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sábado, 19 de septiembre de 2015

19 de septiembre de 1985: Terremoto.


Hoy se cumplen 30 años del terremoto que cambió el rostro de la ciudad de México y los que la habitamos. Después de aquel jueves por la mañana, nada volvió a ser igual, y dudo que alguna vez lo sea, al menos para los que nos tocó vivir de cerca aquella experiencia. Retomo este relato-crónica publicado aquí hace cuatro años para que aquellos que no lo han leído se den una imagen de lo que sucedió en el Hospital General de México, donde se derrumbaron la residencia de médicos y la torre de Ginecología y Obstetricia.

A Orlando García RI de cirugía general, al Residente Rockero, R1 de patología; al recuerdo siempre olvidado de las "panteritas rosas", estudiantes de enfermería, que cada mañana tomaban clase en las aulas de ginecología; a la memoria de las más de sesenta mil personas fallecidas en el terremoto de 1985 (aunque las cifras oficiales dijeron otra cosa).

Con la apatía que lo caracterizaba, el doctor Zaldívar dio comienzo a la clase de nosología trascribiendo los apuntes de una libretita anaranjada al pizarrón, mientras los alumnos del grupo 1417 completábamos el proceso de enseñanza regresando a nuestro cuaderno los conocimientos recibidos.
Desde la última fila al fondo del salón, Alejandro Membrillo y yo disipábamos el aburrimiento arrojando bolitas de papel a Eric Hazan y a Jesús Takakashi, o sacudiendo la fila de asientos delante de nosotros para que Magda Enríquez y Verónica Alcalá se equivocaran en la toma de apuntes.
Cuando llegó la primera sacudida del temblor, creí que Alejandro había cambiado el objetivo de sus bromas. Al confrontarlo, él pensaba que era yo quien lo movía. «Está temblando, güey», le dije con la tranquilidad que se adquiere de vivir tantos años en el onceavo piso de un edificio de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco.
―¡Está temblando! ―gritó Patricia.
―¡Está temblando! ―coreó el grupo entero, entre burlón y sorprendido.
            Alertado por el parloteo de los alumnos, el profesor Zaldívar recogió con celeridad sus apuntes y los metió en el portafolios. Luego salió corriendo del salón, relegando en cada uno de nosotros la responsabilidad de salir indemnes de aquel trance.
Ante la cobardía demostrada por el hombre de mayor jerarquía dentro del salón de clases, de pronto no sabíamos si seguir su ejemplo o esperar tranquilamente a que pasara el temblor. Fue la súbita oscuridad que pobló el salón la que terminó de atemorizarnos y nos hizo buscar la salida.
Para ese momento, la magnitud del movimiento telúrico se había incrementado a la par de nuestro miedo. El sonido retorcido que escapaba de entre las hondas entrañas de la tierra daba la sensación de que en cualquier instante ésta abriría sus fauces y nos tragaría. También estaba el ruido que producía la madeja de bancas, moviéndose desordenadamente y complicándonos más la salida.
Cuando al fin alcanzamos la puerta del aula, fue impresionante ver al doctor Zaldívar y al resto del grupo unidos en un rezo frío y desesperado. Aquella extraña y espontánea comunión no podía ser un buen presagio, me dije. Como tampoco lo era ver que, al otro lado del andador, a escasos treinta metros de nosotros, la torre de Ginecología y Obstetricia se debatía en un vaivén que por momentos contrariaba peligrosamente la fuerza de la gravedad. Los gritos de terror proferidos por la gente atrapada en el edificio, el sonido de los ventanales a punto de estallar, el crujir de la estructura al descuadrarse… eran cosas para las que no estábamos preparados.
―¡Se va caer! ―gritó de pronto Patricia, histérica, apenas controlada por los brazos tensos de Mario.
Como arrastrado por el vaticinio terrible de Patricia, en su balanceo el edificio se inclinó más todavía en dirección hacia nosotros, pero esta vez ya no hubo marcha atrás, y se desplomó. Quise huir, pero sólo fue un pensamiento vertiginoso que cruzó por mi cabeza. El estruendo y una nueva oscuridad se fundieron con la irrealidad. Si el tiempo antes parecía transcurrir en cámara lenta, la sensación de ahogo y sofoco que me envolvían me hicieron suponer lo peor: que la torre de Ginecología y Obstetricia había caído encima de nosotros, obstruyendo la puerta, y que de un momento a otro el aula también se vendría abajo, aplastándome. Tenía que salir de ahí inmediatamente si quería salvar mi vida. A tientas conseguí llegar hasta una pequeña ventana en el extremo opuesto del salón y rompí los cristales… No contaba con los barrotes de protección que impedían mi salida. Desesperado, comencé a patearlos.
―¿Estamos todos? ―reconocí la voz temblorosa del profesor Zaldívar.
―Falta Manuel, creo que  estaba detrás de mí ―advirtió Alejandro.
Una claridad ceniza asomaba por la puerta del aula. Afuera, cubiertos de polvo, mis compañeros parecían espectros. Algunos lloraban, otros rezaban, sin alcanzar a comprender lo sucedido. A todos nos embargaban emociones encontradas, de agradecimiento por sabernos vivos, de impotencia al contemplar que, a diez o veinte metros de nosotros, estaban las ruinas de lo que unos minutos antes fuera la torre de Ginecología y Obstetricia del Hospital General de México.

