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sábado, 7 de enero de 2017

No me haga cambiar de hábitos, señora mía


Saqueadorcito. Imagen tomada de Internet. Quintana Roo

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

La frase repiqueteaba en su cerebro mientras corría con la mirada fija contra el enorme ventanal de cristales. En la mano derecha sostenía el pesado tubo obtenido de algún sitio cercano. Un carro de esos de supermercado, reconocería después ante la incrédula mirada de su esposa. La turba, enardecida por hacerse justicia por propia mano, avanzaba desde y hacia distintos rumbos. Unos y otros en estampidas coordinadas entre sí, azuzadas por una incesante gritería. El saqueo del almacén visto desde una prudente distancia, parecía una carnicería ejecutada por carroñeros insaciables. Aparatos eléctricos, juegos de video, estufas, refrigeradores, camas, colchones. La risa plagada de nerviosismos. Los padres arrastrando a los hijos en la inconciencia de llenarse los bolsillos de lo que fuese. Jóvenes encapuchados y al grito de cristalazo, irrumpiendo con la violencia de los pocos años. Los vidrios saltando al aire. Las vitrinas de las boutiques de moda a la disposición de la rapiña. Blusas, faldas, pantalones, suéteres, y trajes de moda. Taxis y autos desvencijados cooperando, motonetas y carros del supermercado como improvisados burros de carga. Impávidos, algunos mirones metían las manos al pantalón, o cruzaban sus brazos. Sonreían entre sí.
La mañana previa, y ante los incesantes rumores en las redes sociales de probables cierres de casetas y carreteras, tomaron camino a la ciudad de México. El trayecto recorrido por trescientos setenta y cuatro kilómetros, había sido miel sobre hojuelas. Mientras cruzaban la autopista rodeando Tulancingo, la velocidad del rodamiento empezó a disminuir de manera gradual, hasta concluir totalmente uniéndose en una caravana sin fin. Los rumores de las redes tomaban finalmente su perfil de realidad. Sentado frente al volante veía a diestra y siniestra, atrás y adelante. Aquel cuadro de apocalipsis. Pesados tráileres de uno o doble remolque, camiones de pasajeros, camionetas con hijos pequeños, autos con parejas inicialmente sonrientes que, tomaban aquel paro, como parte del descanso de vacaciones. Camiones cargados de frutas y legumbres. Naranjeros. Dos camionetas de tres toneladas, con vacas que entornaban los ojos y rumiaban la poca comida ofrecida en esos lances. Él mismo encerrado en su coche, con su mujer y su hija, y la pequeña mascota, dormitando en el asiento de atrás. Los amagues de cuando en cuando ¡Se mueven!, y a subirse de prisa a los autos y camiones, después de estirar un poco las piernas, y de recoger un poco también, los nervios. Los amagues insufribles de recorrer unos pocos metros, para enseguida, volver a padecer la incertidumbre y el enojo que, poco a poco, va haciendo roncha en el cuerpo. Cuatro horas de espera y el asunto parece no tener un punto de concordia. Autos pintarrajeados en el cristal posterior. ¡No al gasolinazo! ¡Fuera Peña! ¡Muera el mal gobierno! Hombres y niños orinando a un costado de la autopista, los prudentes, entre algún arbusto que, dará al final de temporada, flores y frutos abonados en amoniaco; los poco cuidadosos orinando junto a sus vehículos, encharcando el asfalto. Las mujeres, jóvenes y maduras correteando a la intemperie hasta la gasolinera o hasta la fonda para hacer lo mismo, por unos cuantos pesos. Una que otra atrevida, envuelta en un rebozo y con el culo al aire, ahorrándose la caminata y los pesos, y el frío.    

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

El gusanillo haciendo nido en su cabeza. El desmadre entre camioneros y padres de familia, y entre jóvenes agricultores y mujeres al volante. La ambulancia varada justo en medio de aquel nudo de motores y chasises. ¡Se nos muere nuestro paciente! ¡Viene muy grave! Gente de campo, gente sincera. Y en ese mundo de caos endiabladamente complejo, en esa estrechez de maniobras, uno a uno va poniendo su parte. El autobús de pasajeros acomoda su unidad en el poco espacio que alguien sacrificó al no moverse, aún ante la tentación de recorrer esos pocos metros hacia adelante. La ambulancia puede en un breve espacio dar vuelta y volver en sentido contrario. Seguramente decenas de vehículos acomodaron su paso hasta que, unos minutos después, y por una carretera secundaria, vemos pasar la ambulancia marchando con su enfermo grave, ¿O su cadáver?. Los rumores de nueva cuenta. El enojo por quienes han tomado la autopista. Por quienes han lastimado la libertad de ir y venir. La disyuntiva de buscar salir de aquel embrollo, o esperar a que se abra el paso. Las redes sociales que hablan de destrozos y desmanes kilómetros más adelante. La entrada a la ciudad por Ecatepec también tomada. Rapiña. Presencia policíaca. Toques de queda. Conatos de violencia, allí mismo en esa fila de infortunados caminantes. La reventa de aguas y refrescos. De plátanos fritos en bolsitas. Ya no están cobrando la orinada, ¿ya no? No, ahora te obligan a comprar un plato de empanadas, o unos tacos de cecina, y te prestan el W.C.

