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jueves, 26 de febrero de 2015

Manicomio


El sol era un coágulo y el cielo tenía naranjas y violetas. Escrutó la tierra, el mar y los arrecifes.
—Hoy amaneció con una cara de dulzura —observó el enfermero.
— Así son los pacientes furiosos, poco antes de morir cambian —contestó el psiquiatra.

viernes, 6 de junio de 2014

Asesino


Tumbado en la hamaca, entornando los ojos y rascándome las lonjas de la panza, espero pacientemente al tiempo para matarlo.

viernes, 7 de febrero de 2014

La dieta


En mi tribu cada año nacen menos y enterramos más. La recolección de leña es pobre, y el frío que se avecina será atroz. El valle se ha ido marchitando. El forraje fresco lo disputamos con los animales. Si emigrásemos, las montañas serían nuestra tumba.

Chak, Chia y yo fuimos hacia la manada de puercos. Ningún animal nos teme. Con sigilo, apartamos dos pequeños del rebaño y los purificamos con fuego en la pedrera. La tribu se resistía a comerlos, pero los estimulé cuando yo lo hice.

El ulular del viento anuncia las heladas. Hay suficiente leña y los críos tienen sol nuevo en sus ojos.

sábado, 5 de octubre de 2013

El sicario

El filo del machete reverberaba a la luz vieja del sol. Había diez en fila frente al ejecutor, brazos atrás y sujetados de las muñecas. La cabeza de los primeros ocho permaneció prendida al cuello. Al noveno lo cercenó cuando imploraba, mas seguía insistiendo, hasta que tocó su frente y la testa rodó, enrojeciendo el polvo del camino. Al décimo lo dejó ir para que pregonase.

martes, 24 de septiembre de 2013

Gulliver

La sociedad lo excluía y respondió forjando un mundo de brevedades. En días de hastío, se acostaba al lado de los bonsái e imaginaba que de un mar de olas pequeñas llegaban cientos de hombrecitos y lo sujetaban. Entonces, sonreía el enano.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Talluelos

                                             



Leve sonido al romper un tallo, a nadie ofende, sucede en los caminos; en mi interior también tengo talluelos que se fracturan: un amigo que engaña o un hijo que nos miente.

martes, 10 de septiembre de 2013

Monólogo

Por Asia llegamos a Europa montados en ratas. Nuestro paso dejó huellas por el número de vidas que segamos. Qué grandes nos sentíamos al conducir a millones de roedores. La sangre de la rata era amarga y la del humano dulce. Por cada familia, sólo quedaba la mitad para contarlo. Si Atila fue el azote de Dios, nosotros lo fuimos de los hombres.

sábado, 2 de marzo de 2013

La sombra del cedro



La mañana es fría. La gente cuchichea mientras se sienta. De las casas llega el olor a café. Empieza la sesión. Presido la mesa. En breve, las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión y convencimiento. Mis oyentes se hacen señas y muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.

Te recuerdo y te digo: “No puedo abrazarte, ni decirte lo bien que me he sentido. En la distancia contemplo fugazmente tus ojos. Si pudieras leer mi pensamiento, si pudieras mirarme la cara verías la sombra del viejo cedro que golpea la ventana y se recuesta en mis labios”.

Me preguntan, dialogo, discuto. Así son las mesas de trabajo. Mis ojos esperan con paciencia otro silencio. Otro disparo: “Tu y yo dándonos vueltas con los brazos abiertos para sentir la inmensidad del monte en nuestra piel”.


La gente mayor me invita a sus casas. Las mujeres, cuando se enteran que me gustan las plantas, desean enseñarme su jardín.


Llévese un codito, seguramente con esto recordará nuestro pueblo.


Yo acepto. Otras cortan algunas rosas y me las dan:


Para que se la lleve a su novia.


