miércoles, 17 de agosto de 2016

Diluvio interior



Los labios de Anaïs aceptaron con timidez el beso de aquella boca entreabierta. Un murmullo de mar embravecido acarició su rostro. Cerró los ojos y lamió hasta que toda June era un torrente cristalino escapando por su vagina. Un canto de sirena en las ingles de Anaïs pronunció su nombre, mientras las manos de June aferraban sus glúteos redondos.

Sentado al borde de la cama, Henry prendió un cigarro.


José Manuel Ortiz Soto en Alberto Benza, 69. Antología de microrrelatos eróticos I, Altazor, Lima, Perú, 2016.

viernes, 29 de julio de 2016

Amor filial



En su lecho de muerte, el rey llamó al más grande de sus hijos: "Les dejo mi reino a ti y a tu hermano, recuerda que dos cabezas piensan mejor que una", y falleció. Al otro día, con la cabeza de su hermano pequeño clavada en una pica a su lado, el nuevo rey se dispuso a gobernar.

Juan Carlos González Miranda


lunes, 9 de mayo de 2016

Carta a mi hijo Juan David


Carta a mi hijo Juan David 



 

Hola Juanda, decidí escribirte esta carta y publicarla porque en realidad no sólo es para ti, también es para las personas que hacen parte de ese mundo que a veces no comprendes y que casi siempre no te comprende, para ayudarte a entender y para que ellos intenten entenderte.
               Empecemos por el principio. Posees una condición llamada Síndrome de Asperger de la que no te voy a hablar mucho aquí, pero sí te diré que es la causa de muchos de tus comportamientos, habilidades, actitudes, aptitudes y en general de tu forma de ver el mundo que te rodea. No conozco la causa exacta de esto, pero espero algún día conocerla. Tú y yo tenemos la fortuna de contar mami, una mujer excepcional, que fue la primera persona en notar tu condición cuando yo estaba lejos y también quien, a mi edad, me hizo caer en cuenta que tú y yo somos bastante parecidos en ese sentido.
               Dicho esto, paso a darte algunas claves, trucos o tips para que afrontes de la mejor manera posible las situaciones que podrían llegar a presentarse y afectarte en tu vida, aunque debes tener en cuenta que te las digo con base en mi propia experiencia y es muy seguro que tú vivas experiencias distintas.
               Notarás que siempre quieres ser el primero, que consideras tus necesidades primordiales ante las de los demás. Esto podría ser interpretado como egoísmo por otras personas, así que ten calma, controla los impulsos. Recuerda que cada quien tiene sus propias necesidades y prioridades y debemos respetarlas.
               Notarás que eres en algunas áreas del aprendizaje y en otras no tanto. Aprovecha al máximo y desarrolla esas áreas en las que eres bueno, sin descuidar aquellas en las que requieras mejorar.
               Notarás que cuando te apasiona un tema lo investigas a fondo, hasta ser un experto. Ya te sucedió con los dinosaurios y pronto vendrán otras cosas. Viste la cámara que compré? Pues estuve semanas leyendo, investigando...no cuál era la mejor, sino cuál era la mejor para mí. Ya vas notando cómo nos parecemos?
               Notarás que no eres tan bueno para los deportes de contacto físico y esto podría traer algo de incomodidad porque ves a tus amiguitos jugando bien al fútbol, por ejemplo. Tranquilo, a mí también me pasó y lo que hice fue idear, sin saberlo en ese momento, una  estrategia: me especialicé en la defensa, en evitar que el contrincante metiera el gol, mientras mis compañeros de equipo hacían nuestros goles. Te aseguro que en mi barrio no había nadie mejor que yo en la defensa del arco, de esa forma conseguí no quedar por fuera en los partidos de futbolito del parqueadero. Tú podrás generar tus propias estrategias en  ese o en cualquier deporte.
               Cuando llegues a cierta edad, notarás que no eres muy bueno para el baile y esto podría traer algunas dificultades a la hora de conseguir novia y en general de integrarte al grupo de adolescentes al que quieras pertenecer. Tranquilo, yo nunca aprendí a bailar y a pesar que sentía y siento la música en el alma, mi cuerpo se resiste a obedecer la orden de moverse como mi mente quisiera. No te desesperes ni te frustres, muy seguramente no te será fácil conseguir novia en una discoteca, pero verás que en otros ambientes no es tan difícil, tú eres encantador. Recuerda que a medida que crezcas irás valorando más a las que leen que a las que bailan. Aún así, ten en cuenta que bailar hace bien, sirve como ejercicio y ayuda con el estrés, así que de vez en cuando vence tu timidez y baila como quieras. No le miedo al ridículo, en ocasiones es saludable reírse de uno mismo.
               Cuando te enamores, lo harás con todo, entregarás alma, vida y corazón. Es posible que seas correspondido de la misma forma...y es posible que no. En caso de darse lo segundo, ten la gallardía, la entereza y la dignidad de entenderlo y no resientas. Recuerda que el amor es espontaneo, nunca nace por pedido propio o del otro...se siente o no se siente. Nunca insistas al grado de ser molesto.
               Tienes poca tolerancia a la frustración y eres muy sensible a lo que te dicen y lo que te hacen, así que es posible que te sientas mal cuando las cosas no te salgan como quieres o cuando te sientas rechazado o maltratado por alguien. Pero también te sentirás muy bien cuando percibas que eres querido, estimado, apreciado. Tendrás pocos amigos, pero estos serán de calidad inigualable. Sé buen amigo y corresponde a la sinceridad con más sinceridad. No sientas rencor por nadie, aunque te haya hecho mal, pues el rencor sólo te dañará a ti mismo...perdona. Existe la posibilidad que tu forma de ser no caiga bien en algunas personas...es entendible, no todos tienen la tolerancia y la sensibilidad necesarias para ponerse en tus zapatos.
               Notarás que te resulta difícil comprender el sarcasmo o las expresiones con doble sentido y que eres literal en lo que dices y en lo que entiendes. Esto podría complicar una conversación. Incluso podría dar pie a que alguien pretenda bromear un poco contigo. Entiende que para el mundo de allá afuera eso es común y adáptate, aprende. Con el tiempo podrás tú mismo mostrar cara de tonto mientras por dentro te ríes de un tonto que se hace el sabio, te aseguro que te vas a divertir. Pero ojo: no seas prepotente y nunca mires por encima del hombro a nadie (para cuando leas esto ya sabrás qué es mirar por encima del hombro). No eres más que nadie ni menos que nadie.
               Tendrás la tendencia a creer en la buena fe de la gente, porque tú actúas con buena fe y piensas que todos somos iguales. Esto podría traerte más de una decepción y es casi imposible de evitar, así que lo que te puedo decir al respecto es: cuídate mucho, pero que ese cuidado no te haga perder la fe en la humanidad.
               Valora a tu familia, sabes que puedes contar siempre con ella y eso es fundamental. Te amamos muchísimo, a mi personalmente se me llena el cuerpo y el espíritu de alegría cuando tú me dices: “te quiero pa”.
               Tal vez se me queden algunas cosas por decirte, ya las hablaremos con el transcurrir de los años.
               En resumen, hijo mío, quiero decirte que te amo muchísimo y que quiero que seas feliz, que disfrutes, que ames, que no odies, que bailes, que juegues, que leas mucho... quiero que vivas.
               Te amo hasta el infinito y más allá (por supuesto, pasando por Tocinofrito)
               Tu pa.



