me alejara del grupo de amigos de la cuadra, y por supuesto de Emanuel. Cabizbajo me deslizaba por las calles evitando en lo posible los encuentros con ellos, camino a la escuela. A veces topaban mi paso para invitarme de nuevo a volver al redil de la manada. Mi padre pesaba en el barrio y de algún modo se extendía sobre mí un manto de velada protección. Mamá sin saber en absoluto el asunto del gato, aliviaba un poco la carga refiriéndose al buen camino que tomaron mis notas en los últimos meses de mi educación primaria. Dejó de referirse a Emanuel como alma del demonio y sólo hacía mención de lo vago que era.
El reencuentro comenzó una tarde del descanso de verano, muchas horas para un encierro. Los juegos a la pelota. Las correrías por el barrio, en donde por cierto habían ido desapareciéndose los gatos.
-deberías acompañarnos para verlos. Me dijo un día Emanuel. Con la confianza que pueden tenerse un niño de once y otro de trece años, después de haber estado jugando toda la mañana.
La galera abandonada del beneficio de café resultó la casa perfecta para aquellos desvalidos. Por lo menos alcancé a contar once gatos, allí entre ellos los de los vecinos. Quietos, acurrucados entre las sombras del edificio. Amontonados y apretujados entre sí. Nosotros en completo silencio apretujados también. A una orden de Emanuel y para sorpresa mía, dos o tres de nuestros amigos comenzaron a gritar y a hacer ruido con palos y tablas. ¡El maullido y la desesperación de los gatos! Rebotando contra las paredes, chocando unos y otros, saltando y cayendo terriblemente descompuestos. Algunos de ellos, despistados y medrosos chocando contra nosotros. Nuestras risas, carcajadas silenciando los maullidos. Gatos perdiendo toda compostura, gatos de andar inseguro y estúpido, gatos desorientados en los saltos ¡Todos ciegos!
La confianza volvía a mí y mejor aún volvía entre mis amigos y yo, y particularmente volvía entre Emanuel y yo. Esa tarde de vuelta a casa, pensaba yo entre mis adentros que bien valía la pena sacarse aquella espina.

IV  

¿Dios está con nosotros?
¿O dónde esta entonces? ¿Cuidando gatos ciegos y torpes?
La fecha exacta, dieciséis de noviembre de 1974. Alcancé a tomarme tres tragos bien puestos de aguardiente de caña. Todos reíamos impacientes. El gato era sin duda alguna el más hermoso que jamás antes hubiese sido atrapado, pero sobre todo era uno muy valiente, jamás emitió maullido alguno. La concurrencia esperando la orden de Emanuel. Él con una tranquilidad pasmosa jugueteando con la navaja roja, enseñándomela. El mondadientes ausente. La hoja principal abierta. El caos a la orden suya. El gato escapando de las manos, huyendo por el tejado, sin emitir un sólo maullido. ¡Cómplice!. El mareo y la obnubilación en mi cabeza. Las manos, cuatro o cinco pares sujetándome brazos y piernas. Las rodillas de alguien apretando mi pecho, otros pares de manos sujetando mi cabeza. Mis gritos, aullidos desaforados. ¡Angustiosos! De pánico. Emanuel y la magia de la navaja suiza, los gritos ordenando. Después el silencio y la oscuridad. La penumbra. Las lamidas en mi mano de algún compasivo gato. Gritos de hombres, exclamaciones de dolor de mi madre. El coraje en los exabruptos de mi padre. Correrías y saltos, golpes de desvencijadas hojas de las ventanas, puertas tiradas a mazo puro.

V    

Si preguntan en el pueblo por mi nombre Oscar Antonio, jamás me conocen. Pero si preguntan por el tuerto, enseguida les darán razones. Con el tiempo se apaciguaron las pesadillas y los temores. Me construí un pequeño patrimonio con las buenas hechuras de mi padre, pero sobre todo por las exigencias y amarraduras de mi madre. En aquellas épocas pocas cosas podían hacerse, a lo más que opté, una vez cicatrizadas mis heridas, fue conformarme con un parche de piel fina, por fortuna solamente se perdió uno de mis fanales. El otro, opaco y como fuera me permitió seguir mirando para adelante.
Emanuel y tres o cuatro más fueron refundidos en una correccional de menores, tenían entre doce y trece años cuando aquello y estarían allí, unos pocos años y después serían liberados. Así eran y así son las leyes. Papá tenía el respeto del barrio y del pueblo, se movía entre los comerciantes y la gente que manejaba los dineros. Él se encargaba de llevarles sus libretas de cuentas y todas esas cosas que para ellos eran importantes. Silencioso como siempre, como toda su vida, una de esas mañanas y después de haberse ausentado unos días del pueblo, llegó con un periodiquito del día previo, aventándolo y señalándole a mi madre.

