jueves, 25 de abril de 2013
viernes, 12 de abril de 2013
Servicio social (8): El buen anfitrión
Al Dr. Miguel Gómez Díaz
Supervisor Médico, Amealco, Qro.
El pequeño refrigerador entreabrió su hocico rectangular y
dejó escapar un vaho gélido que, por un instante, convirtió a la clínica en un
inmenso frigorífico de carnes argentinas.
¾¡Buenos días! ¾bostezó, sonrió, saludó al supervisor
médico que horrorizado veía cómo una manita de cerdo a la vinagreta salía desde
el fondo y lo estrechaba, palmeándolo amigablemente¾. ¡Su presencia en el centro de salud es
un honor, señor doctor! ¡Esto hay que festejarlo!
Y yendo de las palabras a los hechos, el
refrigerador extrajo un par de botellas de vino blanco, las que descorchó magistralmente
y ofreció al pasante y al supervisor médico. Cuando las botellas fueron
vaciadas, el refrigerador dispuso fuera de sí (en una práctica moderna y
versátil que lo convertía de guardián de productos biológicos a frigobar-mesa
de centro) un kilo de carne para asar, un cuarto de tocino ahumado, tres
chuletas de cerdo frescas, 300
gramos de chorizo casero, kilo y medio de tortillas de
harina Mamá Alejandra, 250 g
de crema el Sauz, 150 g
de queso ranchero, 500 g
de queso manchego (ambos San Juan), un litro de leche Alpura 2000, cuatro
sidrales Mundet, siete cervezas Modelo de lata y tres XX Lager, dos mangos (uno
a medio mordisquear), medio racimo de uvas sin semilla, seis limones, dos
jitomates, un racimo de cilantro, cuatro chiles jalapeños, una cabeza de ajo,
un frasco de salsa para spaghetti, un vaso de mole Doña María... que el excelente
cocinero que era el médico pasante agradeció, listo a preparar una
abundante comida.
¾Espero que disculpes lo frugal de mi
despensa ¾dijo sentidamente
el refrigerador, ruborizando su blanca-gris-escarapelada superficie¾. Tú sabes, Miguel, que ya es media
semana... y que, con el sueldo miserable que se paga a los pasantes, uno se
tiene que apretar el cinturón.
Rendido ante tan amable cordialidad, el
supervisor médico fue incapaz de rechazar el almuerzo.
Y amablemente, con la cordialidad
característica del buen anfitrión homérico, se invitó al supervisor médico a
degustar la apetitosa comida, que el médico pasante había servido. ..
El supervisor Miguel Gómez, ante tanta
amabilidad desbordada a su persona, fue incapaz de rechazarlo.
martes, 2 de abril de 2013
La medida del éxito
La tarta de cumpleaños y la fiesta familiar quedaron en
el olvido. Lo de hoy es ver quién recibe más felicitaciones en las redes
sociales.
Imagen tomada de la red
martes, 19 de marzo de 2013
Servicio social (7): Después de la tormenta
Al despertar, la tormenta había pasado (como una pesadilla
que se diluye en las profundidades del pensamiento). Abrí los ojos ¾pesados, dolorosos¾ y la presencia del sueño se integró a
la oscuridad de la noche o ¿quizás la madrugada? No sabía la hora. Traté de
penetrar en mi reloj de pulso, pero era de esos que en la oscuridad son nada.
No importa, pensé, es preferible mil veces esta realidad que la pesadilla en la
que me enfrasqué. Sin embargo, aún atarantado por la resaca y el temor
diluvianos, no quise levantarme de la cama ni alargar la mano en busca del
interruptor de la lámpara. Temía prender la luz y encontrarme con algún animal
marino ¾venenoso o no¾ o simplemente hallar junto a mi cama
alguna bestia agazapada, en espera del menor movimiento. Lo mejor en estos
casos, volví a pensar, es dormir de nueva cuenta. Ya mañana Dios dirá. Pero
siempre con la esperanza y la posibilidad de que el sueño siga otro curso menos
inquietante. Cerré los ojos y los mantuve fuertemente apretados por una
eternidad imposible de calcular. Pero el sueño no llegaba. Los volví a apretar
con mayor fuerza, los tallé cien veces, me acosté boca abajo, me tragué diez
tabletas de diazepam que guardaba bajo la almohada, conté rebaños de ovejas más
negras que las de Augusto Monterroso... pero el sueño se había espantado y ni
con la mejor de las engañifas podía atraerlo de regreso. Me estoy desesperando,
pensé, con los músculos tensos, los puños cerrados, el corazón acelerado, y un
insulto en la boca. Y sin pensarlo más, llevado por el impulso instintivo de la
furia en aumento, me abalance fuera de la cama en busca del interruptor de la
luz al extremo de mi cama. Pero no llegué a tocarlo: caí, tropecé con el vacío,
di vueltas, piruetas y volví a caer en un sinfín de oscuridad absoluta, que no
tenía para cuando terminar.
¾¡Puta madre! ¾me escuché gritar, irreconocible, la
voz más aguda¾. ¡No es que la luz se haya ido de la clínica...! ¡Estoy
muerto! Y para colmo, parece que llegué al limbo.
sábado, 2 de marzo de 2013
La sombra del cedro
La mañana es fría. La gente cuchichea mientras se sienta. De las casas
llega el olor a café. Empieza la sesión. Presido la mesa. En breve, las
personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión y
convencimiento. Mis oyentes se hacen señas y muestran interés. Hay gente de
pie, otras escuchan fuera del recinto. El sol se ha mostrado y entre la plática
con la comunidad, se abren silencios.
Te recuerdo y te digo: “No puedo abrazarte, ni decirte lo bien que me he
sentido. En la distancia contemplo fugazmente tus ojos. Si pudieras leer mi
pensamiento, si pudieras mirarme la cara verías la sombra del viejo cedro que
golpea la ventana y se recuesta en mis labios”.
Me preguntan, dialogo, discuto.
Así son las mesas de trabajo. Mis ojos esperan — con paciencia— otro silencio.
Otro disparo: “Tu y yo dándonos vueltas con los brazos abiertos para sentir la
inmensidad del monte en nuestra piel”.
La gente mayor me invita a sus
casas. Las mujeres, cuando se enteran que me gustan las plantas, desean enseñarme
su jardín.
—Llévese un codito, seguramente con esto recordará nuestro pueblo.
Yo acepto. Otras cortan algunas rosas y me las dan:
—Para que se la lleve a su novia.
Nadie nota mi desesperación. Será un fin de semana largo. Me urge montarme en
un carro. Comer kilómetros de la lengua de asfalto, sentir que nos esperamos.
Ansioso de su abrazo, y ella del mío.
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