Entonces ignoraba que aquello era apenas una pequeña muestra del desastre, que a menos de cuarenta metros de ahí también se había derrumbado la residencia de médicos, que unas horas adelante al caminar de regreso a Tlatelolco, donde se cayó el edificio Nuevo León, asistiría al infierno en que se había convertido el centro de la Ciudad de México. No, aquello apenas era el principio… y comencé a llorar.

miércoles, 29 de abril de 2015

La residencia (XXVI) : La pinche araña


La Araña amaneció con el pelo estropajoso y un humor de los mil demonios. Antes de siquiera de mirarse en el espejo, lo estrelló con el tacón de su zapato favorito. Luego, con amañado desdén, arrojó el zapato por la ventana.
Para la Araña, éste era un día común y corriente (un poco más de lo uno, un poco más de lo otro, en realidad tampoco le importaba) y la agresión a dos de sus objetos preciados no era más que la secuencia de una cadena de fingido aprecio. La hipocresía era su mejor arma. Asesina en potencia, todas las mañanas, olvidando los placeres de la víspera, no tenía reparo en partirle su madre a cada objeto a su alcance. A lo largo de su vida, hombres y mujeres habían huido de su lado no por su fealdad, sino por el peligro que representaba en momentos como aquellos. Quienes la conocían, al verla venir por la acera no dudaban en dejar de lado su valor y bajarse de la banqueta, aun exponiéndose al riesgo que conlleva caminar entre los automóviles. Siempre será mejor una prudente distancia de por medio, aseguraban. No obstante, sé de un intrépido que invocó al demonio, que después de beberse el octavo caballito de tequila dijo que él sí había dejado el miedo atrás, se había armado de güevos y una noche la abordó en la esquina de su casa, cuando la Araña regresaba de su trabajo. Para su sorpresa, la Araña lo invitó a entrar a su casa. El lugar era por demás lúgubre; el largo pasillo de cantera despedía un olor a humedad y tierra añeja, como de camposanto, y un sonido profundo los acompañó hasta llegar a la sala. Cuando las primeras luces de un candelabro se prendieron, no fueron capaces de disipar las sombras en su totalidad, pero la mezquina luz fue suficiente para que él, el atrevido hombre valiente, se percatara de cada misterio encerrado en esa vieja casona. Los millares de cristales esparcidos por todas las orillas de la sala le permitieron entrever que esa mujer odiaba los espejos, pero que al mismo tiempo había algo en su interior que la llevaba a, después de destruirlos, proveerse de nuevos espejos. Del techo descendían gruesa y viscosas crines, formando una red sin orden, entrecruzándose, enlazándose. Luego como la impaciencia ya nos agobiaba—, nuestro camarada el valiente nos contó la historia de amor más fantástica:
¿Que cómo logré escaparme? Cabrones: yo iba preparado mentalmente para todo, y jamás  cerré los ojos, ni aún cuando me la estaba mamando. Siempre los tuve bien abiertos. Y cuando estaba terminando por décima vez, los tentáculos ya descendían del techo, para envolvernos. Traté de separarme de ella bruscamente, pero su cuerpo viscoso, sus pies cruzados sobre mi espalda, sus brazos aferrados a mi cuello parecían no querer separarse de mí... ¡Entonces sí que sufrí!, pues veía esas hebras gigantescas caer sobre nosotros. Pensé que quedaría atrapado como una mosca entre la telaraña, y todo por cusco. Pero logré huir, dejándola sumida en su orgasmo...
Por supuesto que no le creímos, pero nos hicimos los apantallados.
Luego, con el tiempo, hubo otros intrépidos que aseguraban haber logrado huir de la viuda negra, hablaban de osamentas abandonadas en los rincones más distantes de la casa, aún con un rictus de placer grabado en los huesos de la cara, de olores nauseabundos, de putrefacción que indicaba la cercana presencia de una carne en descomposición. Es más, hubo quien dijo ver al través de un ojo de una cerradura un cementerio en el que un mundo de arañas violaban las cuencas de los ojos de incontables calaveras.

Por eso, cada mañana, cuando la Araña aparecía entre nosotros, nos guardábamos mucho de acercarnos a ella. Cuando por alguna indicación éramos llevados a su presencia, manteníamos el más solemne de los silencios, asintiendo a cada expresión suya, procurando no contrariarla, porque sabíamos que una opinión encontrada liberaría su cólera. Siempre le dijimos que sí a todo lo que nos propuso, y vivimos muy felices bajo su mandato.

lunes, 5 de enero de 2015

La residencia (XXV): Carta a los Reyes Magos, invierno 1990-91


Probablemente a estas alturas del año mi gato favorito ya ha muerto víctima del hambre o devorado por sus terribles pulgas. O quizás haya corrido con mejor suerte y tras sortear la muerte en este momento deambule por las casas de su obligada comunidad mendigando ya no posada, sino un trozo de carne corrompida o un tazón de leche bronca. O en el peor de los casos, hurgue a escondidas en las sucias cocinas y lama los platos o cualquier superficie con olor a comida. Cualquiera que haya sido su destino, le deseo a mi gato desde aquí lo mejor, y quiero decirle con el corazón palpitando todavía entre mis costillas que no he olvidado la antigua promesa de volver un día por él. Es cierto que en un momento de emocional arranque prometí que sería al término de uno, dos, tres o cuatro meses, y que, llegada la oportunidad, de ninguna manera le reprocharía su vicio de infestarse de pulgas. Que le aceptaría con todas sus desfachateces: su mal hábito de cagarse dentro de las habitaciones, subirse a la mesa y devorar los restos de comida como si yo no le sirviera la suya. Y desde luego, para remarcar el dicho de que “sucede hasta en las mejores familias” sería bienvenida con su posible embarazo (porque Azul es hembra, y a pesar de su corta edad, es algo despierta...).
A pesar de la distancia que nos separa y lo ingrato de nuestros destinos—, retomo la añeja promesa que le hice, y purificado por el espíritu navideño, y el deseo de ser aliviado de los pecados viejos, y anhelando la contrición a que nos obliga el año nuevo o las pascuas, ya no me acuerdo, me propongo de todo corazón volver a la polvorosa y fría comunidad de Donicá, del municipio de Amealco, Querétaro a buscar el rastro de la única e inconfundible Azul. Es más, echando mano de mis credenciales religiosas y mi espíritu infantil, será el punto número uno a tocar en mi próxima carta a los Reyes Magos, ¡lo juro!


