lunes, 4 de diciembre de 2017

Disección anatómica

Imagen tomada de Internet



La maestra de anatomía me dijo una mañana gélida de noviembre, allí en el anfiteatro de la facultad de medicina, en medio de cuerpos embalsamados ¡Ajados por el olvido, curtidos en formol!
-Jovencito debes reforzar tus enseñanzas con una nueva disección.
Señaló un cadáver con la mirada y depositó en mi mano izquierda el bisturí, las pinzas de Kelly en la diestra.
Se recostó sobre una mesa limpia, con tacto y precisión corté costuras de su vestido, sostén y pantaletas.
¡Asombrados! Al término del curso mis compañeros murmuraban preguntándose del diez de calificación perfecta.
Deserté por cierto, ahora me dedico a la música, y a inventar historias.
De aquel curso y aquella práctica de disección en el anfiteatro de la escuela, sólo me queda, el recuerdo de los ojos azules de mi maestra y la palidez de su rostro mientras quieta, sentía el ir y venir del bisturí en mi mano, acariciando dermis, aturdiendo su conciencia.


© 2017 Oscar Mtz. Molina

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Herencia



Con su andar cadencioso y esos glúteos turgentes atraía a todos los hombres como ratas.
La hija del flautista había superado a su padre.

Hilario Martínez Arredondo

lunes, 16 de octubre de 2017

Mínima invasión



PRÓLOGO

A prime facie y, a pesar de que la medicina y la literatura son dos artes catalogadas como “humanistas”, suelen parecer contrapuestas. Sin embargo, a lo largo de la historia humana, ambas disciplinas se llevaron muy bien. Baste con nombrar a Hipócrates de Cos quien, además de ser considerado “Padre de la medicina”, también fue el primer hombre que supo empuñar con igual destreza la pluma y el bisturí.
Pues bien. En este volumen, al que los lectores van a acceder, nueve médicos mexicanos demuestran con singular pericia que ambas disciplinas conforman una simbiosis tan particular que, aquellos que podemos especular un poco más, nos imaginamos una mutación temporal en la que el individuo usa la pluma con la misma habilidad que el bisturí e interviene en las palabras como si fuesen un cuerpo humano para modificar su “anatomía” (valga la metáfora) y así dotarlas del sentido lúdico que ofrece la lectura.
No es la única particularidad del presente libro. El género que han elegido para componer sus textos, más allá de lo que dice la academia acerca de su difusión, es uno que viene (también) desde los primeros años de la historia. Es verdad que se trata del género de moda, pero no es menos cierto que 1500 años AC, ya se escribían textos mínimos que contenían en su corpus todos los elementos que más tarde seleccionarían los estudiosos para fundamentar el canon de la narrativa hiperbreve. A quien dude de ello, lo remito al libro El bosque de la risa de Feng Meng Long que data de la Dinastía Ming, que reinó en China por aquellos tiempos.
No entraré aquí en consideraciones de tipo académico sobre el microrrelato (o minicuento, microcuento, cuento ultracorto o cualquiera de aquellas denominaciones en las que los eruditos no terminan por ponerse de acuerdo). Baste decir que es un texto que, contrariamente a lo que piensan muchos lectores (y no pocos escritores)  exige mucha concentración, mucho trabajo de “corte y corrección” (frase acuñada por algún tallerista literario) y a veces se prolonga en el tiempo. Y sin embargo, no todos lo logran. Parece fácil pero, cuando evaluamos todo lo que se produce y se publica nos damos cuenta que no todos los textos tienen el valor artístico que transforma a unas cuantas oraciones en un buen microrrelato.
México es uno de los países americanos con mayor desarrollo de este tipo de microtextos que se caracterizan por su lectura rápida y la necesaria complicidad del lector. Entonces, no debería extrañarnos que un grupo de escritores mexicanos se reúnan para un colectivo de microtextos. Lo que sí resulta llamativo es que los nueve integrantes de esta obra no solamente sean escritores sino que también son médicos.
Y entonces nos encontramos ante este volumen que, por merecimiento propio, está destinado a ganarse un importante lugar en las letras vivas de México.
Hasta que este original llegó a mis manos, sólo había leído textos de Ortiz Soto, Pedraza y Tena; entonces, la curiosidad de leer micros que habían sido escritos por otros colegas que no conocía me sirvió de acicate y en cuanto comencé con la lectura ya no pude parar. Y la verdad es que fueron las horas mejor invertidas en varios años. Rubén García García, Diana Raquel Hernández Meza, Hilario Martínez Arredondo, Óscar Martínez Molina, José Manuel Ortiz Soto, Alfonso Pedraza, Victor Hugo Pérez Nieto, Elizabeth Pérez Ramírez y Paola Tena nos entregan una selección de textos que, sin lugar a dudas, merece ocupar un lugar destacado en nuestras lecturas cotidianas.
El conjunto de textos es sólido y seguramente hará las delicias de aquellos que accedan a este libro.
En síntesis, una excelente colección de microrrelatos que seguramente habrá de complacer a los lectores, después de haber producido placer lúdico en cada autor. Al final de cuentas, esas y no otras, son la misión esencial de la literatura.



