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martes, 4 de octubre de 2016

El perro de Gerión


Gerión. Imagen de Internet


El perro de Gerión, era un perrazo de dos cabezas, y un sólo cuerpo con seis patas, dos de estas, delanteras. 
Una de las cabezas estaba dispuesta a la derecha y la otra a la izquierda.

Era el guardián de los rebaños del triforme Gerión y al que Hércules en su décimo trabajo, de los doce encargados, robó vacas y bueyes.

Era además un perro en extremo agresivo y nervioso, sin embargo me encanta pensar sobre manera, en lo que hubiese hecho la bestia, al haberle soltado de manera simultánea dos liebres, una que corriera a la diestra y otra a la siniestra.




© 2016 Oscar Mtz. Molina

sábado, 1 de octubre de 2016

Amor ciego






La historia de amor más hermosa que conozco es la de aquella bella mujer que, enamoraba a los hombres hasta emborracharlos de pasión y ya perdidos, les arrancaba los ojos con sus propias uñas.
El cuervo, fiel amante, rebosante de aquellos óculos manjares, lucía brillante plumaje.
Después de saciar su hambre, acurrucábase meloso en el pecho de ella.

¡Mujer y ave!
¡Cuervo y hembra!
¡Amor ciego!
¡Cría cuervos, y vivirás eternamente!

Ella, y sólo por si acaso, mantenía vigilante mirada sobre el pico del ave; el ave también prudente, se mantenía pendiente de las afiladas uñas de la joven.


© 2016 By Oscar Mtz. Molina

miércoles, 10 de febrero de 2016

Bebé

Tantos años de trabajo, siempre la misma rutina, me impidieron darme cuenta de que me dirigía rápida y estrepitosamente al abismo de la soledad de la mujer madura actual, sin pareja, sin hijos, sin amigos, y con una familia que te mastica pero no te traga. Y para el momento en que te das cuenta ya estás muy, pero muy adentro del abismo, y lo peor de todo es que tú misma de metiste en él, tú misma ideaste la forma de mantenerte en allí para siempre.

Con esta reflexión caminaba por la calle de Ámsterdam en una sofocante noche de verano, mientras veía a una pareja discutir me sentí parcialmente reconfortada, convencida de que lo que había hecho con mi vida era lo correcto. A lo lejos vi venir un auto pequeño de color azul eléctrico, se parecía a uno de esos carritos de los circos que transportan cantidad inimaginable de payasos. Su marcha era muy graciosa, se atoraba en el empedrado del camellón y salpicaba el agua de los charcos, cada vez más alto. Distinguí en el asiento trasero varias cabezas de niños pequeños que viajaban de pie, jugando. De pronto, el conductor casi pierde el control del carrito, pero mantuvo el equilibro en dos llantas. Una de las puertas traseras se abrió y un objeto cayó dentro de un charco. Agité las manos para llamar la atención del conductor o de los pasajeros, pero el carrito desapareció en la distancia.

Me acerqué al charco a inspeccionar y vi una pierna brillante y rígida, apuntando al cielo. La jalé con fuerza hasta que conseguí poner de pie a un niño hermoso, de aproximadamente 2 años, piel morena, cabello de rizos cerrados, desnudo, que inmediatamente volvió sus ojos negros a los míos. Se llevó una mano a la boca para chuparla, balanceó su torso en semicírculos y me ofreció su mano libre. Caminamos. Por cada paso mío, el chiquillo daba dos pequeños pasos; sus pies planos y descalzos chapoteaban en el suelo mojado. Opté por arroparlo con mi saco y cargarlo para evitar que siguiera pisando el agua. No estaba segura de adónde podría llevarlo, por el momento fuimos a mi casa.

Yo le hablaba y le hacía preguntas sencillas, pero su única respuesta era el chupeteo de su mano. Cuando le insistía que hablara, él se acurrucaba aún más en mi hombro, así que lo dejé en paz. Ya en casa lo bañé, le improvisé una pijama y le di de cenar; al día siguiente trataríamos de encontrar a su familia.

Salimos desde temprano. Aunque lo vestí como pude, el problema de los zapatos seguía sin resolverse. Era extraño para mí andar por la calle con un niño en brazos. Nunca lo había experimentado, y la gente lo notaba. El pequeño también se daba cuenta de las miradas: cuando alguien pasaba cerca de nosotros, se quedaba callado y no se movía absolutamente nada, pero una vez superado el contacto visual, seguía con su acostumbrado chupeteo, acompañado del balanceo de sus pies descalzos.