¡Motín en la correccional de menores!

Y allí decían que justo unos días previos a ser liberados, había habido una revuelta y pleitos entre pandillas. Los cuatro sujetos del pueblo habían recibido sendos piquetes en el tórax, los cuatro sujetos del pueblo, habían fallecido. Los cuatro sujetos del pueblo, los únicos muertos. Eso decía el pequeño periodiquito que, por cierto, esa misma tarde comenzó a venderse como pan caliente entre toda la población.

VI                      
      
Mamá se empeñó siempre que pudo prohibiéndome salir con aquel niño, con Emanuel.
-que sea la última vez que te veo con él. Decía. No te va traer nada bueno. Agregaba en tono serio.
-pero ma, es divertido. Y además es nuestro vecino. Respondía yo
-¡es un niño malcriado y travieso! acotaba mamá. ¡Un vago! Gritaba luego.
De todos modos en aquella época, salía y me divertía de lo lindo, hasta que descubrí por mí mismo que, no sólo era malcriado y travieso, si no que era un grandísimo hijo de la chingada.

-¡Un hijo de su reputísima madre! Me repito en esta soledad de viejo, casi ciego.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 28 de abril de 2017

Manos núbiles


Sus senos mostraban la opulencia propia de su edad, me acerqué a ellos tocándolos con la impericia de la juventud, pero con el deseo de la labor bien realizada.
―Juan: apúrate con la ordeña, que aún nos falta preparar los quesos.

Hilario Martínez Arredondo

martes, 25 de abril de 2017

Infancia ingrata (de los tiernos y terribles infantes)

Los abuelitos Gil y Consuelito. Compartida del álbum familiar. 


