sábado, 19 de septiembre de 2015

19 de septiembre de 1985: Terremoto.


Hoy se cumplen 30 años del terremoto que cambió el rostro de la ciudad de México y los que la habitamos. Después de aquel jueves por la mañana, nada volvió a ser igual, y dudo que alguna vez lo sea, al menos para los que nos tocó vivir de cerca aquella experiencia. Retomo este relato-crónica publicado aquí hace cuatro años para que aquellos que no lo han leído se den una imagen de lo que sucedió en el Hospital General de México, donde se derrumbaron la residencia de médicos y la torre de Ginecología y Obstetricia.

A Orlando García RI de cirugía general, al Residente Rockero, R1 de patología; al recuerdo siempre olvidado de las "panteritas rosas", estudiantes de enfermería, que cada mañana tomaban clase en las aulas de ginecología; a la memoria de las más de sesenta mil personas fallecidas en el terremoto de 1985 (aunque las cifras oficiales dijeron otra cosa).

Con la apatía que lo caracterizaba, el doctor Zaldívar dio comienzo a la clase de nosología trascribiendo los apuntes de una libretita anaranjada al pizarrón, mientras los alumnos del grupo 1417 completábamos el proceso de enseñanza regresando a nuestro cuaderno los conocimientos recibidos.
Desde la última fila al fondo del salón, Alejandro Membrillo y yo disipábamos el aburrimiento arrojando bolitas de papel a Eric Hazan y a Jesús Takakashi, o sacudiendo la fila de asientos delante de nosotros para que Magda Enríquez y Verónica Alcalá se equivocaran en la toma de apuntes.
Cuando llegó la primera sacudida del temblor, creí que Alejandro había cambiado el objetivo de sus bromas. Al confrontarlo, él pensaba que era yo quien lo movía. «Está temblando, güey», le dije con la tranquilidad que se adquiere de vivir tantos años en el onceavo piso de un edificio de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco.
―¡Está temblando! ―gritó Patricia.
―¡Está temblando! ―coreó el grupo entero, entre burlón y sorprendido.
            Alertado por el parloteo de los alumnos, el profesor Zaldívar recogió con celeridad sus apuntes y los metió en el portafolios. Luego salió corriendo del salón, relegando en cada uno de nosotros la responsabilidad de salir indemnes de aquel trance.
Ante la cobardía demostrada por el hombre de mayor jerarquía dentro del salón de clases, de pronto no sabíamos si seguir su ejemplo o esperar tranquilamente a que pasara el temblor. Fue la súbita oscuridad que pobló el salón la que terminó de atemorizarnos y nos hizo buscar la salida.
Para ese momento, la magnitud del movimiento telúrico se había incrementado a la par de nuestro miedo. El sonido retorcido que escapaba de entre las hondas entrañas de la tierra daba la sensación de que en cualquier instante ésta abriría sus fauces y nos tragaría. También estaba el ruido que producía la madeja de bancas, moviéndose desordenadamente y complicándonos más la salida.
Cuando al fin alcanzamos la puerta del aula, fue impresionante ver al doctor Zaldívar y al resto del grupo unidos en un rezo frío y desesperado. Aquella extraña y espontánea comunión no podía ser un buen presagio, me dije. Como tampoco lo era ver que, al otro lado del andador, a escasos treinta metros de nosotros, la torre de Ginecología y Obstetricia se debatía en un vaivén que por momentos contrariaba peligrosamente la fuerza de la gravedad. Los gritos de terror proferidos por la gente atrapada en el edificio, el sonido de los ventanales a punto de estallar, el crujir de la estructura al descuadrarse… eran cosas para las que no estábamos preparados.
―¡Se va caer! ―gritó de pronto Patricia, histérica, apenas controlada por los brazos tensos de Mario.
Como arrastrado por el vaticinio terrible de Patricia, en su balanceo el edificio se inclinó más todavía en dirección hacia nosotros, pero esta vez ya no hubo marcha atrás, y se desplomó. Quise huir, pero sólo fue un pensamiento vertiginoso que cruzó por mi cabeza. El estruendo y una nueva oscuridad se fundieron con la irrealidad. Si el tiempo antes parecía transcurrir en cámara lenta, la sensación de ahogo y sofoco que me envolvían me hicieron suponer lo peor: que la torre de Ginecología y Obstetricia había caído encima de nosotros, obstruyendo la puerta, y que de un momento a otro el aula también se vendría abajo, aplastándome. Tenía que salir de ahí inmediatamente si quería salvar mi vida. A tientas conseguí llegar hasta una pequeña ventana en el extremo opuesto del salón y rompí los cristales… No contaba con los barrotes de protección que impedían mi salida. Desesperado, comencé a patearlos.
―¿Estamos todos? ―reconocí la voz temblorosa del profesor Zaldívar.
―Falta Manuel, creo que  estaba detrás de mí ―advirtió Alejandro.
Una claridad ceniza asomaba por la puerta del aula. Afuera, cubiertos de polvo, mis compañeros parecían espectros. Algunos lloraban, otros rezaban, sin alcanzar a comprender lo sucedido. A todos nos embargaban emociones encontradas, de agradecimiento por sabernos vivos, de impotencia al contemplar que, a diez o veinte metros de nosotros, estaban las ruinas de lo que unos minutos antes fuera la torre de Ginecología y Obstetricia del Hospital General de México.

