Mostrando entradas con la etiqueta Sin etiqueta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sin etiqueta. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de septiembre de 2015

19 de septiembre de 1985: Terremoto.


Hoy se cumplen 30 años del terremoto que cambió el rostro de la ciudad de México y los que la habitamos. Después de aquel jueves por la mañana, nada volvió a ser igual, y dudo que alguna vez lo sea, al menos para los que nos tocó vivir de cerca aquella experiencia. Retomo este relato-crónica publicado aquí hace cuatro años para que aquellos que no lo han leído se den una imagen de lo que sucedió en el Hospital General de México, donde se derrumbaron la residencia de médicos y la torre de Ginecología y Obstetricia.

A Orlando García RI de cirugía general, al Residente Rockero, R1 de patología; al recuerdo siempre olvidado de las "panteritas rosas", estudiantes de enfermería, que cada mañana tomaban clase en las aulas de ginecología; a la memoria de las más de sesenta mil personas fallecidas en el terremoto de 1985 (aunque las cifras oficiales dijeron otra cosa).

Con la apatía que lo caracterizaba, el doctor Zaldívar dio comienzo a la clase de nosología trascribiendo los apuntes de una libretita anaranjada al pizarrón, mientras los alumnos del grupo 1417 completábamos el proceso de enseñanza regresando a nuestro cuaderno los conocimientos recibidos.
Desde la última fila al fondo del salón, Alejandro Membrillo y yo disipábamos el aburrimiento arrojando bolitas de papel a Eric Hazan y a Jesús Takakashi, o sacudiendo la fila de asientos delante de nosotros para que Magda Enríquez y Verónica Alcalá se equivocaran en la toma de apuntes.
Cuando llegó la primera sacudida del temblor, creí que Alejandro había cambiado el objetivo de sus bromas. Al confrontarlo, él pensaba que era yo quien lo movía. «Está temblando, güey», le dije con la tranquilidad que se adquiere de vivir tantos años en el onceavo piso de un edificio de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco.
―¡Está temblando! ―gritó Patricia.
―¡Está temblando! ―coreó el grupo entero, entre burlón y sorprendido.
            Alertado por el parloteo de los alumnos, el profesor Zaldívar recogió con celeridad sus apuntes y los metió en el portafolios. Luego salió corriendo del salón, relegando en cada uno de nosotros la responsabilidad de salir indemnes de aquel trance.
Ante la cobardía demostrada por el hombre de mayor jerarquía dentro del salón de clases, de pronto no sabíamos si seguir su ejemplo o esperar tranquilamente a que pasara el temblor. Fue la súbita oscuridad que pobló el salón la que terminó de atemorizarnos y nos hizo buscar la salida.
Para ese momento, la magnitud del movimiento telúrico se había incrementado a la par de nuestro miedo. El sonido retorcido que escapaba de entre las hondas entrañas de la tierra daba la sensación de que en cualquier instante ésta abriría sus fauces y nos tragaría. También estaba el ruido que producía la madeja de bancas, moviéndose desordenadamente y complicándonos más la salida.
Cuando al fin alcanzamos la puerta del aula, fue impresionante ver al doctor Zaldívar y al resto del grupo unidos en un rezo frío y desesperado. Aquella extraña y espontánea comunión no podía ser un buen presagio, me dije. Como tampoco lo era ver que, al otro lado del andador, a escasos treinta metros de nosotros, la torre de Ginecología y Obstetricia se debatía en un vaivén que por momentos contrariaba peligrosamente la fuerza de la gravedad. Los gritos de terror proferidos por la gente atrapada en el edificio, el sonido de los ventanales a punto de estallar, el crujir de la estructura al descuadrarse… eran cosas para las que no estábamos preparados.
―¡Se va caer! ―gritó de pronto Patricia, histérica, apenas controlada por los brazos tensos de Mario.
Como arrastrado por el vaticinio terrible de Patricia, en su balanceo el edificio se inclinó más todavía en dirección hacia nosotros, pero esta vez ya no hubo marcha atrás, y se desplomó. Quise huir, pero sólo fue un pensamiento vertiginoso que cruzó por mi cabeza. El estruendo y una nueva oscuridad se fundieron con la irrealidad. Si el tiempo antes parecía transcurrir en cámara lenta, la sensación de ahogo y sofoco que me envolvían me hicieron suponer lo peor: que la torre de Ginecología y Obstetricia había caído encima de nosotros, obstruyendo la puerta, y que de un momento a otro el aula también se vendría abajo, aplastándome. Tenía que salir de ahí inmediatamente si quería salvar mi vida. A tientas conseguí llegar hasta una pequeña ventana en el extremo opuesto del salón y rompí los cristales… No contaba con los barrotes de protección que impedían mi salida. Desesperado, comencé a patearlos.
―¿Estamos todos? ―reconocí la voz temblorosa del profesor Zaldívar.
―Falta Manuel, creo que  estaba detrás de mí ―advirtió Alejandro.
Una claridad ceniza asomaba por la puerta del aula. Afuera, cubiertos de polvo, mis compañeros parecían espectros. Algunos lloraban, otros rezaban, sin alcanzar a comprender lo sucedido. A todos nos embargaban emociones encontradas, de agradecimiento por sabernos vivos, de impotencia al contemplar que, a diez o veinte metros de nosotros, estaban las ruinas de lo que unos minutos antes fuera la torre de Ginecología y Obstetricia del Hospital General de México.

