sábado, 12 de marzo de 2011

El minorrés


Es tan pendejo, pero tan pendejo,
que difícilmente puede ser un buey completo;
es apenas un minorrés.

Eric Hazán.

El anciano movió la cabeza tres veces, asintiendo. Los alumnos se distribuyeron sobre las camas improvisadas como butacas. A esa hora los pacientes tomaban el sol en las jardineras del hospital, por lo que no había de qué preocuparse. La voz del viejo profesor se escuchó lejana, cual si no se encontrara ya entre nosotros, y sólo fuera producto de un hecho macabro. Pero su figura, antes que asustar a nadie, apenas conseguía arrancar al más duro corazón una risa tímida.
Una mosca grande y verdosa abandonó la cama 65 y cruzó la habitación con un ruido zonzo de bombardero de la Segunda Guerra Mundial. Precautoriamente, Magdalena agachó la cabeza, esquivándola, salvando de la colisión su ensortijado pelo. El frustrado aterrizaje apenas inmutó al insecto, que dio tres vueltas en círculo antes de ubicar otro sitio de descenso. Cuando observó la calva amarillenta del anciano profesor, emitió un chillido salvaje: bajó las patas y apuntó su hocico negro en la dirección correcta, aterrizando en aquella zona despoblada sin ningún contratiempo. El primer impulso del maestro fue agitar la cabeza y arrojarla al vacío, pero la mosca ya mordía una escama seborreica y difícilmente abandonaría su manjar ante tan sutil protesta. Luego del tercer piquete la inconformidad del huésped era mayor, y ahora fueron sus dos enormes orejas las que se agitaron, acuchillando el vacío y provocando un sonido de cartón que se desgarra, pero ni así las contracciones defensivas pudieron llegar hasta el insecto. Para entonces los ojos frambuesa del profesor se encontraban desorbitados, chorreando algunas lágrimas como muestra de su malestar; sus belfos resoplaban, furiosos, salpicando a los alumnos con viscosas gotas de saliva espesa. Por su espina dorsal corría un temblorcillo insistente que erizaba su pelambre, dando la impresión de un gigantesco perro furioso. Sus costados huesudos permitían ver como la piel se metía entre las costillas, dejando imaginar los órganos internos. Sus ancas parecían dos diminutas torres de juguete, embarradas de excremento amarillo verdoso; de entre ellas emergía una enorme y rígida cola lampiña que hacía esfuerzos suprahumanos para elevarse, agitarse y estrellar el escuálido pompón de su raquítica pelambre sobre su cabeza, donde la mosca picoteaba por enésima vez la escama seborreica, sin percatarse de la mole que se le venía encima. Después de un “¡ah!”, el bicho cayó inerte al piso.           
¾¡Muuuuuuuuu! ¾mugió el profesor de Gastroenterología, satisfecho de la demostración brindada. Admirados y complacidos, los alumnos, dimos por concluida la clase y nos fuimos a las jardineras a practicar la lección aprendida.

Imagen tomada de la red.

jueves, 10 de marzo de 2011

Espiral


Quisiera conocer a quien diseñó la estación CU del metrobús y su respectivo puente peatonal: su inconsciencia ante la comunidad universitaria no tiene límite. No dudo de su belleza espiral, tampoco del consumo de energía que se emplea para ascender o descender; cronometrado a paso constante, se necesitan al menos dos minutos para que los desesperados estudiantes estén a tiempo para alcanzar el pumabús. En su desesperación por bajar, algunos jóvenes se convierten en esferas y se arrojan al vacío. ¿En qué tendría que convertirme yo para subir ahora y llegar a tiempo a mi destino?
―Infame diseñador: me he visto en la necesidad de mutar para no ser aplastado por la multitud que trata de bajar y subir...

Imagen LaLa_Dra

domingo, 6 de marzo de 2011

Urgencia en la sala de partos

En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede.

Con un trapeador desvelado el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares están de pie.

De pie, es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan.

Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio.

Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas.

Si acaso se oye una radio que da la hora, seguramente es el programa del "ojo pelón". Los que toman las decisiones críticas, duermen: se despiertan sólo si es necesario.

En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Presienten un mundo vacío, sin asideros.

Las enfermeras –algunas ángeles; otras no tanto– aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina.

El puente entre la paciente y la institución son los internos, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen cuatro centímetros de dilatación.

Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico es no tener “Camachos”.

En el momento exacto –a esa hora crucial– preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.

A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero –ese sí– clavado en la vena.

Dos de nosotros guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros.


El jefe –en el silencio del hospital– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.


–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaba con énfasis nuestro equipo.

El escándalo despertó a todo el mundo.

Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud.

Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron sus extremidades, para que las apoyara en las pierneras en posición ginecológica.

Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo.

–Ya, señora; todo va a salir bien –y por dentro muriéndonos de risa.

El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto.

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado.

No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.

Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

sábado, 5 de marzo de 2011

La coneja rosa

Después de tres semanas de clases no habíamos puesto un pie en el área de quirófanos y los alumnos del grupo l316 empezábamos a perder la confianza en el ser humano, sobre todo porque siempre creímos que en una materia como Técnicas quirúrgicas habría más práctica que teoría. Casi al borde de la desesperación colectiva, una mañana un comentario de Eric Hazán a Jesús Takajashi me hizo abrigar nuevas esperanzas sobre mi enseñanza quirúrgica y, desde luego, sobre un provechoso futuro como médico cirujano: la profesora ¾mujer soltera, rebasando ya la mitad de la vida¾ ocultaba detrás de sus gruesos lentes y su indumentaria de monja frustrada, cierto misticismo de coneja de Alicia en el País de las Maravillas. Y como si aquel descubrimiento fuese parte de un encantamiento  ¾en un acto de abrir su corazón al nuevo grupo de alumnos y despojándose de falsas máscaras y añejos prejuicios¾, su sonrisa apareció ante nosotros como la de una dulce y tierna conejita rosa. Sus enormes dientes blancos y brillantes se mostraron sin conmiseración ni reticencias y aún los alumnos de la décima fila pudieron ver su brillo de anuncio televisivo y constatar su fortaleza. Sus cejas se arquearon dando a los profundos ojos rojos una expresión vivaracha y entrañable, mientras su par de orejas crecían aritméticamente hasta alcanzar las proporciones adecuadas para cubrir la última fila, así fuera de comentarios entre dientes. Ya sólo le faltaban unos blanquecinos y rígidos bigotes que dieran a su nariz el carisma y el encanto de las conejillas al olisquear su entorno o mascar displicentes un chicle de tutifruti.
¾No hay duda ¾sonrió Alejandro Membrillo al contemplar la metamorfosis¾: el amor de esta mujer por sus alumnos la ha transformado en una coneja de prácticas. ¡Ella es el conejo que por tres semanas nos habían negado!
¾¡Finalmente hoy operaremos! ¾ gritamos todos, satisfechos.
Cuando el primer equipo quirúrgico pasó al frente la doctora había completado la metamorfosis y movía coquetamente su diminuta y esponjada cola. Eric la tomó en sus manos y la acarició rítmicamente; mientras le demostraba nuestro aprecio, la depositó sobre la mesa de operaciones improvisada en el aula.
―¿Todo listo? ―pregunté a Fabiana Ballesteros, que hacía de anestesióloga.
 ―Sí.
Las inmensas orejas de la coneja se elevaron como torres expectante, pero ni el gran amor a la enseñanza ¾del que tanto hablaba la maestra y del cual habíamos recibido ya una muestra en su metamorfosis¾ fueron suficientes para evitar que escapara cuando Fabiana acercó a su rostro la mascarilla con el cloroformo y Bongo ¾el primate más torpe del equipo¾ empuñó el filoso bisturí con el que habría de explorar sus entrañas.

Imagen tomada de la red.