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

A las nueve de la noche escuchaban los pormenores del día en la televisión del hotel en Tulancingo. Las imágenes de gente con palos y piedras, unos a la defensa de sus comercios, otros al robo. Unos a gritos reconviniéndolos a no caer en provocaciones. A la mesura. Otros al hurto, al destrozo. El taxi cargado con un colchón en el toldo, una lavadora en la cajuela, sobre el colchón un refrigerador grande, la mujer sentada en el pequeño espacio que, puede quedar en ese nisán, abrazada en cruz a sus pertenencias robadas. Un hombre corriendo con dos enormes paquetes de papel higiénico, cada uno bajo los brazos, y uno más equilibrándose en la cabeza. Lord cagón, así lo bautizaran después entre los tuiteros y los memes. La muerte de un policía al intentar impedir el atraco a la gasolinera. Las imágenes crudas que los medios masivos han ido soltando a la deriva. El cuerpo del hombre tirado en el suelo. Dos autobuses incendiados en Ixmiquilpan. Allí también dos jóvenes tiroteados. Uno de ellos en el suelo, en medio de un charco de sangre. Los mensajes interminables por el Facebook y al wasap. Pequeños videos de actos vandálicos. Ciudades y poblados antes calmos, ¡Humanizados! Ahora en la barbarie. Memes y memes absurdos, irritables. Declaratorias de los prohombres de la política, derecha, centro izquierda, llenos de mierda hasta la coronilla. La imagen de un french poodle, la misma raza que su mascota, pero callejero, atravesando en solitario una calle semi oscura, con la cola levantada y en el hocico una bolsa de Sabritas. Saqueadorcito, será el mote del pequeño ladrón de marras. Habían tomado la cena. Un plato de empanadas y cecina. Un tequila que a esas horas y después del largo calvario, caía de perlas. Los churros comprados en la esquina. El sueño profundo.

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

Y a las cuatro de la mañana la reflexión robándole el sueño. La educación y la cultura brillando por su ausencia. Las buenas costumbres. Los buenos hábitos. Las enseñanzas cívicas, la moral de la iglesia. Las familias. El gasolinazo como pretexto y el descontento volcado en una sociedad que se desquita. El clamor por una reivindicación del pueblo, la sociedad decrepita y la adoración a dioses no de barro, ni de lodo, ni de maíz, ni siquiera imaginarios. ¡Dioses hechos de mierda, sólo!

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

De nuevo aquella frase repiqueteando dentro de su cabeza. Imaginándose alguna declaración sincera del Presidente de la República, ante los hechos de rapiña y caos, y desde luego, con la vana ilusión de una medianamente decorosa renuncia. Al final recordó lo que seguía en el texto:
“No me mire así, señora”, le dijo de buen tono. “Estoy hablando con el corazón”. Y luego, volviéndose a Homero, termino: “Menos mal que estoy pagando cara mi insensatez”.          
Y recordó también el título del cuento, Buen viaje señor presidente y al autor Gabriel García Márquez, por supuesto.

La turba enardece los sentidos. Embota los sentimientos. El sonido de los cristales que se rompen. El griterío de la gente. Las costumbres y los hábitos. La educación que se mama. Que se mama sólo lo que se quiere mamar. La cultura que no ha valido para sentar a los políticos en los banquillos de la justicia. La intransigencia de unos pocos. La malicia. La gendarmería correteando jóvenes. La risa desternillada de quien toma los videos, la fotografía oportuna. La cabeza que da vueltas y vueltas buscando el meme chusco. Las noticas amarillas. Tomó entonces el tubo y en medio de la oscuridad, anónimo, asestó el golpe preciso, insonoro entre tanto griterío, entre tanto escándalo, cauteloso y precavido hurgó en la vitrina, de aquel pequeño establecimiento. No había en su rostro pena alguna. La turba enardece los sentidos diría más tarde a su mujer, mientras que, de las bolsas de camisa, pantalón y chamarra iba sacando las plumas y los relojes mont blanc.

-Mira, estos son de dama. Dijo ella, mientras iba poniéndoselos en la muñeca.

Al final de aquel día tan lleno de exabruptos, rumores y noticias, reían. Saqueadorcito, el french poodle, con la cola levantada alegremente y con las Sabritas en el hocico, se veía muy tierno y bien valía aquellas risas.              



© 2017 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 22 de diciembre de 2016

Tito (Veinte años de vida)




Tito, Fotografía de Oscar Mtz. Cd de México, 2018



I
El día 10 de marzo del 2000, mientras Laura daba vueltas a la llave para entrar a casa, el french, temeroso y tímido y a escasos suspiros del pánico, se repegaba aún más contra la pared. Tenía apenas dos días de haber sido llevado a casa y la incertidumbre era sin duda el sentimiento más presente en su espíritu perruno. Después de haber permanecido toda la mañana en aquel silencioso espacio, el sonido del metal de la llave entrando en la cerradura, los dos o tres giros, el clic preciso al abrirse el cerrojo. La plenitud en aquella maravilla de olfato entrenado a lo largo de siglos y siglos de adaptación y entrenamiento. Habían sido suficientes las cuarenta y ocho horas de contacto, para saber que aquellos olores eran los del cuerpo y los cabellos de Laura, estos los de Dany, estos otros los de Oscarín, y finalmente estos últimos, perfectamente identificados, los del viejo narigón y gruñón, empeñado en que, aquella minúscula presencia de apenas tres kilos y medio, no era bienvenida en casa.