viernes, 29 de septiembre de 2017

El día lunes siguiente







Recorro los pasillos del hospital y a mi paso se asoma la calma.
¡Soledad y silencio!
Para ser lunes todo se pinta de vacío
Se respira el miedo detrás de los ojos
Uno a uno con la ansiedad de saberse íntegro
Uno a uno con la pena de conocerse vivo

La señora de los churros, justo a la entrada del hospital, me saludó esta mañana, igual como lo hiciera hace diez días, o hace dos meses, o dos años, o toda la vida.
En la charola, perfectamente alineados los inquietos churros cubiertos de azúcar.
¿Serán buenos para el susto?
Pregunté a la ventera
Y ella respondió a bote pronto
Son mucho mejores que el bolillo
Pero a pesar de la seguridad en su respuesta, ambos sabemos que no es cierto
La naturaleza del bolillo no tiene comparación alguna.
La sala de espera de laboratorio y rayos equis, habitualmente nutrido enjambre, luce ahora con la pasmosa soledad de una tarde triste de domingo.

Autómatas vamos de uno a otro lado.
Nos asumimos estructuristas expertos, revisamos esta o aquella grieta en la pared de tabla roca.
¡Percutimos con los nudillos!
Alzamos la vista y estudiamos lámparas y rejillas de los ductos de ventilación
Revisamos pasamanos y escaleras.
Asentimos con movimientos de cabeza ante la integridad de los muros de carga
Cuidadosos saltamos sobre los pisos con losetas removidas.
Entre dientes nos revisamos el alma, asumiendo que, tiene también, profundas cuarteaduras.

Me asomo por ventanales de pasillos
Fuera poco ruido de autos circulando, el estacionamiento con apenas unos cuantos vehículos.
Los árboles con hojas y ramas quietas
¡Dios! Ni siquiera el viento se atreve en este día
Te respiro y me respiras
¡Suspiro!
En los aparatos de televisión, promocionales del nuevo ciclo de la empresa
Las notas y noticieros callaron después de tanto ajetreo
Mi mujer mensaje tras mensaje interrumpe mis pensamientos, trayendo de vuelta mi conciencia
Las escuelas seguirán cerradas
En la Condesa siguen los escombros
En la Roma desalojos por alto riesgo
Se apagaron las sirenas de ambulancias
¡Qué tembló de nuevo!
La alerta sísmica se dispara de nueva cuenta, anda más nerviosa que todos nosotros juntos
En la ciudad apenas asoma el sol, su rostro
En la torre de Pemex amenaza de bomba, y el desalojo
¿Qué más sigue?
Ahora entre tantas angustias soy quizás de los pocos mortales que, piensa y cree a pie juntillas, que la boca de Michelle Pfeiffer, Emmylou Harris o Monica Bellucci son las puertas más perfectas para llegar al cielo.
El resto, sensibles, se santiguan

2017 By Oscar Mtz. Molina

sábado, 23 de septiembre de 2017

En torno al terremoto





I

Sábado
Colonia Roma
Ciudad de México
La panadería de siempre. De todos mis sábados. De todos mis hijos.
De mi mujer sin maquillaje
Colima. Rio de Janeiro
Café expreso. Chocolate caliente
Un cuerno y una concha. La trenza indispensable ¡sabrosamente!
Silencio
Silencio
Miradas de incredulidad y pasmo
No grites
No respires
No atrevas a sonreírte
A escasas avenidas
A escasas cuadras
A escasos metros
El dolor y el sufrimiento
La muerte hincó sus dientes.