Nadie nota mi desesperación. Será un fin de semana largo. Me urge montarme en un carro. Comer kilómetros de la lengua de asfalto, sentir que nos esperamos. Ansioso de su abrazo, y ella del mío.


sábado, 11 de agosto de 2012

Médicos en El libro de los seres no imaginarios


El pasado 8 de agosto se presentó en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, El libro de los seres no imaginarios (Minibichario) (Ficticia Editorial, 2012). Libro que conjunta a los fotógrafos Beatriz Hernández Meza, Enrique Ramírez y Alejandro Boneta, quienes aportan sus imágenes de bichos para que 42 escritores* echen a volar la imaginación y nos entreguen 42 minificciones. El proyecto nace de la conversación de los médicos y escritores Diana Raquel Hernández Meza y José Manuel Ortiz Soto, pero no son los únicos médicos que participan en el Minibichario, también forman parte de él Elizabeth PérezRamírez, Alfonso Pedraza y Rubén García García, integrantes de esta página, Médicos Mexicanos por la Cultura y las Artes.
La presentación del libro estuvo a cargo de Hugo López Araiza Bravo, Edgar Omar Avilés, Beatriz Hernández Meza, Marcial Fernández y el antologador. La sala Adamo Boari estuvo, según cifras oficiales del Palacio de Bellas Artes, ocupada por 180 asistentes. Aquí, unas imágenes del evento. Entre los asistentes, estuvieron los doctores Alba Gurza y David Bazán.








Imágenes de la entrada de Diana Hernández y Eduardo Mendoza.

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*Autores: Abelardo Hernández Millán, Adán Echeverría, Agustín Cadena, Agustín Monsreal, Alfonso Pedraza, Alonso Díaz de Anda, Amaranta Caballero Prado, Amélie Olaiz, Carmen Simón, David Baizabal, Diana Raquel Hernández Meza, Dina Grijalva, Édgar Omar Avilés, Elizabeth Pérez Ramírez, Fernando C. Pérez Cárdenas, Fernandez Sánchez Clelo, Gabriela D'Arbel, Gabriel Hernàndez García, Guillermo Samperio, Hugo López Araiza Bravo, Iliana Vargas, Jeremías Ramírez Vasillas, Jesús Olague, Jorge Oropeza, José Luis Sandín, José Luis Zárate, José Manuel Ortiz Soto, Josué Barrera, Laura Elisa Vizcaíno, Lorel Manzano, Marcial Fernández, Marco Aurelio Chavezmaya, Norberto de la Torre, Paola Jauffred Gorostiza, Quique Ruiz, Ricardo Bernal, Richard Densmore, Rosa Delia Guerrero, Roxanna Erdman, Rubén García García, Úrsula Fuenteberain, Víctor Antero Flores.

 

domingo, 17 de junio de 2012

Barrunto


Despierto en la madrugada con la boca seca. Voy a la cocina, abro la nevera y saco la jarra, que en vez de agua contiene una cara con la boca abierta por donde sale una lengua polvosa y aplanada. Tengo sed, me dijo con voz aniñada. Con violencia me incorporo de la cama con lumbre en la garganta y mi corazón a galope. Estoy inmóvil y aniquilado esperando la mañana.


Imagen tomada de la red.


