jueves, 25 de abril de 2013

Viviendo con los tíos


Hacía largas caminatas para disminuir el aburrimiento. Caminaba a medio sol por el impulso de caminar.   Zigzagueante, toreando  los carros por instinto. Ver los objetos pálidos sin contornos: mirar, sin mirar y en mi interior construía un circo de varias pistas que en cada una de ellas transcurría  la vivencia  de un sueño. Todos los actos se ejecutaban al unísono, con flashes, focos intermitentes y un sol artificial; qué absurdo caminar a la deriva sin ser, ni tampoco ser de los demás.

El departamento donde vivía era lo más cercano a un quirófano, todos los muebles estaban donde deberían de estar. Dos veces al día llegaba una franela impecable a quitarles el polvo acumulado y a dejarlos en el mismo lugar. Tallar, tallar, hasta que el brillo le musitaba a la señora “hasta aquí”.

Me sentaba en la cama con temor, rogando a Dios no manchar o arrugar  la sábana que pudiese despertar el enfado de la señora. Había una atmósfera  que  apretaba de los hombros hasta meterte el cuello dentro del tórax. Respiraba como ratón y  el reloj  parecía soldado, que en vez de campanadas tocaba una marcha. El espejo  simulaba un tercer ojo, las lámparas en las esquinas  parecían torres. En la noche, para ir a mear, tenía que hacer un rito. En el silencio, me levantaba en dos tiempos, y antes de salir de mi cuarto revisaba uno a uno todos los botones de la pijama. Caminaba con tiento y cerraba la puerta del baño con seguro. Cuando el chorro grueso y enérgico caía en el agua de la taza haciendo un ruido mayúsculo, entonces musitaba con los incisos “Me vale madre”. Pero,  disfrutaba más al presionar la palanca del retrete; era entonces cuando la tasa se tragaba toda el agua con remolinos ruidosos y concluía con hipos violentos.

Ir a la calle era otra sensación, buscaba sitios transitados y me perdía en el gentío identificando a las mujeres que prodigasen sensualidad, las veía con emoción; que regodeo hacían mis ojos cuando parecían escuchar ese tam-tam que hacen dos glúteos al caminar. Una noche me encontraba en una glorieta. En ese semicírculo la vi. Me adelanté para mirar de reojo la cara. Su cuerpo me había dejado con un suspiro entrecortado. Tenía ojos pícaros que parecían invitarme. Ese instante en el que deseas abordar a una mujer es terrible y prefieres el silencio a un desprecio, sin embargo te cuestionas y después justificas: ¿Le digo un piropo? ¿La saludo? ¿Qué hago?, ¿qué hago? Sí le hago plática y me contesta, sí deja que la acompañe y con suerte acepta un ligue, después con qué dinero podría invitarle unos tacos, un café. Y sí…  de dónde sacaría para el hotel. ¡Eso sería tener buena suerte!,  o bien te manda a la chingada, o sale con que le has caído bien y te va a cobrar barato.

Harto de calle, llegaba al departamento y metía la llave con delicadeza, como si fuera a desvirgar una prostituta; para no despertar a la familia, no prendía la luz y a tientas llegaba a mi  dormitorio.

Me quitaba las ropas, y me enfundaba la pijama. Prenda que detesto, pero  hay que calzarla, para no contradecir la decencia. Me acostaba en línea recta, para no arrugar las sábanas y en el silencio total, me sucedía una inesperada erección a la cual tenía que cumplir,  de manera ordenada y metódica, con suspiros profundos, casi espirituales. Esa satisfacción era como una unción que me limpiaba de las porquerías acumuladas durante el día y me daba fuerzas para sostenerme en los días por venir.

viernes, 12 de abril de 2013

Servicio social (8): El buen anfitrión



Al Dr. Miguel Gómez Díaz
Supervisor Médico, Amealco, Qro.


El pequeño refrigerador entreabrió su hocico rectangular y dejó escapar un vaho gélido que, por un instante, convirtió a la clínica en un inmenso frigorífico de carnes argentinas.
¾¡Buenos días! ¾bostezó, sonrió, saludó al supervisor médico que horrorizado veía cómo una manita de cerdo a la vinagreta salía desde el fondo y lo estrechaba, palmeándolo amigablemente¾. ¡Su presencia en el centro de salud es un honor, señor doctor! ¡Esto hay que festejarlo!
Y yendo de las palabras a los hechos, el refrigerador extrajo un par de botellas de vino blanco, las que descorchó magistralmente y ofreció al pasante y al supervisor médico. Cuando las botellas fueron vaciadas, el refrigerador dispuso fuera de sí (en una práctica moderna y versátil que lo convertía de guardián de productos biológicos a frigobar-mesa de centro) un kilo de carne para asar, un cuarto de tocino ahumado, tres chuletas de cerdo frescas, 300 gramos de chorizo casero, kilo y medio de tortillas de harina Mamá Alejandra, 250 g de crema el Sauz, 150 g de queso ranchero, 500 g de queso manchego (ambos San Juan), un litro de leche Alpura 2000, cuatro sidrales Mundet, siete cervezas Modelo de lata y tres XX Lager, dos mangos (uno a medio mordisquear), medio racimo de uvas sin semilla, seis limones, dos jitomates, un racimo de cilantro, cuatro chiles jalapeños, una cabeza de ajo, un frasco de salsa para spaghetti, un vaso de mole Doña María... que el excelente cocinero que era el médico pasante agradeció, listo a preparar una abundante comida.
¾Espero que disculpes lo frugal de mi despensa ¾dijo sentidamente el refrigerador, ruborizando su blanca-gris-escarapelada superficie¾. Tú sabes, Miguel, que ya es media semana... y que, con el sueldo miserable que se paga a los pasantes, uno se tiene que apretar el cinturón.
Rendido ante tan amable cordialidad, el supervisor médico fue incapaz de rechazar el almuerzo.

