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miércoles, 10 de febrero de 2016

Bebé

Tantos años de trabajo, siempre la misma rutina, me impidieron darme cuenta de que me dirigía rápida y estrepitosamente al abismo de la soledad de la mujer madura actual, sin pareja, sin hijos, sin amigos, y con una familia que te mastica pero no te traga. Y para el momento en que te das cuenta ya estás muy, pero muy adentro del abismo, y lo peor de todo es que tú misma de metiste en él, tú misma ideaste la forma de mantenerte en allí para siempre.

Con esta reflexión caminaba por la calle de Ámsterdam en una sofocante noche de verano, mientras veía a una pareja discutir me sentí parcialmente reconfortada, convencida de que lo que había hecho con mi vida era lo correcto. A lo lejos vi venir un auto pequeño de color azul eléctrico, se parecía a uno de esos carritos de los circos que transportan cantidad inimaginable de payasos. Su marcha era muy graciosa, se atoraba en el empedrado del camellón y salpicaba el agua de los charcos, cada vez más alto. Distinguí en el asiento trasero varias cabezas de niños pequeños que viajaban de pie, jugando. De pronto, el conductor casi pierde el control del carrito, pero mantuvo el equilibro en dos llantas. Una de las puertas traseras se abrió y un objeto cayó dentro de un charco. Agité las manos para llamar la atención del conductor o de los pasajeros, pero el carrito desapareció en la distancia.

Me acerqué al charco a inspeccionar y vi una pierna brillante y rígida, apuntando al cielo. La jalé con fuerza hasta que conseguí poner de pie a un niño hermoso, de aproximadamente 2 años, piel morena, cabello de rizos cerrados, desnudo, que inmediatamente volvió sus ojos negros a los míos. Se llevó una mano a la boca para chuparla, balanceó su torso en semicírculos y me ofreció su mano libre. Caminamos. Por cada paso mío, el chiquillo daba dos pequeños pasos; sus pies planos y descalzos chapoteaban en el suelo mojado. Opté por arroparlo con mi saco y cargarlo para evitar que siguiera pisando el agua. No estaba segura de adónde podría llevarlo, por el momento fuimos a mi casa.

Yo le hablaba y le hacía preguntas sencillas, pero su única respuesta era el chupeteo de su mano. Cuando le insistía que hablara, él se acurrucaba aún más en mi hombro, así que lo dejé en paz. Ya en casa lo bañé, le improvisé una pijama y le di de cenar; al día siguiente trataríamos de encontrar a su familia.

Salimos desde temprano. Aunque lo vestí como pude, el problema de los zapatos seguía sin resolverse. Era extraño para mí andar por la calle con un niño en brazos. Nunca lo había experimentado, y la gente lo notaba. El pequeño también se daba cuenta de las miradas: cuando alguien pasaba cerca de nosotros, se quedaba callado y no se movía absolutamente nada, pero una vez superado el contacto visual, seguía con su acostumbrado chupeteo, acompañado del balanceo de sus pies descalzos.

Fuimos a la estación de policía.  Una vez ahí, algo dentro de mí me dijo que no podía dejarlo. Mi pecho sentía su corazoncito, acelerado a mil revoluciones por el sonido de las máquinas de escribir y las voces fastidiadas de los oficinistas. No estuvimos en el lugar más de tres minutos. Al volver a la calle,  la angustia había en cogido mi corazón hasta reducirlo a una pasa dura y vieja. Si debía entregar al niño a alguien, debía ser a su familia.

De regreso a casa fuimos a una tienda de ropa para bebé. Le compré unos tenis rojos, pero, acostumbrado a mis brazos, se negó a caminar. Pasamos juntos una tarde muy divertida. Por la noche volvimos a salir, con la esperanza de encontrar a su familia en el camellón.

Era un poco más temprano que el día anterior, quería asegurarme de no perderlos de vista esta vez. Caminé con el niño en brazos hasta un evento musical, que estaba por terminar. Cuando el cantante daba las gracias, aproveché para subir a la tarima y pedir la ayuda de la gente para encontrar a su familia. Coloqué al niño de pie a mi lado, y tomé el micrófono: “Buenas noches a todos, quiero solicitar su ayuda para localizar a la familia de este pequeño, lo encontré ayer en este mismo camellón, viajaba en un auto azul...”. Mientras hablaba, me di cuenta que algunos me veían con extrañeza, incluso con repulsión; otros se reían. Me sentí en una pesadilla. Cuando voltee a ver al niño, ya no estaba: en su lugar había un muñeco de plástico, de tamaño natural, vestido con la ropa y los tenis rojos que yo le había comprado. Enmudecí. La gente murmuraba. Estaba a punto de bajar de la tarima sin el muñeco, pero éste se prendió a mi pantalón para evitar que lo dejara ahí. Lo cargué en brazos; él se llevó la mano a la boca y se acurrucó en mi hombro; la muchedumbre se abría a nuestro paso.