Juan Carlos Salgado Isaac, médico pediatra, Colombia.

martes, 19 de abril de 2016

Felicidad


En una bolsa de papel olvidada en la calle, un espíritu sabio dejó un hechizo que materializaba el deseo más grande del corazón; pero sólo se conservaba si la felicidad era completa, caso contrario todo desaparecía. Un hombre de traje de seda con zapatos italianos y reloj de oro, sacó diamantes, pero no eran suficientemente valiosos. Un sacerdote obtuvo las Tablas de Moisés, pero estaban rotas. Un erudito deseaba la verdad de la vida, pero quiso la verdad del más allá. Pasado el tiempo, un niño encontró la bolsa, sacó unos preciosas canicas y feliz se puso a jugar.


Juan Carlos González Miranda

miércoles, 10 de febrero de 2016

Bebé

Tantos años de trabajo, siempre la misma rutina, me impidieron darme cuenta de que me dirigía rápida y estrepitosamente al abismo de la soledad de la mujer madura actual, sin pareja, sin hijos, sin amigos, y con una familia que te mastica pero no te traga. Y para el momento en que te das cuenta ya estás muy, pero muy adentro del abismo, y lo peor de todo es que tú misma de metiste en él, tú misma ideaste la forma de mantenerte en allí para siempre.