-Cualquier casa que se respete, deberá estar ausente de mascotas, cualesquiera que sean estas sus géneros, razas, u orígenes. Y delante de la taza de café expresso, con el ceño fruncido eternamente, y el hosco silencio en los labios, parecía que aquel veredicto sería inalterable. Los niños suplicaban apenas, con la mirada. Laura de vez en cuando intentaba un argumento, el perro se arrinconaba más y más contra la pared.     

El empeño de Laura y los niños, dos años le calculan, y fue víctima del maltrato. Golpeado, vejado, fractura de la mandíbula. ¡Chueco!, lo sacrificaran si no lo acomodan. Y aquella mirada triste, y aquel cuerpo raquítico, y el pelambre raído por la desnutrición. La mordedura ajena, la mandíbula superior al frente, y la inferior a occidente, o al poniente.

¡Atravesada!


-Nadie lo quiere


-Seguro lo sacrificaran


Y jamás supe si la mirada del french, o la de Dany, o la de Oscarín, o la de Laura, o la de todos, fue la más triste, y tres segundos después de la frase: está bien, que se quede. Fue a la vez la más brillante y alegre.


Complicado compartir un espacio con un enemigo que te encara paso a paso. Que se te cierra en una carrera juguetona, que distrae tu lectura con un ladrido innecesario, que mancha tus zapatos con un charco de orina, o con muchos charcos.

¡Entrenamiento! Y aquella parecía ser la palabra y la acción que lo resolvería todo.

El french, ahora ya conocido abiertamente como Tito, fue poco a poco integrándose a un modo y aun espacio reconocido como suyo, sin embargo, el dolor y el sufrimiento vividos, los seguiría persiguiendo en el tiempo. Tosidos y ahogamientos producidos por la mala alineación de su mandíbula harían correr más de una vez a Laura y a los niños. Para el hosco hombre, lo más cercano al socorro, era levantar la mirada del libro, o dejar por escasas milésimas de segundo el oloroso aroma del café, y seguir ausente la tarea de resucitamiento.


II


¡French!

¡Poodle!

¡Caniche!

¡Grande, mediano, enano, toy!


La historia, incierta como la propia historia de Tito. Siglo XV y su redención entre aristócratas y nobles. Francia y el reclamo por Alemania, y Rusia. La precisión de la etimología: poodle, de Pfudel (charco) uno que juega con el agua, instituido en Inglaterra en 1643 y caniche, de canard (pato) en relación con la caza de estas aves, en Francia. Antes de esta época, algunos escritos hacen mención de esta raza en el mundo árabe, alrededor del siglo VII d.C.

Aristócratas y recuperadores de caza, particularmente dentro del agua, chapoteadores, buenos nadadores. Bueno, en este sentido Tito ni nadador, ni cazador de patos. Aristócrata sí, si consideramos su gusto refinado por la música clásica.


III


La vida la comenzamos a vivir a la par, Tito juntó sus pasos a los nuestros y por dieciocho navidades, nuestros pasos han andado de uno a otro lado. Entre Chiapas y Tamaulipas. Sorteando caminos de neblina y lluvia. Soleados y calurosos. ¿De que estarán hechas las almas de los perros? Pequeñas sanguijuelas capaces de arrancarle a uno las sonrisas. Mis hijos lo apapachan y lo abrazan como al mejor de los amigos. Él, simple y llanamente se deja hacer, se acurruca junto a ellos, gentil también los acaricia, con las manos tersas o con la húmeda lengua. Laura se enternece cuando lo ve enfermo o cabizbajo con la columna curvada por los años. Tito además es parte del edificio, tiene que ver con los vecinos de uno y otro condominio. Sus diarios paseos son acompañados con saludos. Va y viene de uno a otro lado de los jardines que lo han cobijado. Es también motivo de charlas en familia, de uno a otro lado preguntan por su estado. 
En estas andanzas, ahora han quedado atrás las escapadas y las perdidas horas de agonía. Atrás quedaron también los intentos de escaparse a una libertad añorada que, alguna vez, nos hizo recorrer nuestra colonia en su búsqueda, al haberse extraviado por breves parpadeos de vigilia.    

¡Viejito! 

Aún lejano, con muy poco contacto entre ambos lo miro ir de uno a otro lado de la casa. ¡Literal! Como Pedro por su casa. Husmeando y olfateando alacenas, escudriñando entre mis zapatos, asomándose discreto por el baño mientras rasuro mis canosas barbas. Confiado a veces se acurruca y se acerca a mi costado. Bromeo con mis hijos. Tito será el encargado de cruzarme de lado a lado el río Estigia del Hades, peleará cual guerrero valeroso contra el temido guardián de los infiernos, el can cerbero, mítica bestia de tres cabezas. Bueno, eso es lo que nosotros pensamos y platicamos. Viéndolo tan aguerrido, seguramente el can cerbero, meterá la cola entre las patas y dará vuelta, huyendo temeroso, agachando los tres pares de orejas, uno por cada cabeza.


IV

El ocaso está cada día más y más cerca, su andar es lento y cansado, el lomo arqueado y la cabeza agachada. El apagado ladrido que solamente se asoma de vez en cuando. Largas horas de sueño apacible. Sin duda, en breve nos aprestaremos a cruzarlo a la otra orilla de su lago, a la otra orilla de su propio río. todos nosotros velamos ya nuestras armas, para que nadie pueda evitar que Tito, llegué a las praderas celestiales.   
-¿De que estarán hechas las almas de los perros?