viernes, 17 de febrero de 2012

El ciclo doloroso

LAS VÍBORAS 
La tarde, todavía, giraba señales: bandadas de pájaros peleando por las mejores ramas, el café tostándose en los comales de barro. Bajo las puertas, asomaba la luz desteñida de los quinqués; y entre la hierba de los patios, salían los gruñidos de los cerdos y de las calles, el griterío de los chamacos que retozaban de una calle a otra.
Esa noche, prendí las lámparas y saqué de mi cajón las barajas de naipes. Loño vendría y jugaríamos una partida para ir matando las horas. En lo mejor, su grito me sobresaltó.
— ¡Súbase a la silla médico! Acaba de entrar una víbora.
Hizo la silla a un lado, desenfundó el machete y fue tras ella. Instantes después, la culebra se movía sin cabeza.
—No está muy grande, pero su mordida puede mandar al panteón a cualquier cristiano. Por precaución, médico, antes de dormir abra bien los ojos, no sea que por allí esté la otra.
Después, seguimos la partida de naipes.
Ha pasado mucho tiempo y aún recuerdo -con claridad- lo que pasó desde el momento en que la víbora entró hasta veinticuatro horas después. En ese lapso, tope con tres culebras más, tuve tres eventos médicos y en uno de ellos, un deceso que duele.
Abriendo el día, tocaron a mi puerta. Era una persona que vestía pantalón (los indígenas utilizan un vestido blanco que los mestizos llaman calzón). Había que ir a una comunidad que estaba en la cuesta de la montaña. Fue poco más de una hora por un camino de lajas y una tupida vegetación. Por esos lugares, la humedad tapiza las faldas de los cerros y ruedan regatos de agua virgen; y de arriba, cuelgan helechos que parecen saludarte.
La paciente era una señora de mediana edad que presentaba dolor abdominal que cedió a los analgésicos. Era cerca del medio día. De regreso, montado en la yegua, me acompañó un campesino. Hablamos del maíz, de las plagas que lo diezman y cómo las cosechas se han mermado. Él guardó silencio y me hizo una seña que callara. De un salto, sujetó la rienda del animal y sigilosamente pasamos el camino estrecho. Unos metros después, me regresó el mando.
— ¿No vio la víbora?
— ¿Cuál víbora?
— La que estaba enroscada en la rama del tamarindo.
— No la vi.
— Eso pensé. Por aquí, las llamamos chicotera y desde arriba salta si percibe amenaza. El peligro está en que el animal se asusta y puede hacer caer a quien monta. Por eso, tomé la rienda de su yegua y le hice la seña de que no siguiera hablando.
Bajábamos por un camino de lajas; a los lados, se abrían las barrancas. Casi llegando al caserío nos despedimos. En la tarde, después de comer, llegó otra persona que venía de un poblado opuesto al que había ido. El problema se repetía: un niño que no podía nacer. Esta vez, me acompañó Loño y nos hicimos poco menos de tres horas para llegar a la vivienda. Por el camino, atravesamos varios arroyos; y en uno de ellos, había dos víboras trenzadas y con las fauces abiertas. Fue una imagen de segundos. Después, desaparecieron en la maleza.
Cuando llegué a la vivienda, me alegré de que el niño hubiera nacido, pero al revisar la placenta, encontré que no estaba completa. Le dije al esposo el riesgo y también a la partera. A la señora, lo que tendría que hacer y el dolor que le causaría, pero a cambio de eso, disminuiríamos el peligro de un sangrado y una infección puerperal.
Enredé una gasa alrededor de mis dedos y los sumergí en la matriz y a manera de una legra raspé las paredes. La mujer de esta tierra, tal vez por los sufrimientos históricos que ha tenido, posee un alto nivel para soportar el dolor, y ella no fue la excepción. El sangrado se hizo mínimo. Una hora después, me despedí cuando comprobé que tanto el niño como la mamá estaban bien.
