martes, 21 de agosto de 2012

Antología de escritores médicos mexicanos (I)




Hay días en los que, tras haber lidiado con los pacientes, buscas un momento de tranquilidad. Así encontré a media cuadra de mi trabajo una librería de viejo donde se respira olor a humedad, naftalina y polvo. Es un local con tres pasillos estrechos donde se pueden encontrar desde libros de la Editorial Porrúa y su gran colección "Sepan cuentos..." hasta libros esotéricos, pasando por los de cocina y, desde luego, los clásicos títulos de medicina: Histología de Ham, la 12a edición de Harrison de Medicina Interna y los tres volúmenes de Anatomía de Quiroz.
Finalmente me decidí por La Carcajada del gato de Spota, La noche navegable de Villoro y un ejemplar al que no pude resistirme: Antología de escritores médicos mexicanos de Ricardo Pérez Gallardo; Manuel Acuña, Enrique González Martínez y Rubén Leñero son algunos de los médicos incluidos. Comparto la dedicatoria a los médicos con que inicia el libro.

PARA LOS MÉDICOS*
(Exclusivamente)

     Era preciso formar la antología.
Las canciones dispersas
se perdían en todos los caminos
y la gente murmuraba a menudo:
"-Nunca supe que escribiera el doctor".

   Y es que esta alma nuestra
-atormentada y triste-
a veces escapa de la diaria faena
y se pone a cantar...

   Poco sabe de retórica,
ignora el juego sutil de la metáfora,
pero la visión delirante
de las noches insomnes
cristaliza en versos de intimidad.

  Y hay que irlos buscando,
-tiempo es de cosechar-
son pedazos de nosotros mismos
y a nosotros deben retornar...

Ricardo Pérez Gallardo

*Antología de escritores médicos mexicanos, Editora Latino Americana, 1966.

sábado, 11 de agosto de 2012

Médicos en El libro de los seres no imaginarios


El pasado 8 de agosto se presentó en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, El libro de los seres no imaginarios (Minibichario) (Ficticia Editorial, 2012). Libro que conjunta a los fotógrafos Beatriz Hernández Meza, Enrique Ramírez y Alejandro Boneta, quienes aportan sus imágenes de bichos para que 42 escritores* echen a volar la imaginación y nos entreguen 42 minificciones. El proyecto nace de la conversación de los médicos y escritores Diana Raquel Hernández Meza y José Manuel Ortiz Soto, pero no son los únicos médicos que participan en el Minibichario, también forman parte de él Elizabeth PérezRamírez, Alfonso Pedraza y Rubén García García, integrantes de esta página, Médicos Mexicanos por la Cultura y las Artes.
La presentación del libro estuvo a cargo de Hugo López Araiza Bravo, Edgar Omar Avilés, Beatriz Hernández Meza, Marcial Fernández y el antologador. La sala Adamo Boari estuvo, según cifras oficiales del Palacio de Bellas Artes, ocupada por 180 asistentes. Aquí, unas imágenes del evento. Entre los asistentes, estuvieron los doctores Alba Gurza y David Bazán.








Imágenes de la entrada de Diana Hernández y Eduardo Mendoza.

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*Autores: Abelardo Hernández Millán, Adán Echeverría, Agustín Cadena, Agustín Monsreal, Alfonso Pedraza, Alonso Díaz de Anda, Amaranta Caballero Prado, Amélie Olaiz, Carmen Simón, David Baizabal, Diana Raquel Hernández Meza, Dina Grijalva, Édgar Omar Avilés, Elizabeth Pérez Ramírez, Fernando C. Pérez Cárdenas, Fernandez Sánchez Clelo, Gabriela D'Arbel, Gabriel Hernàndez García, Guillermo Samperio, Hugo López Araiza Bravo, Iliana Vargas, Jeremías Ramírez Vasillas, Jesús Olague, Jorge Oropeza, José Luis Sandín, José Luis Zárate, José Manuel Ortiz Soto, Josué Barrera, Laura Elisa Vizcaíno, Lorel Manzano, Marcial Fernández, Marco Aurelio Chavezmaya, Norberto de la Torre, Paola Jauffred Gorostiza, Quique Ruiz, Ricardo Bernal, Richard Densmore, Rosa Delia Guerrero, Roxanna Erdman, Rubén García García, Úrsula Fuenteberain, Víctor Antero Flores.

 

domingo, 22 de julio de 2012

El Internado: (XVI) Carta de buenos deseos para el fin de año*


Al personal académico del H.G.Z. no. 27, Tlatelolco.



