viernes, 14 de septiembre de 2012

Servicio Social: (2) La cena de la culebra


PARA SER MIS primeras 8 horas de servicio social, no la estaba pasando nada mal. Levanté mi cerveza y brindé por los dioses otomíes, que seguramente a esta hora rondaban la clínica, atraídos por la música y el alcohol. El repiqueteo de la lluvia sobre el techo de lámina fue la confirmación de mis sospechas. Destapé otra lata cerveza para agradecer su gesto. A mi alrededor, los expasantes bebían como si ésta fuera la última borrachera de sus vidas (y no la primera de su nueva etapa). Como dijera uno que cabeceaba en un rincón:

Es nuestra forma de dar gracias a la clínica por su discreta y silenciosa contemplación.

El comentario, entre poético y delirante, provocó que todos lo acusaran de mamón.

Los fantasmas de existir posiblemente se encontraban afuera de la clínica, protegiéndose de la lluvia en algunas de los cientos de botellas vacías que adornaban el jardín.

A las diez de la noche, la gastritis postetílica hacía estragos en nuestras entrañas. Bastaba ver los rostros  o bajarle el volumen al estéreo para oír claramente el diálogo de estómago e intestinos, convulsionados por insoportables retortijones.

―¿Y qué chingados vamos a cenar? preguntó una voz anónima, seguramente de alguno de los nuevos pasantes.

Los expasantes, que eran nuestros anfitriones, considerando que aquella sería su última noche en la clínica, no se preocuparon por volver a llenar el refrigerador por nada que no fueran cervezas y refrescos. Ante el ayuno inminente, los nuevos pasantes nos miramos preocupados: ignorando si contaríamos si quiera con energía eléctrica, nunca se nos ocurrió llevar un frigorífico, y menos pensamos en un poco de comida. ¡Nos habían contado tantas historias acerca de una anciana caritativa, con nietas hermosas, que acogería en su mesa a los médicos pasantes en su primera cena.

―Pues lo más importante, o sea los pomos, aquí están… esos nunca faltaron… excusó el expansante de Santiago Mexquititlán.

―¡Salud por el año que se avecina! ―dijimos a coro.

Un ruido de fierros mojados fuera de la clínica atrajo nuestra atención: alguien se estaba brincándose la valla y no tardaría en estar dentro de la clínica, pensamos, no sin cierto temor justificado por nuestra novatés. Y esperamos con los ojos desorbitados que el portón se abriera.

¿Y si es uno de estos dioses indígenas que se ha despertado molesto por nuestro alboroto? preguntó Margarita, acercándose a Rubén.

Si nuestro desmadre le incomodara a los dioses, seguramente ya nos habrían devorado... farfulló el anfitrión, tranquilizándonos.

Se abrió la puerta de la clínica y entró el expasante del poblado de La Torre, sacudiéndose el agua y limpiándose el lodo de los zapatos. La tranquilidad volvió a nuestros rostros, frustrando en el fondo nuestra desesperanza esotérica.

Oye, güey, ¿no trajiste algo de comer? preguntó el expasante de San Pedro Tenango.

Con sonrisa burlona y demostrando un gran histrionismo, el aspirante a médico internista, sabedor de la necesidad de combinar el alcohol con los alimento, nos tranquilizó.

          El problema de la cena está resulto señaló el morral que llevaba colgado en un costado.

La ovación se fue apagando cuando extrajo de su morral un manojo oscuro y amorfo, que despertó las preguntas de los presentes.

Es solo una pinche víbora que acaban de atropellar en la carretera. Le pasó la llanta por la cabeza y adiós mundo cruel. Pero el resto del cuerpo está bien ―y extendió el animal sobre la mesa para que lo viéramos, provocando la repugnancia de unos y la risa histérica de otros. Una culebra de dos metros, bien nos alimenta a todos.

Decapitada, húmeda, pero todavía con el calorcito vaporoso de la muerte reciente.

Una aureola de misticismo se cernió sobre nuestras cabezas; era posiblemente la presencia de los dioses otomíes que rondaban la clínica la que nos hizo callar y aceptar su designio. ¿Era acaso esto una ofrenda, un pacto de bienvenida o despedida para con estos hombres que luchan a diario por la salud de los suyos? Para ser sincero, habríamos esperado una bienvenida con un borrego en barbacoa o un buen mole de guajolote.