II

Duele la ciudad y duelen Chiapas y Oaxaca
Y duelen Puebla y Guerrero
Y duele la región del Istmo
Y la costa
Y la serranía
Duele el pueblo que, llora y suspira, mientras recoge escombros
Duelen los jóvenes y los viejos que recorren la ciudad y los pueblos
Duelen los padres que tienen el alma en un hilo
Duelen las manos ampolladas y las espaldas partidas en sendas heridas
Duelen la impotencia y la pequeñez del hombre ¡la inmensidad de lo que desconocemos!
Duele la apatía de unos pocos y la insensibilidad y la indiferencia
Duelen la soledad y el silencio
Y duelen los niños que durmieron el sueño, sin retorno

III

-¡Dios!
Volvió a cimbrar la tierra comadrita ¡Tembló cabrón!
El fin está cerca.
¡Tanta arrechura!
¡Tanta jotes!
Esto no es de Dios comadre.
Del demonio puede que lo sea.

Es la tierra comadre. Son los movimientos de las placas tectónicas.
¡Eso dicen pues!
La placa de cocos, la placa de Norteamérica, la del caribe, del pacífico y la placa de la ribera. Buena la tenemos en México encaramado entre placas y placas y con tanto acomodo.

¡Castigo divino comadre!
La juventud descarriada. La lejanía de la iglesia.
El celo del Creador.
Sectas y sectas creadas por el maligno.
Los despropósitos del pecado
Carne has de ser, enemiga de tu propia carne
Así es como andamos ahora comadrita.

¡Humm!
Se libera energía comadre. Así es hoy y así lo ha sido siempre.
Es la historia de la tierra.
Es su vida
Los terremotos han sido, y seguirán siendo
No hay de otra sopa comadrita

¡Usted verá luego comadre!
Ya lo verá usted un día de estos
En la Biblia está escrito
¡Y la tierra temblará!
¡Se inundarán los valles!
Habrá dolor y fuego
Y muerte y hambre
Todo está allí
Y ninguno quiere ver la escritura

Está escrito porque así ha sido siempre, comadre
Los hombres que, escribieron los libros, sabían de temblores, aguas y fuego.
Y sabían también de pestes y hambrunas.
Eran hombres sabios y supieron contarlo para que nos cuidáramos.

Por tu boca, ¡Blasfemias!
Pinche comadre
Renegar de Dios y de su palabra en la Biblia

No lo tomes así comadre
La Biblia es palabra sabia y divina en sus enseñanzas
Pero esto de los terremotos es cosa de la tierra, del sol y la luna
Son los planetas y según los que los han estudiado
Es cosa de las matemáticas y la física.

Será así comadrita, pero Diosito por encima de todas esas ciencias

¡Que así sea mi chula!
Mejor echemos pozol con suspiros o chimbos.

Si chunquita mejor dejemos ya, de tanta chingadera.

IV

Siete cincuenta y cinco. Alerta sísmica
El temblor agarrota las piernas
De nuevo ojo a ojo con tu hijo y tu hija
Con tu madre y tu padre
Con tu hermano
Tu mujer arrejuntada al costado
Sonrisa prendida en tus mejillas, de miedo
Apresuras el paso sin perder la compostura
No corres
No empujas
No gritas
La garganta se ha quedado, seca

V

De vuelta a casa
La calma volviendo a las miradas  
El hábito ahora, de indagar por la radio
6.1
Unión Hidalgo Oaxaca
En Chiapas las réplicas suman ya dos o tres millares
El temblar chiapaneco se hizo ya costumbre
"Vee, qué fue de 6.1
Si no es de más de 8 ya nos hacen los mandados"



© 2017 By Oscar Mtz. Molina

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El miedo a las ratas

Me acabo de enterar que una amiga mía ha superado su miedo a las ratas y está más que contenta. No puedo evitar imaginarla frente a frente con uno de estos roedores, dispuesta para el duelo. Los padrinos de mi amiga son un par de gatos callejeros, sin raza definida, pero bien curtidos en esas andanzas; la rata simplemente se hizo acompañar de un par de anónimos y oscuros habitantes de las alcantarillas. Una vez acordadas las condiciones del enfrentamiento, los padrinos animan a las contendientes y se hacen a un lado. La rata —flaca, correosa, enorme, de pelos relamidos— fija su mirada huidiza en mi amiga, que no se amedrenta y crispa con seguridad los puños. A una voz, caminan de espaldas, enunciando en voz alta cada uno de los doce pasos acordados —¡como si se tratara de tirar un doble penalti en un partido de fútbol!—. Al finalizar el conteo, la mirada de una clavada en la otra, gesticulan, oran a sus dioses protectores, lanzan un grito de guerra y, a toda velocidad, corren en dirección al enorme trozo de queso gruyer que aguarda en el centro de la mesa.