Entonces ignoraba que aquello era apenas una pequeña muestra del desastre, que a menos de cuarenta metros de ahí también se había derrumbado la residencia de médicos, que unas horas adelante al caminar de regreso a Tlatelolco, donde se cayó el edificio Nuevo León, asistiría al infierno en que se había convertido el centro de la Ciudad de México. No, aquello apenas era el principio… y comencé a llorar.

domingo, 27 de marzo de 2011

Alvar Núñez Cabeza de Vaca, por Amanda Paltrinieri*




*En busca de información para escribir una minificción sobre una vaquita culta que tacha de ignorante a una yegua  (pueden reír, pero es cierto) me encontré con este excelente texto de Amanda Paltrinieri, que de inmediato me remontó a la película Cabeza de Vaca (1990) de Nicolás Echevarría. Se los dejo, a mí me parece excelente.

 
Álvar Núñez Cabeza de Vaca
INDIANA JONES ERA UN POROTO...
Si no naufragaba, lo apresaban los indios o lo perseguían corsarios... Ésta es la historia de un conquistador que no conquistó nada, del más exitoso de los fracasados, de un invasor que supo respetar a los invadidos.

Imagine cinco minutos de una película de aventuras. Después de pasar las mil y una -naufragios y cautiverios varios, muchas muertes, hambre y enfermedades- el protagonista llega a la "civilización", apenas un pueblo perdido en tierra extraña. Las autoridades lo reciben como un héroe, pero él sólo quiere volver a su país. Consigue embarcar, con tanta mala suerte que por enésima vez su nave se va a pique y debe volver a tierra firme. Nuevamente en el mar, lo atacan corsarios franceses... y ya está a punto de caer prisionero cuando una flota amiga lo rescata.
A esta altura del filme, seguramente usted habrá disfrutado a lo loco con tanta acción, pero creerá que simplemente se trata de otra exageración hollywoodense: ¿Cómo aceptar, si no, que la película va apenas por la mitad y que esos cinco minutos reflejan sólo un año -y no el más movido- de los diez que el protagonista pasó en su primer viaje aventurero?
Sin embargo el personaje existió. Era Álvar Núñez Cabeza de Vaca, un conquistador que no se llenó de oro como Hernán Cortés (Nueva 316) o Francisco Pizarro (Nueva 277); según se lo mire, fue un experto en fracasos o un hombre íntegro que supo aprender de cada experiencia y convivir con diferentes culturas, y que sólo perdió a la hora de enfrentarse con la ambición de sus compatriotas.
Por si fuera poco, dejó escritas valiosísimas páginas que -aunque con la visión parcial de su época- cuentan la vida cotidiana de muchos de los pueblos que habitaban América cuando llegaron los españoles.