¾Pero estos no son dioses griegos, buey, pensé, envuelto en un halo de lucidez etílica. Y volví a levantar mi cerveza, brindando con ellos.

Una hora después ¾ya completamente ebrios, olvidándonos de la repugnancia primera¾ nos dispusimos a engullir los trozos de culebra, que semejaban pescuezos de pollo con un poco más de carne. No digo que fue aquella la mejor cena de nuestra vida, pero creo que sí nos darían la energía suficiente para seguir soportando las borracheras de los otros trescientos sesenta y cuatro días por transcurrir.

Imagen toda de la red.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Servicio Social: (1) La llegada


Todos llegan por el mismo camino. El frío oscuro de lo desconocido fue la señal para que se levantara precipitadamente del asiento, corriera trastabillando por el pasillo congestionado del autobús y, sin aplastar ni un pollo, alcanzara la puerta justo en la parada del pueblo.
¾¡Bajan en Donicá! ¾grita un joven flaco, a pesar de que tres pasajeros descendían tranquilamente.
Allí estaba a media mañana, detenido en el tiempo a orillas de una carretera, sin saber para dónde caminar, buscando desesperadamente las siglas salvadoras: “S.S.A.” Secretaría de Salubridad y Asistencia.
¾Perdone... ¾se dirige a una de las mujeres que acababan de descender del autobús. La mujer señala un camino de tierra roja; luego le ofreció una sonrisa de topo tímido.
―Allí donde se ven aquellos árboles y la antena. Ahí está la clínica que busca.
El mapa del Estado de Querétaro que consultó debió estar equivocado. Según aquel, la clínica se encontraba al pie de la carretera Temascalcingo-Amealco. Se sintió decepcionado.
A sus recién cumplidos veinticuatro años, el médico pasante en servicio social de Donicá, se echó a caminar cuesta bajo por la carretera roja. No está convencido que ese camino lo lleve al que será su hogar por el próximo año. Camina arrastrando los pies, la mochila le pesa, siente bajo los tenis las piedras granulosas de la recién mantenida carretera. Se llamaba José Manuel y es originario de Jerécuaro, Gto., pero en esta historia prefiere no ser nadie. Apenas ha caminado cien metros y la angustia lo invade, se decepciona sin saber por qué. Quizá porque el camino rojo parece no terminar, perdido entre curvas y arboledas. A pesar de ser mediodía, un frío intransigente cala, maltrata. La distancia se prolonga más allá del río, entre otra curva y más árboles.
¾Perdone... ¿la clínica? ¾la mujer, indiscutiblemente otomí, por su indumentaria, apenas si presta atención al estúpido joven que se cruza en su camino. Y sigue su marcha precipitadamente.
¾¡Chinga tu madre! ¾musita casi en silencio, invadido por una oleada de furor. Quisiera gritarle que ¿acaso no sabía que él era el nuevo médico pasante de la comunidad?, que ya tendría necesidad de consultarlo y entonces vería, hija de su pinche madre. Pero no fue solo el furor lo que le invadió: éste llegó y desapareció como si no nunca hubiera existido, como una simple oleada intempestiva que invade, pero que se disipa al poco tiempo. Y nuevamente, en su reciente llegada, se sintió solo y vacío; incomprendido. Solo y su alma; desahuciado, con la necesidad de abrir aún más los ojos y comprender el medio que lo rodea. Con ganas de despertar del sueño apenas iniciado y saber que no era este el sitio al que lo habían asignado por un año.
Al salir de la curva, ochocientos metros adelante, apareció el cono rojo característico de las bodegas Conasupo, supo que ahí, por todos los demonios, estaba la clínica, entre pinos temblorosos, agitados tempestuosamente por la brisa emanada de la presa Santiago Mexquititlán.
Y por primera vez, en los diez minutos que llevaba en la comunidad de Donicá, tuvo un instante de calma.
 
Imagen tomada de la red.
 