Regresé en la noche. Me esperaba otra dificultad. Había un niño que se encontraba muy mal, tendría tres o cuatro años, venía con los ojos hundidos, su voz era un quejido y sólo clamaba por su mamá. Irritable y con una historia de vómito y diarrea de doce horas, el niño lo que requería era una hidratación de emergencia. Sobre la cama, me apresuré a canalizarle una vena. Les di la instrucción a los padres, que no le dejaran moverse, y mientras intentaba poner dentro de su frágil vena una aguja, los padres con firmeza lo sujetaban.
El niño vomitó y al estar inmóvil, todo el contenido de su estómago se fue a los pulmones y se ahogó. Cuando me di cuenta, abrí su boca. Con mis dedos, saqué restos de alimentos y metí el aire de mi pulmones a los suyos, pero nada. Le di masaje al corazón por no sé cuánto tiempo, intentando reanimar, pero no obtuve ninguna respuesta. Saqué del maletín adrenalina, e inyecté directo a su corazón, pero el silencio se hizo denso y la noche más oscura. El bebé era el único hijo del campesino que horas antes me había advertido del peligro. ¡Dios!
EL REGRESO
Salieron antes de la medianoche.
– ¡Aguanta! Ya verás que llegando con el médico te compondrás —le dice suplicante al hijo, en medio del silencio.
La aldea de Portilla está en la cresta de la montaña, y el camino se vuelve complicado para las bestias. Con nitidez, se oye cómo el fierro de la herradura golpea y se desliza por el limo que cubre parte de las lajas. El cielo negro, el ruido de la cascada y el viento helado saben del esfuerzo que tienen que hacer para no romper en sollozos. Sostiene, con lo terso de sus manos, la cabeza de su hijo; y con su pecho y vientre forma un nido, para que encaje el pequeño cuerpo de Moisés. Tiene cuatro años, conoce la estatura del maíz, el dulce de sus granos, el siseo de la víbora y la cereza del café que corta cuando el fruto colorea; ahora, sus ojos son estrellas lejanas cubiertas por un párpado sin resorte.
San Juan conoce el camino y guía con precaución a la bestia, pues recuerda lo que dijo su compadre:
-Es una yegua mansa, pero a veces pajarea y se espanta. El golpe de los cascos sobre la roca se vuelve estridente cuando la bestia patina, y tiene que gritarle.
–– ¡Oh, Oh, Oh, bestia, bestia! —para que se calme y vuelva a su paso. No mira, sólo atiende al camino. Y de golpe se le viene al pensamiento que su mujer no le dio más hijos y siente que en el pecho se están amasando bolas que le impiden hablar. Al cruzar el riachuelo, una estrella se mira en el cielo y la madre se persigna.
–– ¡Gracias a Dios ya casi llegamos! —Exclama, mientras besa la nuca de su hijo, que revienta en fiebre –– Vas a ver que te vas a componer ––le dice al oído, y luego––:
-¡Apúrate, Celedonio, apúrate, que siento que el niño se desguanza!
Alumbrado por unos candiles y unas lámparas, el niño es puesto en un catre. La aguja busca encontrar la superficie de una vena, pero ésta se esconde en una piel que se arruga de seca. ¡Por fin, la encuentra! Un hilillo de sangre se diluye en el agua, señal de que se está dentro de la vena. Es crucial meter en el pivote de la aguja el conducto por donde bajará el suero. Con violencia, el niño intenta sentarse; el padre y la madre le detienen, mientras el médico se apronta para fijar la aguja. Después, se afloja, tan rápido, que se vuelve nada.
–– ¡Mi hijo! –Grita la madre.
El médico alumbra y la boca está llena de restos de alimento. Le voltea la cara, mete sus manos en la garganta y extrae los pedazos. La boca de él cubre la boca del niño dándole aire. Le golpea el corazón y sus manos muellean con angustia el tórax. Los instantes caen como la rosa que el viento deshoja. La madre estalla en gritos y le habla en balbuceos, entrecorta las palabras, gime y sus lágrimas caen como un rosario que se rompe, pero el hijo, no despierta.
Regresan hacia Portilla. El viento frío trajo la lluvia. El caballo resbala, y en el “¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh!, ¡bestia!”, San Juan se muerde el labio y llora.