Fuimos a la estación de policía.  Una vez ahí, algo dentro de mí me dijo que no podía dejarlo. Mi pecho sentía su corazoncito, acelerado a mil revoluciones por el sonido de las máquinas de escribir y las voces fastidiadas de los oficinistas. No estuvimos en el lugar más de tres minutos. Al volver a la calle,  la angustia había en cogido mi corazón hasta reducirlo a una pasa dura y vieja. Si debía entregar al niño a alguien, debía ser a su familia.

De regreso a casa fuimos a una tienda de ropa para bebé. Le compré unos tenis rojos, pero, acostumbrado a mis brazos, se negó a caminar. Pasamos juntos una tarde muy divertida. Por la noche volvimos a salir, con la esperanza de encontrar a su familia en el camellón.

Era un poco más temprano que el día anterior, quería asegurarme de no perderlos de vista esta vez. Caminé con el niño en brazos hasta un evento musical, que estaba por terminar. Cuando el cantante daba las gracias, aproveché para subir a la tarima y pedir la ayuda de la gente para encontrar a su familia. Coloqué al niño de pie a mi lado, y tomé el micrófono: “Buenas noches a todos, quiero solicitar su ayuda para localizar a la familia de este pequeño, lo encontré ayer en este mismo camellón, viajaba en un auto azul...”. Mientras hablaba, me di cuenta que algunos me veían con extrañeza, incluso con repulsión; otros se reían. Me sentí en una pesadilla. Cuando voltee a ver al niño, ya no estaba: en su lugar había un muñeco de plástico, de tamaño natural, vestido con la ropa y los tenis rojos que yo le había comprado. Enmudecí. La gente murmuraba. Estaba a punto de bajar de la tarima sin el muñeco, pero éste se prendió a mi pantalón para evitar que lo dejara ahí. Lo cargué en brazos; él se llevó la mano a la boca y se acurrucó en mi hombro; la muchedumbre se abría a nuestro paso.

Lorena Noriega-Salas

sábado, 24 de octubre de 2015

El asilo en la montaña


En nuestro último viaje, acudimos a un templo religioso que se encontraba parcialmente en funciones, ya que en la actualidad era una atracción turística con visitas guiadas supervisadas por los propios monjes; mismos que nos dieron una breve lista con las recomendaciones de seguridad que debíamos de seguir durante el paseo: cómo sujetarnos del barandal, no separarnos del grupo, etc.
Lo que hace especial a este templo, es el hecho de que parte de su estructura se encuentra dentro de un sólido monolito, adaptado a un sistema de túneles misteriosamente excavados hace cientos de años. Descendimos por una escalera, esculpida de manera grotesca en la piedra, que nos llevó a un complejo laberinto que iba a desembocar en unas catacumbas subterráneas, frías y húmedas, saturadas del eco infinito de las gotas de agua trasminadas desde la superficie. Al término del oscuro recorrido, en lugar de dirigirme a la salida como todos los demás, mi atención se centró en una rampa que conducía a otro grupo de habitaciones de distribución caótica, propiamente en el monolito e iluminadas con luz natural, que en su interior contenían varias camas de piedra. Se trataba de un sitio de reposo para enfermos terminales abandonados.
Gracias a nuestro actual sistema de salud, quienes padecen una enfermedad terminal y no cuentan con suficientes recursos económicos, pueden ser egresados del hospital por máximo beneficio. Pero en la mayoría de las ocasiones, nadie acude buscarlos. A las familias les resulta más barato cambiar el número de teléfono, o incluso cambiarse de casa, que sostener a un enfermo crónico; es como si huyeran de un monstruo.
En este lugar del monasterio, los enfermos terminales reposan en sus últimos momentos de vida, están en paz, no hay ruido que los altere, sólo la voz de la naturaleza; tampoco hay pertenencias, todos cuentan con la misma cama de piedra, un colchón de paja y una manta de costal, recibiendo una grandísima muestra de caridad por parte de los monjes.
A punto de terminar el recorrido clandestino, mi atención se centró en un hombre que estaba aislado de los demás, sentado en la orilla de la cama y mirando hacia el exterior a través de una de las ventanas; para mí fue una gran sorpresa encontrar ahí a mi maestro de la facultad de medicina, el más brillante, el más admirado por todos. Víctima de demencia a sus 55 años, sin familia, ya que dedicó su vida a la enseñanza, rondaba por el lugar brindando apoyo a los enfermos en sus escasos momentos de lucidez, esperando a ser contagiado por la muerte que circundaba el asilo.

Lorena Noriega-Salas.