 

martes, 21 de agosto de 2012

Antología de escritores médicos mexicanos (I)




Hay días en los que, tras haber lidiado con los pacientes, buscas un momento de tranquilidad. Así encontré a media cuadra de mi trabajo una librería de viejo donde se respira olor a humedad, naftalina y polvo. Es un local con tres pasillos estrechos donde se pueden encontrar desde libros de la Editorial Porrúa y su gran colección "Sepan cuentos..." hasta libros esotéricos, pasando por los de cocina y, desde luego, los clásicos títulos de medicina: Histología de Ham, la 12a edición de Harrison de Medicina Interna y los tres volúmenes de Anatomía de Quiroz.
Finalmente me decidí por La Carcajada del gato de Spota, La noche navegable de Villoro y un ejemplar al que no pude resistirme: Antología de escritores médicos mexicanos de Ricardo Pérez Gallardo; Manuel Acuña, Enrique González Martínez y Rubén Leñero son algunos de los médicos incluidos. Comparto la dedicatoria a los médicos con que inicia el libro.

PARA LOS MÉDICOS*
(Exclusivamente)

     Era preciso formar la antología.
Las canciones dispersas
se perdían en todos los caminos
y la gente murmuraba a menudo:
"-Nunca supe que escribiera el doctor".

   Y es que esta alma nuestra
-atormentada y triste-
a veces escapa de la diaria faena
y se pone a cantar...

   Poco sabe de retórica,
ignora el juego sutil de la metáfora,
pero la visión delirante
de las noches insomnes
cristaliza en versos de intimidad.

  Y hay que irlos buscando,
-tiempo es de cosechar-
son pedazos de nosotros mismos
y a nosotros deben retornar...

Ricardo Pérez Gallardo

*Antología de escritores médicos mexicanos, Editora Latino Americana, 1966.

sábado, 11 de agosto de 2012

Médicos en El libro de los seres no imaginarios


El pasado 8 de agosto se presentó en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, El libro de los seres no imaginarios (Minibichario) (Ficticia Editorial, 2012). Libro que conjunta a los fotógrafos Beatriz Hernández Meza, Enrique Ramírez y Alejandro Boneta, quienes aportan sus imágenes de bichos para que 42 escritores* echen a volar la imaginación y nos entreguen 42 minificciones. El proyecto nace de la conversación de los médicos y escritores Diana Raquel Hernández Meza y José Manuel Ortiz Soto, pero no son los únicos médicos que participan en el Minibichario, también forman parte de él Elizabeth PérezRamírez, Alfonso Pedraza y Rubén García García, integrantes de esta página, Médicos Mexicanos por la Cultura y las Artes.
La presentación del libro estuvo a cargo de Hugo López Araiza Bravo, Edgar Omar Avilés, Beatriz Hernández Meza, Marcial Fernández y el antologador. La sala Adamo Boari estuvo, según cifras oficiales del Palacio de Bellas Artes, ocupada por 180 asistentes. Aquí, unas imágenes del evento. Entre los asistentes, estuvieron los doctores Alba Gurza y David Bazán.








Imágenes de la entrada de Diana Hernández y Eduardo Mendoza.

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*Autores: Abelardo Hernández Millán, Adán Echeverría, Agustín Cadena, Agustín Monsreal, Alfonso Pedraza, Alonso Díaz de Anda, Amaranta Caballero Prado, Amélie Olaiz, Carmen Simón, David Baizabal, Diana Raquel Hernández Meza, Dina Grijalva, Édgar Omar Avilés, Elizabeth Pérez Ramírez, Fernando C. Pérez Cárdenas, Fernandez Sánchez Clelo, Gabriela D'Arbel, Gabriel Hernàndez García, Guillermo Samperio, Hugo López Araiza Bravo, Iliana Vargas, Jeremías Ramírez Vasillas, Jesús Olague, Jorge Oropeza, José Luis Sandín, José Luis Zárate, José Manuel Ortiz Soto, Josué Barrera, Laura Elisa Vizcaíno, Lorel Manzano, Marcial Fernández, Marco Aurelio Chavezmaya, Norberto de la Torre, Paola Jauffred Gorostiza, Quique Ruiz, Ricardo Bernal, Richard Densmore, Rosa Delia Guerrero, Roxanna Erdman, Rubén García García, Úrsula Fuenteberain, Víctor Antero Flores.

 

domingo, 22 de julio de 2012

El Internado: (XVI) Carta de buenos deseos para el fin de año*


Al personal académico del H.G.Z. no. 27, Tlatelolco.