Entonces ignoraba que aquello era apenas una pequeña muestra del desastre, que a menos de cuarenta metros de ahí también se había derrumbado la residencia de médicos, que unas horas adelante al caminar de regreso a Tlatelolco, donde se cayó el edificio Nuevo León, asistiría al infierno en que se había convertido el centro de la Ciudad de México. No, aquello apenas era el principio… y comencé a llorar.

7 comentarios:

Patricia dijo...

Comprendo el horror que has sentido. En el año ´77 hubo en gran terremoto en una provincia vecina. Yo estaba con mis padres en un séptimo piso, el edificio se movío como si estuviera corcoveando sobre un caballo. Y el espanto del ruido. Toda Córdoba crujía.
Deposito mi beso sobre aquellos terribles recuerdos nuestros.

Oscar mtz dijo...

saludos Manolo. una historia bien plasmada que siempre te llega, sobre todo a los que vivimos desde nuestra residencia aquellos dias. yo era R1 de Ortopedia. y aunque nuestro hospital no sufrio impacto material. si nos toco participar en la atenciones de muchos de los pacientes, sobre todo medicos del H. Juarez. te hare llegar un poema que nació de aquella epoca.

josé manuel ortiz soto dijo...

Patricia, este tipo de eventos suelen ser terribles, pero te permiten saber lo insignificantes que somos ante la naturaleza, a la que tanto agredimos. Sin embargo, a mí me permitió saber que debemos vivir al día para que, llegado el momento, no estemos en deuda con nosotros mismos. Después del terremoto del día 19, al día siguiente, unas 36 h después, hubo un nuevo sismo casi de la misma magnitud que el anterior. Mi querida amiga María Ángeles había ido a visitarme: nos recostamos en la cama, cerramos los ojos y nos dispusimos a morir. Gato (puma) como soy, aquella debió ser como mi cuarta muerte. Un abrazo.

josé manuel ortiz soto dijo...

Oscar, seguramente tú eres de la generación de mi tío Antonio Soto (número dos de la generación, s.s. en Pemex) quien, por fortuna, no se quedó en la residencia. Él quería el Hospital General y habría sido r1 de cirugía; al menos la mitad de sus excompañeros de internado del General (del que sólo recuerdo el nombre de Orlando García), fallecieron en el terremoto. A veces así juega sus cartas el destino.
Oye, leí tu poema y me gustó; yo también tengo varios (algunos salieron publicados en mi libro Ángeles de barro); deberías subirlo. Un abrazo.

quique ruiz dijo...

Híjole, el final casi me hizo llorar.
Me ha agradado esta pequeña crónica.

josé manuel ortiz soto dijo...

Gracias, Quique. Son de esas historias que habiendo estado presente uno preferiría no haber vivido. No se olvidan, y basta un ligero movimiento para que el recuerdo esté ahí de nuevo.

Saludo.

senddero dijo...

Yo dormí en la residencia, cuando visitaba a un cólega que ahora es neurocirujano. Supe después que el edificio se había colapsado. Si mal no recuerdo hubo otro sismo en el 69 ese me tocó y dices bien Manolo uno es impotente. Vivir dia a dia es un buien consejo. Un abrazo Rub