Y amablemente, con la cordialidad característica del buen anfitrión homérico, se invitó al supervisor médico a degustar la apetitosa comida, que el médico pasante había servido. ..   
El supervisor Miguel Gómez, ante tanta amabilidad desbordada a su persona, fue incapaz de rechazarlo.


martes, 2 de abril de 2013

La medida del éxito



La tarta de cumpleaños y la fiesta familiar quedaron en el olvido. Lo de hoy es ver quién recibe más felicitaciones en las redes sociales.


Imagen tomada de la red

martes, 19 de marzo de 2013

Servicio social (7): Después de la tormenta



Al despertar, la tormenta había pasado (como una pesadilla que se diluye en las profundidades del pensamiento). Abrí los ojos ¾pesados, dolorosos¾ y la presencia del sueño se integró a la oscuridad de la noche o ¿quizás la madrugada? No sabía la hora. Traté de penetrar en mi reloj de pulso, pero era de esos que en la oscuridad son nada. No importa, pensé, es preferible mil veces esta realidad que la pesadilla en la que me enfrasqué. Sin embargo, aún atarantado por la resaca y el temor diluvianos, no quise levantarme de la cama ni alargar la mano en busca del interruptor de la lámpara. Temía prender la luz y encontrarme con algún animal marino ¾venenoso o no¾ o simplemente hallar junto a mi cama alguna bestia agazapada, en espera del menor movimiento. Lo mejor en estos casos, volví a pensar, es dormir de nueva cuenta. Ya mañana Dios dirá. Pero siempre con la esperanza y la posibilidad de que el sueño siga otro curso menos inquietante. Cerré los ojos y los mantuve fuertemente apretados por una eternidad imposible de calcular. Pero el sueño no llegaba. Los volví a apretar con mayor fuerza, los tallé cien veces, me acosté boca abajo, me tragué diez tabletas de diazepam que guardaba bajo la almohada, conté rebaños de ovejas más negras que las de Augusto Monterroso... pero el sueño se había espantado y ni con la mejor de las engañifas podía atraerlo de regreso. Me estoy desesperando, pensé, con los músculos tensos, los puños cerrados, el corazón acelerado, y un insulto en la boca. Y sin pensarlo más, llevado por el impulso instintivo de la furia en aumento, me abalance fuera de la cama en busca del interruptor de la luz al extremo de mi cama. Pero no llegué a tocarlo: caí, tropecé con el vacío, di vueltas, piruetas y volví a caer en un sinfín de oscuridad absoluta, que no tenía para cuando terminar.
¾¡Puta madre! ¾me escuché gritar, irreconocible, la voz más aguda¾. ¡No es que la luz se haya ido de la clínica...! ¡Estoy muerto! Y para colmo, parece que llegué al limbo.

sábado, 2 de marzo de 2013

La sombra del cedro



La mañana es fría. La gente cuchichea mientras se sienta. De las casas llega el olor a café. Empieza la sesión. Presido la mesa. En breve, las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión y convencimiento. Mis oyentes se hacen señas y muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.

Te recuerdo y te digo: “No puedo abrazarte, ni decirte lo bien que me he sentido. En la distancia contemplo fugazmente tus ojos. Si pudieras leer mi pensamiento, si pudieras mirarme la cara verías la sombra del viejo cedro que golpea la ventana y se recuesta en mis labios”.

Me preguntan, dialogo, discuto. Así son las mesas de trabajo. Mis ojos esperan con paciencia otro silencio. Otro disparo: “Tu y yo dándonos vueltas con los brazos abiertos para sentir la inmensidad del monte en nuestra piel”.


La gente mayor me invita a sus casas. Las mujeres, cuando se enteran que me gustan las plantas, desean enseñarme su jardín.


Llévese un codito, seguramente con esto recordará nuestro pueblo.


Yo acepto. Otras cortan algunas rosas y me las dan:


Para que se la lleve a su novia.


Nadie nota mi desesperación. Será un fin de semana largo. Me urge montarme en un carro. Comer kilómetros de la lengua de asfalto, sentir que nos esperamos. Ansioso de su abrazo, y ella del mío.