miércoles, 30 de agosto de 2017

El sutil hilillo de una esperanza


Cuando abrí la ventana, una polilla quedó atrapada entre los vidrios sobrepuestos. Al ver su revolotear agitado, le dije que mantuviera la calma, que era cuestión de tiempo para que librara aquel dilema y saliera con vida del agujero.
Cuando la noche nos cubrió, corrí a los brazos de mamá... a esas horas se intensificaban los bombardeos.

Hilario Martínez Arredondo

jueves, 20 de julio de 2017

quítame de encima este fardo que he sido


quítame de encima este fardo que he sido
dolor encadenado por el tiempo y la miseria
ojos momificados que oculté en el lodo de mi boca
memoria del olvido
generosa podredumbre
que es Dios
por qué no enloquecí
al nacer
así no me dolería la vida
no estaría cansado de escribir tantas pendejadas
de pisar aristas 
y morder la tierra fértil
en la que nunca creceré
quítame la piel al menos
no tengo raíces
ni historia personal
soy bastardo
indigno
desierta noche
nada
por qué no sólo aplastas mis dedos
muerdes mi lengua
amortajas mi cabeza
y me tiras...
quizá pueda ser feliz

J. Jonathan de la Cruz Pacheco

jueves, 13 de julio de 2017

Noches insomnes

Insomnio. Cd. de México, 2017 Fotografía Dany Mtz.


-Algunos caballeros dicen que tienen sueños felices cuando vienen
aquí -había dicho la mujer-. Otros dicen que recuerdan lo que sentían
cuando eran jóvenes. (Eguchi)
La casa de las bellas durmientes.
Hite Kawabata

I
De cuatro o cinco largas zancadas subí la escalera. El edificio era uno de los modernistas edificios de la colonia del valle, de tres niveles. Mi cita era en el tercero de estos pisos. Era sábado a las once de la mañana. Mi vida corría entre las clases entre semana en ciudad universitaria, y el trabajo de sábados y domingos en la pequeña empresa de mi padre. Él tenía toda una vida dedicado a la reparación de gafas. Minucioso en el cuidado de armazones y el pulido de cristales. Yo me encargaba de las entregas a clientes que preferían los fines de semana. María Luisa el nombre. Mujer, con toda la justeza para decir que era hermosa. Cuarenta y cinco años maravillosamente bien puestos. Abrió con la confianza de conocer a mi padre, con la confianza también de que mi padre, era buen amigo de su esposo. Abrió con el desparpajo de haberse levantado tarde el día sábado, de haberse bañado y de estar en ese momento, tomándose la segunda o tercera taza de café.
A los diecinueve años la vida se me iba sin una sola pizca de café en el alma.
Me senté a la mesa y no solamente saqué del maletín, los estuches de los dos pares de gafas que tenía que entregarle si no que, saqué también, la tela y el líquido para limpiar las lentes. Un ritual aprendido en este oficio. Los clientes solían ponerse las gafas, posaban frente al espejo, acomodaban una y otra vez las armazones, ajustes insignificantes, pero casi siempre necesarios. El pulido final de las lentes y por supuesto la envoltura y colocación minuciosa en sus estuches.

-¡Oscar! Respondí alzando la voz, a la pregunta de cuál era mi nombre.

-Igual que tu padre, dijo ella también en voz alta, desde la habitación.

Se sentó justo al lado mío.
-¡Dios, mira que ojeras!, dijo al paso.

Y empezó a contarme de sus largas noches de insomnio. La cercanía de su aliento a café recién tomado.

- ¿Sabes que la gente cuenta ovejas en sus noches sin sueño?

-Yo cuento el número de hombres que me han besado. Y de su rostro se desprendió la más esplendida de las sonrisas.