Y buscando respuestas me sumo en el más profundo de los sueños.




©2018 By Oscar Mtz. Molina

lunes, 7 de noviembre de 2016

La gallina sarada


Avalancha de Lodo. Imagen de Internet


Parecía que el cielo se caía en pedazos, todo estaba oscurecido y con estruendosos ruidos.
¡Cielo negro!
¡Encapotado!
Mamá corría de uno a otro lado de la casa. Primero al patio a meter la ropa tendida para que no se mojase. La vi arrancar literalmente la ropa, desprendiendo las pinzas que volaban por los aires. Enormes goterones caían zigzagueantes, a diestra y siniestra de su paso, algunos de estos, haciendo blanco en la cabeza y la espalda de mamá. Apenas unos pocos minutos después la lluvia se cerró en torrencial aguacero. Mamá corría ahora dentro, cerrando ventanas y apuntalando puertas.

¡Relámpagos y truenos!

Cayó la oscuridad y apenas eran las once de la mañana.
-recemos. Dijo mamá
Y nos acurrucamos a su lado. Mamá muy seria y mis cuatro hermanos menores, asustados.
-en el nombre del Padre, y del hijo, y del Espíritu Santo. Santiguándonos.

¡Silencio!

Mamá me aturde con sus letanías. Repite sin cesar Ave Marías y Padres Nuestros. Y a cada oración una súplica.
Me mira de reojo y apenas sonríe.
El día camina lento. La lluvia tupida sin amainar un sólo ápice.
-¡las gallinas! Exclama de pronto y suspendemos rezo y súplicas, y ella y yo corremos a asomarnos por la ventana que da al patio.
-¡Dios mio! Exclama y agrega. ¡El diluvio!
Al fondo del patio el gallinero con láminas voladas al suelo y literal, recostado por un lado, alcanzamos a ver en aquella destrucción, algunas gallinas atrapadas entre aquella derruida construcción.
¡Muerte!
-¡Ay la gallina sarada! Exclama mamá al acordarse de la gallina más vieja, la mamá de todas ellas, la más gallarda y gorda. La más cariñosa y entendida. Ahora mamá arrecia más el llanto, por la gallina.
Vemos también cómo se mecen los árboles por los fuertes vientos.
Mamá llora, así como afuera corre la lluvia, aquí dentro son sus lágrimas las que no paran.
A la hora nona de la tarde todo era caos en aquel pueblo. Arroyo blanco había desbordado y a su paso, reblandecía la tierra de la cañada y con esto, el cerro del zopilote se vino abajo.
¡Desgajándose!
Riada y cerro arrasaron con todo. Potreros y ganado. Puentes y caserío. ¡Todo!
Mamá seguía hincada y todos nosotros alrededor suyo. Oímos el estruendo y el temblor de la tierra y fue justo cuando el cerro se partió y empezó su paseo por el pueblo acompañando a arroyo blanco que ya para entonces había crecido volviéndose río maduro o mar. A las siete de aquella tarde, por fin, la lluvia amainó y en quince minutos más el cielo alcanzó a abrir en un maravilloso espectáculo de sol y arcoíris. Habían sido ocho o diez horas en las que la historia se llevó mi pueblo. No supimos nada hasta la mañana siguiente que llegaron las brigadas de gente desconocida. Gritaban voz en cuello. Desesperados.
-¿hay alguien allí? ¿Están bien?
Y cosas por el estilo
Asomamos las narices por ventanas y puertas. El cerro desgajado y el agua con lodo rodeándonos. Ninguna otra casa en pie. A nuestro derredor lodo y tierra removida. ¡Fango!
Árboles arrancados de tajo. Desolación y muerte.
Subirse al helicóptero de rescate fue para nosotros y para ellos toda una odisea. Nos sujetaron con cuerdas y pecheras y uno por uno fuimos izados.
Mamá, ya dentro del helicóptero, siguió con sus rezos y justo íbamos a partir cuando dijo al jefe de rescate, señalando hacia abajo.
-una de mis gallinas vive. ¡Es un milagro! Como uno solo, todos volteamos a ver hacia donde mamá señalaba.
La gallina sarada se aferraba con el pico y las patas al único poste en pie, del gallinero.
Serían los rezos, o las ansias de mamá, o las lágrimas, o las miradas de súplica de nosotros, niños de un prodigio de salvamento, o todo junto; pero la mayor algarabía en ese helicóptero fue justamente cuando el rescatista entró, con la gallina sarada cobijada en sus brazos.


© 2016 By Oscar Mtz. Molina

sábado, 5 de noviembre de 2016

Tres tristes tigres


Marcos, de su archivo personal


Con dedicatoria a mis amigos Marco Antonio y Ruperto.

Caminamos bajo una tenaz llovizna hasta guarecernos finalmente bajo las enormes hojas y ramas de frondosos árboles. La montaña oscurecía a pesar de no rebasar las tres de la tarde. Nos apostamos cada uno a prudente distancia uno del otro.