A la memoria de los abues Gil y Consuelito

I
A las seis de la tarde la oscuridad invadía San Antonio el rancho del abuelo.
En penumbra y casi siempre bajo una llovizna pertinaz, ¡chipi chipi interminable! Escuchábamos desde el corredor de la casa los gritos de algún indio arreando hacia el corral el hato de vacas y becerros. A sus gritos le acompañaba el tintineo del cencerro colgando del pescuezo de alguna de las vacas. A esas horas el penetrante aroma de café invadía los espacios de la casa. El abuelo en total silencio se daba a la tarea de ir encendiendo los quinqués de petróleo, uno en la cocina, otro en el pasillo interno, y otro más en el comedor. Para la sala y el pequeño vestíbulo reservaba siempre la luminosa luz blanca de la lámpara de gasolina. Los nietos nos arremolinábamos junto a él y atentos seguíamos sus maniobras. Limpiaba la lámpara, revisaba la llave de paso, quitaba el seguro y comenzaba a bombear los gases con una cadenciosa calma, ajustaba el dispositivo de bombeo, encendía un fósforo, abría  la llave de paso y entonces acercaba el fósforo al capuchón de mantilla.
-¡Hágase la luz! Y la luz se hacía.
Blanca y transparente luz en medio del cafetal y los platanares. En medio de naranjos y guayabas. El abuelo se mecía en su mecedora. Repasaba por enésima vez las revistas ajadas y escuchaba la radio. La XEW ponía entonces la música de Agustín Lara y a las ocho en punto la radionovela de Chucho el Roto. Nosotros, nietos de otra época jugábamos serpientes y escaleras o damas chinas.
¡Atentos! Siempre atentos. Con un ojo al gato y otro al garabato.
Teníamos prohibido el café a esas altas horas de la tarde, solamente veíamos cómo iba y venía la taza desde la mano a la boca del abuelo.
El olor del café se evaporaba entonces entre las mecidas del abuelo y entre sorbo y sorbo. Nuestra atención daba paso después a lo que ocurría en la cocina. ¡Dios! El penetrante olor a panes recién salidos del horno. La magia de la abuela y su maravillosa presencia. Blanca y delgada, cabello levemente ensortijado. Ojos claros. El canturreo eterno en los labios. El calor del fogón de leños. En el caldero la enorme olla con la avena en pleno borboteo.
-panes y atole de avena. Magia de la abuela, con mermelada de guayaba, otra obra maestra del abuelo.
La cena era una algarabía de recuentos de nuestras aventuras en el día. El que se subió al árbol de naranjas y por nada se viene abajo. Al que le picó una abeja en el afán de robarse un cacho de panal rebosante de miel. El que resbaló entre el lodazal. El que tomó agua del arroyo y se tragó las larvas de caracol. El que siguió el canto de las peas hasta perderse en el platanar. Justo aquí la abuela hacía un alto en la tarea de servirnos la cena, se santiguaba y decía.
-Dios los proteja, ¡jamás! Sigan a las peas. ¡Aves de mal agüero que delataron a Cristo nuestro Señor y por ellas lo atraparon!
-¿Ya viste dónde andaban, viejo? Preguntaba entonces al abuelo.
Para esas horas el abuelo estaba más atento de Chucho el Roto y de Matilde de Frizac, que de nosotros.
A las nueve el abuelo hacía el camino de regreso, apagaba primero la lámpara de gasolina y se seguía en orden inverso con todos los quinqués de petróleo.
-hora de dormir. ¡Ordenaba! No sugería ni pedía ¡Ordenaba!
La noche se iba entre risas y murmullos. Entre adivinanzas y juegos a oscuras. Entre asomos por la ventana para descubrir en aquella negrura de la noche las titilantes luces de luciérnagas y cocuyos. Entre la música y los chirridos de grillos y chicharras. Entre los lastimeros cantos de búhos y el aleteo ciego de murciélagos.
¡Invariablemente! Alguno de nosotros o todos a la vez, teníamos hambre a las once o doce de la noche y en penumbras y en medio del silencio, tentando en el pasillo, tomábamos a bordo la cocina y desde algún canasto, a hurtadillas nos hacíamos llegar galletas y panes que, la abuela, dejaba estratégicamente dispuestos para los pequeños ladronzuelos.
El sueño nos invadía después hasta dar de nuevo la vida con nosotros alrededor de las cinco y media de la mañana. El intenso aroma de las cerezas de cafetos y el azahar de los naranjos. La ordeña de las vacas. Los gritos del abuelo dando órdenes a los trabajadores. Los bostezos y las cobijas de unos. El suéter y las chamarras de franela. La orinada al fondo del patio. La lavada de la cara y las manos en las frías aguas de la pileta. Pasar al gallinero y recoger los huevos entre el cacareo enardecido de las gallinas. Sacar las bacinicas de los abuelos y tirar los orines en el retrete de la fosa séptica.  
De nuevo la magia de la abuela en la cocina. Los huevos rancheros con frijoles refritos. Queso fresco hecho en el rancho. Las muchachas haciendo las tortillas. Los imperdibles taquitos de tortilla con sal.
En la radio, a las ocho de la mañana, tres patines y la tremenda corte y en el corredor externo, las risas del abuelo ante las ocurrencias de José Candelario tres patines ante el juez. Las complicidades de Luz Maria Nananina y las penurias de Rudesindo Caldeiro y Escobiña.
A las nueve de la mañana de nuevo la aventura de corretear entre los cafetos jugando a las escondidas. Las resorteras haciendo blanco en zanates y tordos que se apresuraban a picotear los plátanos maduros, o a hurtar los granos de maíz del gallinero. El sol despuntando y abriéndose paso entre las nubes oscuras. La presteza del abuelo para construir con su navaja extraños y complicados barcos de corcho y bambú. Barcos mercantes y de guerra. La locura sin par de echarlos a navegar en las turbulentas aguas del arroyo. ¡Empaparnos hasta la coronilla! Descalzos soportando estoicos las punzadas en los pies al caminar entre guijarros y piedras. Al mediodía los interminables partidos de beisbol en la terraza del beneficio de café, y en punto de la una y media, el silencio, la paciencia y la serenidad en torno de la radio, la maravilla de las ondas hertzianas de la XEW y la voz venida desde la lejanía ¡Kaaalimán!
Al caer la tarde de nuevo el reto de andar en los platanares, el asunto de las peas y sus extraños graznidos nos movían un poco el tapete, aun así nos atrevíamos a seguirlas.

II
Ahora veo a mis propios nietos en sus visitas a casa. Tan felices con sus teléfonos celulares y sus tablets. Cada uno emocionado jugando los juegos digitales. A cual más y en solitario con explosivas y alegres expresiones, celebrando algún gol virtual ¡Inexistente! Disparando en batallas contra bestias y seres intergalácticos. Los mayorcitos riendo de videos chuscos y celebrando ingeniosos memes.
-¡Son muy felices! Le digo a mi mujer, mientras da la propina al repartidor de pizzas, y los llama a la mesa. Yo, atento como lo fuera siempre mi propio abuelo y también un poco, para que me recuerden, les voy sirviendo coca cola en vasos desechables.
Me retiro al rincón de mi estudio, libros y libros que me rodean en un extraño mutis. De algún modo me pongo melancólico y triste al pensar en la ingrata infancia que tuve.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 21 de abril de 2017