Primer deseo

Queridos Reyes Magos:

Como su fiel seguidor desde que tengo uso de razón, me considero con la confianza suficiente para pedirles deseos que quizás nada tengan que ver con aquellos que año con año solicitan las multitudes de chiquillos terrenales. Pero no se sorprendan ni se angustien, que no se trata de perversiones o deseos exóticos. No tengo el mínimo interés en viajar por el espacio exterior en un medio diferente a los convencionales, tampoco quiero que me presten sus monturas para apantallar a mis cuates.
Por eso, si el conflicto del Golfo Pérsico les permite guiarse en el desierto a través de únicamente una estrella (y no extraviarse con la penetrante luz de los misiles norteamericanos o iraquíes), me gustaría que se dieran una vuelta por los lugares por donde deambulé el año pasado; que vayan una noche a la casa de doña Mary y, sin hacer ruido para no despertar el cansado sueño de Lobo, pasen a la cocina o busquen sobre el tapanco del portal a mi querida gata Azul. No se alarmen, hasta hace un año no había más gato en esa casa que el mío. Por otro lado, sus señas particulares son inconfundibles (aunque dudo que ustedes lleguen a necesitar de peritos dibujantes de la Procuraduría): es negra, ojos amarillos; al caminar posee el garbo de los gatos de buena clase (su madre era una siamesa caída en desgracia); su rabo es tres cuartos el normal, gracias a una tara genética que las generaciones no han sido capaces de diluir. Pero... creo que a ustedes no hay por qué darles tantas explicaciones, pues por algo son reyes y además, magos. Sin hablar de la gracia divina a la que sirven desde hace siglos. Así pues, queridos Reyes Magos, quiero que me traigan a Azul, o que de menos le lleven un ramo de flores a su alma, independientemente del antro de vicio en que se encuentre, si ya murió, y que le hagan saber que continúa en mi mente la promesa de volver por ella algún día. Sigue vigente su recuerdo. Gracias.


Segundo deseo

Queridos Reyes Magos:
Después de portarme bien durante todo el año, considero que no es abuso de confianza pedir un segundo deseo. Por lo demás, reconozco que ustedes son tres y que mi actuación durante el año que termina fue buena, por tanto bien merece un triple obsequio. Por lo que me concretaré a pedir los deseos y para no provocar conflicto en la relación de amistad entre ustedes, que han durado 1990 años, dejo a su buena democracia la elección de quién me trae qué cosa. Así no muestro preferencia o partidismo por ninguno.
Queridos Reyes Magos: no deseo que me traigan juguetes, porque la verdad, no dispongo de mucho tiempo para jugar, y en segundo lugar, porque mis primos y sobrinos pueden aprovecharse de mi ausencia para hacer uso indiscriminado de ellos. ¡Los conozco desde niños a los cabrones! Esto en verdad no me molesta, pero me enfurezco cuando alguien daña lo que es mío. Pero, sobre todo, me encabrona que después, queriendo saber qué fue lo que ocurrió, pregunte: ¿Quién hijos de la chingada agarró mis cosas? Silencio; el puto silencio que en lugar de tranquilizar lo pone a uno más de malas. Luego vienen los trancazos, las mentadas de madre, los desgreños y las enemistades que tanto daño hacen a la gente. Luego, lo que fuera un regalo celestial se convierte en el pretexto o la justificación para que caiga un veto a los deseos (o el incumplimiento de ellos) para el próximo año. Pero por si acaso traen entre sus curiosidades algo de fayuca, les encargo unos buenos cassettes, o si no es un atentado a sus posibilidades, acepto de buena manera un stereo con compat disc. Y prometo prestárselo a mis primos y hasta a mis vecinos (para que vean que no soy díscolo; prometo subir el volumen hasta el 7 para que la música se escuche dos pisos arriba y dos pisos abajo, y en los dos pisos de enfrente y en los de al lado). Gracias. Me portaré bien los tres días que sobran del año, para que no haya quejas o pretextos para que ustedes, como es su costumbre, incumplan.


Tercer deseo

Queridos y amados Reyes Magos:
Quizá la petición de tres deseos les parezca un chiste de mala madre (como los que se le piden siempre a los genios: tres deseos...), pero les aseguro que en mi mente no hay ninguna idea oscura. ¡Todo surgió entre la inocencia y el ambiente decembrino! ¿Les confío un secreto? Por más reacio que yo sea, siempre hay algo de este mes y de principios del próximo año que se cuela entre mis poros... pero no es precisamente el ponche, los aguinaldos, las piñatas ni los regalos de Navidad, el fin de año, los reyes o un cumpleños. No, es el espíritu de la Navidad que anda flotando en todas partes; que sale tanto de la radio después de anunciar muebles, ropa, vinos, comida; que te grita desde el lado opuesto de la acera: ven, cabrón, ven aquí adentro todo está de poca madre, ya no sigas caminando, no te canses inútilmente, no hagas andar más cuadras a tu abuela, no desgastes los zapatos que con tanto trabajo te compró tu santa madre. Y por la noche, cuando el tedio te abruma y el cansancio te corrompe, te ofrece una deliciosa bebida, invitándote a refrescarte...y a reflexionar...
Este es el espíritu que me envuelve, queridos Reyes Magos... y es precisamente esta reflexión la que me hace solicitar otro deseo. Pero lo hago en voz baja, casi en silencio.... ¿acaso porque que el frío de estos días me ha provocado laringitis? No, no es el caso. ¿O es que alguna vez fui esclavo y mi amo me cortó la lengua? No, nada de eso. Ni jamás delaté a nadie, puedo asegurarlo, ustedes mejor que nadie lo saben, Reyes Magos. ¿Acaso miento? No, tampoco.
Pero mi deseo será en voz baja, ¿está bien?
(Bajo la voz del pensamiento, veo a todos lados: nadie me espía. Estoy solo y mi alma.)
Reyes Magos: deseo que a algunos hijos de la chingada (cuyos nombres no menciono por razones políticas) no les traigan nada. Porque, simplemente, y a pesar de lo que ellos puedan escribir en sus cartas, no se han portado bien, y eso ustedes lo saben mejor que nadie. ¿Cómo podría yo engañarlos? ¿Qué buscaría con eso? Nada, pues ya externé dos deseos, y además desaprovecharía un tercero, que podría ser transformado materialmente (claro, previa decisión de ustedes), ¡en fin!, sólo deseo que ustedes hagan conciencia y por un instante se liberen de su espíritu benefactor y se vuelvan críticos, que sean estrictos. Quien merece, merece; los demás, a la chingada. No pido que les vaya mal, pero si los atropella un carro, o se les cae un bote de pintura en la cabeza, o les dicen que se ha extraviado su quincena, no me disgustaría en absoluto. Sabría que ustedes se embarcaron en una causa noble, y esto provocaría en mí una admiración todavía mayor hacia sus personas. ¡Reyes échenle ganas; tengo puestas en ustedes todas mis esperanzas! Gracias. Nos vemos el día 6 de enero.