-Por acá asomará algún venado, o por lo menos un conejo. Dijo nuestro amigo Marcos, guía de aquel zafarí, y dueño de rifles y municiones

Y sin hacer mucho caso, acomodé la mira de mi rifle. Un wínchester 22, negro. Sonreí al saberme en esa extraña postura de cazador ajeno. Tres amigos enrolados en la tarea de cazar. Tres jóvenes estudiantes de la facultad de Medicina, empeñados en hacer de aquella tarde la más sangrienta matanza de salvajes animales; la meta en nuestras cabezas era dar con todo aquello que se moviera delante de nuestros ojos. ¡Seres vivientes! Inocentes criaturas expuestas a la certera puntería que, las miras telescópicas, harían de nosotros expertos francotiradores.
Y así, en aquella lluviosa tarde pasaron por nuestras miradas las más variadas piezas de caza. Contabilizamos tres venados, a menos que haya sido el mismo venado el que pasó frente a nuestras narices en tres ocasiones. Cinco conejos, tres liebres, una manada de guaqueques, un desmañanado tepescuintle, e incontables palomas que se posaban atrevidas a escasos metros de nuestros bien armados escondites. Nos turnábamos en el tiro, cual tiradores de ferias pueblerinas frente a patos y caballos de latones. A cada tiro fallido la burlona risa de los otros dos participantes. Al inicio discretos al sabernos propicios a las fallas, pero después, en cuestión de minutos, las carcajadas abiertas, ya sin ningún cuidado en espantar a las fieras, y a las aves. Debimos haber disparado cada uno de nosotros, una treintena de veces, cada uno con el tiempo necesario de mirar cuidadosos por la mira telescópica, centrar al blanco y una, dos, tres percusiones. El animal en turno ni siquiera se mosqueaba, y seguía en su labor de comer la hierba. Y tan sólo se alejaba momentáneamente de nuestro campo de visión, cuando nuestras carcajadas hacían eco en aquella silente montaña.
Volvimos a casa caída ya la tarde y empapados de los pies a la cabeza; sin una sola pieza de caza, pero con la risa más esplendida en nuestros rostros. Zapatos y tenis embarrados de lodo, calzones y chamarras cundidas de cadillos y otras lindeces adheridas fuertes a la tela y raspando agresivas, nuestras dermis. El hambre atravesándonos de lado a lado.

La historia se nos enredó en los talones en los años ochenta, y nos alcanzó para correr vela el resto de nuestras vidas. Los caminos se fueron en un paralelismo sin tregua, el tiempo y la lejanía fue también entremezclando olvidos y recuerdos en el sendero.

¡Jamás tuvimos la conciencia de voltear a vernos!

Este México tan vasto, tan propio, tan orgullosamente solitario.   
         
Tres tristes tigres abonando suspiros a su paso por la tierra.

Cualquier historia es buena para retomar el paso me dije un día, y atisbo ahora las nostalgias de aquellos ayeres. El tiempo ha mermado nuestras ansias y nuestras locuras, tornándonos en viejos agrios, con agruras, dispepsias, eructos indisciplinados que se escapan, ¡silenciosas flatulencias!
La gordura en unos casos, ha rellenado nuestras cinturas, la calvicie, y el cabello cano, las arrugas en nuestros rostros.
Triunfadores o decrepitas trayectorias de vida, ¿quién lo sabe ahora? Es tan sólo voltear a ver aquel camino que, tuvimos la oportunidad, de caminar juntos un día. Es rara la amistad, es una perversa. Poder estar ajenos a la vida y de pronto, veinte, treinta, cuarenta años después, y retomar el camino justo donde lo dejaste pendiente.

¡Interpasse!

Cada uno recorrió su sino por donde los vientos le fueron favorables, cada uno vislumbró para sí, una ruta que se fue moldeando acorde al carácter. Tres tristes tigres, que una tarde de lluvia, con el último tiro en el rifle, decidieron hacer al mismo tiempo el disparo.

Apareció a escasos treinta metros, solitario y gallardo, sin duda alguna el jabalí era cabeza de manada. Indiscutible macho alfa. Las piernas fuertes, el lomo arqueado, la cabeza firme. Dos elegantes colmillos adornando el hocico. Pastaba en una tranquilidad indescriptible. Amainó la llovizna. Volteamos a vernos desde nuestros refugios. Nuestras risas y carcajadas desaparecieron. Ninguno de los tres pidió turno. Sabíamos que cada uno contaba con un último tiro en la recamara del rifle. Los tres apuntamos al jabato. Y permanecimos en una quietud irrespirable. El cielo seguía con una terca negrura. Justo al tronido de un estruendoso trueno, las opacas percusiones de nuestros rifles. El jabalí se estremeció. Dejó algunos segundos la labor de comer hierbas, sacudió las gotas de agua de su cuerpo, y dándose vuelta encaminó después a su guarida, perdiéndose entre la maleza. Los tres tristes amigos permanecimos serios escasos milésimas de segundo, para explotar de nuevo en una risa y un lamento. 

-¡Qué malos somos con un rifle en la mano!

Volvimos dos días después de aquel zafarí en Cristóbal Obregón, municipio de Villaflores Chiapas, eran las ocho o nueve de la mañana de un día de domingo pueblerino, subíamos al camión que nos llevaría a la capital. Éramos también los tres únicos pasajeros que subían al paso del autobús, y los tres únicos, digámoslo de este modo, fuereños.  Dos hombres del pueblo pasaron junto a nosotros y una docena de personas entre mujeres y niños siguiéndoles el paso. Los hombres cargaban en andas, maniatado en un palo, al más hermoso jabalí que hubiese visto jamás en mi vida.