El primer beso y cien años de soledad

Libertad azul. Cuadro de Lau Mendoza. Óleo sobre lienzo

No es que tenga muy buena memoria de mi aspecto físico, de cuando rondaba los doce o trece años de mi vida, sino que algunas veces me he dado a la tarea de verme en fotografías. Flaco, desgarbado y larguirucho de piernas, narizón y escurrido del culo, como si al pasar por allí hubiera dejado olvidadas las nalgas. De lo que si tengo memoria es de mi ansiedad por pasar desapercibido a su mirada, jamás me hubiera podido imaginar que, por alguna casualidad, rozara por su cabeza la idea de fijarse en mí. Yo, y al igual que yo una docena de amigos llegábamos a la secundaria después de haber juntado nuestras vidas durante los seis años de la primaria. Al tercer día la voz corría ya desesperada en los pasillos, -la niña nueva-. Blanca o pálida, con el cabello lacio y castaño cayendo como cascada de aguas cristalinas hasta la espalda. Recuerdo perfectamente el color café de sus zapatos y el vestido con un amplio vuelo en la falda. Los delgados brazos y los tiernos ojos, pero sobre todas esas cualidades y delicias, la voz, que aun en estas horas resuena nítida en mis oídos.

-Clara Cisneros- dijo

Poniéndose de pie y presentándose ante la concurrencia. Rumor entre los varones y cuchicheos entre las niñas.

-¡Qué pesadita!- murmuraba Martha Alicia justo detrás mío.

Yo, de plano girado en mi pupitre repasando aquel rostro de nariz respingada y labios frescos, escudriñando en aquella mirada de grandes ojos negros y recorriendo con los ojos desde los hombros hasta la punta de los dedos.
Clara Cisneros aterrizó una mañana plena de calor infernal que la traía directamente de la capital con toda su familia. Se encontró con el cielo más azul que pudo haber imaginado. Se encontró también con un suelo polvoriento y un aire que, de tan ralo, apenas osaba dispararle los cabellos. Casi la misma tarde que conocí a Clara, mi padre llegó con la noticia de que teníamos nuevo jefe de telégrafos. 
Tuvieron que pasar casi dos semanas de aquel primer encuentro para que pudiera por fin hablar con ella. Diez y media de la mañana. Hora del descanso. ¿qué más podía haber para nosotros en esos escasos veinte minutos? “La cascarita futbolera” claro esta. Gritos y gritos desesperados. Zapatazos a diestra y siniestra. Balones que rozaban las cabezas de las niñas, o que se estrellaban sin cuartel en las espaldas o en las paredes. El silbato que daba fin no solamente al partido sino también al descanso.

-Son unos guarros asquerosos- dijo Clara.

Mirándome fijamente a los ojos, al verse empujada entre cinco o seis sujetos empapados de sudor que, jadeando, se daban prisa por ocupar sus asientos. Yo no tuve más que permanecer callado, después, ofrecí una disculpa casi en silencio. Esa primera conversación terminó entre los olores del sudor que corría por mis brazos, y por el cuello, y por la espalda, tampoco me atreví a mirarla el resto de la mañana. A pesar de mis buenas dotes de portero al día siguiente argumenté una torcedura del tobillo; ante la insistencia, agregué también una de la muñeca izquierda. Esta vez no hubo cruce de palabras, aun así, hice todo lo posible por pasar junto a ella con la espalda y las axilas de mi camisa completamente secas. Dos semanas sin tocar un balón en la escuela es tarea harto difícil para alguien que, a los doce o trece años, sueña con llegar a ser algún día Enrique Borja o Pelé.  Las falseaduras del tobillo y de la muñeca izquierda no me lo permitían, insistí. El silencio también se había hecho crónico, más de una vez, muchísimas más, me había descubierto viéndola. Los amigos me sentían ajeno, la amistad de Pedro comprometida. Y como no estarlo, si en bola nos había confesado que Clara Cisneros casi seguramente seria su novia. Con tristeza y recelo veía como ella celebraba las bromas y los inventos de aquel galán. Para ahondar aún más mi desgracia pude ver una buena mañana que, ya sin ninguna dificultad, se asomaba a mirar los partidos de fútbol y más aún que sólo exclamaba airada cuando el tropel de jugadores hacía acto de presencia en torno a ella. Fuera de allí sonreía y celebraba de vez en vez algún gol o alguna atajada.
Después de los calores, o junto con ellos, hicieron su aparición las lluvias. Los partidos de fútbol menguaron y en contraparte, el amontonamiento en los pasillos y el murmullo subiendo cada vez más de tono. Comencé también en aquella temporada a usar los anteojos y claro esta la retahíla de apodos por obra y gracia de Pedro.
La segunda conversación formalmente dirigida a mi llegó en aquella época de lluvias, amontonamiento, apodos y espejuelos. Estaba refugiado al fondo de la biblioteca de la escuela disfrutando en soledad un vicio que había cogido desde pequeño, y del que sólo algunos pocos tenían noticias. La lectura. Incluso lo de las gafas había quien culpara aquel vicio como parte del problema.