A QUIEN CORRESPONDA,

A QUIEN QUIERA CORRESPONDER:

Quizás sólo sea el sentimiento de un año más que se acumula junto al número de años que lo precedieron; es tal vez el simbolismo que caracteriza a la fecha en que esto se escribe, que me dejo arrastrar por el sentimentalismo televisivo que las posadas, la Navidad y otras colaciones se encargan anualmente de meter entre los ojos, haciendo brotar de cada ser la melancolía, los buenos deseos, el intercambio de regalos y la más sublime y sincera de las hipocresías. O es quizás, simplemente, que se apodera de mí un cercano y remoto deseo de que un ventrudo, barbado y blanquirrojo Santaclaus o tres desempleados Reyes Magos se acuerden de mi existencia al momento de cruzar por una de las muchas tardes citadinas, frente a un atractivo y sonriente escaparate de alguna conocida tienda de autoservicio. Aunque me apene decirlo: aprovecho este momento para volver al camino de los arrepentidos.

            Es así, compañeros, compañeras, que me atrevo a contrariarlos ¾después de haberlo hecho cotidianamente durante doce meses¾ y pedir en esta hora... que todos los sentimientos hostiles que la barbarie citadina y los impulsos hospitalarios hicieron brotar del laberinto de sus silenciosas cuerdas bucales, se congelen en su origen ficticio; en una de esas tantas mañanas, tardes, noches frigoríficas que la ciudad nos brinda en ocasiones. Y si acaso las intenciones fueran un mustio silencio adormilado y se hallaran enclavadas, arraigadas dolorosamente en la fragilidad más dolorosa de nuestras susceptibilidades: como una astilla infecta, como un fragmento de vidrio puntiagudo, como una rebaba de oxidado acero, y teniendo aún de nuestro lado la conocida disculpa: “No contamos con técnico de rayos X”... ¡Compañeros... qué no importe! Seamos valientes: soportemos la hinchazón aplicando un pedazo de hielo y demos a nuestro herido espíritu una carga de antibióticos (“peni-genta”) y dejemos que un día cualquiera el absceso arroje fuera de nosotros la infección que nos carcome.

Compañeros: ¡Que nada importe! A final de cuentas, para cerrar heridas de cara o manos siempre contaremos con una seda del número 0 (negra, resistente, dispuesta a aprisionar en su limbo a esta carne). Aunque sabemos que la infección puede encontrarse en el alma, en un laberinto psiquiátrico, en otra oscuridad más negra que te mira las entrañas con risa sardónica, con ojos de estupidez y salada venganza; que te mira desde su inusitado enanismo que la hace superior a sus fuerzas, siempre fiera, dispuesta a herir por la espalda, a dejar caer su fuerza de pluma atómica sobre un número decisivo, como si fuera la espada de Damocles. Porque le gusta perseguirte en el silencio, mandarte mensajes telepáticos de por vida para saciar su miserable insignificancia; porque se siente poderoso, porque le das la oportunidad obligada de perseguirte imaginariamente por el recinto cuadrado de tu cuerpo. La infección entra por los ojos y muchas veces se esconde debajo de la lengua, martiriza las espaldas y te restriega el pelo con la perversidad de acariciar una muñeca.

Sin embargo, si una bofetada, un trancazo, una patada han buscado abrigo en nuestro cuerpo... que no importe; si te han puesto morada ya la otra mejilla... aplícale fomentos de agua tibia; si se ha abierto en tu cuerpo una gran solución de continuidad... cúbrela con tus manos y llévate a un servicio de Urgencias, ya que con una buena restregada de isodine la limpiarás de bichos; si tienes un ojo de cotorra... no importa; una 4-30-8 para Ofatalmología... que te duele el vientre... 4-30-8 para Gastroenterologìa... que te duele más abajo... 4-30-8 para Urología...

Compañeros, compañeras, inválidos, tísicos, cancerosos: aprendamos a olvidar y demos a estos seres llamados profesores (de este hospital) un cordial abrazo de despedida, esperando no volver a verlos jamás.



Carta leída el 29 de diciembre de 1988 en la despedida de los médicos internos de pregrado del H.G.Z. no. 27, Tlatelolco.

sábado, 30 de junio de 2012

El internado: (XV) Manolo’s Bar


La cabeza comenzaba a darme vueltas. Levanté el tarro y apuré la cerveza antes de que la primera náusea me indicara que tenía que parar. A través del líquido claro volví a descubrir la figura del hombre, temblorosamente distorsionado, que se había unido al grupo hacía unas cuatro rondas. Por extraño que parezca, fue la distorsión de su imagen la que me hizo reconocerlo, finalmente.

            ¾Ya sé quien es ese hijo de la chingada ¾susurré a Tanamazte, empeñado en romper su quinto caballito tequilero.