Con esta reflexión caminaba por la calle de Ámsterdam en una sofocante noche de verano, mientras veía a una pareja discutir me sentí parcialmente reconfortada, convencida de que lo que había hecho con mi vida era lo correcto. A lo lejos vi venir un auto pequeño de color azul eléctrico, se parecía a uno de esos carritos de los circos que transportan cantidad inimaginable de payasos. Su marcha era muy graciosa, se atoraba en el empedrado del camellón y salpicaba el agua de los charcos, cada vez más alto. Distinguí en el asiento trasero varias cabezas de niños pequeños que viajaban de pie, jugando. De pronto, el conductor casi pierde el control del carrito, pero mantuvo el equilibro en dos llantas. Una de las puertas traseras se abrió y un objeto cayó dentro de un charco. Agité las manos para llamar la atención del conductor o de los pasajeros, pero el carrito desapareció en la distancia.

Me acerqué al charco a inspeccionar y vi una pierna brillante y rígida, apuntando al cielo. La jalé con fuerza hasta que conseguí poner de pie a un niño hermoso, de aproximadamente 2 años, piel morena, cabello de rizos cerrados, desnudo, que inmediatamente volvió sus ojos negros a los míos. Se llevó una mano a la boca para chuparla, balanceó su torso en semicírculos y me ofreció su mano libre. Caminamos. Por cada paso mío, el chiquillo daba dos pequeños pasos; sus pies planos y descalzos chapoteaban en el suelo mojado. Opté por arroparlo con mi saco y cargarlo para evitar que siguiera pisando el agua. No estaba segura de adónde podría llevarlo, por el momento fuimos a mi casa.

Yo le hablaba y le hacía preguntas sencillas, pero su única respuesta era el chupeteo de su mano. Cuando le insistía que hablara, él se acurrucaba aún más en mi hombro, así que lo dejé en paz. Ya en casa lo bañé, le improvisé una pijama y le di de cenar; al día siguiente trataríamos de encontrar a su familia.

Salimos desde temprano. Aunque lo vestí como pude, el problema de los zapatos seguía sin resolverse. Era extraño para mí andar por la calle con un niño en brazos. Nunca lo había experimentado, y la gente lo notaba. El pequeño también se daba cuenta de las miradas: cuando alguien pasaba cerca de nosotros, se quedaba callado y no se movía absolutamente nada, pero una vez superado el contacto visual, seguía con su acostumbrado chupeteo, acompañado del balanceo de sus pies descalzos.

Fuimos a la estación de policía.  Una vez ahí, algo dentro de mí me dijo que no podía dejarlo. Mi pecho sentía su corazoncito, acelerado a mil revoluciones por el sonido de las máquinas de escribir y las voces fastidiadas de los oficinistas. No estuvimos en el lugar más de tres minutos. Al volver a la calle,  la angustia había en cogido mi corazón hasta reducirlo a una pasa dura y vieja. Si debía entregar al niño a alguien, debía ser a su familia.

De regreso a casa fuimos a una tienda de ropa para bebé. Le compré unos tenis rojos, pero, acostumbrado a mis brazos, se negó a caminar. Pasamos juntos una tarde muy divertida. Por la noche volvimos a salir, con la esperanza de encontrar a su familia en el camellón.

Era un poco más temprano que el día anterior, quería asegurarme de no perderlos de vista esta vez. Caminé con el niño en brazos hasta un evento musical, que estaba por terminar. Cuando el cantante daba las gracias, aproveché para subir a la tarima y pedir la ayuda de la gente para encontrar a su familia. Coloqué al niño de pie a mi lado, y tomé el micrófono: “Buenas noches a todos, quiero solicitar su ayuda para localizar a la familia de este pequeño, lo encontré ayer en este mismo camellón, viajaba en un auto azul...”. Mientras hablaba, me di cuenta que algunos me veían con extrañeza, incluso con repulsión; otros se reían. Me sentí en una pesadilla. Cuando voltee a ver al niño, ya no estaba: en su lugar había un muñeco de plástico, de tamaño natural, vestido con la ropa y los tenis rojos que yo le había comprado. Enmudecí. La gente murmuraba. Estaba a punto de bajar de la tarima sin el muñeco, pero éste se prendió a mi pantalón para evitar que lo dejara ahí. Lo cargué en brazos; él se llevó la mano a la boca y se acurrucó en mi hombro; la muchedumbre se abría a nuestro paso.

Lorena Noriega-Salas