lunes, 4 de junio de 2012

Yolanda Fromow Valdés y Walter Alejandro Jiménez Leo Lim


Yolanda era una chica de sonrisa coqueta y despreocupada. La única vez que la vi realmente molesta (y ofendida) fue en la fiesta de fin de internado, cuando se le entregó el diploma a “La tortuga de Oro”. Cuando estuvo junto a mí me dijo: “Manuel, me conoces desde inicios de la carrera, sabes que tengo otros méritos que pudieron ser reconocidos”. Tenía razón: tocaba la guitarra muy bien y la acompañaba con una hermosa voz; a 25 años de distancia aún recuerdo sus interpretaciones de “Por los caminos del sur”, “Yolanda” y “El breve espacio”. Los duetos con Enrique Báez eran fenomenales. Sin embargo, en aquel momento no se trataba de premiar a lo mejor de cada interno, sino aquello que lo caracterizó negativamente durante el año de internado. Hubo varios compañeros que se llevaron “La Cofia” de oro, plata y bronce, y fueron sus parejas enfermeras en turno quienes los galardonaron. Yo mismo recibí el diploma a “Getas 88” (seguramente por mi excelente carácter), y mi principal contrincante fue Walter, su novio. (Walter también se enfureció cuando el maestro de ceremonias lo llamó al frente y le entregó su premio: “La Cadena de Oro”. La Cadena de Oro porque no se despegaba un instante de Yolanda; al grado que muchas veces era ella quien nos pedía lo convenciéramos de acompañarnos a la parranda.)

            A Walter Alejandro lo conocí jugando futbol. Enrique Báez, amigo en común, nos invitó a su equipo. Después estuvimos los tres en la selección de futbol de la Facultad de Medicina, donde conseguimos un segundo lugar. Sin embargo, de las cosas que más recuerdo de Walter fue su inicio de internado: a la segunda o tercera guardia ya estaba metido en problemas. Su carácter impulsivo, aunado a su brillantez como estudiante, lo hacían confrontarse fácilmente con todo aquel médico o enfermera de conocimientos más bien mediocres. Un residente de primer año de ginecología y obstetricia dio a Walter una orden que éste consideró no debía cumplir, pues iba en detrimento del paciente. Ante la insistencia del residente, Walter perdió la calma y le dijo que era un pendejo que no merecía estar haciendo una residencia y que antes de dar cualquier orden, primero se pusiera a leer. Y para que no quedara duda, le indicó el capítulo de Medicina Interna de Harrison, donde podía leerlo. Un residente sensato habría parado ahí el problema, pero no aquel idiota, que no dudó en acusarlo ante sus superiores. Desde luego, nunca dio los motivos reales. El resultado para Walter fue una mala calificación en ginecología y obstetricia, y en cada uno de los servicios subsecuentes. Nunca supe de alguien que fuera tan mal calificado por lo que se decía de él, antes que por sus conocimientos.

            La relación entre Walter y Yolanda comenzó como argumento de telenovela. Jesús estaba enamorado de Yolanda, a Yolanda le gustaba Walter, a Walter le atraía Yolanda, pero apreciaba la amistad de Jesús. Un día Jesús me pidió hacerla de celestino en su favor. Yolanda me dijo que Jesús no le gustaba más que como amigo, pero que si quería ayudarla, entonces le echara la mano con Walter. Fui y conté a Walter lo que Yolanda me había dicho. Walter y Yolanda se hicieron novios, y Jesús se molestó conmigo un tiempo. Nadie imaginó entonces que, aquello que comenzó una tarde como cotorreo en la residencia de internos, entre tazas de café soluble, llegaría al matrimonio, al nacimiento de una hija y que terminaría cuatro años después en un accidente automovilístico. Cuando fallecieron, aquel 4 de junio de 1992, Yolanda era residente de cirugía plástica y Walter de cardiología. Su pequeña Yolanda y Jorge, hermano de Walter, los acompañaron en su viaje.

Los recordamos sus amigos: Florentino Olguín, Pedro José Delgado, Jesús Díaz Vázquez y José Manuel Ortiz Soto, y demás miembros de La Cofradía, que andan por ahí.

Imagen de Luis Cegueda.

1 comentario:

LaLa dijo...

Vaya maneras de acercarse del destino a nosotros, acaso será eso: ¿destino?
Han pasado escasos siete meses de la pérdida de dos amigos en un accidente a mitad del servicio social; reflexiono y aplaco los demonios que me susurran: pudiste estar ahí, con ellos.

Abrazos manolo, por las historias que nos marcarán para siempre.