jueves, 27 de febrero de 2014

La residencia (X): Solo un nacimiento


Sin gran delicadeza, la gorda mujer fue colocada sobre la mesa de operaciones. El anestesiólogo aún con el reflejo del sueño sobre su cara izquierda lavó mecánicamente la región lumbar; colocó un punto de anestésico y dijo quien sabe qué palabras (como quien habla dormido) y a continuación fue introduciendo lentamente la monumental aguja. “¡Ay!”, se quejó la señora y se fue quedando dormida. Lo último que alcanzó a decir fue que quería un hijo rojo posiblemente remembrando sus clases de filosofía ceceachera. Con la ayuda del residente de ginecoobstetricia y la enfermera circulante, pronto le dieron vuelta, dejando que la prominente panza apuntar al techo, como una diminuta montaña de carne oscura.
¡Date prisa para lavarla! gritó el obstetra desde las profundidades del sueño, intuyendo que en menos de quince minutos entraría en acción.
El larguirucho residente musitó un “sí doctor, como usted diga” indefinido y tomó un cepillo, unos guantes rojos, una cubeta de veinte litros y se dedicó a restregar la prominente panza, previamente untada con detergente con penetrante olor a durazno.
En el fondo de la monumental barriga, el chamaco no la pasaba del todo bien. Había tenido que soportar, sin protestar, la reducción borisvianesca del útero a cada contracción. “Y no hay ni para dónde hacerse”; pensaba que de un momento a otro el mundo se le vendría abajo. Pero por más que trataba de oponer resistencia, su cuerpo cedía, cada vez más enjuto. Cuando creyó encontrar al fin una salida, no tanteó bien las dimensiones y su cabeza quedó atorada en medio de un camino de huesos y carne macerada. “Carajo. ¿Y ahora cómo demonios salgo de aquí?”. Quiso volverse atrás, pero el camino estaba cerrado. No le quedaba más remedio que esperar un milagro. Cuando las contracciones cedieron por agotamiento creyó que tras la luz vendría la calma.
Ya nomás le doy otra pasadita... doctor. Luego la cera líquida y quedará rechinando de limpia escuchó gritar al residente en las alturas.
Es cierto que el escuincle no tenía forma de saber lo que es encontrarse atrapado bajo las ruinas de un terremoto como el del “85”,pero por esos hechos inexplicables del destino, tenía la sensación de que él ya había nacido aquel fatídico 19 de septiembre, y que el peso que lo asfixiaba salvajemente, era resultado de las toneladas de escombros que lentamente acabarían con su vida. “Sólo espero que estos cabrones que se oyen allá afuera no tarden mucho en rescatarme, pues hace como cuatro días que se me acabó el agua”. Tocó su cuerpo y no pudo percibir la humedad de antaño. Seco. Árido. La piel a medio lacerar. Quiso orinar para humedecerse un poco, pero su vejiga soltó un quejido y se quedó con las ganas. “Que no tarden tanto. Si no, que mejor vuelva a temblar y esto se acabe de una vez por todas, chingada madre”.
En ese momento, el guante rojo ascendió impávido entre la oscuridad de la carne: tres, cuatro restregadas más... y un rayo de luz que penetró momentáneamente por aquella rendija se disipó en silencio.
El nonato apenas pudo percatarse de lo sucedido.
Jamás oyó el jadeo de los perros amaestrados que los alemanes trajeron solidariamente. Jamás supo que existía el topo de Tlatelolco. Cuando los rescatistas lo encontraron estaba flácido, amoratado; su corazón apenas tenía la fuerza para maldecir entre lejanos latidos. Fue necesario que lo despertara a gritos: “Despiértate hijo de la chingada; ¿qué no ves que ya nos despertaste a todos y ahora quieres seguir dormido? ¡Pura madre, cabrón! Y le metí un tubo en la boca; le metí el oxígeno a la fuerza, y no que no: el escuincle despertó chillando, amodorrado, encanijado, pero si por su culpa me habían sacado de la cama para atenderlo, ¿creía que iba a permitir que el muy cabrón descansara como bello durmiente?”.
Ya más tranquilo, con el neonato envuelto en trapos azulosos, retorciéndose bajo la luz de una lámpara térmica, me fui a dormir. ¡Eran cerca de las cinco de la mañana! ¡Buena hora para hacer una cesárea!