El inclasificable
En el primero y más valioso de sus relatos, conocido como Naufragios, Cabeza de Vaca destacó que era nieto de Pedro de Vera, conquistador de las islas Canarias. Lástima que no se preocupó por dar otro tipo de datos como la fecha de su nacimiento: se cree que ocurrió entre 1490 y 1507, probablemente en Jerez de la Frontera, Andalucía. Provenía de una familia noble y rica.
Es imposible clasificarlo: aunque como todos los conquistadores esperaba ganar dinero en el "nuevo continente", a diferencia de la mayoría era hombre de letras. Pero tampoco era lo que se dice un intelectual ni un "señorito" como podría haberlo sido por su cuna: cuando las circunstancias lo obligaron demostró que podía arreglárselas para sobrevivir.
En 1527 embarcó como alguacil mayor en la expedición de Pánfilo de Narváez, quien ya había estado en las "Indias". Ninguno de los dos imaginaba qué les esperaba.
A poco de llegar al Caribe, los viajeros fueron recibidos por un ciclón que les costó dos barcos, sesenta personas y veinte caballos. Cuando pudieron reorganizarse, cuatrocientos hombres pusieron rumbo al norte en cinco barcos: la idea era explorar la península de la Florida, adonde llegaron en abril de 1528. Desde allí irían hacia el norte, al "Apalache" según dedujeron de lo que algunos indios les murmuraban cuando les preguntaban por las fuentes del oro y el maíz.
Pero la cosa pintaba fea: las costas estaban llenas de islotes y el continente no era precisamente tierra firme sino pantanosa.

De desastre en desastre
Cabeza de Vaca comenzaba a mostrar su fibra. Aunque discrepaba con Narváez (partidario de dividir la expedición enviando trescientas personas por tierra y cien por mar), decidió seguirlo para que no lo acusaran de cobarde: si algo tenía en estima era su honra.
Los cálculos de Cabeza de Vaca no estaban errados: los caballos servían de poco en aquel suelo; escaseaban alimentos; algunos poblados con los que se cruzaban los recibían a flechazos y los expedicionarios comenzaban a caer por culpa de fiebres extrañas.
En tres meses murieron casi sesenta hombres por hambre, enfermedad o en combate. Un tercio de los sobrevivientes languidecía, semipostrado; hubo intentos de fuga y algunos oficiales se odiaban entre sí. Para colmo, no había noticias del grupo que navegaba.
Como pudieron, los que estaban en condiciones construyeron cinco naves (la mejor para Narváez, otra para Cabeza de Vaca y una tercera al mando de Alonso Castillo y Andrés Dorantes). El 20 de septiembre se largaron al mar, con la idea de llegar a la desembocadura del Mississippi, a la que llegaron el 5 de noviembre. Sin embargo seguían muriendo uno tras otro.
Finalmente, el ansiado Mississippi fue el desastre final: sus aguas desembocaban con tanta fuerza que era imposible remontarlas para ganar la costa. A pesar del pedido de Cabeza de Vaca para que la flota intentara mantenerse unida, Narváez ordenó el "sálvese quien pueda". Una nave zozobró, la de Dorantes y Castillo desapareció; la de Narváez se perdió en el mar con él a bordo (sus tripulantes habían desembarcado en un islote y terminaron comiéndose unos a otros).