-No se te ven mal- dijo, al mismo tiempo que sonreía.
-Las gafas- apuntó después.

Yo aprecié en aquellas palabras algún cumplido y lo único que se me ocurrió fue dar las gracias.
Recuerdo muy bien que después, cerrando aquel libro le mostré el titulo: "Cien años de soledad", y con la naturalidad de haber leído tantas veces en voz alta a la abuela, o a mi madre, o al viento para que se llevara mis palabras a donde quisiera, sonreí y continué mi lectura justo donde la había interrumpido.

-Voy a hablar con la niña- le dijo- y vas a ver como te la sirvo en bandeja…

En la promesa espontánea de Pilar Ternera a Aureliano Buendía. No hubo después un sólo descanso en el que no corriéramos despavoridos al refugio de aquella biblioteca, ni en el que ansiosos y cómplices buscásemos aquel libro. Alguno de los dos sin importar el turno empezaba la lectura, dos o tres páginas, casi un murmullo. Ambos además leyendo al mismo tiempo las líneas, como queriendo comprobar que la lectura correspondiese efectivamente al texto, o como si quisiéramos en aquella cercanía dar validez a nuestras palabras. Había mucho fuego en aquella lectura, demasiada magia y demasiado encantamiento. Había también mucho fuego en aquella cercanía. ¿Cómo no echar a volar la imaginación ante aquel mundo de fantasía de Úrsula y Melquíades? ¿Ante aquella irrealidad del General Aureliano Buendía? ¿Ante aquel sueño y aquella pesadilla del Mauricio Babilonia, de Mercedes, de Remedios Moscote y Pilar Ternera, impúber y puta?. Había también sonrojos por nuestra parte, y a falta de una educación sexual formal, teníamos que imaginar lo que hacía el General Buendía, y lo que pasaba por la mente de José Arcadio, y el porqué de los obsequios de Pietro Crespi, y las angustias de Meme. Y porqué ansiaba más que seguir leyendo, sentir la respiración de Clara y el sonido de su voz. Y su brazo rozando mi brazo. Y su cuerpo pegado junto al mío en aquella soledad y en aquel silencio en la que dos almas vivían como si solamente fuera una sola.
Cuatro o cinco semanas después corría en boca de todos. Desde el primero hasta el ultimo en la escuela, sabía ya que Clara era mi novia ¡todos! excepto yo.

“Pilar Ternera murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso…"

Así comienza el ultimo capitulo de Cien años de soledad.
Para aquellos momentos el rumor había rebasado ya los muros de la escuela y se extendía, no solamente al circulo cercano de amigos, si no que era ya noticia de reuniones familiares, corrillos en el parque del barrio, y me atrevo a decir que de veladas de sociedad y fiestas del pueblo. No dudaría, si ese fuera el caso, que hubiese aparecido por allí anunciado en los periódicos. Una de aquellas mañanas interrumpí mi lectura y quedé en silencio. Me armé del poco valor que aún tenía, y le pregunté, buscando la luz de sus  ojos.

-¿Es cierto lo del rumor?
-¿Ese que dice que eres mi novia? Dije

Despegó también la mirada del texto. Volteó a verme. Sonreía.
Había cambiado tanto, y descubrí en sus ojos un extrañísimo brillo que la hacia verse ya no como la niña del primer día, sino como la mujer más hermosa que jamás hubiera visto. Había crecido con Mercedes y Amaranta, con la Meme, con Pilar Ternera, con Úrsula, con Rebeca, con Remedios, y con todas aquellas mujeres que hicieron de un infierno, un mundo de sueños, y que habían por sobre todas las cosas, en el lapso de cien años, sobrevivido a sus varones.

- Es cierto. Dijo entonces Clara Cisneros. Y sosteniendo mi cara entre sus manos me dio aquel primer beso en los labios.

Desde la pequeña biblioteca de aquella escuela, una brillante explosión de luz, dio paso a la salida de primero miles, y enseguida millones de mariposas amarillas que aleteando jubilosas,  invadían incesantemente pasillos, salones y patios. Jardines, mercados y plazas. El pueblo entero con sus campos y colindancias.


