martes, 19 de abril de 2016

Felicidad


En una bolsa de papel olvidada en la calle, un espíritu sabio dejó un hechizo que materializaba el deseo más grande del corazón; pero sólo se conservaba si la felicidad era completa, caso contrario todo desaparecía. Un hombre de traje de seda con zapatos italianos y reloj de oro, sacó diamantes, pero no eran suficientemente valiosos. Un sacerdote obtuvo las Tablas de Moisés, pero estaban rotas. Un erudito deseaba la verdad de la vida, pero quiso la verdad del más allá. Pasado el tiempo, un niño encontró la bolsa, sacó unos preciosas canicas y feliz se puso a jugar.


Juan Carlos González Miranda

miércoles, 10 de febrero de 2016

Bebé

Tantos años de trabajo, siempre la misma rutina, me impidieron darme cuenta de que me dirigía rápida y estrepitosamente al abismo de la soledad de la mujer madura actual, sin pareja, sin hijos, sin amigos, y con una familia que te mastica pero no te traga. Y para el momento en que te das cuenta ya estás muy, pero muy adentro del abismo, y lo peor de todo es que tú misma de metiste en él, tú misma ideaste la forma de mantenerte en allí para siempre.

Con esta reflexión caminaba por la calle de Ámsterdam en una sofocante noche de verano, mientras veía a una pareja discutir me sentí parcialmente reconfortada, convencida de que lo que había hecho con mi vida era lo correcto. A lo lejos vi venir un auto pequeño de color azul eléctrico, se parecía a uno de esos carritos de los circos que transportan cantidad inimaginable de payasos. Su marcha era muy graciosa, se atoraba en el empedrado del camellón y salpicaba el agua de los charcos, cada vez más alto. Distinguí en el asiento trasero varias cabezas de niños pequeños que viajaban de pie, jugando. De pronto, el conductor casi pierde el control del carrito, pero mantuvo el equilibro en dos llantas. Una de las puertas traseras se abrió y un objeto cayó dentro de un charco. Agité las manos para llamar la atención del conductor o de los pasajeros, pero el carrito desapareció en la distancia.

Me acerqué al charco a inspeccionar y vi una pierna brillante y rígida, apuntando al cielo. La jalé con fuerza hasta que conseguí poner de pie a un niño hermoso, de aproximadamente 2 años, piel morena, cabello de rizos cerrados, desnudo, que inmediatamente volvió sus ojos negros a los míos. Se llevó una mano a la boca para chuparla, balanceó su torso en semicírculos y me ofreció su mano libre. Caminamos. Por cada paso mío, el chiquillo daba dos pequeños pasos; sus pies planos y descalzos chapoteaban en el suelo mojado. Opté por arroparlo con mi saco y cargarlo para evitar que siguiera pisando el agua. No estaba segura de adónde podría llevarlo, por el momento fuimos a mi casa.

Yo le hablaba y le hacía preguntas sencillas, pero su única respuesta era el chupeteo de su mano. Cuando le insistía que hablara, él se acurrucaba aún más en mi hombro, así que lo dejé en paz. Ya en casa lo bañé, le improvisé una pijama y le di de cenar; al día siguiente trataríamos de encontrar a su familia.

Salimos desde temprano. Aunque lo vestí como pude, el problema de los zapatos seguía sin resolverse. Era extraño para mí andar por la calle con un niño en brazos. Nunca lo había experimentado, y la gente lo notaba. El pequeño también se daba cuenta de las miradas: cuando alguien pasaba cerca de nosotros, se quedaba callado y no se movía absolutamente nada, pero una vez superado el contacto visual, seguía con su acostumbrado chupeteo, acompañado del balanceo de sus pies descalzos.

Fuimos a la estación de policía.  Una vez ahí, algo dentro de mí me dijo que no podía dejarlo. Mi pecho sentía su corazoncito, acelerado a mil revoluciones por el sonido de las máquinas de escribir y las voces fastidiadas de los oficinistas. No estuvimos en el lugar más de tres minutos. Al volver a la calle,  la angustia había en cogido mi corazón hasta reducirlo a una pasa dura y vieja. Si debía entregar al niño a alguien, debía ser a su familia.

De regreso a casa fuimos a una tienda de ropa para bebé. Le compré unos tenis rojos, pero, acostumbrado a mis brazos, se negó a caminar. Pasamos juntos una tarde muy divertida. Por la noche volvimos a salir, con la esperanza de encontrar a su familia en el camellón.

Era un poco más temprano que el día anterior, quería asegurarme de no perderlos de vista esta vez. Caminé con el niño en brazos hasta un evento musical, que estaba por terminar. Cuando el cantante daba las gracias, aproveché para subir a la tarima y pedir la ayuda de la gente para encontrar a su familia. Coloqué al niño de pie a mi lado, y tomé el micrófono: “Buenas noches a todos, quiero solicitar su ayuda para localizar a la familia de este pequeño, lo encontré ayer en este mismo camellón, viajaba en un auto azul...”. Mientras hablaba, me di cuenta que algunos me veían con extrañeza, incluso con repulsión; otros se reían. Me sentí en una pesadilla. Cuando voltee a ver al niño, ya no estaba: en su lugar había un muñeco de plástico, de tamaño natural, vestido con la ropa y los tenis rojos que yo le había comprado. Enmudecí. La gente murmuraba. Estaba a punto de bajar de la tarima sin el muñeco, pero éste se prendió a mi pantalón para evitar que lo dejara ahí. Lo cargué en brazos; él se llevó la mano a la boca y se acurrucó en mi hombro; la muchedumbre se abría a nuestro paso.