martes, 9 de diciembre de 2014

La residencia (XXIV): Abismo



Nació del vientre de la tierra, porque fue imposible que algún otro vientre tuviese la tranquilidad para germinar, albergar y parir tan monumental desgracia. La noticia se propagó. Pronto no hubo animal que no temiera cruzarse en su camino. Las especies más pequeñas —siempre vulnerables—decidieron dejar el territorio y desaparecer. La vida, que aún tenemos, ha de ser lo más preciado, decían. Algunos animales llamaron a consejo, y aun los no muy ancianos, pero nada pendejos, votaron por unánime para que aquel adefesio se uniera a su gremio. No habría de pasar mucho tiempo para que ocupara, y escalara, puestos de mando. 

sábado, 15 de noviembre de 2014

La residencia (XXIII): Lavado bronquial


A la memoria del Dr. Francisco Fernando Girón Solórzano, expresidente de la Asociación de Médicos Escritores de Guatemala, amigo que gustaba de darse una vuelta por esta página.


El recién nacido nada sabía del Marqués de Sade o de Dante y La Divina Comedia, pues a pesar de hablarse de libertad de expresión y otras estupideces, éstas eran lecturas prohibidas en las bibliotecas celestiales. Pero, como buen humano y poseedor de ese instinto previsor de los malos tratos y los infortunios, si aquellos no hubieran existido, seguramente él los habría creado. "Desde luego, de contar con unos cuantos días más de vida", se decía al ver que el pediatra agregaba otro centímetro de solución fisiológica a su cánula endotraqueal y la pesada mano de la enfermera, armada con un monstruoso ambú, impulsaba el líquido dentro de sus pulmones. Las oleadas descendían furiosamente, arrastrando a su paso peñascos de moco. Una sensación de ahogo y explosión inevitables se apoderaban del neonato a cada segundo.
Ahora hay que aspirar escuchaba decir a una voz lejana, como la de la misma muerte, y cuando el agua amenazaba con terminar su ahogamiento, el mar se iba alejando, aspirado por una fuerza suprema. La vida volvía lastimosamente al convulso cuerpo, para principiar nuevamente dos, tres, cuatro veces... cuantas veces fuera necesario.
Los cantos de Maldoror de Lautréamont habrían sido un buen principio...


viernes, 10 de octubre de 2014

La residencia (XXII): El telescopio


El telescopio abrió sus grandes ojos grises y enfocó el espacio inconmensurable. Un diminuto punto centelleó a la distancia, quizá alcanzado por la luz de un sol desconocido. Lo vio moverse borrosamente, iniciar un crecimiento desesperado. Pero la imagen proyectada sobre sus retinas tenía forma y magnitud desconocidas, era una masa amorfa. Sus belfos bufaron; una capa de vaho espeso alcanzó su frente, empañando sus cristales.
—¡Chingada madre! —apretó los párpados, parpadeo diez veces, puncionó desesperadamente sus sienes, pero no conseguía corregir el enfoque.
—¿Qué dijo, doctor? —estalló a una voz.
Los ojos del telescopio se retrajeron dentro de sus cuencas. Al abrirlos, se encontró frente al médico adscrito, que lo miraba con cara de pocos amigos.
—Si quiere, vuelvo mañana para que me presente a su paciente, doctor…
—Dísculpeme, doctor…
Y el telescopio abrió sus grandes ojos grises y enfocó el espacio inmensurable de la cama 1142.

martes, 23 de septiembre de 2014

La residencia (XXI): Salinoféresis


Antes que el chiquillo iniciara el viaje definitivo, el guía espiritual le habló un poco de la medicina oriental “donde los enfermos curan a base de piquetes en sitios específicos del cuerpo. La llaman acupuntura, y libra a los humanos de sus males orgánicos y psíquicos”. Pero el chiquillo pronto se olvidó del asunto y centró toda su atención en su próximo nacimiento. “Porque, pensó, después de todo, mi lugar de origen está al lado del mundo”.
Ahora, cuando la undécima aguja se clavó despiadada sobre el dorso de su mano, en busca de una vena, el neonato no supo diferenciar si el dolor era provocado por la punción del catéter o por la firmeza de la tenaza que le frustraba todo movimiento.
—Tranquilo, mocoso, ya sólo falta un recambio de 50 mililitros dijo su ejecutor entre dientes. 
El escuincle trató de gritar que él estaba más sano que un tlacuache y que no quería ser sometido a ningún tormento de medicina oriental. Pero era inútil: solo conseguía emitir un chillido incomprensible.
Maldijo en silencio cuando la duodécima aguja perforó su piel.