Aprendiz de brujo
Cabeza de Vaca alcanzó la costa con un puñado de sobrevivientes extenuados, a los que se unieron días después Dorantes, Castillo y otros náufragos. Lo que Núñez no sabía era que llegar a un poblado español le iba a demandar todavía siete años. Durante ese tiempo, intuitivamente, usó las mismas técnicas que cualquier antropólogo moderno aplicaría en circunstancias parecidas: observó a la gente que fue conociendo, se adaptó a las costumbres de cada pueblo y -sobre todo- guardó en su memoria cada una de las experiencias vividas.
Lo tomaron por hechicero: de hecho logró sanar gente y aprendió bastante medicina americana. Fue comprado y vendido como esclavo varias veces y estuvo a punto de ser asesinado otras tantas. Tuvo períodos de libertad y gracias al prestigio ganado como sanador pudo sobrevivir comerciando de pueblo en pueblo. Algunos de sus compatriotas lograron fugarse de un cautiverio, pero él se negó a abandonar a un enfermo. En una de sus idas y venidas reencontró a Dorantes, Castillo y un moro, el negro Esteban, que habían sobrevivido de milagro.
Esas aventuras fueron narradas en Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, publicados hacia 1542, cuando él ya estaba en su segundo viaje americano. En el texto también describió las costumbres de diversos pueblos. Contó por ejemplo que los coaques y los haneses eran culturas matriarcales cuyas mujeres gozaban de una posición privilegiada; que repartían todas sus posesiones y que amaban y trataban muy bien a sus niños. En cambio otros, como los mariames y los iguaces, despreciaban a las mujeres y las obligaban a hacer los trabajos más pesados.
Naufragios relata los episodios más sorprendentes: desde la aceptación de la homosexualidad en algunas tribus hasta los diferentes métodos ejercitados por los pueblos de la costa y los de tierra adentro para ahuyentar mosquitos.

Regreso y nostalgia
Después de haberse internado por lo que hoy es el estado de Texas, Cabeza de Vaca, Dorantes, Castillo y Esteban se toparon, en 1536, con los primeros españoles. Éstos no podían creen lo que veían: los cuatro, extrañamente vestidos, encabezaban una muchedumbre que los seguía con adoración.
Fueron escoltados a México, donde los recibieron el virrey Antonio de Mendoza y el propio Hernán Cortés. Poco tiempo después Álvar Núñez emprendía su accidentado regreso a España.
No iba a permanecer allí demasiado tiempo; sólo el suficiente para escribir su Naufragios... Las noticias de la desastrosa expedición de Pedro de Mendoza por las tierras del Plata le sirvieron de excusa para ofrecerse como candidato a los cargos de Adelantado, Gobernador y Capitán General de la Provincia del Río de la Plata en el caso de que el sucesor de Mendoza, Juan de Ayolas, hubiera fallecido como se sospechaba.
En diciembre de 1540 embarcó nuevamente hacia América.

Segundas partes nunca fueron buenas
Aunque en muchísimo menor escala que las del primer viaje, el camino hasta Asunción también tuvo sus peripecias: para variar, naufragó en costas brasileñas y demoró casi un año en alcanzar su destino. En el trayecto -que incluyó sus dosis de combates y de negociaciones con los indígenas- tuvo la confirmación de la muerte de Ayolas y se topó con una maravilla: las cataratas del Iguazú, donde "da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye, y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en lo alto dos lanzas y más", según escribió.
Llegó a Asunción en marzo de 1542. Allí lo recibió Domingo Martínez de Irala, hombre taimado y ambicioso cuyo único objetivo era alzarse con las riquezas de las "Sierras del Plata" en la región andina y ser confirmado como Gobernador (precisamente, el puesto de Cabeza de Vaca).
Mientras organizaban las expediciones a las sierras, Irala y sus seguidores habían establecido lo que ellos mismos llamaban "el paraíso de Mahoma", en el que disponían de cuantas mujeres les viniera en gana para su diversión y de los parientes de ellas como fuerza de trabajo.
Cabeza de Vaca quiso poner fin a esa situación. Prohibió a los blancos el trato con los indios y estableció una serie de normas destinadas a impedir su explotación. Para probar que hablaba en serio, hizo dar cien azotes al primer español que violó a una mujer guaraní después de promulgadas las ordenanzas.
Podría decirse que Cabeza de Vaca era un intelectual bienintencionado, pero -así como había logrado vencer mil obstáculos naturales- no supo actuar políticamente. Lo único que consiguió fue ganarse el odio de la gente de Irala y de parte de la propia.
En algún momento tuvo noticias de la conjura que Irala organizaba solapadamente, pero no hizo nada. Fue riguroso cuando no hubiera debido serlo, y cuando la situación se hizo insostenible se dejó ganar por la inacción. Lo cierto es que en abril de 1544 un grupo de colonos lo apresó en su casa y lo mantuvo casi un año encerrado hasta que lo mandaron engrillado a España, acusado de cargos como el de querer convertirse en rey.
El pleito duró ocho años, durante los cuales escribió una Relación General para informar sobre su actuación en la región del Plata. Finalmente lo absolvieron e incluso, en 1552, fue nombrado juez del Tribunal Supremo en Sevilla.
Esa designación fue lo último que se supo de él. También se desconoce la fecha de su muerte. Por suerte quedaron sus textos, esos graciosos relatos de aventuras que recuerdan a uno de los más exitosos chambones de la Historia, un Robinson del siglo dieciséis, un conquistador que no conquistó nada.
© 1998