A QUIEN CORRESPONDA,

A QUIEN QUIERA CORRESPONDER:

Quizás sólo sea el sentimiento de un año más que se acumula junto al número de años que lo precedieron; es tal vez el simbolismo que caracteriza a la fecha en que esto se escribe, que me dejo arrastrar por el sentimentalismo televisivo que las posadas, la Navidad y otras colaciones se encargan anualmente de meter entre los ojos, haciendo brotar de cada ser la melancolía, los buenos deseos, el intercambio de regalos y la más sublime y sincera de las hipocresías. O es quizás, simplemente, que se apodera de mí un cercano y remoto deseo de que un ventrudo, barbado y blanquirrojo Santaclaus o tres desempleados Reyes Magos se acuerden de mi existencia al momento de cruzar por una de las muchas tardes citadinas, frente a un atractivo y sonriente escaparate de alguna conocida tienda de autoservicio. Aunque me apene decirlo: aprovecho este momento para volver al camino de los arrepentidos.

            Es así, compañeros, compañeras, que me atrevo a contrariarlos ¾después de haberlo hecho cotidianamente durante doce meses¾ y pedir en esta hora... que todos los sentimientos hostiles que la barbarie citadina y los impulsos hospitalarios hicieron brotar del laberinto de sus silenciosas cuerdas bucales, se congelen en su origen ficticio; en una de esas tantas mañanas, tardes, noches frigoríficas que la ciudad nos brinda en ocasiones. Y si acaso las intenciones fueran un mustio silencio adormilado y se hallaran enclavadas, arraigadas dolorosamente en la fragilidad más dolorosa de nuestras susceptibilidades: como una astilla infecta, como un fragmento de vidrio puntiagudo, como una rebaba de oxidado acero, y teniendo aún de nuestro lado la conocida disculpa: “No contamos con técnico de rayos X”... ¡Compañeros... qué no importe! Seamos valientes: soportemos la hinchazón aplicando un pedazo de hielo y demos a nuestro herido espíritu una carga de antibióticos (“peni-genta”) y dejemos que un día cualquiera el absceso arroje fuera de nosotros la infección que nos carcome.

Compañeros: ¡Que nada importe! A final de cuentas, para cerrar heridas de cara o manos siempre contaremos con una seda del número 0 (negra, resistente, dispuesta a aprisionar en su limbo a esta carne). Aunque sabemos que la infección puede encontrarse en el alma, en un laberinto psiquiátrico, en otra oscuridad más negra que te mira las entrañas con risa sardónica, con ojos de estupidez y salada venganza; que te mira desde su inusitado enanismo que la hace superior a sus fuerzas, siempre fiera, dispuesta a herir por la espalda, a dejar caer su fuerza de pluma atómica sobre un número decisivo, como si fuera la espada de Damocles. Porque le gusta perseguirte en el silencio, mandarte mensajes telepáticos de por vida para saciar su miserable insignificancia; porque se siente poderoso, porque le das la oportunidad obligada de perseguirte imaginariamente por el recinto cuadrado de tu cuerpo. La infección entra por los ojos y muchas veces se esconde debajo de la lengua, martiriza las espaldas y te restriega el pelo con la perversidad de acariciar una muñeca.

Sin embargo, si una bofetada, un trancazo, una patada han buscado abrigo en nuestro cuerpo... que no importe; si te han puesto morada ya la otra mejilla... aplícale fomentos de agua tibia; si se ha abierto en tu cuerpo una gran solución de continuidad... cúbrela con tus manos y llévate a un servicio de Urgencias, ya que con una buena restregada de isodine la limpiarás de bichos; si tienes un ojo de cotorra... no importa; una 4-30-8 para Ofatalmología... que te duele el vientre... 4-30-8 para Gastroenterologìa... que te duele más abajo... 4-30-8 para Urología...

Compañeros, compañeras, inválidos, tísicos, cancerosos: aprendamos a olvidar y demos a estos seres llamados profesores (de este hospital) un cordial abrazo de despedida, esperando no volver a verlos jamás.



Carta leída el 29 de diciembre de 1988 en la despedida de los médicos internos de pregrado del H.G.Z. no. 27, Tlatelolco.