lunes, 8 de agosto de 2011

Amada medusa


Se mueve con la gracia de un felino, sus ojos son el día y la noche, su mirada es un reto. Todo el tiempo la contemplo y si ella me tocara, sentiría el galope de mi corazón de granito.

Aquella tarde, a hurtadillas llegué a su palacio. Detrás de los guerreros dormidos le declaré mi amor. Entendió que me burlaba de ella y que mi propósito –como el de muchos de los marciales– era darle muerte. Sus pupilas encontraron las mías y quedé convertido en estatua. Ayer vino Perseo, pensé que sería transformado, como a todos, en piedra. ¡Nunca imaginé que él le daría muerte! Estoy entre cuerpos de roca y el otoño llega lúgubre y gélido. Me azota el viento frío del sur, pero ni eso puede congelar la tibieza de su recuerdo.

viernes, 8 de abril de 2011

El bebé de doña Licha

— ¡Doctor, doctor! ¡El niño no respira!
Me lo dijo a gritos el mozalbete. Dejé a los estudiantes, a quienes les impartía la clase de Biología en la naciente secundaria de Cox y salí corriendo, tomando el atajo para llegar a mi consultorio, donde doña Licha, la mamá, ya instruida, le daba con el dedo índice masaje al corazón del bebé de quince días de nacido.
Ese niño había llegado a deshoras, la madre con poco más de cuarenta años, nunca pensó que la providencia le diese otro hijo. Dos días antes se presentó en el consultorio diciéndome que los cólicos no se le quitaban al recién nacido. Habían probado remedios caseros y hasta algunas gotas que un dentista había recomendado. Después de observarlo detenidamente, y por su edad, sospeché que el niño podría tener un tétanos.
Cox en aquel tiempo estaba incomunicado, había que recorrer de tres a cuatro horas a caballo y después otro tanto para llegar a la ciudad. O bien esperar a que bajase la avioneta si el tiempo lo permitía. El pronóstico de dicha enfermedad en ese medio o en cualquiera sigue siendo grave, pero en aquel tiempo era mucho más.
¿Qué me hizo aceptar un reto de tal envergadura, si lo más sencillo era decirles a los padres que  lo llevaran a un hospital? No lo sé, si volviera a estar en una situación similar, les diría: “esto no puede tratarse aquí, requiere de especialistas y de cuidados intensivos”.
El bebé estaba grave; y a los ojos de los padres debieron verlo más. Recuerdo que llegó el cura Panchito y luego quien sería su padrino. En el consultorio fue bautizado con el nombre de Mario. Don Servando, su papá, me dijo: “no lo llevaremos a la ciudad, se lo encomendamos a Dios y a usted, doctor”, quizá esa fue la motivación y hablé con la mamá, que la necesitaba al lado del bebé. Las contracciones eran tan fuertes que el niño dejaba de respirar y el corazón se detenía, por lo que tuve que adiestrarla en reanimación. ¡Qué mejor enfermera que la mamá!
Recuerdo que me cuestionaba: si el niño tiene contracciones musculares, debería responder a sustancias relajantes. Para ese momento tenía al bebé con soluciones intravenosas, antibióticos, penicilina cristalina, y doña Licha se sacaba la leche y la daba con un gotero, pues no podía mamar. Teníamos botellas de agua caliente a toda hora, ya que en las madrugadas bajaba la temperatura en aquel pueblo de la montaña. Todos los días se aseaba del muñón umbilical.
Cómo llegué a deducir que el Diazepam podría servirme, no lo sé. Pero recuerdo haberme dicho: si diez miligramos sirven para un sujeto de 60 Kg, ¿cuánto tendré que ponerle al bebé? Tenía muy presente que la sustancia es altamente irritante para las venas, así que la diluí en suero y se la instalé gota a gota. Fue increíble, el número de veces que dejó de contraerse se redujo a una o dos en el día. Sabía de antemano que era imprescindible no descuidar la hidratación, la alimentación, el suministro de antibióticos y por supuesto se habían mandado a traer de la ciudad la antitoxina. Creo que el amor de la madre, los rezos que ella hacía, fueron insubstituibles para que el infante cruzara la delgada línea que hay entre la vida y la muerte.
Un día llegó doña Licha y me presentó a su hijo… un muchacho enorme, lo saludé y lo abrace como a un hijo mío que no hubiese visto en veinte años. En alguna ocasión, recuerdo que dijo su mamá: “le debimos de haber puesto Rubén, yo creo que Diosito lo mandó a estas tierras”. Yo me quedé pensando, que no en todos mis pacientes tuve aciertos y en uno de ellos aún bajo la cabeza y pido perdón a la madre por no haberlo salvado.