lunes, 31 de enero de 2011

Dr. Arthur Conan Doyle



Sherlock Holmes como profesor de medicina
Recién egresado de la Facultad de Medicina de Edimburgo, Arthur Conan Doyle se encontró a sí mismo como un novel médico con poca clientela y mucho tiempo libre. Fue en estos largos períodos de obligada inactividad y forzada permanencia en su consultorio que empezó a escribir; quizás lo hizo como una forma de combatir el tedio o como un intento de incrementar su menguado ingreso personal; el resultado final fue la creación de uno de los más conocidos y célebres personajes literarios: el detective “amateur” Sherlock Holmes.
      Personaje de rasgos bien definidos y fuerte caracterización, Holmes es uno de los pocos hijos de la pluma que posee el don de ser tratado como si realmente fuera un hombre de carne y hueso.
      Alto y desgarbado, de nariz ganchuda y vivos ojos grises, frío y metódico, sagaz observador de activa imaginación, con amplios e inconexos conocimientos sobre química, anatomía, botánica, literatura sensacionalista, música y leyes, que por una parte, ni pretenden ser eruditos y por otra, superan ampliamente al promedio.
      Holmes es también ciclotímico: capaz de sumirse en la mayor abulia y de salir de ella en un santiamén con una verdadera explosión de actividad física y mental, vive en constante lucha contra el aburrimiento y utiliza cocaína endovenosa como estimulante mental. No le teme al esfuerzo físico, con frecuencia llega a la extenuación durante la investigación de un caso y no pocas veces debe utilizar la fuerza física para defenderse o para atrapar un criminal. Sin embargo, su más llamativa cualidad es su asombrosa capacidad deductiva, mezcla de trabajo mental e imaginación.
      Con todas estas características que lo convierten en el detective por antonomasia, es cosa por demás notable que no haya sido inspirado en algún personaje policíaco más o menos célebre de la época sino, por el contrario y casi naturalmente, dada la profesión de su creador, en un médico.
      Conan Doyle conoció al Dr. Joseph Bell en la escuela de Medicina donde este último era profesor y a la sazón gozaba de gran reputación por su ojo clínico. Observador cuidadoso y detallista, estaba dotado de algún grado de teatralidad que ayudaba no poco a su reputación; es bien conocida la anécdota aquella en que ponía en evidencia a un paciente alcohólico –que negaba rotundamente su dipsomanía– al acusarlo en voz alta de beber demasiado mientras tocaba con el dorso de la mano la pequeña cantimplora que éste escondía en el bolsillo interno de su saco. La entereza con que el Dr. Bell insistía en sus alumnos para que estos desarrollaran un profundo sentido de observación debió calar hondamente en el joven Arthur que fue algún tiempo su ayudante.
      Pasar de Joseph Bell a Sherlock Holmes quizás no fue demasiado difícil y el propósito de convertir a un “detective médico” en un detective consultante resultó en cambiar el acto médico en un acto policíaco, como el mismo autor lo anotó en El problema del puente de Thor: “Usted es como un médico que quiere enterarse de todos los síntomas antes de diagnosticar”.
      De este modo podemos ver que, siendo Holmes un detective que surgió de la Medicina, bien puede convertirse en un buen profesor de la misma.
      La práctica diaria y habitual de la Medicina radica en la semiología, que es aquella rama del saber médico que estudia los síntomas y signos de la enfermedad y la forma en que éstos pueden ser recabados, reunidos y relacionados a través de la historia clínica y el examen físico del paciente. Siendo el interrogatorio de víctimas y sospechosos y la recabación de hechos e indicios la base de la investigación criminal, lo que nuestro detective nos “enseñe” en esto último fácilmente lo podemos trasladar a lo primero. Sin embargo, la más profunda e importante enseñanza que nos deja Sherlock es la de la forma en que debemos pensar, porque de nada sirve recabar la información de la enfermedad del paciente si no logramos utilizarla correctamente.