-¿Lo cazaron? la pregunta de nuestro amigo a los hombres que se detienen junto a nosotros.
-No, lo hallamos está mañana desangrado en la cañada, al pie de la montaña. Respondieron al unísono.
-Con tres disparos en el pecho. Agregaron y después, retomaron su camino.

El regreso a casa lo hicimos en el más profundo silencio, dormitando por el cansancio. Jamás volvimos a pensar en repetir el zafarí, y ni siquiera, hasta ahora tocamos el punto de la montaña, de la lluvia, de los truenos, y mucho menos, de aquel jabato alfa macho, muerto.



© 2016 By Oscar Mtz. Molina  

viernes, 21 de octubre de 2016

¡No olvides recordar!


Los abuelos. Fotografía, Oscar Mtz. Molina, Tuxtla Gtz. Chiapas

-¡no olvides recordar!, hijo. La voz del abuelo al tomar mi mano en su lecho de muerte.

Había abierto los ojos, justo para verme parado allí, de pie junto a él.

Asentí con un leve movimiento de la cabeza, al mismo tiempo que apretaba con firmeza sus adelgazadas y enjutas manos.

-vino también la nena, la hija de Antonia. Dijo la abuela. Refiriéndose a mí prima.

Ya para entonces el abuelo había cerrado los ojos para siempre, había también aflojado la mano, y sobre todo había callado ¡eternamente!

La nena se mantuvo firme relevándome, sosteniendo aquella mano inerte y sobre todo, aguantando estoica aquel silencio, y aquella mirada ausente.

Lo del sepelio y demás, nos embotó a todos en una espiral de sentimientos encontrados, a cual más entristecidos y con ojos llorosos, a cual más también, con la alegría de haber asistido al abuelo en sus últimos momentos, y sobre todo acompañándonos con la jovialidad permanente de sus anécdotas.

-¡Noventa años!, exclamábamos y parecía que, en cualquier instante, asomaría por allí entre nosotros.

Primero el ir y venir durante la velada en la capilla, la misa de cuerpo presente.

-lo hacemos por ti Maruca. Había dicho por allí uno de los párrocos.

-Porque de este, dijo, señalando con la cabeza y la mirada hacia el féretro del abuelo, no esperaríamos nada en cuestiones de religión y de Dios.

-pero era muy noble. Alcanzó a decir la abuela, en una especie de disculpa y súplica.

Se sirvió café de olla, chocolate. Churros y panecillos mandados a hacer exprofeso. Bolitas de chipilín con queso y tamales de bola, con la misma mujer a la que el abuelo acostumbraba acudir cada sábado por la mañana, desde hacía por lo menos, cuarenta años.
El féretro, y la larga y nutrida concurrencia partimos rumbo al panteón del pueblo, justo a las once de la mañana. Aquel cortejo era solemnemente presidido por la marimba de los hermanos Palomeque. Ancestrales músicos y todos ellos, estrechos amigos del abuelo.
El repertorio era vasto, como vasta había sido la historia del abuelo en aquel pueblo del norte de Chiapas. Una larga fila de indios haciendo sin haberlo planeado, una valla. Ropaje blanco y el sombrero sostenido en la mano, en clara señal de respeto. El silencio que sólo dejaba oír los lamentos de las maderas de la marimba.

-¡no olvides recordar!, hijo. En mi cabeza, el repiqueteo de su último aliento.

Y el repiqueteo también de la marimba. Valses y sones de Chiapas y Oaxaca.

Ayudamos los hijos, los yernos, los sobrinos, los nietos, los bisnietos. Los amigos cercanos y distantes. Todos varones dispuestos en la tarea de cargar la caja con el cuerpo del abuelo. Una larga cuesta hasta llegar a camposanto. La discreción en las mujeres de casa, el llanto sincero. Las miradas brillando en aquellos rostros por obra y gracia de aquel hombre, patriarca de una dinastía empeñada en el bien hacer.
La muerte esperada del abuelo, nos reunió a la familia entera el resto de los días de la semana, y después, poco a poco nos fuimos desperdigando, retomando a cual más el sino que habíamos escogido. Año tras año, navidades o años nuevos, la casa del abuelo recibiéndonos.
La estafeta con el tiempo la tomó mi padre, alcanzó también la nonagésima edad en años. La comida, los antojitos, la vestimenta en la fiesta del rancho, los tamales y las bolitas de chipilín, el café por supuesto. La marimba y los sones chiapanecos. La humedad en las madrugadas y el rocío perene al caer la tarde. Las costumbres, las buenas costumbres que se habían tambaleado en épocas de crisis. La vuelta al terruño, después de haber concluido mis sueños. La jubilación y la historia de un sendero que pareció haberse olvidado de mí. El obligado relevo en la finca cafetalera con una efervescente bonanza del café en la vida del hombre. Mi parquedad y mi gesto adusto. El ceño fruncido, marca permanente de la casa. El detalle de una historia de tres generaciones, encimadas una a la otra. De nuevo el detalle de organizar la vida en torno a las costumbres, a las buenas costumbres. La fiesta del rancho, la comida, el café por supuesto. La música de marimba. La tranquila paz que me llega como a mi abuelo y a mi padre, ahora, en mis noventa años.   
-¡no olvides recordar!, hijo. La voz del abuelo al tomar mi mano en su lecho de muerte. Lo mismo hago con mi nieto.