jueves, 3 de marzo de 2011

Una lección de anatomía


Festejamos la noticia: el elevador se había descompuesto y la doctora Graciela C. difícilmente cargaría sus obesos setenta y tantos años a través de cuatro pisos de rampas y escaleras tan sólo por el gusto de echarle a perder la tarde a sus alumnos. Por educación ―a pesar del poco riesgo que implicaba―, acordamos esperarla los treinta minutos reglamentarios antes de oficializar la suspensión de clases; ya después, con la conciencia tranquila, podríamos ir al estacionamiento a emborracharnos. Un tanto preocupados por la ausencia de la maestra (que nunca faltaba a sus clases), con sincera pesadumbre observábamos el reloj a intervalos regulares de cinco minutos, sólo para comprobar que el tiempo seguía honestamente su marcha, y se desvanecía entre el penetrante olor a formol y la presencia contundente de los cadáveres sin nombre, siempre puntuales a su obligatoria lección de anatomía.
            ¾A mí se me hace que la pinche viejita ya no vino ¾dijo el Ocho con su inconfundible acento costeño y su risa libidinosa¾. Pos nomás de intentar subir a pie tantos pinches pisos, seguro que se infarta.
            A nadie emocionó aquel comentario tan fuera de lugar. La doctora C. ¾dada su avanzada edad¾ difícilmente podría subir un peldaño y respirar al mismo tiempo. Además, era un hecho científicamente comprobado que después de ascender diez escalones, la anciana desfallecería, caería pesadamente sobre el concreto, mientras un tumulto de jóvenes pre-médicos iría a su lado agitando sus batas, tratando de proporcionarle un medio ambiente mejor oxigenado. Por desgracia toda ayuda resultaría inútil. ¡Pobre doctora! Fallecer de esa manera, y todo por su amor a la enseñanza, por el deseo de no faltar jamás a una clase. Dejando en el pasado viejas rencillas, sobre todo por malas calificaciones, algunos alumnos nos sentíamos conmovidos, dispuestos a guardar luto riguroso a su memoria. En los tres meses que restaban del curso, no permitiríamos que un profesor más joven ¾seguramente un oportunista¾ ocupase la plaza que la doctora C. tan celosamente había logrado conservar durante cincuenta años.
            ¾Mus-chas-chi-tos... ¾retumbó su voz en mi memoria, áspera, fría como un recuerdo de ultratumba; pesada, entrecortada, agitada, derritiéndose en el sofocante calor de una muerte por obesidad y asfixia. De ninguna manera ¾me prometí¾ dejaría de recordar cada uno de sus comentarios y enseñanzas; el día de mañana no dejaría de exaltar su habilidad para realizar una disección sin más instrumento que sus agudas uñas amarillas, y qué decir de ese gesto tan característico que usaba para limpiarse el sudor de la frente con el dorso de una mano empapada de grasa y pedazos de tejido. Pero lo que más me dolía era imaginar a una multitud de gusanos hambrientos que estarían escarbando suculentamente su fofa inmensidad.
            ¾¡Pobre mujer! ¾dije en voz alta, llevado por el sentimentalismo, recordando que alguna vez me había ofrecido para vivir su penthouse (como reconocimiento a mis buenas calificaciones y a la carencia de familiares cercanos en la ciudad). Unas lágrimas amargas rodaron de mis ojos. ¡Sería preferible que su cadáver fuera donado al anfiteatro de medicina!,  comenté, recordando el gran amor que ella profesaba a la anatomía. ¿Qué mejor destino para un cadáver cansado al que ¾en estos últimos años¾ ya nadie glorificaba, o, peor aún ni siquiera toleraban? Desde luego, pensé al recordar sus monumentales proporciones, para que su gloria sea todavía mayor, la disección deberán realizarla estudiantes de anatomía previamente seleccionados, los más chingones, las mejores calificaciones, los más cabrones de la generación...
            ¾Pool ejem-plo o túú, much cha chito... ¾ fui seleccionado, elegido por la voz de su recuerdo, tocado por su dedo como quien huye macabramente de la muerte. Escuchar su voz, después de muerta... O me estaba volviendo loco o yo era una especie de médium amateur, que había logrado hacer contacto con el alma de la doctora C. Mis ojos se abrieron desmesuradamente, observando las gavetas en las que reposaban los cadáveres. Y allí, ante una de ellas, con meditabunda rectitud, estaban reunidos mis compañeros de clase. Ya no tuve duda: el cadáver de la doctora C. dirigía en persona su propia disección. Horrorizado, quise salir corriendo de ahí, abandonar definitivamente aquel cuento de Allan Poe en el que me había introducido. El estruendo de las sillas al caerse me devolvió a la realidad: me había quedado dormido. Un tanto avergonzado, me concentré en la clase de anatomía que la doctora Graciela impartía diestramente, mientras limpiaba de su rostro el sudor, dejando sobre el pelo que le cubría la frente minúsculos pedazos de grasa y músculos acartonados.

Imagen: La anti-lección de anatomía del doctor Nicolás Tuulp.