lunes, 21 de marzo de 2011

Por si no te vuelvo a ver

Nos encontrábamos a trescientos kilómetros de la ciudad en que nos conocimos. Eran las tres de la mañana y el frío intenso del altiplano de México se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital.
Un fino sudor le brotaba de la nariz, que bajo la iluminación mercurial hacía contraste con la oscuridad de sus ojeras. El cabello bruno reflejaba luz a través de las miles de gotas que parecían anidar en su pelo. Apretaba las mandíbulas y la lividez de su cara se acentuaba cada vez que el dolor le corría por alguna parte del cuerpo.
Las enfermeras iban y venían. Mi compañero de guardia, arropado con una manta se había hecho una bolita y su respiración silbante no dejaba dudas: dormía profundamente. Los cubículos estaban separados por cortinas de plástico que corrían por los tubos de acero inoxidable; le daban al espacio una privacidad asfixiante por los olores del yodo y por el tufo que se adosa a los enfermos.
Nos reconocimos de inmediato: ella estudiaba para enfermera y hacía sus prácticas en la Cruz Roja. Un domingo fuimos a una ciudad cercana, paseamos por el parque y juntos disfrutamos el frío dulce de un helado. De regreso en el autobús, recostó su mejilla en mi hombro y su mano cayó sobre mi muslo. La abracé, y con los dedos frotaba la cima de su pecho, mientras la boca reconocía el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó de ahí, simplemente, dejé de verla; no sé por qué.
—¿Eres el único médico aquí?
—Sí.
—¿No hay nadie más que tú?
—No a esta hora. ¿Por qué no te quieres atender conmigo?
—Me da vergüenza.
—¿Vergüenza? ¿Por qué?
—Tú sabes... no puedo contártelo a ti, por lo que pasó entre nosotros.
—Por eso mismo deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención? Dime, por favor.
Poco a poco, se fue relajando y platicándome de su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó ayuda de una auxiliar, quien la llevó al baño, le pidió que se despojara de su ropa interior y, envuelta en una bata, volvió con ella para que se recostara en la camilla y yo pudiera explorarla.
Mientras me quitaba el guante de látex, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, ¡pero los momentos eran tan opuestos! ¡Qué lejos estaba de la penumbra del camión! En aquellos momentos su respiración crujía y resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que rebasaba toda frontera y parecía llevarnos a recovecos de intenso placer. No recuerdo qué fue lo que nos detuvo, pero la tormenta amainó y nos despedimos en una terminal, donde cada uno abordó el camión que nos dejaría en nuestras casas.
En cambio, en esa otra madrugada, mis manos sensibles se detuvieron en cada parte de su anatomía y buscaron palmo a palmo los vidrios que habían roto la continuidad de sus tejidos. ¡Sabía que la estaba matando... y debía llegar ahí antes de que su vida se desanudara! De inmediato me comuniqué con el médico jefe de la guardia, quien estuvo de acuerdo con mi diagnóstico y pidió con urgencia la presencia del anestesiólogo.
Por un momento, nos quedamos solos. Me miró con ojos lejanos. Hubo un abrazo sin fuerzas y un beso tierno en la boca; luego, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas, resbalando a tientas por mi cuello. Me dio otro beso.
—Por si no te vuelvo a ver... —me dijo.
Se fue con su cita a la unidad quirúrgica. Yo tenía más consulta y los recuerdos calientes.
Afuera, arreciaba la lluvia y una sirena ululaba en la oscuridad.

domingo, 6 de marzo de 2011

Urgencia en la sala de partos

En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede.

Con un trapeador desvelado el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares están de pie.

De pie, es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan.

Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio.

Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas.

Si acaso se oye una radio que da la hora, seguramente es el programa del "ojo pelón". Los que toman las decisiones críticas, duermen: se despiertan sólo si es necesario.

En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Presienten un mundo vacío, sin asideros.

Las enfermeras –algunas ángeles; otras no tanto– aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina.