miércoles, 19 de febrero de 2014

Las gemelas de Jueves Santo

       Rosario Rebull

Al lado de mi casa vivían dos muchachas que atormentaron mis días y habitaron mis desvelos. Eran gemelas de alrededor de 19 y ambas libertas a más no poder. Sin el menor de los respetos. Lulú y Clara, los nombres que han permanecido acuñados en mi cerebro. Lo que tenían de flojas para la escuela lo tenían de cuzcas y coquetas. Las dos tan parecidas la una de la otra, de grandes caderas y exuberantes tetas. Atisbándolas desde la ventana de mí cuarto. Con la luz apagada. Las dos, una junto a la otra, eran besuqueadas y manoseadas por Juan de las pitas. Cada semana uno nuevo. A veces habiendo perdido la cuenta, compartiéndose compañeros. En el más completo de los silencios, con una puntualidad de inglés, en punto de las diez me acostumbré a dar las buenas noches a mis padres y presto me encerraba en mi cuarto. Con boleto de primera fila y a escasos metros, veía uno a uno los pasos que iban encendiendo aquellos cuerpos, y desde luego el mío propio. Los besos en los labios y en el cuello, eran lo de menos. Mi mirada seguía con atención sobre todo las manos que repasaban cada recoveco. Yo tenía sin más los 16, pero sin rodeo alguno, puedo decir que en tales terrenos era todavía bastante pendejo.
Al verme en aquellos tiempos más desarrollado, y habiendo dejado mis poses de púber, las gemelas comenzaron entonces por hacerme la plática. Cuando nos cruzábamos por la banqueta. O cuando venían a casa a comprar leche o quesos. O la nata, que según esto les parecía de la mejor que habían probado en su vida. Risueñas a más no poder. Dicharacheras y juguetonas. Pobre de mí, sonrojado no sólo por sus chistes subidos de tono, sino sobre todo por recordarlas como las había visto tantas noches de sus encuentros amorosos.
A pesar de los dichos y recomendaciones de mi madre -gemelas zorras era lo  menos con lo que se refería a ellas-, y del silencio cómplice de mi padre, en aquella Semana Santa ocurrieron dos eventos dignos de ser recordados. El primero fue que de pronto las gemelas dejaron de tener visitas de hombres. El segundo, la cercanía que sin haberla propuesto, se dio entre mi camino y sus vidas. Acechaban mi paso y sin recato me abordaban con el más mínimo pretexto. También tengo que aceptar que por algún misterioso secreto llamado deseo o calentura, yo mismo facilitaba los encuentros.
La tradición en mi familia marcaba la Semana Santa, con la estancia obligada de Jueves Santo a Domingo de Resurrección en nuestro rancho. Tareas y exámenes extraordinariamente especiales me hicieron no solamente no acompañar a la familia, sino lo más difícil, convencer de aquello a mis padres. 
Prestas y oportunas, las gemelas acudieron aquella tarde en cuanto se percataron de mi soledad. Pláticas y efusivas risas al principio. En mi inocencia ofrecía las historias de mis libros y el sonido opaco de mis discos más preciados. En absoluto sin brillo ante las guapachosas cumbias a las que ellas estaban acostumbradas. Cayó la noche y aquel par parecía no percatarse del respeto que debía yo a la casa. Tengo que admitir que por mi parte había nerviosismo por el giro que tomaban las cosas. ¡Jueves Santo! ¡No puede ser posible! Y si fue. Las gemelas siguieron adelante y aquella espontaneidad inicial comenzó a parecerme un plan premeditadamente orquestado. Las risas más y más fuertes, y la desvergonzada manera de recorrer palmo a palmo desde la sala a la mismísima habitación de mis padres. Y entonces allí, comenzaron a tocarme y todo pareció salirse de control. 
-¿Te gusta vernos? -decía cada una de ellas, y al decirlo arqueaban las cejas y abrían desorbitadamente los ojos.
Te hemos visto espiándonos! -exclamaban luego.
Y al mismo tiempo metían sus manos bajo mis pantalones, y tocaban mi cuerpo.
-Míranos sin miedo.
Y empezaron a desvestirse hasta quedar completamente en cueros.
Lo que siguió lo dejo escondido en los abismos de mi memoria. Sin embargo, ahora daría pie a una acusación formal de acoso y violación a mis derechos elementales de infante y púber. Fue desde luego la más oscura forma de descubrirme varón. Sobre todo con la indecencia de haberme cobijado en aquellos cuerpos que se encendían con una grosera experiencia. Quién lo diría, las gemelas zorras, retozando conmigo en la sacrosanta cama de mi madre. Aquel despertar careció por completo de algún dejo de humanismo. Simple y llanamente fui sumergido en las turbulentas y heladas aguas de la pasión y el desenfreno, y abruptamente también fui encumbrado hasta el delirio y la locura de la primera vez. 
Igual que llegaron, las gemelas partieron de casa. Aquella explosión de sentimientos tan encontrados atormentó el resto de mi noche. Deseo, vejación, cuerpos desnudos, risas, burlas, calor, olores, sabores y visiones. Pesar y llanto. Arrepentimiento brutal y tristeza del más santo de todos los  jueves.
La soledad me alcanzó el resto de la semana. Hora tras hora asomaba por puertas y ventanas cuando la pena escapaba de mí, y mi cuerpo temblaba por la ansiedad de volver a verlas. Hora tras hora también rehuía de ellas cuando mi espíritu reclamaba respeto y moral.  Y desde luego en medio de todo esto, el temor de que mis  padres descubrieran el enredo.