-¡no olvides recordar!, hijo. Y al final del luminoso túnel, mi padre y mi abuelo, sonriendo. 

-¡Que la toquen hijo, que la toquen!

¡La Martiniana! Gritó mi nieto en cuanto llegó la marimba.

Mi niña cuando yo muera, no llores sobre mi tumba,
Cántame un lindo son ¡Ay mamá!
Cántame la sandunga.

Y el mujerío en coro entonándose para la cantada.

Alma de mi alma, vida de mis amores, si no me cantas me muero, y si me olvidas me matas.



© 2016 By Oscar Mtz. Molina   

viernes, 7 de octubre de 2016

En uno de estos días


Autorretrato. Cd de México, oct. 2016

¡Patético!

Exclamó mi mujer desde la cocina, una vez haber corrido la cortina, con discresión,  para no ser vista por nuestra vecina Patricia.
Había estado fisgoneando los últimos veinte minutos, justo después de haber descubierto que, una vez marchándose el vecino, hizo acto de presencia el señor Antonio, otro vecino.
Arrumacos y caricias con esa libertad que dan los goces de frutos robados, frutos prohibidos.

¡Patético! Volvió a exclamar en franco tono de enojo.

Y siguió en una larga letanía

¡Pendejo cornudo!

¡Señora doña puta!

Y toda una larga fila de improperios.

Yo, sumido en una indescriptible sensación de desasosiego, entre malestar y celos.

-¡déjalos ser, mujer!

A ti que te importa lo que vivan entre ellos.

¡Señor cornudo, señor cabrón, señora puta!

Nosotros a lo nuestro, y punto.

Y lo dije con tanta firmeza y convicción de principios que, pude sentir en aquel ambiente, el franco arrepentimiento de mi esposa.

-tienes razón, viejo. Dijo al fin, tomando sus cosas y marchando a su trabajo. 

Despidiéndose.

-desasosiego, malestar, celos.

¡Te estas pasando Antonio! ¡Te estas pasando! Exclamé al mismo tiempo que extendía el billete al vecino. Consciente en que, tampoco, podía exigirle mucho.

Arrumacos y caricias. Pensaba. Mientras Patricia comenzaba a quitarse la ropa.

-¿qué dice la bruja? Preguntó Patricia.

Que tu marido es un cornudo, que Antonio un cabrón y tú una...
Bueno ya sabes lo que dice.

-¿Sospecha?

-¡naa! Respondí con certeza.

¿Se sobrepasa Antonio? Pregunté con ese escozor de celos en el pecho.

-le dejo que palpe tantito. Para que la bruja vea, y para que a él se le pase la angustia.

¡Cabrón! Exclamé un tanto molesto.

Mientras recorría ya, palmo a palmo aquel cuerpo joven, lleno de vida.
Fuera, Antonio guardaba los mil pesos en su cartera.

Mi mujer en su trabajo seguiría pensando que lo mejor, era olvidarse de los vecinos, y seguir con lo nuestro, y punto.

-Un día de estos te descubren de fisgona, y buena la tienes con el chisme. Había rematado aquella mañana.



© 2016 By Oscar Mtz. Molina

martes, 8 de septiembre de 2015

La cita


Lo he pensado detenidamente y me siento un poco mal por lo que le hice, pero no era mi intención dejarla inconsciente. No debí pegarle en la cabeza. Sólo quería hacerla entender lo importante que es ella para mí, y lo mucho que me duele que los demás vean lo hermosa que es. Ellos no la quieren como yo, no sabemos de lo que son capaces; mi única intención es de protegerla.
No he sabido nada de ella en meses, dejé de hacer guardia afuera de la casa de sus padres por miedo a una denuncia. Sin embargo, la madrugada que intenté buscarla, añorando ver la reconfortante luz de su cuarto a través de las cortinas color naranja, me encontré con la casa deshabitada. No tenía forma de localizarla. Sin pensarlo mucho, corrí al domicilio de uno de sus familiares, que alguna vez visitamos juntos. No fui recibido con buenos ojos. Yo les expliqué lo desesperado que me encontraba, y que daría lo que fuera por hablar con ella. Triangulamos una cita para el jueves a las 5 PM. Aunque tenía mis dudas, no podía hacer más que confiar en que el mensaje le fuera transmitido.
Llegué media hora antes a la plaza donde habíamos acordado encontrarnos. Yo estaba seguro que ella iba a llegar, pero no fue así. Volví a casa, me sentía incapaz de llorarla e idee un sistema para desahogarme: cortar mis muñecas. La sangre corría a través de mis manos, goteaba por mis dedos y se filtraba en la alfombra. Al cabo de un rato, había un olor dulce en la habitación, que apaciguaba mi dolor. Volví a cortar más profundo, pero la sangre dejo de manar al tiempo que me invadía un sueño al que no pude vencer. ¿Acaso sería aquella que venía por mí, a llevarse mi alma con todo y sus penas? Me recosté a esperarla. Al cabo de un rato abrí los ojos y me di cuenta que era de mañana. No entendía qué había hecho mal… Quizás era la señal de que debía seguir intentándolo mientras tuviera sangre. Acudí nuevamente al lugar de la cita, vendado desde las manos hasta los codos y cubierto con una chamarra larga y oscura, ya que cada vez que extendía los brazos volvía a brotar el líquido vinoso, a través de un chorro tan fino como el de una pequeña fuente para aves. Esta vez la distancia se duplico. Llegué jadeante al lugar, me senté en una banca y esperé, pero ella no apareció. Regresé a casa llorando y corté mi cuerpo en nuevos lugares. La sangre volvió a correr con la misma fuerza que antes, pero se detuvo. Así que corté más profundo. La mancha en la alfombra crecía, pero no era suficiente para liberarme de este dolor. Me fui a dormir esperando que esta noche fuera la última.
Cuando abrí los ojos y vi la luz del día, a pesar de sentirme muy cansado, supe que debía acudir a la cita. Me tardé mucho en llegar. Cada que me detenía a tomar aire veía el rastro de sangre que dejaba al caminar. Al llegar al lugar de siempre, miré mi reloj y empecé a contar el tiempo. Esta vez estaba decidido a esperar toda la noche si era necesario. Me senté en el borde de la banqueta y bajé la mirada para ver como goteaba el carmesí sobre mis botas; las vendas empapadas ya no contenían más. En ese momento se presentó una sombra frente a mí, y al levantar la cara, vi al ángel por el que había esperado.