jueves, 7 de agosto de 2014

La residencia (XX): La Magorila


La Magorila nació un día como quien es abandonado a su propia desgracia en la puerta de un convento o tirado en un basurero. Pasó tres noches sin entender qué sucedía, pues de nada sirvieron las clases en la escuela de neonatos celestiales: jamás entendió una sola palabra de lo que un arcángel-profesor se empeñaba en recitar; inútiles fueron los pellizcones o jalones de greñas, o demás métodos educativos instituidos por los discípulos del Marqués de Sade, y menos las puntiagudas orejas del ejemplar burro que nunca faltó como adorno del aula. Finalmente, el instructor consideró que todo intento de enseñanza era una pérdida de tiempo, y decidió mandarla a la Tierra en un parto anticipado. Y así, de la nada, de ningún óvulo fecundado por un espermatozoide, nació la Magorila: un callejón citadino fue su madre y padre. A la cuarta noche, cuando la hipoglicemia y el frío mellaban su monumental figura, tuvo un lapso de iluminación e intercambió palabras y bufidos con un par de perros callejeros que pepenaban entre los desperdicios.
—Aggghhh —dijo la Magorila—. ¿Es común que en este mundo los niños nazcan en basureros?
Los niños no contestó el mas valiente de los pepenadores, un perro flaco y huesudo, con gestos cantinflescos. Desde luego, siempre que no sean hijos de miserables.
¿Y entonces qué hago yo en este lugar?
Hermanados a las hienas, los perros soltaron la carcajada. Gruesas gotas de saliva animal salpicaron el rostro de la recién nacida, que no entendía ni puta madre.
¿Eres pendeja o te haces? se envalentonó el perro más flaco.
Y se escuchó una nueva carcajada.
Quizás eres el resultado de una relación enfermiza...
de una vaca con un gallo...
de un zorro con un asno...
de un humano con un chapulín...
o de un gorila con un oso...
Un llanto lastimero se dejó escuchar.
Pero no debes llorar la consolaron los perros, reconociendo que se habían pasado de lanza, en esta vida si no eres un bastardo posiblemente ya estás muerta; o eres solo una masa de excremento de alguien que hizo sus necesidades apresuradamente... Anda, apártate de nuestra vista, que ya bastante tiempo nos has quitado con tu absurda filosofía.
Y se alejaron, riendo con la mediocridad más propia de hienas, que de perros callejeros.

martes, 22 de julio de 2014

La residencia (XIX): Sesión académica


El profesor levantó sus ojos cadavéricos al cielo y un filosófico reproche emanó de sus pútridas entrañas. Fue una especie  de científica maldición que nadie en el presidium  trató de entender (pues era de todos sabido que el lenguaje de los hombres sabiospedus era incomprensible para el resto de los mortales). Luego dejó escapar una retahíla en la que trasportaba al susodicho erretrés desde su origen humanoide hasta la intersección prehistórica pediatrus generalus. Llevado por la ligereza incuestionable de su lengua, el profesor lo confrontó con su origen divino y extraterrestre. Pero el erretrés en cuestión hacía rato que había dejado de prestar atención a las palabras del decano; de vez en cuando, unos sonidos guturales lograban introducirse en la maraña de sus pensamientos adormilados. Hacía más de hora y media que se concentraba exclusivamente en la habilidad de aquella lengua reptiliana para decir estupideces.

viernes, 27 de junio de 2014

La residencia (XVIII): Las tijeras están en el quirófano

Se armó la revolución: la obstetra frunció el ceño, hurgó intempestivamente debajo de los campos quirúrgicos y, al borde de la histeria, volvió a preguntar:
¿Seguro que no están entre el material?
La instrumentista, ojillos de ratón hechizado, repasó mentalmente la cuenta del instrumental a su cargo. No, las tijeras no aparecían por ninguna parte.
La obstetra metió la mano a la cavidad materna, estrujó el útero, pellizcó en su prisa una tripa despistada y miró con furioso rencor al residente que la ayudaba en la cirugía.
¿Dónde demonios las dejaste, Castro?
Yo ni siquiera las agarré, doctora...chilló el residente cual osezno asustado. 
A cada segundo transcurrido, la respiración de la obstetra se hacía más difícil al interior del quirófano. Su última esperanza, los benditos rayos x, demostraron que, efectivamente, las tijeras no se encontraban en la panza de la parturienta ni se las había tragado el neonato. Por lo que se procedió a cerrar a la madre, y a no abrir al recién nacido.
A ver dónde aparecen después.


Nota de un camillero metiche: Las tijeras sí estaban en el quirófano, o al menos ahí estuvieron un buen rato, después se supo que el residente de ginecoobstetricia, supersticioso y temeroso de las brujas (la señora por operar era de San Francisco del Rincón, Guanajuato), tomó de la crilera las tijeras y, sin que nadie lo viera, las colgó con tela adhesiva detrás de la puerta. Pero también se supo que la bruja, conocedora del antídoto para alejarla de ahí, entró por la puerta de la sala contigua, las descolgó y las arrojó a un bote de basura, rompiendo el hechizo. Después, tranquila y maligna como era, se dispuso a operar. De alguna manera, el bisturí y el resto del instrumental, pero sobre todo su pericia, realizarían el trabajo.

jueves, 5 de junio de 2014

La residencia (XVII): Segunda variación sobre el hijo de puta


Su extravagante y prolongada nariz, abandonada en medio de una cara huesuda y cubierta por una exacerbada calva, incitaba a depositar en ella un fuerte y efectivo putazo. Con esto, de ninguna manera se agredía a un anciano, como podría pensarse, sino a un hombre de mediana edad y dudosa reputación. Ante tales argumentos, de ninguna manera podríamos hablar de una agresión: una cara ladina, sin importar si es la de un médico o no, necesariamente invita a hacerse justicia por propia mano. No por lo que haya sucedido, sino por todo lo que podría venir después. Dice el consenso general que no se debe prejuzgar al prójimo. Yo agregaría: excepto si ese tal prójimo es un hijo de puta.


jueves, 29 de mayo de 2014

La residencia (XVI): Resfriado


Los vi acurrucados en el rincón de siempre. Había en su expresión algo que no correspondía a su fisonomía característica. Posiblemente sea el tedio que lleva a cuestas el transcurso de una semana pesarosa, o que ahora, después de una larga y tormentosa noche, la pesantez del sueño desplome sus párpados desvelados.
A ver, cabrones, vengan acá silbé, como todas las mañanas, con ese sonido de serpiente tan característico al que los tenía acostumbrado. No se movieron. ¡Vaya!, pensé, un tanto sorprendido. ¿Qué les pasa a estos hijos de la chingada?
A ver niños, ¿quieren que les cante una canción de cuna o qué?
Nada. Su mutismo y estatismo iba más allá de cualquier broma. En conclusión: había algo que no funcionaba.
Preocupado, caminé descalzo hasta mi par de viejos tenis Le Coq. Estiré la mano y los toqué. Mi sorpresa fue mayúscula: ¡Ardían en fiebre! ¡Maldita sea!, rezongué. ¿Por qué demonios los lavé a media semana?
Ahora pagaría las consecuencias: acudir descalzo al hospital.