      Y es que en Medicina, como en toda profesión y aunque en ella se haga más hincapié, la práctica profesional radica sobre un trípode de conocimiento adquirido, observación –entendido como el examen físico del paciente– y raciocinio. De cada una de estas bases, Sherlock Holmes nos da excelentes ejemplos como veremos a continuación, no sin antes mencionar que él mismo las cita directamente cuando comenta al doctor Watson sobre cierto detective francés a quien ayudó en un caso: “Cuenta con dos de las tres cualidades necesarias al espíritu investigativo: la facultad de observar y la facultad de deducir. Falla en cuanto a conocimientos, pero eso quizá le venga con el tiempo” (El signo de los cuatro).
      Hemos visto que los conocimientos de Holmes eran extensos y variados, pero enfocados de acuerdo a las necesidades de su trabajo, no pretenden ser absolutos o eruditos aunque ciertamente son bastante profundos; iguales deben ser los conocimientos del médico: ampliamente generales en muchos campos y finamente especializados en muy pocos, o en sus palabras: “nada más fácil que adquirir ciertos conocimientos y profundizar en las materias que comprende la profesión de cada uno” (K.K.K.). Sin embargo, es importante notar que, como no se puede guardar todo en la memoria, no debe dudarse en recurrir a adecuadas fuentes de información, como dice en la ya citada aventura titulada K.K.K.: “No todo puede conservarse en el cerebro; para eso están las bibliotecas”. Y es que en los más de cien años que han transcurrido entre el inicio de las aventuras del detective londinense y nuestro fatigado fin de siglo, hemos adquirido más fuentes de información que los simples índices y volúmenes de una biblioteca, sin olvidar que dicha información también ha aumentado exponencialmente. Hoy, más que entonces, dependemos de las bibliotecas y de cualquier otra forma de almacenamiento y consulta de datos que tengamos disponible. Y si el conocimiento de la materia de la profesión es importante, no por ello otro tipo de conocimiento lo es menos; así lo demuestra Sherlock que, entre matraces y retortas, lupas y pipas, crímenes y criminales, siempre tiene a la música, en la que está bien versado, como su descanso y catártico espiritual.
      La observación en el trabajo de campo policiaco del detective encuentra su símil en la exploración física del paciente por parte del médico; ambos comparten muchas cosas en común (incluyendo el hecho de que se va a la exploración luego de un buen interrogatorio). Deben ser extensos pero dirigidos, (hay saber que se busca, que se lo quiere encontrar o que no se quiere encontrar); deben ser decididos y nunca indolentes y siempre se debe estar dispuesto a tomar en cuenta todo aquello que se encuentre, porque siempre es posible hallar cosas inesperadas cuando se examina el lugar de un crimen…o a un paciente.
      El siguiente fragmento tomado de Estudio en escarlata ilustra a la perfección la acuciosidad y extensión que una adecuada observación merece: “…sacó de su bolsillo un metro y una lupa y se puso a examinar todos los rincones de la habitación silenciosamente, parándose aquí, arrodillándose allá, y algunas veces hasta tendiéndose cuan largo era en el suelo… Estas investigaciones duraron veinte minutos. Tan pronto Holmes medía con minuciosidad extremada la distancia entre dos señales casi invisibles, como aplicaba el metro contra la pared para medirla por extenso. Una de las veces cogió un puñado de polvo gris del suelo y lo metió en un sobre. Por último, examinó detenidamente con la lupa los contornos de las letras escritas con sangre. Y acabado este examen, dio por terminada su investigación y se guardó el metro y la lupa en el bolsillo… Después, dirigiéndose a los dos policías, añadió: Permítanme que les dé algún detalle que quizás pueda serles útil. Estamos en presencia de un asesinato, y lo ha cometido un hombre; este hombre tiene una estatura de un metro ochenta centímetros por lo menos, y está en la plenitud de la vida; sus pies son pequeños con relación a la estatura; llevaba calzado vulgar de punta cuadrada y fumaba pitillos de Trichinópolis”.