El puente entre la paciente y la institución son los internos, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen cuatro centímetros de dilatación.

Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico es no tener “Camachos”.

En el momento exacto –a esa hora crucial– preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.

A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero –ese sí– clavado en la vena.

Dos de nosotros guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros.


El jefe –en el silencio del hospital– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.


–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaba con énfasis nuestro equipo.

El escándalo despertó a todo el mundo.

Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud.

Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron sus extremidades, para que las apoyara en las pierneras en posición ginecológica.

Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo.

–Ya, señora; todo va a salir bien –y por dentro muriéndonos de risa.

El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto.

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado.

No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.

Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

domingo, 20 de febrero de 2011

El Palomo*

El cañón rugió. Tronó como en los tiempos de la revolución. Así era como el Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.
—¿Se quieren casar? —preguntaba.
La mujer se tapaba la cara con el velo rosado que le servía de adorno. El novio se quedaba serio. Y luego un diálogo de miradas en silencio. El Palomo sabía entonces que había un sí, todo era cuestión del tiempo. Ese domingo habría boda. Él se encargaría de comprarles el ajuar, contratar a los músicos, colocar la tarima en el salón, una choza de palma en las afueras, y tener dispuesto el refino, el refresco y la cerveza. La primera ronda era para brindar por los novios y corría a cuenta de él; las siguientes, de los comensales. Ese era su negocio.
Aquel domingo llegaría la caña transparente con su olor de azúcar vieja; transportada en tambores a lomo de mula, bajo la vigilancia del dueño del cañaveral.
La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer rompiendo el tablón al golpe de los huaraches. Los músicos, como siempre, destrozándose el pulpejo de los dedos gracias a la anestesia de la caña. La luz ámbar de los quinqués daba la sensación de tener pedazos de luna colgados sobre aquella rústica pista de baile. Jacinto, tumbador de caña, con reverencia alargó la mano hacia una joven morena. Ella lo observó discreta, movió la cabeza y luego distrajo la mirada hacia otro lado. Él fue a un lugar sombrío. Tragó un sorbo de caña que bajó con un buche de cerveza.
La mujer se estuvo quieta, movía los ojos como buscando algo, al rato aceptó bailar con otro. La falda amplia semejaba una mariposa danzando. Él, de lino blanco, con un pañuelo rojo al cuello, hacía tronar sus tacones contra la madera, como si disparara.
Jacinto, furioso, se interpuso, y sacando una hoz, arremetió contra él; con un gesto de dolor, el hombre abrazó su vientre. Las tripas, como pequeñas víboras brotaban de entre los brazos y las manos. Al agresor en un santiamén lo desarmaron. El herido fue puesto a pocos metros del entarimado; los intestinos, libres de la pared, se acomodaron en la tierra. La sangre poco a poco dejó de correr. Los quejidos parecían el eco del violín.
Al victimario lo ataron a un gran poste que servía para sostener el cielo. Manos, brazos y muslos estaban sujetos por gruesos mecates; sólo podía mover las piernas y los pies, con los cuales taconeaba sobre las costillas de la madera. Los quejidos ya no se oían. Los músicos terminaron cuando el sol irrumpió y en el aire había olores de pan recién horneado. Otra música llegaba: el zumbido de las moscas.


*Tomado de un libro inédito de Rubén García. Publicado y traducido al francés.

viernes, 18 de febrero de 2011

Alfileres

Hay sonidos microscópicos:
cuando el talón hinca un tallo reseco.
A nadie ofende,
o atemoriza.
Son fugacidades
que suceden en el camino.
En mi interior hay pasos
Y talluelos a la vera
que se rompen:
como la vez que un hijo nos miente,
un amigo que defrauda,
o nos consume la incertidumbre
al enterarnos,
que ya no somos lo mismo
ante los ojos de la persona que amamos.
Es un clik breve, intenso,
un alfiler que penetra;
un dolor que nos hace bajar la cabeza,
por días o toda la vida.