jueves, 15 de mayo de 2014

La residencia (XV): Los niños que vienen del Cielo


I

La luz roja se prendió tres veces en el ojo izquierdo de la cigüeña y por el altavoz se escuchó la voz del Señor: “En cinco segundos, llegarás a....” y un coro de ángeles inició gregorianamente la cuenta regresiva. Cuando el conteo estuvo en cero, la cigüeña echó una última mirada al paquete. ¡Tantos años transportando para la compañía Cigüeñaire du Ciel! Ahora sólo era cuestión de terminar la entrega y después la feliz jubilación. Por eso contrariamente a los principios de la compañía, volvió sus ojos rojos, como si hubiera estado fumando marihuana toda la noche, para observar por última vez en su vida profesional, la neonata carga...


II

Por enésima vez la Gordamadre hizo acopio de fuerza. Su rostro jugueteó del rosa al rojo al morado al azul profundo, mientras gruesas gotas de sudor rodaban como aludes por su cara, arrastrando todo fenotipo humanoide. Un pujido más, trataba de concentrarse, pero sus pensamientos revoloteaban en su cerebro como oscuros zopilotes a la espera del deceso de su presa. Un pujido más… y la cosa no andaba para ningún lado. Hacía ya media hora que había empezado a desesperarse, y en este momento sus angustiadas manos no tenían sitio sano que explorar, por lo que se aferraron al campo azul marino que cubría la mesa de expulsión. Sus pies, sujetados fuertemente por las correas de piel de cerdo, hacían desesperados esfuerzos por liberarse y patear la cara del internobstetra, pero lo único que conseguían era que las correas se clavaran en su carne edematosa cual colmillos de una fiera hambrienta.
¡Ya no, dios mío, ya no! ¡No aguanto más! y su cuerpo se retorcía  sobre la mesa como una gruesa babosa atada a un comal ardiente. Rítmicas y disparatadas convulsiones iban desde las agudas puntas de su pelo gelificado hasta las retorcidas uñas de sus pies. Algunas veces, después de la convulsión lograba calmarse, permaneciendo inerte unos siete u ocho minutos, hasta que pasaba el periodo postictal
Era este tiempo el que aprovechaba el internoobstetra para relajarse y dar descanso a sus atolondrados sentidos. Era el tiempo necesario en que podía prestar serenamente atención a la eterna disputa entre su demonio y su ángel de la guarda. Firmemente posesionado cada uno de su respectiva oreja, contaban largas y excitantes historias, tratando de ganar su atención y que olvidara la de su rival. En este momento, el diablillo llevaba la delantera con una narración eróticosicodélica en la que el protagonista (alter ego del internoobstetra, desde luego) se enfrentaba en un combate lúdicoesquizofrénicosadomasoquista con la estrella rock del momento: Sex Madonna Punk. Y de continuar las cosas como hasta ahora, la historia no podía terminar en la cama.


III

La cigüeña pasó de largo por enésima vez, ignorando las instrucciones del controlador de vuelo, que volvió ordenar con insultos la entrega inmediata de la carga. La cabeza le daba vueltas. Prendió un cigarro para mantenerse despierta. Allá abajo, la ciudad se veía como un montón de pequeñas lucecitas multicolores “como si el cielo hubiera cambiado de lugar, y todo el universo se hubiera apretujado”. Y siguió volando, en su intento por prolongar lo inevitable. 


IV

En una habitación del Cunero Celestial, el pequeño Cocús estuvo de acuerdo en no tomar el vuelo que lo llevaría a su nuevo hogar.
Aquí se está de poca madre le había dicho el pequeño Walterio, un minúsculo feto blanquecino de pelo rubio. Ni dan ganas de marcharse.
Además, para esta noche hemos preparado un reventón que estará de primea había agregado el Rompecorazones Bazae, mientras afinaba su guitarra.
A final de cuentas musitó Tanamast Bronson ¿cuándo un miembro de la Cofradía ha pedido permiso a nadie?
Solemne Primero se encogió de hombros:
A mi no me metan en sus broncas, pero los acompaño en su desmadre.

De la nada apareció una botella de ron que Pedrozoa el Bailador había introducido ilegalmente a las suites del Cunero Celestial.

viernes, 2 de mayo de 2014

La residencia (XIV): Castigo divino


Para mi hija Ireri,
en su nacimiento;
para el doctor Pedro José Delgado,
para todos los anestesiólogos,
que después de leer esta historia
sabrán su origen.



Cuando Dios juró por sí mismo que la mujer, al  comer del fruto prohibido y arrastrar al hombre en su desobedienciaestaba condenada a sufrir eternamente los dolores del parto, el Ángel Oscuro escuchó con preocupación la terrible sentencia. Por siglos, la dulce victoria del Edén se convirtió en un triunfo amargo que le agriaba aún más su irascible carácter. En ese entonces, como ocurre ahora, la rivalidad entre el Creador y el Maligno no tenía límite. Por eso, éste buscaba a toda costa la manera de revertir la sentencia, y fastidiar a su rival.
¾Además ¾pensaba¾, no es justo que aquella que confió en mí ciegamente, quede por siempre a la deriva de la ira del Divino Castigador.
Satán llegó a creer que la única solución al problema sería una pócima que evitara el embarazo, y exigió a sus huestes de médicos avernianos que aceleraran sus investigaciones. Éstos respondieron a sus exigencias con los más novedosos e ingeniosos métodos de anticoncepción (que miles de siglos después serían pomposamente rebautizados métodos de planificación familiar). El condón, la píldora, los óvulos, la jalea y el diafragma fueron los más destacados. Y hasta hubo un visionario que se atrevió a ofrecer la ligadura y sección de las tubas uterinas. Pero la alegría se fue disipando al comprobarse que estos métodos no eran 100% seguros. Además, al afectar directamente la natalidad, provocaban un sensible decremento en el número de candidatos a engrosar las huestes infernales futuras. De nueva cuenta, las quejas de las mujeres parturientas sumieron al Demonio en terribles depresiones. 
Cierto día, un diablillo menor se presentó ante el Gran Maligno, y después de prolongadas caravanas y más largos titubeos, se armó de valor y le dijo:
¾Mi Gran Señor, enterado de la pena que le acosa, y después de meditados pensamientos, he concluido que si el problema de la natalidad no puede solucionarse sin grave deterioro de nuestros ejércitos, el problema a resolver es, desde luego, el dolor que el parto provoca a la mujer. Por lo tanto, Maestro, lo que debemos hacer es inhibir (o evitar) el dolor, que es la esencia del Castigo Divino, del que tanto se enorgullece el Señor de Allá Arriba. ¿Por qué no dejar que el parto siga, pero sin los dolores?
Y a continuación, el diablillo menor dio al Maligno una cátedra de la nueva medicina que había desarrollado, enunciando técnicas y efectivos medicamentos de última generación. Los resultados satisficieron al Ángel Oscuro, que dio la orden de poner en práctica de inmediato las nuevas enseñanzas. Así se fundaron las escuelas de anestesiología,  que tantos momentos amargos han hecho pasar al Gran Dios.