Lorena Noriega-Salas

sábado, 24 de octubre de 2015

El asilo en la montaña


En nuestro último viaje, acudimos a un templo religioso que se encontraba parcialmente en funciones, ya que en la actualidad era una atracción turística con visitas guiadas supervisadas por los propios monjes; mismos que nos dieron una breve lista con las recomendaciones de seguridad que debíamos de seguir durante el paseo: cómo sujetarnos del barandal, no separarnos del grupo, etc.
Lo que hace especial a este templo, es el hecho de que parte de su estructura se encuentra dentro de un sólido monolito, adaptado a un sistema de túneles misteriosamente excavados hace cientos de años. Descendimos por una escalera, esculpida de manera grotesca en la piedra, que nos llevó a un complejo laberinto que iba a desembocar en unas catacumbas subterráneas, frías y húmedas, saturadas del eco infinito de las gotas de agua trasminadas desde la superficie. Al término del oscuro recorrido, en lugar de dirigirme a la salida como todos los demás, mi atención se centró en una rampa que conducía a otro grupo de habitaciones de distribución caótica, propiamente en el monolito e iluminadas con luz natural, que en su interior contenían varias camas de piedra. Se trataba de un sitio de reposo para enfermos terminales abandonados.
Gracias a nuestro actual sistema de salud, quienes padecen una enfermedad terminal y no cuentan con suficientes recursos económicos, pueden ser egresados del hospital por máximo beneficio. Pero en la mayoría de las ocasiones, nadie acude buscarlos. A las familias les resulta más barato cambiar el número de teléfono, o incluso cambiarse de casa, que sostener a un enfermo crónico; es como si huyeran de un monstruo.
En este lugar del monasterio, los enfermos terminales reposan en sus últimos momentos de vida, están en paz, no hay ruido que los altere, sólo la voz de la naturaleza; tampoco hay pertenencias, todos cuentan con la misma cama de piedra, un colchón de paja y una manta de costal, recibiendo una grandísima muestra de caridad por parte de los monjes.
A punto de terminar el recorrido clandestino, mi atención se centró en un hombre que estaba aislado de los demás, sentado en la orilla de la cama y mirando hacia el exterior a través de una de las ventanas; para mí fue una gran sorpresa encontrar ahí a mi maestro de la facultad de medicina, el más brillante, el más admirado por todos. Víctima de demencia a sus 55 años, sin familia, ya que dedicó su vida a la enseñanza, rondaba por el lugar brindando apoyo a los enfermos en sus escasos momentos de lucidez, esperando a ser contagiado por la muerte que circundaba el asilo.

Lorena Noriega-Salas.

martes, 8 de septiembre de 2015

La cita


Lo he pensado detenidamente y me siento un poco mal por lo que le hice, pero no era mi intención dejarla inconsciente. No debí pegarle en la cabeza. Sólo quería hacerla entender lo importante que es ella para mí, y lo mucho que me duele que los demás vean lo hermosa que es. Ellos no la quieren como yo, no sabemos de lo que son capaces; mi única intención es de protegerla.
No he sabido nada de ella en meses, dejé de hacer guardia afuera de la casa de sus padres por miedo a una denuncia. Sin embargo, la madrugada que intenté buscarla, añorando ver la reconfortante luz de su cuarto a través de las cortinas color naranja, me encontré con la casa deshabitada. No tenía forma de localizarla. Sin pensarlo mucho, corrí al domicilio de uno de sus familiares, que alguna vez visitamos juntos. No fui recibido con buenos ojos. Yo les expliqué lo desesperado que me encontraba, y que daría lo que fuera por hablar con ella. Triangulamos una cita para el jueves a las 5 PM. Aunque tenía mis dudas, no podía hacer más que confiar en que el mensaje le fuera transmitido.
Llegué media hora antes a la plaza donde habíamos acordado encontrarnos. Yo estaba seguro que ella iba a llegar, pero no fue así. Volví a casa, me sentía incapaz de llorarla e idee un sistema para desahogarme: cortar mis muñecas. La sangre corría a través de mis manos, goteaba por mis dedos y se filtraba en la alfombra. Al cabo de un rato, había un olor dulce en la habitación, que apaciguaba mi dolor. Volví a cortar más profundo, pero la sangre dejo de manar al tiempo que me invadía un sueño al que no pude vencer. ¿Acaso sería aquella que venía por mí, a llevarse mi alma con todo y sus penas? Me recosté a esperarla. Al cabo de un rato abrí los ojos y me di cuenta que era de mañana. No entendía qué había hecho mal… Quizás era la señal de que debía seguir intentándolo mientras tuviera sangre. Acudí nuevamente al lugar de la cita, vendado desde las manos hasta los codos y cubierto con una chamarra larga y oscura, ya que cada vez que extendía los brazos volvía a brotar el líquido vinoso, a través de un chorro tan fino como el de una pequeña fuente para aves. Esta vez la distancia se duplico. Llegué jadeante al lugar, me senté en una banca y esperé, pero ella no apareció. Regresé a casa llorando y corté mi cuerpo en nuevos lugares. La sangre volvió a correr con la misma fuerza que antes, pero se detuvo. Así que corté más profundo. La mancha en la alfombra crecía, pero no era suficiente para liberarme de este dolor. Me fui a dormir esperando que esta noche fuera la última.
Cuando abrí los ojos y vi la luz del día, a pesar de sentirme muy cansado, supe que debía acudir a la cita. Me tardé mucho en llegar. Cada que me detenía a tomar aire veía el rastro de sangre que dejaba al caminar. Al llegar al lugar de siempre, miré mi reloj y empecé a contar el tiempo. Esta vez estaba decidido a esperar toda la noche si era necesario. Me senté en el borde de la banqueta y bajé la mirada para ver como goteaba el carmesí sobre mis botas; las vendas empapadas ya no contenían más. En ese momento se presentó una sombra frente a mí, y al levantar la cara, vi al ángel por el que había esperado.

Lorena Noriega-Salas. Nací en el seno de una familia nómada,  atesoramos  historias sobrenaturales acerca de los múltiples lugares que habitamos. Estudié medicina con el deseo de dedicarme a la investigación, y en el camino la cirugía me cautivo; inicialmente viví maravillada por el poder que confiere la cirugía de trauma,  pero con el tiempo, recordando por qué había llegado hasta ahí, decidí regresar al camino de la complejidad, y ahora me dedico a la cirugía de trasplantes, en donde comencé a escribir textos científicos, pero también me di cuenta que por medio de relatos, podía desahogar mi cabeza de toda la realidad que se nos revela constantemente.