            ¾Ya olvídate de él; nunca lo hemos visto ¾restó importancia al hecho y soltó un grito de triunfo cuando el cristal quedó pulverizado entre sus dedos¾. ¡Uno más, pinche Cocús! ¡Uno más!

Levantamos nuestra copa, festejándolo.

Después del brindis me volví hacia Osiris ¾que así se llamaba el hombre de la imagen distorsionada¾. Fastidiarlo un rato sería un acto de justicia.

            ¾Usted es músico, ¿verdad?

            Osiris se me quedó viendo con ojos vacunos. Los asiduos al Manolo’s lo conocía: el antro daba servicio de bar durante el día y de centro nocturno por las noches. Por alguna extraña razón, los médicos tenían cierta predilección por aquel lugar.

            ¾¿Y usted cómo lo sabe, joven?

            ¾Luego luego se le nota. Además, lo he oído tocar, aunque en este momento no recuerdo dónde. A lo mejor fue en la televisión.

            Osiris movió la cabeza afirmativamente, satisfecho. Y para elevarse más sobre este grupo de simples médicos mortales, desplegó su curriculum vitae mencionando locales, tríos, bares, estaciones de radio y televisión.

¾Le faltó mencionan el Salón Bach —recordé de pronto.

            La sonrisa de éxito que tenía se desvaneció de su rostro y sus ojos se hicieron más inquisitivos, expectantes, como si quisieran penetrar las profundidades de mi cerebro. A continuación hizo una disertación con la que trató de explicarme que podía tocar en cualquier lado menos, por circunstancias que no venían al caso, en el sitio dónde fue asesinado muchos años antes —y en otra ubicación— Guty Cárdenas, el Ruiseñor Yucateco.

¾Tú debes comprender que eso de asesinatos y cantantes baleados, pues no es muy agradable para alguien que vive de la tocada, ¿no? ¾y apuró su copa, para limpiar su garganta de palabras.

            ¾A parte de ratero, es usted un pinche puto miedoso ¾le espeté, levantándome y dispuesto a partirle la madre y cobrarle todo lo que nos habían estafado él y los meseros, en una noche de parranda. Además del susto que nos dieron, pensé, recordando aquella noche, previa a un examen bimestral de la universidad.

El doctor S. M. no estaba muy contento.

            ¾Miren, chavitos. Mañana tienen un examen. A esta hora deberían estar en sus casas durmiendo o dando una última repasada al examen.

            El Rompecorazones Bazae soltó la carcajada.

            ¾Hoy tengo ganas de seguir la parranda ¿o qué? ¿Te agüitas?

            S. M. apuró su copa. A pesar de haber bebido a la par de todos parecía no embriagarse nunca.

            ¾Perfecto, escuincles pendejos. Seguiremos la parranda. Pero la van a seguir a mi ritmo. Vamos a ver que tan cabroncitos son.

            Y a continuación pidió tres rondas más y la cuenta. Y nos dedicamos a visitar dos o tres antros hasta terminar en el Salón Bach. Como buen cantante que era, Bazae llamó a un músico que iba de mesa en mesa. Antes de media hora, Bazae, Tanamazte y Podrosoa descansaban la cabeza sobre la mesa.

            ¾No aguantan nada. Tienen salida de caballo y llegada de burro —comentó S. M.

            Aproveché un receso del músico para ir a orinar. Ya volvía, cuando, llevado por un impulso cleptómano, tomé un par de chicles de una mesita que estaba allí. Al terminar la última canción, los bellos durmientes despertaron; había llegado el momento de hacer cuentas y pagar. Como era la costumbre S. M., recibió la nota. La sorpresa al verla fue mayúscula: nos cobraban el doble de canciones que se habían tocado y el doble de bebidas ingeridas. La discusión comenzó y nuestra mesa fue rodeada por Osiris que instaba a los meseros a que nos partieran la madre si no pagábamos. Ante tal injusticia, nosotros estábamos dispuestos a ir a la batalla y arreglar las diferencias a puños. Pero el doctor S.M., que siempre era quien pagaba, sacó la tarjeta de crédito y solucionó el asunto. Estábamos por salir de allí cuando un mesero se acercó.

            ¾Ah... y los dos chicles de menta que agarró este buey, son de gratis.



Osiris ya no contestó. En su cara se reflejaba el temor; en la mía, el placer que da hacer justicia. Disfrutaba como nada aquel momento. Seguramente —cinta café de karate como era—, el tipo no me duraría tres golpes.

            ¾Será mejor que te vayas, Osiris ¾lo instó el doctor X, Jefe de Urgencias—. Y  no te preocupes por la cuenta.

Imagen tomada de la red: Guty Cárdenas (1905-1932), trovero yucateco asesinado en la Ciudad de México en el antiguo Salón Bach.