Las pautas de silencio, ajenas y pesadas como losas en las espaldas.  Sonreí pensando en aquella confesión a boca jarro.

-Pienso en el hombre, y en su nombre. Y recorro con ese recuerdo los pormenores del camino andado. Cómo nos conocimos. Cuándo fue el primer beso. Qué circunstancias nos rodearon. Cómo fue el abandono. Cómo mi entrega al juego amoroso. Y así cada detalle. Hasta que despierto a la mañana siguiente, sin saber a qué hora me dormí.
-¡Por lo menos es más interesante que contar ovejas! Cerró enseguida, con esta exclamación.

El primer par de gafas le iban a la perfección, las retiró para que yo me pusiera a la tarea de limpiarlos. Se levantó de nuevo para ir a probarse el otro par.

-Un día también tú contarás besos y repasarás historias para poder conciliar el sueño, dijo desde la lejanía-. Y allí también te acordaras de mí.

Del segundo par de gafas no tengo ningún recuerdo de cómo le quedaron. Se asomó de nuevo a la sala y lo hizo para que, en mi memoria, aquella imagen perdurara eternamente encriptada en mi cerebro. María Luisa había vuelto de su cuarto completamente desnuda y con el cabello acomodado por delante cubriendo parcialmente uno de los senos. Menuda y frágil figura. Senos de mujer madura, pequeños y firmes. La cintura estrecha y el abdomen plano. La blanca y tersa piel de sus muslos. Besó mis labios, primero con la inocencia con que se besa a un amigo. Su mirada de ojos cafés y aceituna penetraban mi mirada. ¡Taladrando mi alma! El roce y el calor de su cuerpo. El cálido abrazo y la ansiedad galopando mis sentidos, acelerando el corazón. De los besos, pasamos a los juegos de manos, y de los juegos de manos a la entrega. Con ella aprendí que, después de hacer el amor, la gratitud tiene que llegar con el sabor de una taza de café.

María Luisa se encriptó en mi memoria desde aquella inolvidable mañana de sábado. Tenía cuarenta y cinco años y una belleza fuera de esta órbita. De tiempo en tiempo y en los siguientes quince años, volví religiosamente a verla, para llevarle las gafas que seguía arreglándole mi padre. Para limpiar sus armazones, para pulir las lentes, para verla sonreír, y para amarla como fiel amante. Siempre bella, mis manos fueron testigos crueles del marchitamiento de su piel, y de la ingrata flacidez de sus senos. Mis labios fueron también testigos de las arrugas circulares en sus labios. El brillo de sus ojos siguió fiel al asombro de los míos. Ni mis estudios, ni mi carrera profesional, ni mi mujer ni mis hijos, pudieron hacerme desistir de aquellas visitas matinales de los sábados. Sus noches de desvelo, según sus propias palabras, se fueron llenando de nuestras historias. Y su mundo insomne se transformó con el paso del tiempo, en un paraíso en el que, solamente contaban mis besos, nuestras circunstancias, nuestras entregas.

II                
Cuando yo tenía nueve años de edad falleció mi abuela. Recuerdo perfecto que mi abuelo, recién viudo, caminó conmigo hasta el tendejón de la esquina. Mi caminar era de tristeza y congoja por la abuela.
- ¡El camino está plagado de muertos! Dijo mi abuelo.  ¡Así es la vida! Remató después.
Cierto, la vida está plagada de muertos. Al poco tiempo le tocó partir al abuelo. Algunos años después a los hermanos de mi padre. A mi madre en algún punto del trayecto. Todos ellos cercanos a mi camino. Mi padre marchó cuando yo cumplía los sesenta años, el ya bastante viejo. Mi mujer abandonó mi paso y a partir de los sesenta y ocho años mi vagar se hizo en solitario. María Luisa se había ido en el silencio de una noche. Quizás entre los recuerdos de los hombres que la habíamos amado, y de los que ella solía contar nuestros besos y juegos amorosos, a manera de llamar el sueño en sus noches de insomnio.   
       
-Un día también tú contarás besos y repasarás historias para poder conciliar el sueño. Dijo desde la lejanía.
-Y allí también te acordarás de mí. Había dicho María Luisa aquella luminosa mañana de sábado, mientras se probaba las gafas.