© 2007 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 20 de abril de 2017

Los dedos del diablo



La encontraron escondida bajo mi cama. A la luz de las antorchas, las rendijas de sus ojos llorosos nada tenían que ver con guaridas de gatos negros o aquelarres. La niña temblaba de miedo. «Es sólo una huérfana en busca de comida y abrigo», dije tratando de cubrir su desnudez. «¡He aquí la prueba de su brujería!», espetó el primer inquisidor, «la maldita hechizó incluso al señor obispo». No dije más. Ella fue condenada a la hoguera, y yo a buscar a otra alma libre que acompañe mis noches.

sábado, 15 de abril de 2017

Desmemoria de viernes Santo

Fotografía de Dany Mtz. Mendoza, Coyoacán México, abril 13, 2017


Ni muy alto ni muy bajo. De mediana estatura.
Delgado y de caminar erguido.
Cara afilada y al final de la punta del mentón, una barba de candado.
Manos delgadas y dedos con una simetría indiscutible.
Ojos grandes cafés claros simulando discretos tonos de verde.
Nariz grande. Recta. Resoplando verdades del pasado y el futuro.
Cabello negro y abundante, de escasas canas alboreando el atardecer de la vida.
Menuda descripción del todo y de la nada que soy en el transcurrir del tiempo. El entrecejo fruncido, eternamente serio, eternamente arrugado ¡Surcos profundos!
El aleteo de mis manos. Jamás la quietud en ellas, jamás el silencio en mi cabeza. El parloteo entre sueños, el delirio. La sinrazón de mi locura. La sinrazón de saberme asido a la memoria.  
El cuento eterno dando vueltas y vueltas en mi cabeza. Hilvanando historias.
Presagiando
Escribiendo
Andando
Desandando
Naturaleza de saberme ajeno. Pulsando cuerdas de una guitarra imaginaria. De un arpa encantada. Sonidos de marimba de maderas de Chiapas.
¡Sones interminables de madrugada!
Callejón sin salida, la memoria.

La memoria de un sólo hombre, de un sólo sueño, de una sola vida, basta para llenar un cuaderno, o diez, o veinte, o un centenar de ellos.
La memoria enredada en un paseo desde el vientre de mi madre, en las húmedas y frías tierras de Yajalón, hasta mi caminar a paso lento en la urbe de hierro, cristales y concreto que es la ciudad de México. Pasando por Mérida, por Salto de agua, por Pamplona, por el océano Atlántico. Por Madrid, y el cielo de Barcelona. Paris, Nueva york, Chicago, San Francisco. Chihuahua. Londres. el tango en Buenos Aires. El resto del mundo. Y el resto de cada rincón de México.
La memoria de una eterna taza de café en el cerebro. Despertar y sentir el aroma, saborearlo desde las entrañas del alma, si es que el alma tiene entrañas, y si no las tiene, habrá que inventarlas. El café desde que Dios amanece y el diablo se retuerce entre las llamas ¡gélidas! no calientes.
Un libro, diez, cien, varios cientos. Proust, Rulfo, Dostoievski, Chejov, Kafka. Un siglo brincando a otro. Imágenes en mi óptica. Fotografías de un desnudo, de dos, de diez, de un centenar enredado en el corazón de la cámara minolta, kodak, nikon.
Un beso, sólo uno.
Encadenado beso de mujer, traspasado de labio a labio. La sonrisa al final enarcando rostros pálidos, morenos, rubios, blancos. Piowachowe, María, Silvia, Laura.
¡Mujer de sonrisa velada!
Desmemoria del viernes santo.
A la hora nona Jesús, hecho hombre, alzó la vista al cielo clamando por el abandono de Dios Padre. Inclinó después la cabeza dejándola caer de lado, cerró los ojos. Para los hombres, el Cristo había concluido su andar por la tierra ¡fracasado! La palabra del hombre, cual semillas de trigo, habían caído en tierra árida. A la hora nona, novena de nuestros días, partiendo la primera al abrir los ojos el sol a las seis de la mañana, se cumplían alrededor de las tres de la tarde. Un eclipse de sol, extendido entre las dos y las cuatro de la tarde de nuestros días, oscureció la caída del hombre en la tierra que, bajaba a los infiernos y dio la bienvenida del inmolado Cordero al misterio de convertirse en Verbo. Gracia Eterna. Espíritu.
Desmemoria del viernes Santo. El olvido y el dejar de ser. El despropósito y el andar sin rumbo. Semillas de trigo perdidas en tierra árida. Así son nuestros recuerdos cuando la memoria se ha ido. Cuando has dejado de ser hombre y te has vuelto tan solo cuerpo árido.
Negación
Oscuro abismo
¡Nada!
¡Nada!
¡Nada!
Cabalgando llegara la muerte hasta los linderos de mi barrio.
¡Amante fugaz!
La muerte de la memoria ¡El olvido!
Ausencia de recuerdos.
Y perderé en ese ínter a mis hijos
Y a mis padres y a mis amigos
Mis hermanos alejados del camino ¡anónimos!
Me llorará la mujer que me ha amado.
Y quedaré sentado a la vera del sendero, la mirada perdida, la voz clamando en el desierto, inclinada la cabeza como el Cristo.
El rumor de algún río del que no recordaré su nombre seguirá llamándome a gritos. Sus aguas seguirán corriendo, hasta perderse en el mar de los tiempos eternos.    
-Ni muy alto ni muy bajo. De mediana estatura.
Delgado, y de caminar erguido…
Seguro me recordaran así y seguirán contándose las cosas que supondrán me hubiese gustado seguir viviendo.
Una copa de tinto, una cerveza fría, una jícara de mezcal. Una puesta de sol en la ciudad de México. Un paseo a las seis de la mañana en las húmedas calles de mi pueblo ¡Yajalón! y la vuelta al vientre de mi madre.
-Cara afilada y al final de la punta del mentón, una barba de candado.
Manos delgadas y dedos con una simetría indiscutible.
Ojos grandes cafés claros simulando discretos tonos de verde
¡Aceitunados! Dirán de mí, mis amigos.