23 octubre 1991, mientras esperaba en el nacimiento de mi hija Ireri.

lunes, 14 de abril de 2014

La residencia (XIII): Marathonissste

A Florencio Ibarra, que no se cansaba de traer a las parturientas caminando

El gineco-obstetra Florencio Ibarra observó con ojos rojos a las diez competidoras grávidas que, entre retortijones cada vez más fuertes, cambiaban continuamente de pie, a la espera del disparo de salida. Cuando la última contendiente cambió su ropa de calle por la bata de algodón reglamentaria, con tono enérgico, pronunció el discurso obligatorio en este tipo de eventos:
El de hoy, es para ustedes un gran día; día en que se demostrarán a sí mismas las potencialidades existentes en sus mentes triunfalistas. No permitan que la desesperación las haga presa ni las venza...
Sí”, pensaban las mujeres, moviendo la cabeza al mismo tiempo y volviendo a repasar el recorrido de la competencia: salir por la puerta de urgencias, dar dos vueltas a las instalaciones hospitalarias, continuar por Pradera hasta Bocanegra. Ahí dar vuelta a la derecha en el Bulevar Adolfo López Mateos y continuar por la autopista a la ciudad de Querétaro. Llegando al poblado de Silao, a la altura de las vías del tren, dar media vuelta.
El regreso al hospital es más corto: autopista, López Mateos y Pradera Tampoco necesitarán realizar trámite alguno. Entren por la puerta de urgencias y sigan hasta el servicio de tococirugía, donde las tres primeras serán atendidas por orden de aparición. Pero las perdedoras no deben desanimarse: podrán participar en la carrera de mañana. ¿Entendido?
Un fuerte aplauso por parte del personal de guardia de tococirugía, acompañó el disparo de salida.

jueves, 3 de abril de 2014

La residencia (XII): El nacimiento de mi hija Ireri Alejandra

No sé en qué momento abandonaste el vientre materno, pero cuando abrí los ojos pendías de una viga del trecho, al interior de una crisálida gigante. Tras la tela, tu cuerpo diminuto, enjuto, enroscado, parecía ajeno a su nuevo medio ambiente. Me crucé de brazos y me dispuse a esperar con ansia tu primer movimiento: una patadita o un guiño. Nada. Tras tu piel una película casi transparentese podía entrever la red vascular, y en su interior el interminable ir y venir de la sangre. Un circuito de sangre roja, por acá; un circuito de sangre azul, por allá. Y tu cuerpo flotaba inmóvil en el aire de la bolsa que pendía del techo: del antiguo mar en que antes nadabas, no había ni una gota de agua. ¡Eso no es posible!, me dije. Entonces descubrí en la pared detrás de ti, un cazo de cobre que contenía el líquido amniótico que, en algún momento, debió escapar de la crisálida. Sin embargo, podía apreciarse su ascenso vaporoso hasta las medianías de tu cuerpo. No cabe duda, pensé, que asistimos a una nueva forma de creación. Y el sueño se fue haciendo más y más profundo, diluyéndose de la memoria.


13-14 vii 91, León, Gto.