           Robhefferan


Volvieron mis padres. La casa retomó su paso y lo retomó sin que hubiera habido un solo resquicio de duda. Misteriosamente, mi voz comenzó de pronto a cambiar del timbre agudo a uno más grave y menos terso. Las gemelas como una sola persona, jamás volvieron a dirigirme la palabra, entonces era yo el que procuraba los encuentros y con una ignorancia magistral fui totalmente relegado de sus caminos. Mamá siguió refiriéndose a ellas como las gemelas zorras. Papá siguió cultivando el silencio. Las noches volvieron a calentarse con la presencia de varones desfilando junto a mi ventana. Calentando desde luego los aposentos de las vecinas, aclaro. Yo seguí la costumbre de asomarme y espiarlas hasta que salí del pueblo a estudiar medicina. Las gemelas siguieron entregándose con esmero y profesionalismo, y de vez en cuando también hacían un alto en su faena y ante la desconcertada mirada del galán en turno, se mostraban arrepentidas y sonreían hacia mi ventana. 

martes, 11 de febrero de 2014

La residencia (IX): La Cebra


Todos la conocían como la Cebra. No porque galopara a grandes velocidades ni mucho menos por la blanquecina coloración de su pelambre. El mote tenía su origen en la semejanza que la hermanaba con el asno y su empedernida costumbre a vestir con gruesas rayas. Puede decirse en su descargo que no era una cebra común: lo mismo la rodeaban franjas azules que verdes, rojas o amarillas. Y era precisamente este hecho el que la llevaba a ser rechazada por la manada, animales guiados por cánones preestablecidos que no veían con buenos ojos la desviación de uno de ellos. Y si a todo eso le agregamos que su fenotipo dejaba mucho qué desear... Su enorme altura y su flaca y alargada grupa, desataban el chismorreo de compadres y comadres:

¡Esta cabrona más parece una jirafa!

Sus más cercanas amistades muchas veces le sugirieron que mejor se pintara de manchas café y cambiara de manada. Pero en el fondo, a pesar de su innata rebeldía, la Cebra era insegura y prefería ignorar los comentarios hirientes. Hasta ese día en que su idiosincrática bestialidad se posesionó de su mente y, cansada de habladurías, mandó al demonio a toda la manada.

Me tienen hasta la rechingada dijo con su voz de siempre, mormada y cavernaria. Y se fue relinchando, pues hacía tiempo rumiaba que, en realidad, no era cebra, sino una yegua desproporcionada. Desde luego, teoría sustentada en el viejo cuento de El patito feo.


viernes, 7 de febrero de 2014

La dieta


En mi tribu cada año nacen menos y enterramos más. La recolección de leña es pobre, y el frío que se avecina será atroz. El valle se ha ido marchitando. El forraje fresco lo disputamos con los animales. Si emigrásemos, las montañas serían nuestra tumba.

Chak, Chia y yo fuimos hacia la manada de puercos. Ningún animal nos teme. Con sigilo, apartamos dos pequeños del rebaño y los purificamos con fuego en la pedrera. La tribu se resistía a comerlos, pero los estimulé cuando yo lo hice.

El ulular del viento anuncia las heladas. Hay suficiente leña y los críos tienen sol nuevo en sus ojos.

martes, 4 de febrero de 2014

La niña


Alex Red: "La niña", lápices de colores.

La residencia (VII): Lecciones de neonatología


al dr. carlos aldana valenzuela, neonatólogo


Aquel chiquillo era demasiado pequeño para intentar hacer algo por él: veintidós semanas de vida intrauterina de ninguna manera eran  un aval del cual fiarse. ¡Carajo! ¿Por qué no llamar a uno de esos neonatólogos que Dios tiene en los cuneros celestiales vigilando a los chamacos hasta que cumplen la edad requerida para bien nacer? Digamos, treinta y ocho, cuarenta semanas.
¡Imposible! exclamó el subdirector médico a la sugerencia del obstetra, asustado. En estos momentos, no contamos con presupuesto para subrogar a un especialista divino.
Ni modo, qué le vamos a hacer. Entonces que lo reciba Carlitos Aldana.