Lorena Noriega-Salas. Nací en el seno de una familia nómada,  atesoramos  historias sobrenaturales acerca de los múltiples lugares que habitamos. Estudié medicina con el deseo de dedicarme a la investigación, y en el camino la cirugía me cautivo; inicialmente viví maravillada por el poder que confiere la cirugía de trauma,  pero con el tiempo, recordando por qué había llegado hasta ahí, decidí regresar al camino de la complejidad, y ahora me dedico a la cirugía de trasplantes, en donde comencé a escribir textos científicos, pero también me di cuenta que por medio de relatos, podía desahogar mi cabeza de toda la realidad que se nos revela constantemente.

martes, 4 de marzo de 2014

Conejillo de indias


Un gesto y un ¡Ay!, fue lo que el diablo obtuvo de Juvenal Baylón al puncionarle una vena del antebrazo derecho; también le extrajo diez mililitros de sangre, los cuales vació de inmediato en un bolígrafo especial con el que se firmó el contrato por el cual Juvenal cambiaba su alma por inmortalidad, riquezas y eterna juventud.

Ese día, el sol brillaba con intensidad en Cancún y la temperatura era de treinta y nueve grados a la sombra; por ello, Juvenal se dirigió a unos de los cubículos que en el interior tenían un cajero automático y una agradable temperatura. Frente al cajero, Juvenal pensó en una cifra: Diez mil, veinte mil; sin embargo, al recordar que el cajero sólo podía darle tres mil pesos por día, fue que tecleó esa cifra. Ya con el dinero en sus manos y la pantalla del cajero preguntando si haría otra operación, Juvenal, pidió que le fuera impreso su saldo. Cuando Juvenal salió del cajero, sonreía y llevaba un papel en la mano izquierda en el que estaba impresa una cifra de más de diez ceros a la derecha.

Con el sudor en la frente, Juvenal, pensó en la playa y en el agua, así que fue a comprar un traje de baño, unos huaraches, un bronceador y se dirigió al club de playa más exclusivo del puerto. Ahí pidió y tomó dos, tres, varios cocos con ginebra, los cuales hicieron estragos en su comportamiento, pues el capitán de meseros, parado frente a él, le pidió amablemente: “Por favor, señor, le agradecería que dejará de molestar a los demás clientes”. Juvenal, asintió con la cabeza y, trastabillando, se dirigió a darse un chapuzón en la playa.

El grado de embriaguez de Juvenal, era tal, que a los pocos minutos de ser llevado de un lado a otro por las olas, gritó en demanda de auxilio. El salvavidas del club de playa corrió en su ayuda, y de no ser un joven sano y fuerte, hubiese muerto en el intento de rescate de Juvenal. Los ciento veinte kilos de peso de Juvenal impidieron que fuera rescatado, y se hundió...

Cuatro horas después, en la arena de otra playa, el voluminoso cuerpo de Juvenal, era apenas movido por las olas. Media hora paso antes de que Juvenal recuperara la conciencia; misma que le hizo recordar el contrato que firmó con sangre: “Vaya, en un sólo día he comprobado que soy rico e inmortal. Ahora sólo falta saber si en verdad seré eternamente joven”. Después de mucho meditarlo, llegó a la conclusión de que únicamente el paso del tiempo le permitiría confirmar su eterna juventud.

Con la tranquilidad que da el dinero, Juvenal, se dedicó a gastarlo en viajes, francachelas, mujeres y vicios; y la confianza que da el saberse inmortal, le llevó a la práctica de los deportes extremos, el manejo de motocicletas y automóviles de lujo a grandes velocidades y al sexo sin protección...

Los días, los meses, los años y cualquier otra forma de compactar el tiempo, llegaron y se fueron, y el vaivén de la vida puso a Juvenal en deslucido hospital, en donde ciego, desnutrido e inmóvil, oye a los médicos, que sin prudencia comentaban frente a él: “Lo conocí cuando yo era estudiante y ya estaba en fase terminal”; “Tiene sarcoma de Kaposi, citomegalovirus y tuberculosis”; “Ochenta y cinco años con sida, ¿puedes creerlo?”.

Juvenal se siente como un conejillo de indias; un conejillo de indias inmortal...