Y en efecto. El sueño de viejo llega corto y ligero. No bien terminan de cerrarse mis parpados, cuando de nuevo se abren mis ojos a la oscuridad y al desvelo. En vez de ovejas cuento los besos y las historias de amor con María Luisa. Pero también lo hago con los besos y recuerdos de mi mujer. Y así, de uno en uno voy pasando los senderos, de una en una las mujeres a las que he amado. En el último trayecto de mi vida me procuro también nuevos besos. La ansiedad de hombre viejo llega con las mañanas de invierno, con las tardes calurosas del verano, pero sobre todo con la soledad de cualquier noche. De tarde en tarde desando el camino a casa. En esta inmensa ciudad hay jovencitas que se prestan o se alquilan para seguir llenándole la memoria a uno con sus besos, para seguir ensuciándonos las conciencias con sus juegos amorosos, para seguir enlodando nuestros pasos por la tierra. Hay desvelos que suspiran, hay noches de insomnio y desesperanza, hay madrugadas de soledad y angustia. Allí es cuando en lugar de contar ovejas, o de revolcarme en recuerdos cada vez más lejanos e imprecisos, me entretengo contando los nuevos besos, los de esta tarde, los de esta joven que dijo llamarse Martha, o Gloria, o lo que fuera.

Cuerpos de nuevo firmes, senos de nueva cuenta tiernos.

El sueño que llega tarde o temprano.

El olor y el aroma del café.

La muerte que ronda a la vuelta de la esquina.

La soledad.

El silencio.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina 

lunes, 1 de mayo de 2017

La casa de los gatos (De los tiernos y terribles infantes)

Quema de año viejo. Fotografía Oscar Mtz. Molina, Altamira 2016

I

La tarea no era fácil. Lo primero que teníamos que hacer era atraparlos y para eso, la mejor hora siempre fue al caer la tarde, en la pesadez de la siesta. Nos deslizábamos con un sigilo digno de un soldado de asalto. De esos que veíamos por la televisión en aquellos episodios de Pelotón. Los atrapábamos echándoles encima una camiseta o un saco de ixtle, cuidándonos siempre de sus garras. Maullaban enfurecidos, nerviosos, revolcándose entre nuestras manos. La calma luego. El apaciguamiento. La fatiga. Para nosotros era también el momento de tranquilidad.

¡Los gatos se dejaban hacer entonces!

Envolvíamos sus patas y su cuerpo dejando descubiertas las cabezas. El maullido cambiaba y en lugar de aquel de defensa y desesperación, pasaba a ser un maullido más sordo, como pidiendo compasión. Lo que seguía después era escurrirnos en algún lugar solitario; bien fuera detrás del centro de salud, o mejor aún en el ala abandonada del beneficio de café. Para esas horas las sombras nos habían cubierto y nos deslizábamos como fantasmas con nuestra preciada carga, nuestra presa codiciada.
La navaja era una de esas suizas rojas de buen tamaño. Había sido la navaja del padre de Emanuel, el honor te correspondía cuando cumplías los diez años ¡Nunca antes ni por favor! Ni por lo que fuese.
Sostuve al gato enredado por la camiseta, entre mis piernas, la boca apretada con firmeza con mi dedo anular y medio, mientras exponía uno de los ojos del animal con los dedos índice y pulgar de mi mano izquierda. El gato tranquilo y quieto, mi mano izquierda temblando por el esfuerzo. Tomé el mondadientes de la navaja y sin pensarlo demasiado, clavé el mondadientes justo en el centro del ojo, un chisguete de líquido saltó mojando mi mano. Lo que siguió después fue un revoltijo de sucesos la mar de enredados. El maullido fue, no solamente agudo si no tremendamente espeluznante, el gato se revolcó violentamente entre mis manos, descubriéndose y saltando desde mi regazo, tambaleándose y chocando contra las paredes, escapó de nuestras manos. Gritos de todos los presentes con el afán de atraparlo. Correrías hacia uno y otro lado. Emanuel gritando enojado por el mondadientes, y pendejeandome por el descuido y yo, arqueado entre náuseas y vómitos imparables, hasta tres o cuatro veces. Habíamos comido mango verde con chile piquín y sal de grano. Mis pantalones enrojecidos por el chile y con pedazos de mango verde. ¡Arcadas hirientes! los líquidos y los mocos escurriendo por mi nariz y mi boca. El tono amenazante de Emanuel y la risa y la burla del resto.
A las nueve de aquella noche volví a casa cobijado en la oscuridad.