-Piernas flacas y escurrido del culo
¡Desnalgado!
Apuntará mi mujer y todas aquellas amantes que me hayan conocido.  


© 2017 By Oscar Mtz. Molina -Viernes santo-

lunes, 10 de abril de 2017

Ángulos de vista


Pitágoras decía que los triángulos eran las formas más estables mecánicamente. Pensando en ello, me alejo recordando la imagen de mi esposa con su amante.


Hilario Martínez Arredondo

sábado, 1 de abril de 2017

El olvido y las puertas y ventanas de la conciencia

Doña Carlotita. Fotografía Oscar Mtz. Molina. Berriozabal 2011


De la memoria de doña Carlotita, mi madre.

“Entre la memoria y el olvido, el hombre escoge el olvido, y se da a la tarea de cerrar de vez en cuando las puertas y ventanas de la conciencia, un poco de silencio, un poco de tabula rasa (tabla rasa) de la conciencia, a fin de que de nuevo haya sitio para lo nuevo y sobre todo para las funciones más nobles, este es el  beneficio de la activa capacidad de  olvido, una guardiana de la puerta, una mantenedora del orden anímico, de la tranquilidad, de la etiqueta; con lo cual resulta visible enseguida que sin capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente. Criar un animal que se debate entre la memoria y el olvido y que gira hacia el olvido, es criar un animal al que le sea licito hacer promesas”. Nietzsche. Segundo tratado, culpa, mala conciencia y similares. Genealogía de la moral.

La contraparte a la memoria, el olvido.

Mi madre nos ha platicado desde la coquetería de sus pequeños ojos y desde la picardía de su risa, las andanzas por las  frías tierras de Tenejapa Chiapas. Su infancia casi siempre se ha visto reflejada en su memoria por eventos tragicómicos. Amén de algunos francamente trágicos que, fueron sin duda alguna, cubiertos por la magnificencia del olvido. Si por un lado los recuerdos buenos, brotan cual fuente de aguas cristalinas a manos llenas, aquellos malos, se han perdido en esa laguna inmensa que es la no memoria. Mi madre recuerda siempre, con un innegable dejo de alegría, las travesuras con la tía Blanquita. Recorrer la plaza del pequeño pueblo, hablando de los años cuarenta, comer los dulces tradicionales y la algarabía en las fiestas populares. La mezcla pagano religiosa de las celebraciones en la iglesia. La impensable convivencia entre ladinos e indios. “Estaban para servirnos y servían.  Tratarlos bien o mal, era tan sólo tema de la conciencia de cada uno. Tenejapa al caer las tardes, melancolía encajonada entre montañas, la tierra a flor de piso. ¡Por allí! aisladas banquetas. Tiendas y tendejones para joder a los indios, para enriquecerse a costa de ellos. Para comprar sus cosechas, y embrutecerlos con aguardiente de caña, trago de los demonios, trago de alambiques prohibidos. Mamá y la tía Blanquita recorriendo las solitarias callejuelas, molestando a la vecina tocando sus puertas y a un sólo grito, emprender la huida, salir corriendo a refugiarse entre las enaguas y los faldones de la abuela. Corretear gallinas y encaramarse al lomo de las enormes puercas. El abuelo y su negocio de hacer jabones de legía. El abuelo y su presencia gallarda y su sombrero y su entonada voz y su mirada al futuro. El abuelo y mi madre que se quedó un día sin su presencia. Y la tristeza reflejada ahora en estos pequeños y vivaces ojos que parecen agrandarse con cada gesto de su cara, y con cada nota que sale de su voz bien modulada de cantante lírica.
   
