martes, 4 de marzo de 2014

Conejillo de indias


Un gesto y un ¡Ay!, fue lo que el diablo obtuvo de Juvenal Baylón al puncionarle una vena del antebrazo derecho; también le extrajo diez mililitros de sangre, los cuales vació de inmediato en un bolígrafo especial con el que se firmó el contrato por el cual Juvenal cambiaba su alma por inmortalidad, riquezas y eterna juventud.

Ese día, el sol brillaba con intensidad en Cancún y la temperatura era de treinta y nueve grados a la sombra; por ello, Juvenal se dirigió a unos de los cubículos que en el interior tenían un cajero automático y una agradable temperatura. Frente al cajero, Juvenal pensó en una cifra: Diez mil, veinte mil; sin embargo, al recordar que el cajero sólo podía darle tres mil pesos por día, fue que tecleó esa cifra. Ya con el dinero en sus manos y la pantalla del cajero preguntando si haría otra operación, Juvenal, pidió que le fuera impreso su saldo. Cuando Juvenal salió del cajero, sonreía y llevaba un papel en la mano izquierda en el que estaba impresa una cifra de más de diez ceros a la derecha.

Con el sudor en la frente, Juvenal, pensó en la playa y en el agua, así que fue a comprar un traje de baño, unos huaraches, un bronceador y se dirigió al club de playa más exclusivo del puerto. Ahí pidió y tomó dos, tres, varios cocos con ginebra, los cuales hicieron estragos en su comportamiento, pues el capitán de meseros, parado frente a él, le pidió amablemente: “Por favor, señor, le agradecería que dejará de molestar a los demás clientes”. Juvenal, asintió con la cabeza y, trastabillando, se dirigió a darse un chapuzón en la playa.

El grado de embriaguez de Juvenal, era tal, que a los pocos minutos de ser llevado de un lado a otro por las olas, gritó en demanda de auxilio. El salvavidas del club de playa corrió en su ayuda, y de no ser un joven sano y fuerte, hubiese muerto en el intento de rescate de Juvenal. Los ciento veinte kilos de peso de Juvenal impidieron que fuera rescatado, y se hundió...

Cuatro horas después, en la arena de otra playa, el voluminoso cuerpo de Juvenal, era apenas movido por las olas. Media hora paso antes de que Juvenal recuperara la conciencia; misma que le hizo recordar el contrato que firmó con sangre: “Vaya, en un sólo día he comprobado que soy rico e inmortal. Ahora sólo falta saber si en verdad seré eternamente joven”. Después de mucho meditarlo, llegó a la conclusión de que únicamente el paso del tiempo le permitiría confirmar su eterna juventud.

Con la tranquilidad que da el dinero, Juvenal, se dedicó a gastarlo en viajes, francachelas, mujeres y vicios; y la confianza que da el saberse inmortal, le llevó a la práctica de los deportes extremos, el manejo de motocicletas y automóviles de lujo a grandes velocidades y al sexo sin protección...

Los días, los meses, los años y cualquier otra forma de compactar el tiempo, llegaron y se fueron, y el vaivén de la vida puso a Juvenal en deslucido hospital, en donde ciego, desnutrido e inmóvil, oye a los médicos, que sin prudencia comentaban frente a él: “Lo conocí cuando yo era estudiante y ya estaba en fase terminal”; “Tiene sarcoma de Kaposi, citomegalovirus y tuberculosis”; “Ochenta y cinco años con sida, ¿puedes creerlo?”.

Juvenal se siente como un conejillo de indias; un conejillo de indias inmortal...

