martes, 2 de noviembre de 2010

Una sombra*



Ayer me podaron la sombra que ahora adorna a mi vecino. Fue mi acompañante en las noches, y en las mañanas me cubría del rocío. Siempre me ocultó de los brazos fuertes de los leñadores, aunque en una ocasión la olfatearon; por poco la borran.
Sus movimientos eran rítmicos, como el mismo viento que la agitaba. Ahora la veo como un endeble hilo de encaje. A las sombras hay que guardarlas, protegerlas de ese fuego que no es un verde aterciopelo, porque se agigantan como algodones dulces. Son las sonrisas olvidadas de la noche, nocturnas amapolas danzantes. Su música es arena fina de un desierto tan breve como infinito. Sus contornos sin forma invitan a imaginarlas duendes. Las veo multiplicadas como células en un ritmo que es de roble, o de cerezo. Ramas dislocadas por otro tronco las generan.
Mi sombra, ¡qué extraño no contar con ella!, o debo decir “ellas”. Un golpe seco me la robó. La muy canalla se ríe porque ahora es múltiple; son muchas las siluetas que nacen de su manto protector.



*Los adolescentes escriben II, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003.
Imagen LaLaDra: Sombras.

1 comentario:

Dr. José Manuel Ortiz Soto dijo...

La_La Dra: gracias por aceptar la invitación. Terrible debe ser andar por la vida sin sombra.