      La virtud más conspicua de Sherlock Holmes es su facultad de deducción, que es a su vez el más claro ejemplo de trabajo mental lógico y adecuadamente encauzado que sigue necesariamente a una apropiada observación. Es aquí donde Holmes no puede brindar más ayuda, pues si la labor fundamental del detective es la de atrapar al criminal, la del médico es llegar al diagnóstico y es en ello donde se hallan las mayores dificultades, porque no basta tener conocimiento y ser buen examinador, hay que saber sacar las conclusiones correctas. Él mismo así se lo advierte a su amigo Watson en El carbunclo azul: “Veo que, a pesar de ser buen observador, no sabéis razonar vuestras observaciones”.
      Claro que no basta con elaborar adecuadamente las observaciones; es necesario colegir lo que de ellas se desprende. Es frecuente realizar diagnósticos prematuros y llegar a conclusiones equivocadas cuando se analiza con rapidez y sin profundidad la información que se tiene, especialmente cuando no se tiene demasiada experiencia o cuando se insiste en negar las evidencias; lo primero es frecuente en los médicos más jóvenes y lo segundo, paradójicamente, en los médicos con mayor tiempo de práctica. Solamente con un correcto proceso lógico (o deductivo, si prefiere el lector) se puede evitar caer en dicho error, porque no siempre es fácil recordar que no hay que “ajustar los hechos a las hipótesis sino las hipótesis a los hechos” (Una aventura regia). Otro argumento similar a esta “pequeña máxima” se puede leer en El valle del terror : “La tentación de formar hipótesis prematuras, partiendo de datos insuficientes, es el veneno de nuestra profesión”.
      Holmes nos enseña también que si uno está seguro de sus razonamientos, siempre y cuando haya hecho el adecuado proceso deductivo que se inicia desde los conocimientos adquiridos previamente, se encauza al hallar el problema, se confirma con la observación y, finalmente, produce conclusiones, no se debe temer el apegarse a ellos; y no es que existan en Medicina “misterios” difíciles de resolver o que las enfermedades se comporten siempre como un teorema euclidiano; es simplemente que el adecuado razonamiento da bases seguras sobre las cuales trabajar. Nuestro detective lo expresó así en El soldado que perdió el color: “Una vez que se descarta lo imposible, lo que queda es la verdad por improbable que parezca. Puede ocurrir que queden varias explicaciones en pie, en cuyo caso se les somete sucesivamente a todas las pruebas, hasta que una de ellas resulta con mayor fuerza de convicción”.
      Desarrollar esta disposición mental para enfrentar y alcanzar un diagnóstico no es un proceso rápido; muchas veces se desarrolla por la simple práctica y, en otras, por la necesidad, precisamente, de hacer un diagnóstico. Muchos médicos llegan a un momento en su carrera en que se encuentran a sí mismos como los únicos responsables de un paciente; si aquí no se llega a completar este proceso que hemos venido comentando, no se llegará nunca a él. El verdadero mérito radica en alcanzar esta forma de epistemología médica por pura formación autopersonal, a fuerza de desarrollar las propias capacidades, un buen nivel de autocrítica, de incrementar los conocimientos, y de ganar confianza en sí mismo; es más difícil, pero es más satisfactorio para el médico y para sus pacientes.
 TOMADO DE …http://usuarios.lycos.es/victor22/medicina.htm