Lorena Noriega-Salas

viernes, 29 de enero de 2016

Las Historias de cada quien




Presentación


Un año más de andar por aquí… Y otro libro para festejar a los lectores, que sin ellos estas páginas estarían escritas en blanco. Las Historias de cada quien fueron publicadas en el blog para niños de 0 a 100 años, Un pingüino rojo…
—No existen pingüinos rojos, son negros con blanco y medio cafecitos —protesta Chivo.
Los demás niños lo miran, sorprendidos de su sapiencia. Sólo Camano, que gusta de llevarle a todo mundo la contra, manifiesta:
—¿Y qué? En los cuentos todo se vale.
—¡Sí! —dicen unos.
—¡Ah! —dicen otros.
—Pues a mí se me hace muy jalado de los pelos que exista un pingüino rojo, ¡y que viva en el desierto! —se defiende Chivo.
—¡Es verdad! —dicen unos.
—¡Ummm!  —dicen otros.
Y allí está el grupo de amigos dividido en dos bandos: cada uno con un punto de vista, que defienden, olvidando que se reunieron para oír al contador de historias.
—¡Chicos! —interviene Leopold—. ¿No quieren saber qué sigue?
—¡Sí! —gritan todos a coro.
—Bien. Entonces guarden silencio y escuchen el resto de la historia…*

            Nota para los pequeños lectores: en Las Historias de cada quien se vale cambiar el nombre de los personajes y poner el suyo y el de sus amigos. Porque, ¿quién nunca ha soñado tener una aventura como las que, por fortuna, tienen los personajes de los libros? Yo sí, y seguro ustedes también.

México, D. F., 27 de enero de 2016.
*Tomado de El pingüino rojo




viernes, 22 de enero de 2016

Quiero abrazarte

quiero abrazarte 
encender tu cuerpo de ceniza
algo me dice tu nombre muerto
pero no lo entiendo
mutilado por besos
soy todos
soy nada
Dios me abandonó cuando niño
no me importó
manos secas tengo para ofrecer
un corazón viejo por vender
quiero estar lejos de mí
nadie me alimentó como tú
pero me siento desnutrido
como los perros de mi casa
quiero sonreír al amanecer
pero me gusta esta soledad
que llena mis zapatos

 J. Jonathan de la Cruz Pacheco

jueves, 26 de noviembre de 2015

La residencia (XXVII): Parte de guardia





Su andar deformado atraía la atención de inmediato. Las prominentes curvaturas de sus muslos, llanos y flacos, desataba la estruendosa hilaridad de cuanto curioso se cruzara en su camino. Hará cosa de tres años conocí a una mujer con grupa de caballa, pero sus furiosos relinchos llamaban a cautela. En cambio, con la anciana jefa de enseñanza el morbo y la curiosidad se externaban procazmente. No podía imaginarla desbocada por las desérticas estepas del la hospital, vociferando tras los residentes: sus elevados tacones, falsa y grotesca continuación de sus tobillos, se habrían dislocado al primer intento de galope, mientras su esquelética figura se iría desmoronando. Y eso sin tomar en cuenta los contratiempos que conllevan las fuertes corrientes de viento recorren los pasillos de este lugar.
La primera vez que la vi venir sobre sus zancos ancestrales no pude reprimir una carcajada y mi grito, abusivo y despiadado, fue a cloquearle sobre las arrugadas orejas, dándome tiempo apenas para buscar un escondite en la invisibilidad de mi ignorancia. Sin embargo, su miopía extrema me dio a entender —con una carcajada no menos burlona— que con la doctora X toda precaución tomada era innecesaria.
Ahora, también dueño de la situación, me apresté a darle el saludo.
—Buenos días —maldije con toda intención. Su mirada parda me buscó denodadamente en un radio de unos treinta centímetros, hasta que la sombra nebulosa de mi presencia se ancló en la maraña profunda de su retina desgajada.
—¿Qué vientos te traen por aquí, jovencito? —musitó, carraspeó, con su chillona y cacofónica voz.
—Los del sur —parodié a un viejo cantante español, sin comprender si ella tenía puta idea de mi sarcasmo barato.
— Ah... —y se puso a hurgar en su archivero, al que diariamente entraban revistas de propaganda médica, muestras de medicamentos y el polvo interminable que, a cada contoneo, desgranaba de su cuerpo, como si se tratara de la ofrenda que nuestros antepasados aztecas depositaban al interior de una tumba.
Seguramente, pensé, siente que el tiempo se le niega, que su vida, al igual que su jefatura, amenaza con infartarse de un momento a otro, dejando en paz a esta infeliz vida. Diariamente, al realizar esta rutina, quizá prepara su equipaje; el ritual de sus libros empolvados, las muestras médicas que jamás usará pues la práctica médica privada se encuentra lejos y en el olvido; y ya hace mucho tiempo que su útero se secó, quedando como una cáscara de naranja exprimida por el sol del trópico. Su pelambre decolorada por la senectud gobernante, en mechones ralos y ajados caía a momentos sobre su rostro, envolviéndola en un mayor silencio. Desde lejos, puede verse brillar su desierto casco y algunos cráteres dejados por el paso de los aerolitos accidentales. No se ve un solo piojo. Alguna vez, recuerdo, debieron venir hasta ella fantásticos excursionistas, los buscadores de animales prehistóricos, los buscadores del Lago Ness. Pero está jodida, pienso, de esa cabeza de piedra no nace ni un animalito de Walt Disney.
Me siento agotado, la guardia estuvo fatal y ya no puedo esperar a que venga un viento fuerte y la derrumbe: inflo los cachetes y soplo sobre el frágil cuerpo que no tarda en caer sin hacer nada de ruido. Al cabo mañana ya estaré en otro servicio.