Viajar a San Cristóbal representaba siempre una odisea. Recuerda mi madre. Una larga jornada de camino entre barrancas y bosques de frondosas cubiertas. ¡Lodo y lodazales! La carga en las bestias, las sillas y andaderas para que los indios a mecapal subieran la pendiente con los niños pequeños a cuestas ¡En volandas! Los adultos con pisada firme sorteando charcas. La niebla de los bosques, la humedad y la pertinaz llovizna. El alto en algún claro del camino, la cesta de la comida, pushitos de frijol con huevo, tasajo y cecina preparadas por el abuelo, frutos del huerto, verduras cocinadas, huevo duro. Pozol en jícaras para los indios. San Cristóbal de las Casas, era el mundo de los sueños, era la gran ciudad sin angustias o por lo menos con angustias distintas. San Cristóbal era los dulces y el pan frescos, recién hechos. Y eran las grandes Iglesias y las peregrinaciones en familia. Y eran los tíos y primos alrededor del Justo Juez o de Santo Domingo. Y era la locura del día de plaza en los mercados, el regateo de los productos de los indios, hasta casi conseguirlos regalados, y era particularmente en estos casos, el orgullo de las victorias de las amas de casa y de los caballeros coletos para surtir y resurtir sus tiendas para volver a vender los mismos productos semi transformados a los indios, pero a precios mucho más altos y sin regateo alguno. Nos vendían la cera de abejas silvestres y les devolvíamos las velas. Parafina, cera de abejas, pabilos y rueda. El calor derritiendo la cera y la parafina, los pabilos pendiendo de la enrome rueda, el baño cuidadoso y sutil para ir engordando el hilo hasta volverse vela. La abuela Cuca y su enérgica presencia en el recuerdo de mi madre, la primera nieta. La comunicación silenciosa entre ellas. Esa mirada inquieta y a la vez profunda y tranquila. El trago en un pequeño vaso de veladoras sostenido entre sus dedos pulgar y anular y meñique y el cigarro entre el índice y el dedo medio. Alas azules o alas extra. Y al rememorar todo esto y contarlo, mi madre suspira profundamente, como si estuviese aspirando desde la lejanía y el pasado, las volutas de humo que se desprendían de aquellas tardes, de aquellas soledades, de aquellos cigarros.

El problema de la memoria y el olvido puede ser inferido a partir de las reflexiones, sobre los diferentes modos de apropiarse del pasado.

“Para que algo permanezca en la memoria se lo graba a fuego; sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria” Nietzsche

Pero el olvido, y me quedo con esto, es el guardián favorito de las puertas y ventanas de la conciencia. Sin el olvido activo, mi madre seguiría llorando a sus muertos, y en vez de contarnos anécdotas y juegos, presencias y ausencias gratas o no tanto, estaría envuelta en el mundo trágico de su camino. Tiempos infaustos y dolidos. De once hermanos que fueron, tan sólo vivieron tres, los otros ocho fueron cerrando sus ojos al mismo tiempo que a mi madre, le fueron cerrando puertas y ventanas de su conciencia. ¡Ríe y llora al mismo tiempo! se asombra mi hija y mi mujer. Canta y cuenta historias que, a la lejanía parecen chuscas, pero que le cambiaron vida y destino en su momento. Se asombra de minucias y lo celebra todo. Arropa por igual a los hijos y a los nietos y bisnietos. Atiende al hombre con el que decidió compartir la vida desde hace sesenta y tres años; planta y riega sus flores y sus verduras y sus hierbas. Camina siempre con la prisa de quien estuviera huyendo de algo. Canturrea y reza en murmullos. Dormita en pequeños tiempos durante el día y es como si con esa breve pausa, cargara de nuevo de energía, sus pilas.  Nietzsche dice que sin la capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente.

Durante la noche del domingo veintisiete de septiembre del dos mil quince y parte de la madrugada del día veintiocho, en México como en muchas partes del mundo, el cielo nocturno se vio invadido por una espectacular luna roja ¡Luna de sangre! Mi madre rondaba los ochenta años, tengo que decirlo a pesar de que insista que digamos que ronda los sesenta y cinco. Permaneció en vela atenta al espectáculo. Desde las ventanas de la casa, y en la soledad más esplendida, la maravillosa soledad de estar acompañado de uno mismo, siguió paso a paso el encanto del paseo de la luna por nuestro cielo. El asombro y la alegría de haberlo presenciado. ¡Jamás me podía perder lo de la luna de sangre!   Exclamaba mi madre al día siguiente, cuando me platicaba de su desvelo. Era la manera de decirme y de mostrarme su felicidad por continuar su sino, por dar cara buena a la memoria de las cosas gratas, las buenas diría Nietzsche. Y era también de algún modo, la manera de echarle un cerrojo más a las puertas de la conciencia, olvidando recuerdos no gratos. ¡Los malos recuerdos! diría también el filósofo alemán de los grandes bigotes.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina