martes, 8 de septiembre de 2015

La cita


Lo he pensado detenidamente y me siento un poco mal por lo que le hice, pero no era mi intención dejarla inconsciente. No debí pegarle en la cabeza. Sólo quería hacerla entender lo importante que es ella para mí, y lo mucho que me duele que los demás vean lo hermosa que es. Ellos no la quieren como yo, no sabemos de lo que son capaces; mi única intención es de protegerla.
No he sabido nada de ella en meses, dejé de hacer guardia afuera de la casa de sus padres por miedo a una denuncia. Sin embargo, la madrugada que intenté buscarla, añorando ver la reconfortante luz de su cuarto a través de las cortinas color naranja, me encontré con la casa deshabitada. No tenía forma de localizarla. Sin pensarlo mucho, corrí al domicilio de uno de sus familiares, que alguna vez visitamos juntos. No fui recibido con buenos ojos. Yo les expliqué lo desesperado que me encontraba, y que daría lo que fuera por hablar con ella. Triangulamos una cita para el jueves a las 5 PM. Aunque tenía mis dudas, no podía hacer más que confiar en que el mensaje le fuera transmitido.
Llegué media hora antes a la plaza donde habíamos acordado encontrarnos. Yo estaba seguro que ella iba a llegar, pero no fue así. Volví a casa, me sentía incapaz de llorarla e idee un sistema para desahogarme: cortar mis muñecas. La sangre corría a través de mis manos, goteaba por mis dedos y se filtraba en la alfombra. Al cabo de un rato, había un olor dulce en la habitación, que apaciguaba mi dolor. Volví a cortar más profundo, pero la sangre dejo de manar al tiempo que me invadía un sueño al que no pude vencer. ¿Acaso sería aquella que venía por mí, a llevarse mi alma con todo y sus penas? Me recosté a esperarla. Al cabo de un rato abrí los ojos y me di cuenta que era de mañana. No entendía qué había hecho mal… Quizás era la señal de que debía seguir intentándolo mientras tuviera sangre. Acudí nuevamente al lugar de la cita, vendado desde las manos hasta los codos y cubierto con una chamarra larga y oscura, ya que cada vez que extendía los brazos volvía a brotar el líquido vinoso, a través de un chorro tan fino como el de una pequeña fuente para aves. Esta vez la distancia se duplico. Llegué jadeante al lugar, me senté en una banca y esperé, pero ella no apareció. Regresé a casa llorando y corté mi cuerpo en nuevos lugares. La sangre volvió a correr con la misma fuerza que antes, pero se detuvo. Así que corté más profundo. La mancha en la alfombra crecía, pero no era suficiente para liberarme de este dolor. Me fui a dormir esperando que esta noche fuera la última.
Cuando abrí los ojos y vi la luz del día, a pesar de sentirme muy cansado, supe que debía acudir a la cita. Me tardé mucho en llegar. Cada que me detenía a tomar aire veía el rastro de sangre que dejaba al caminar. Al llegar al lugar de siempre, miré mi reloj y empecé a contar el tiempo. Esta vez estaba decidido a esperar toda la noche si era necesario. Me senté en el borde de la banqueta y bajé la mirada para ver como goteaba el carmesí sobre mis botas; las vendas empapadas ya no contenían más. En ese momento se presentó una sombra frente a mí, y al levantar la cara, vi al ángel por el que había esperado.

Lorena Noriega-Salas. Nací en el seno de una familia nómada,  atesoramos  historias sobrenaturales acerca de los múltiples lugares que habitamos. Estudié medicina con el deseo de dedicarme a la investigación, y en el camino la cirugía me cautivo; inicialmente viví maravillada por el poder que confiere la cirugía de trauma,  pero con el tiempo, recordando por qué había llegado hasta ahí, decidí regresar al camino de la complejidad, y ahora me dedico a la cirugía de trasplantes, en donde comencé a escribir textos científicos, pero también me di cuenta que por medio de relatos, podía desahogar mi cabeza de toda la realidad que se nos revela constantemente.

1 comentario:

ramon cortez dijo...

Me gustó tu texto, ojalá puedas compartirnos más.