martes, 18 de marzo de 2014

La residencia (XI): Asalto

Mientras abandonaba la monoplaza de la cigüeña para siempre, el chamaco tiró al vacío sus mejores golpes, por instinto.
En cuanto llegues a una ciudad, ponte hacha, vivo, cabrón... muy vivo le había aconsejado su guía espiritual mes con mes, mientras observaba con detenimiento su gestación y lo adiestraba para el incierto porvenir. En esa ciudad (la más grande del mundo) hay que estar al tiro, con los ojos bien abiertos y los puños crispados y la voz se grababa una y otra vez en su cerebro plastificable. Precavido, el chamaco aprovechó las últimas diez semanas de gestación para inscribirse a un curso intensivo de artes marciales y agandalle callejero. Pero consciente de que nunca está de más un as bajo la manga, en un puesto de fayuca compró una navaja italiana. “Uno nunca sabe lo que vendrá...”, se justificó, dispuesto a burlar los detectores de armas del Aeropuerto Celestial.
Al primer golpe que recibió, el chamaco gesticuló, desconcertado. A pesar de las advertencias de su gurú espiritual, tenía la esperanza de que se tratara de una costumbre local de dar la bienvenida a los nuevos visitantes. Al segundo golpe, desechó su pensamiento anterior y maldijo comprendiendo al fin y manoteó, pataleó, queriendo escapar de las garras que férreamente aprisionaban su cuerpo y lo inmovilizaban. Quiso abrir los ojos y ver qué sucedía, pero una pasta sebosa se lo impidió. Su boca fue abierta sin conmiseración e introdujeron en ella un tubo largo y rígido, agudamente frío, molesto, que le provocaba ganas de vomitar y lo asfixiaba. El recuerdo de las series policíacas norteamericanas que había visto de contrabando en el Cielo lo llevaron temer lo peor: “Es una pistola... una pistola que te volará la lengua y los sesos...”. Entre bocanas de flema, la resignación de una muerte temprana lo fue invadiendo. “Es inútil resistirse, continuar con esta estéril y dispareja lucha”, pensó.
¡Ya está! escuchó decir a una voz lejana, gutural, al otro extremo de la vida, cuando su cuerpo era trasportado por los aires.
“¡Maldita sea... apenas llego y ya me llevan de regreso! Ya estoy muerto y ni me dieron tiempo de nada”.
¿Por qué vuelves tan rápido? preguntará su guía espiritual al verlo cruzar las puertas del Limbo.
¡Juro que ni me dieron tiempo de nada! Yo esperaba llegar, bajarme, caminar... cruzar la acera... ¡Ni siquiera abrí los ojos!
Ya ni modo, no tiene remedio y su guía encogerá los hombros, con una mueca de desdén y agravio, tomando nota en su libreta de ingresos límbicos.
¡Pero si me dan otra oportunidad te aseguro que... ¡No volverá a suceder!
Te aseguro, hijo, que no volverá a suceder”.
Cuando pudo abrir los ojos, el cuerpo del chamaco se hallaba sujeto, envuelto, inmóvil; y un enmascarado azuloso lo contemplaba burlón, apuntándole con el dedo.
Uno más en mi larga lista dijo con hastío el pediatra y abandonó la sala.
Ya solo, abandonado en aquella multitud de trapos que amordazaban su desnudez, el chamaco soltó el primer chillido de su vida, lamentándose amargamente:
Carajo, si me dan otra oportunidad, me cae de madres que  no vuelven a sorprenderme. ¡Lo juro!

jueves, 27 de febrero de 2014

La residencia (X): Solo un nacimiento


Sin gran delicadeza, la gorda mujer fue colocada sobre la mesa de operaciones. El anestesiólogo aún con el reflejo del sueño sobre su cara izquierda lavó mecánicamente la región lumbar; colocó un punto de anestésico y dijo quien sabe qué palabras (como quien habla dormido) y a continuación fue introduciendo lentamente la monumental aguja. “¡Ay!”, se quejó la señora y se fue quedando dormida. Lo último que alcanzó a decir fue que quería un hijo rojo posiblemente remembrando sus clases de filosofía ceceachera. Con la ayuda del residente de ginecoobstetricia y la enfermera circulante, pronto le dieron vuelta, dejando que la prominente panza apuntar al techo, como una diminuta montaña de carne oscura.
¡Date prisa para lavarla! gritó el obstetra desde las profundidades del sueño, intuyendo que en menos de quince minutos entraría en acción.
El larguirucho residente musitó un “sí doctor, como usted diga” indefinido y tomó un cepillo, unos guantes rojos, una cubeta de veinte litros y se dedicó a restregar la prominente panza, previamente untada con detergente con penetrante olor a durazno.
En el fondo de la monumental barriga, el chamaco no la pasaba del todo bien. Había tenido que soportar, sin protestar, la reducción borisvianesca del útero a cada contracción. “Y no hay ni para dónde hacerse”; pensaba que de un momento a otro el mundo se le vendría abajo. Pero por más que trataba de oponer resistencia, su cuerpo cedía, cada vez más enjuto. Cuando creyó encontrar al fin una salida, no tanteó bien las dimensiones y su cabeza quedó atorada en medio de un camino de huesos y carne macerada. “Carajo. ¿Y ahora cómo demonios salgo de aquí?”. Quiso volverse atrás, pero el camino estaba cerrado. No le quedaba más remedio que esperar un milagro. Cuando las contracciones cedieron por agotamiento creyó que tras la luz vendría la calma.
Ya nomás le doy otra pasadita... doctor. Luego la cera líquida y quedará rechinando de limpia escuchó gritar al residente en las alturas.
Es cierto que el escuincle no tenía forma de saber lo que es encontrarse atrapado bajo las ruinas de un terremoto como el del “85”,pero por esos hechos inexplicables del destino, tenía la sensación de que él ya había nacido aquel fatídico 19 de septiembre, y que el peso que lo asfixiaba salvajemente, era resultado de las toneladas de escombros que lentamente acabarían con su vida. “Sólo espero que estos cabrones que se oyen allá afuera no tarden mucho en rescatarme, pues hace como cuatro días que se me acabó el agua”. Tocó su cuerpo y no pudo percibir la humedad de antaño. Seco. Árido. La piel a medio lacerar. Quiso orinar para humedecerse un poco, pero su vejiga soltó un quejido y se quedó con las ganas. “Que no tarden tanto. Si no, que mejor vuelva a temblar y esto se acabe de una vez por todas, chingada madre”.
En ese momento, el guante rojo ascendió impávido entre la oscuridad de la carne: tres, cuatro restregadas más... y un rayo de luz que penetró momentáneamente por aquella rendija se disipó en silencio.
El nonato apenas pudo percatarse de lo sucedido.
Jamás oyó el jadeo de los perros amaestrados que los alemanes trajeron solidariamente. Jamás supo que existía el topo de Tlatelolco. Cuando los rescatistas lo encontraron estaba flácido, amoratado; su corazón apenas tenía la fuerza para maldecir entre lejanos latidos. Fue necesario que lo despertara a gritos: “Despiértate hijo de la chingada; ¿qué no ves que ya nos despertaste a todos y ahora quieres seguir dormido? ¡Pura madre, cabrón! Y le metí un tubo en la boca; le metí el oxígeno a la fuerza, y no que no: el escuincle despertó chillando, amodorrado, encanijado, pero si por su culpa me habían sacado de la cama para atenderlo, ¿creía que iba a permitir que el muy cabrón descansara como bello durmiente?”.
Ya más tranquilo, con el neonato envuelto en trapos azulosos, retorciéndose bajo la luz de una lámpara térmica, me fui a dormir. ¡Eran cerca de las cinco de la mañana! ¡Buena hora para hacer una cesárea!