II

-Dios está con nosotros
¿Dios está con nosotros? pregunté
-sí, Dios está con nosotros. Eso significa Emanuel. Dijo la tía Enedina. Prima hermana de mi padre y además eterna maestra de catequesis.
Así que Emanuel quiere decir Dios está con nosotros. Pensé para mis adentros, a sabiendas que, mi madre, se refería a él como alma del demonio o hijo de satanás u otras linduras, pero todas por ese estilo.
Era justo dos años mayor que yo, porque según yo los dos habíamos nacido en el mismo mes de mayo. Así que en aquella época él tendría ya los doce. Había quedado huérfano de padre desde los ocho y prácticamente desde esos días se echó a la calle. ¡Jamás! que yo me acuerde le tuvo miedo a algo o a alguien. Si había que matar zanates o perseguir iguanas o garrobos, él iba por delante. Si había que desollar los garrobos y las iguanas para los presos de la cárcel, prácticamente él se encargaba de hacerlo. Si no le cuadraba algún chiste o alguna bromita de alguno de nosotros, sus cuates, él se encargaba de hacérnoslo saber con un pescozón en la nuca, o con una llave de lucha libre sujetándonos por la cabeza y el cuello con sus brazos o con las piernas. Casi siempre exigía de nosotros, no la rendición si no la súplica al perdón, enseguida nos liberaba y amigos como siempre. En las peleas de a de veras con algún desconocido de nuestras huestes, por muy grande que estuviese, allí sí que había que verlo en su dimensión completa. ¡Violento! El frenesí de destrozar a sus rivales. A veces a golpes, otras a mordidas si era necesario. A veces sangrando de las narices y de la boca, ante las palizas recibidas por alguien de mayor edad o de mayor alcance, y aun así nosotros sabíamos que la pelea no terminaba hasta que el otro se rindiese, o pusiera mejor tierra de por medio. Sorbía su propia sangre desde la boca, dejaba que la costra se secara al filo de las narices, o que la que había escurrido por sus antebrazos, permaneciese allí como trofeos o huellas de las peleas. Vanagloriándose.
Jodidos y pobres, él y su madre vivían en una casucha de ladrillos y láminas, con un patio inmenso lleno de árboles frutales, herencia del padre. Justo a dos solares de nuestra propia casa.
    
III
        
Lo de aquella tarde estúpidamente desastrosa del gato y el mondadientes, dejó para mí una huella muy difícil de borrar. La vergüenza hizo que, durante los siguientes cuatro o cinco meses y con el beneplácito de mi madre, me alejara del grupo de amigos de la cuadra, y por supuesto de Emanuel. Cabizbajo me deslizaba por las calles evitando en lo posible los encuentros con ellos, camino a la escuela. A veces topaban mi paso para invitarme de nuevo a volver al redil de la manada. Mi padre pesaba en el barrio y de algún modo se extendía sobre mí un manto de velada protección. Mamá sin saber en absoluto el asunto del gato, aliviaba un poco la carga refiriéndose al buen camino que tomaron mis notas en los últimos meses de mi educación primaria. Dejó de referirse a Emanuel como alma del demonio y sólo hacía mención de lo vago que era.
El reencuentro comenzó una tarde del descanso de verano, muchas horas para un encierro. Los juegos a la pelota. Las correrías por el barrio, en donde por cierto habían ido desapareciéndose los gatos.
-deberías acompañarnos para verlos. Me dijo un día Emanuel. Con la confianza que pueden tenerse un niño de once y otro de trece años, después de haber estado jugando toda la mañana.
La galera abandonada del beneficio de café resultó la casa perfecta para aquellos desvalidos. Por lo menos alcancé a contar once gatos, allí entre ellos los de los vecinos. Quietos, acurrucados entre las sombras del edificio. Amontonados y apretujados entre sí. Nosotros en completo silencio apretujados también. A una orden de Emanuel y para sorpresa mía, dos o tres de nuestros amigos comenzaron a gritar y a hacer ruido con palos y tablas. ¡El maullido y la desesperación de los gatos! Rebotando contra las paredes, chocando unos y otros, saltando y cayendo terriblemente descompuestos. Algunos de ellos, despistados y medrosos chocando contra nosotros. Nuestras risas, carcajadas silenciando los maullidos. Gatos perdiendo toda compostura, gatos de andar inseguro y estúpido, gatos desorientados en los saltos ¡Todos ciegos!
La confianza volvía a mí y mejor aún volvía entre mis amigos y yo, y particularmente volvía entre Emanuel y yo. Esa tarde de vuelta a casa, pensaba yo entre mis adentros que bien valía la pena sacarse aquella espina.