jueves, 27 de febrero de 2014

La residencia (X): Solo un nacimiento


Sin gran delicadeza, la gorda mujer fue colocada sobre la mesa de operaciones. El anestesiólogo aún con el reflejo del sueño sobre su cara izquierda lavó mecánicamente la región lumbar; colocó un punto de anestésico y dijo quien sabe qué palabras (como quien habla dormido) y a continuación fue introduciendo lentamente la monumental aguja. “¡Ay!”, se quejó la señora y se fue quedando dormida. Lo último que alcanzó a decir fue que quería un hijo rojo posiblemente remembrando sus clases de filosofía ceceachera. Con la ayuda del residente de ginecoobstetricia y la enfermera circulante, pronto le dieron vuelta, dejando que la prominente panza apuntar al techo, como una diminuta montaña de carne oscura.
¡Date prisa para lavarla! gritó el obstetra desde las profundidades del sueño, intuyendo que en menos de quince minutos entraría en acción.
El larguirucho residente musitó un “sí doctor, como usted diga” indefinido y tomó un cepillo, unos guantes rojos, una cubeta de veinte litros y se dedicó a restregar la prominente panza, previamente untada con detergente con penetrante olor a durazno.
En el fondo de la monumental barriga, el chamaco no la pasaba del todo bien. Había tenido que soportar, sin protestar, la reducción borisvianesca del útero a cada contracción. “Y no hay ni para dónde hacerse”; pensaba que de un momento a otro el mundo se le vendría abajo. Pero por más que trataba de oponer resistencia, su cuerpo cedía, cada vez más enjuto. Cuando creyó encontrar al fin una salida, no tanteó bien las dimensiones y su cabeza quedó atorada en medio de un camino de huesos y carne macerada. “Carajo. ¿Y ahora cómo demonios salgo de aquí?”. Quiso volverse atrás, pero el camino estaba cerrado. No le quedaba más remedio que esperar un milagro. Cuando las contracciones cedieron por agotamiento creyó que tras la luz vendría la calma.
Ya nomás le doy otra pasadita... doctor. Luego la cera líquida y quedará rechinando de limpia escuchó gritar al residente en las alturas.
Es cierto que el escuincle no tenía forma de saber lo que es encontrarse atrapado bajo las ruinas de un terremoto como el del “85”,pero por esos hechos inexplicables del destino, tenía la sensación de que él ya había nacido aquel fatídico 19 de septiembre, y que el peso que lo asfixiaba salvajemente, era resultado de las toneladas de escombros que lentamente acabarían con su vida. “Sólo espero que estos cabrones que se oyen allá afuera no tarden mucho en rescatarme, pues hace como cuatro días que se me acabó el agua”. Tocó su cuerpo y no pudo percibir la humedad de antaño. Seco. Árido. La piel a medio lacerar. Quiso orinar para humedecerse un poco, pero su vejiga soltó un quejido y se quedó con las ganas. “Que no tarden tanto. Si no, que mejor vuelva a temblar y esto se acabe de una vez por todas, chingada madre”.
En ese momento, el guante rojo ascendió impávido entre la oscuridad de la carne: tres, cuatro restregadas más... y un rayo de luz que penetró momentáneamente por aquella rendija se disipó en silencio.
El nonato apenas pudo percatarse de lo sucedido.
Jamás oyó el jadeo de los perros amaestrados que los alemanes trajeron solidariamente. Jamás supo que existía el topo de Tlatelolco. Cuando los rescatistas lo encontraron estaba flácido, amoratado; su corazón apenas tenía la fuerza para maldecir entre lejanos latidos. Fue necesario que lo despertara a gritos: “Despiértate hijo de la chingada; ¿qué no ves que ya nos despertaste a todos y ahora quieres seguir dormido? ¡Pura madre, cabrón! Y le metí un tubo en la boca; le metí el oxígeno a la fuerza, y no que no: el escuincle despertó chillando, amodorrado, encanijado, pero si por su culpa me habían sacado de la cama para atenderlo, ¿creía que iba a permitir que el muy cabrón descansara como bello durmiente?”.
Ya más tranquilo, con el neonato envuelto en trapos azulosos, retorciéndose bajo la luz de una lámpara térmica, me fui a dormir. ¡Eran cerca de las cinco de la mañana! ¡Buena hora para hacer una cesárea!

martes, 11 de febrero de 2014

La residencia (IX): La Cebra


Todos la conocían como la Cebra. No porque galopara a grandes velocidades ni mucho menos por la blanquecina coloración de su pelambre. El mote tenía su origen en la semejanza que la hermanaba con el asno y su empedernida costumbre a vestir con gruesas rayas. Puede decirse en su descargo que no era una cebra común: lo mismo la rodeaban franjas azules que verdes, rojas o amarillas. Y era precisamente este hecho el que la llevaba a ser rechazada por la manada, animales guiados por cánones preestablecidos que no veían con buenos ojos la desviación de uno de ellos. Y si a todo eso le agregamos que su fenotipo dejaba mucho qué desear... Su enorme altura y su flaca y alargada grupa, desataban el chismorreo de compadres y comadres:

¡Esta cabrona más parece una jirafa!

Sus más cercanas amistades muchas veces le sugirieron que mejor se pintara de manchas café y cambiara de manada. Pero en el fondo, a pesar de su innata rebeldía, la Cebra era insegura y prefería ignorar los comentarios hirientes. Hasta ese día en que su idiosincrática bestialidad se posesionó de su mente y, cansada de habladurías, mandó al demonio a toda la manada.

Me tienen hasta la rechingada dijo con su voz de siempre, mormada y cavernaria. Y se fue relinchando, pues hacía tiempo rumiaba que, en realidad, no era cebra, sino una yegua desproporcionada. Desde luego, teoría sustentada en el viejo cuento de El patito feo.


viernes, 7 de febrero de 2014

La dieta


En mi tribu cada año nacen menos y enterramos más. La recolección de leña es pobre, y el frío que se avecina será atroz. El valle se ha ido marchitando. El forraje fresco lo disputamos con los animales. Si emigrásemos, las montañas serían nuestra tumba.

Chak, Chia y yo fuimos hacia la manada de puercos. Ningún animal nos teme. Con sigilo, apartamos dos pequeños del rebaño y los purificamos con fuego en la pedrera. La tribu se resistía a comerlos, pero los estimulé cuando yo lo hice.

El ulular del viento anuncia las heladas. Hay suficiente leña y los críos tienen sol nuevo en sus ojos.