viernes, 14 de enero de 2011

Semblanza: Dr. José C. Soto C.



Hoy no quiero escribir un poema o un cuento, sino hacer la semblanza de una persona a la quiero mucho y de quien heredé el gusto por la medicina y la pasión por las artes. Me refiero al Dr. José C. Soto C.: tío, padre, padrino, maestro, hombre inteligente y gran amigo. A él dediqué Ángeles de barro, libro que mi hija Ireri le entregó hace poco menos de quince días; me habría gustado hacerlo personalmente, ¡pero de él aprendí también esa obsesiva responsabilidad por el trabajo!).
Realizó sus estudios en un seminario franciscano en la ciudad de Celaya y Querétaro. Siendo apenas un chiquillo dirigía ya la revista del colegio, donde escribía artículos y poemas; y en ausencia del director del coro, no dudaba en tomar la batuta y guiar a sus compañeros. Allí aprendió latín, francés e inglés, así como a ejecutar un poco el piano y el acordeón. Dada su capacidad intelectual y académica, en el ámbito monástico se hacían planes para que, en el futuro, continuara su preparación en el Vaticano. Pero Carmelo ―como era conocido― tenía sus propios proyectos y antes del término del noviciado anunció a sus superiores su intención de no renovar sus votos y decir adiós a la vida eclesiástica. En represalia, fue “degradado” a realizar trabajos “indignos” hasta el término del año académico. Sin embargo, lo más terrible fue volver al mundo sin certificado de estudios de secundaria y preparatoria. Se inscribió como alumno en la única escuela secundaria del pueblo, pero impartía clases de inglés. Trabajó un tiempo como agente del ministerio público, pero no estaba dispuesto a pasar el resto de su vida en una oficina como burócrata; se armó de valor y, en compañía de algunos amigos y del poco dinero ahorrado, se vino a la Ciudad de México a continuar su preparación. Sin cartas de recomendación, sin conocer a nadie, traspasó la seguridad del Banco Nacional de México y se metió hasta las oficinas de un alto ejecutivos quien, tras comprobar que el joven ante él no buscaba otra cosa que un empleo, llamó severamente la atención a su jefe de vigilancia y ofreció al desconocido un puesto en el departamento de contabilidad. (Aún sonríe al recordar la anécdota.) Como si trabajar y estudiar no fuera suficiente, se dio espacio para comandar a un grupo de jóvenes aventureros (Estudiantes Jerecuarenses Unidos, EJU) para crear un periódico cultural que repartían anónimamente en su pueblo natal. Ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde obtuvo uno de los promedios más altos de su generación. Durante este tiempo y por muchos años, conformó con varios miembros de la familia Soto Carrillo un grupo (“El clan”) encargado de becar a los mejores estudiantes dentro de la familia para que siguieran sus estudios en la Capital.  Al terminar la licenciatura se casó con Clemencia Hernández ―su novia de siempre―, y se especializó en Gastroenterología en el Centro Médico Nacional del IMSS. Le fue ofrecida una beca para seguir su especialización en Estados Unidos,  pero el amor por sus dos hijas, entonces muy pequeñas, y sus “becarios”, lo hicieron rechazarla. Decidió regresar a Jerécuaro, Guanajuato y dedicarse a la práctica médica privada. Desde entonces han pasado aproximadamente 32 años…
            Tío: échale ganas, tu esposa Clemencia; tus hijos Pat, Aidi, Gabriel, Citlali y Alejandra; tus nietos; tus hijos adoptivos (sobrinos) y hermanos, esperamos tu recuperación. Yo no puedo dejar pasar la oportunidad de agradecerte los dos poemas que me dedicaste, luego de más de cuarenta años de haber abandonado la poesía; te esperamos, aún hay muchas cosas por platicar,

Manolo.