IV  

¿Dios está con nosotros?
¿O dónde esta entonces? ¿Cuidando gatos ciegos y torpes?
La fecha exacta, dieciséis de noviembre de 1974. Alcancé a tomarme tres tragos bien puestos de aguardiente de caña. Todos reíamos impacientes. El gato era sin duda alguna el más hermoso que jamás antes hubiese sido atrapado, pero sobre todo era uno muy valiente, jamás emitió maullido alguno. La concurrencia esperando la orden de Emanuel. Él con una tranquilidad pasmosa jugueteando con la navaja roja, enseñándomela. El mondadientes ausente. La hoja principal abierta. El caos a la orden suya. El gato escapando de las manos, huyendo por el tejado, sin emitir un sólo maullido. ¡Cómplice!. El mareo y la obnubilación en mi cabeza. Las manos, cuatro o cinco pares sujetándome brazos y piernas. Las rodillas de alguien apretando mi pecho, otros pares de manos sujetando mi cabeza. Mis gritos, aullidos desaforados. ¡Angustiosos! De pánico. Emanuel y la magia de la navaja suiza, los gritos ordenando. Después el silencio y la oscuridad. La penumbra. Las lamidas en mi mano de algún compasivo gato. Gritos de hombres, exclamaciones de dolor de mi madre. El coraje en los exabruptos de mi padre. Correrías y saltos, golpes de desvencijadas hojas de las ventanas, puertas tiradas a mazo puro.

V    

Si preguntan en el pueblo por mi nombre Oscar Antonio, jamás me conocen. Pero si preguntan por el tuerto, enseguida les darán razones. Con el tiempo se apaciguaron las pesadillas y los temores. Me construí un pequeño patrimonio con las buenas hechuras de mi padre, pero sobre todo por las exigencias y amarraduras de mi madre. En aquellas épocas pocas cosas podían hacerse, a lo más que opté, una vez cicatrizadas mis heridas, fue conformarme con un parche de piel fina, por fortuna solamente se perdió uno de mis fanales. El otro, opaco y como fuera me permitió seguir mirando para adelante.
Emanuel y tres o cuatro más fueron refundidos en una correccional de menores, tenían entre doce y trece años cuando aquello y estarían allí, unos pocos años y después serían liberados. Así eran y así son las leyes. Papá tenía el respeto del barrio y del pueblo, se movía entre los comerciantes y la gente que manejaba los dineros. Él se encargaba de llevarles sus libretas de cuentas y todas esas cosas que para ellos eran importantes. Silencioso como siempre, como toda su vida, una de esas mañanas y después de haberse ausentado unos días del pueblo, llegó con un periodiquito del día previo, aventándolo y señalándole a mi madre.

¡Motín en la correccional de menores!

Y allí decían que justo unos días previos a ser liberados, había habido una revuelta y pleitos entre pandillas. Los cuatro sujetos del pueblo habían recibido sendos piquetes en el tórax, los cuatro sujetos del pueblo, habían fallecido. Los cuatro sujetos del pueblo, los únicos muertos. Eso decía el pequeño periodiquito que, por cierto, esa misma tarde comenzó a venderse como pan caliente entre toda la población.

VI                      
      
Mamá se empeñó siempre que pudo prohibiéndome salir con aquel niño, con Emanuel.
-que sea la última vez que te veo con él. Decía. No te va traer nada bueno. Agregaba en tono serio.
-pero ma, es divertido. Y además es nuestro vecino. Respondía yo
-¡es un niño malcriado y travieso! acotaba mamá. ¡Un vago! Gritaba luego.
De todos modos en aquella época, salía y me divertía de lo lindo, hasta que descubrí por mí mismo que, no sólo era malcriado y travieso, si no que era un grandísimo hijo de la chingada.

-¡Un hijo de su reputísima madre! Me repito en esta soledad de viejo, casi ciego.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina