martes, 31 de mayo de 2011

Una historia psiquiátrica (VII)


―Nunca quise a mi abuela paterna, a pesar de que yo era su nieto preferido. No me pregunten por qué, porque ni yo mismo lo sé. Era buena onda la vieja y me consentía demasiado. Me gustaba ir a su casa porque ahí yo era libre de hacer lo que me diera la gana; no porque ella me lo permitiera, sino porque no tenía control sobre mí. Recuerdo que un día me compró un rifle de diábolos para que fuera con mi papá a cazar palomas. Demás está decir que no pude esperar a las vacaciones de mi padre. Esa misma tarde tomé el rifle y subí a la azotea. Durante un rato les estuve disparando a los pájaros pero sin resultados… (Invadido por un acceso de risa, Alberto hace una pausa.) Fue entonces que se me ocurrió que era más fácil dispararle a la gente. ¡Sí! ¡Hubieran visto las caras que ponían! Era divertido porque los veía venir a lo lejos. Decía: al de la camisa azul. Entonces prestaba toda mi atención al de la camisa azul, lo seguía con la vista cuando pasaba por aquí y cuando ya estaba lejos, sacaba el rifle por un agujerito, apuntaba a su espalda y ¡zas!, disparaba. (Un nuevo acceso de risa invade a Alberto). Los pobres se volteaban, tiraban manotazos al vacío, seguramente pensaban que les había picado algo; otros se rascaban, unos más echaban a correr temerosos de otro ataque. Mi juego terminó el día que un güey paró una patrulla y trajo a los policías derechito a la casa de la abuela. De puro milagro me salvé de la correccional (porque le dieron una buena lana), pero me quitaron el rifle y dijeron que debían llevarme al sicólogo. La abuela apechugó: nunca les dijo nada a mi papá, que nomás estaba esperando un pretéxto para meterme a una escuela militarizada.

Imagen tomada de la red.

lunes, 30 de mayo de 2011

Una historia psiquiátrica (VI)


El closet era una casa más de las típicas de la zona, sin anuncios ni señalamientos que hicieran pensar en el giro negro que era. Sólo el valet parking que recibió el coche y la fama que precedía al lugar levantaban suspicacias entre los vecinos.
            ―Tenemos cita ―anunció Alberto.
            ―Déjalos pasar, son los doctores ―dijo una voz de mujer desde adentro.
            Pasamos a una sala de estar amplia y acogedora; nada que ver con la idea que teníamos de un prostíbulo de película mexicana. Quizás la pequeña cantina en un costado y el barman que la atendía eran lo más cercano. La mujer de la voz, materializada en la escalera, vino al encuentro de Alberto, que la recibió con un abrazo y un beso en la mejilla.
―Como te había dicho, son los doctores que vienen de la Secretaría ―comenzó Alberto en ese tono circunspecto que le conocíamos también; uno a unos nos fue presentando por nuestro nombre y grado médico recientemente adquirido.
            ―Tomen asiento y pidan una copa, doctores, ahoritita bajan las muchachas.

Tras el éxito médico obtenido en El closet, no cabíamos de admiración por Alberto. Como especialistas, cada quien realizó el interrogatorio y exploración de su área. Cardiólogo prematuro, puse en práctica las enseñanzas del doctor Ventrículo: semiología inquisitiva, exploración visual y táctil indagatoria, percusión precisa del área ―marcando externamente la silueta cardiaca con la ayuda de un plumín azul― y auscultación a fondo de los ruidos cardiacos de la hermosa y sonriente joven, a quien mis dedos causaban cosquillas. Jesús, otorrinolaringólogo-oftalmólogo, se abocó a la cabeza y el cuello; Alejandro, gastroenterólogo, hizo del abdomen su vasto campo de estudio; Eric, ortopedista, realizó un análisis concienzudo de las cuatro extremidades, haciendo hincapié en la perfección de las dos inferiores; y finalmente Alberto, que había sido el cerebro detrás de aquel fraudulento montaje, desempeñó digna y profesionalmente su papel de ginecólogo, pidiendo intimidad para su paciente.

Imagen tomada de la red.

sábado, 28 de mayo de 2011

Una historia psiquiátrica (V)


Alberto nos presentó a su mamá y a su hermana. Su papá, un prominente cirujano, hacía tiempo que vivía en Guadalajara. Subimos a su Crown Victoria y salimos a la tarde tibia de la colonia Roma.
            ―¿Qué plan, Alberto? ―preguntó Eric, comenzando nuestro habitual interrogatorio.
            ―Todo está en orden. Dije que somos de la Secretaría de Salud. La dueña se asustó al principio, pero se acordó que soy cliente distinguido y se tranquilizó ―a continuación nos repartió a cada quien su especialidad―. Yo soy el ginecólogo ―se agandalló.
            Tenía mis dudas sobre ser especialista al vapor; dejar el uniforme blanco de estudiante por bata y ropa de vestir no agregaba años a nuestra apariencia. Seguíamos siendo los mismos chamacos de tercero de medicina, pero disfrazados.
―¿Ven aquella muchacha con la niña? ―mis cavilaciones fueron interrumpidas por la voz de Alberto, que señalaba a una mujer al otro lado del crucero―. Vamos a divertirnos.
            El chirrido de las llantas al frenar hizo que la gente buscara instintivamente de dónde provenía. Antes de que la mujer con la niña se diera cuenta de que el motivo de aquel alboroto ella, Alberto le había cerrado el paso con el choche, subiéndolo a la banqueta.
            ―¡Ella fue la que se robó a la niña, señor agente! ¡Ella fue! ¡Deténgala! ¡Deténgala! ¡Llévesela a la cárcel!― gritaba  Alberto a un imaginario policía que debía estar entre nosotros. La joven mujer, llorosa y sin comprender qué sucedía, negaba ser secuestradora e imploraba que se trataba de un error: ella sólo era la sirvienta y llevaba a la niña del parque a su casa. Cuando la gente comenzaba a acercarse para ver que sucedía, Alberto, que no había soltado el volante, metió el acelerador y desaparecimos del lugar.
            ―¡Pinche Alberto, estás bien loco! ―exclamó Jesús. Le dimos la razón. Alberto reía como orate.

Imagen tomada de la red.

viernes, 27 de mayo de 2011

Una historia psiquiátrica (IV)



Cuando la doctora X nos dejó realizar un historial clínico psicológico, inmediatamente pensamos en Alberto como era el sujeto idóneo. Aprovechando la amistad que nos unía, entramos intencionalmente en su vida y conocimos pasajes que, por desgracia, al ser obtenidos como parte una relación médico-paciente encubierta, no pueden ni deben ser develados aquí.  Sin embargo, debió hacerse con el mayor tacto para que no sospechara que él era nuestro sujeto de estudio. Mientras buscábamos la manera de hacerlo, Por esas ironías de la vida, fue Alberto quien ofreció la solución.
―Conozco a la dueña de El closet, si quieren le puedo decir que nos preste una de sus putas.
El closet era una “estética” que se anunciaba en los clasificados de casi todos los periódicos y revistas de la ciudad; dicho en lenguaje llano, se trataba del prostíbulo de moda entre los capitalinos.
―¿Y qué le vamos a decir a Magda y a Vero? ―inquirí.
―Que les toca mecanografiar el trabajo ―resolvió Jesús.
―¡Ustedes traman algo! ―protestó indignada Verónica.
Magdalena me miró con su habitual desconfianza, pero no hizo comentarios. Su silencio me dijo que acababa de perder el poco terreno ganado en su conquista.
―Está bien, ustedes ganan ―me apresuré a recuperar lo perdido―. Alberto es el paciente, pero no lo sabe.
―¡Qué! ―dijo Magda, entre risueña y asustada―. Si los descubre no va a cooperar y adiós calificación. ¡Ustedes están más locos que él!
―Por eso necesitamos pasar tiempo con él, acompañarlo a los sitios que acostumbra, tomarnos unas copas… Todo estará bien ―explicó Alejandro.
―Pues no sé. Para no arriesgarle, nosotras tomaremos un paciente del pabellón. Si las cosas salen mal con Alberto no quiero andar corriendo.
―Excelente idea. Así estamos cubiertos para cualquier contratiempo ―agregué, esquivando la mirada fría de Magda. Para su cumpleaños debía pensar darle algo más que felicitaciones. Tal vez unas flores.

Imagen tomada de la red.

El baile del payaso

 

Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar a los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas. Llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. -Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones-, por lo que murmuraba en totonaco un rezo de perdón. -Tirar el árbol, derramarlo, trozarlo y, con rústicas poleas, subirlo a una tarima, exige destreza. Trabajaba en silencio. El único ruido que se oía era el roer de los dientes de acero. -Era una sierra manual, que requería un ojo aritmético y un pulso fino para mantener la dirección del corte. Su oído tenía que ignorar el dolor de la madera y concentrarse en pisadas de caballos o voces humanas y adquirió con los años un oído de centinela-.
Por las tardes deambulaba por el parque, la iglesia o el palacio municipal y al saludarlo, sabías que su mano era una pinza revestida por piel gruesa. Traía cabello corto, que lo cubría con su sombrero de palma; la frente, surcada por hondos canales, servía de marco para unos ojillos que ven mejor cuando los entrecierra, pero que no adivinas qué hay detrás; sólo una gran carnosidad, que amenaza con saltar.
Las fiestas del pueblo estaban por terminar. En la plaza había ruido de tambores, violines. Sobre la gente arremolinada pude atisbar entre la cerca de hombros y sombreros, el baile del payaso
En medio del cuadrado estaba él, vestido de payaso; en cada ángulo un bailador. Movía hombros y piernas con la gracia y elasticidad; se acercaba a cada uno de los danzantes y, bajo el influjo de la música, estremecía su cuerpo, lo hacía temblar durante unos minutos y, con vertiginosa armonía, saltaba de una esquina a otra. Tal parecía un reto, que finalizaba consigo mismo. Bailaba solo; sus acompañantes habían desaparecido y entre el silencio y la risa destacaba más su profunda soledad: se hacía irreal, sin tiempo, y era un espíritu libre, lejos de la pobreza y la miseria diaria. Poco a poco doblaba su cuerpo con finos estertores, llegaban las convulsiones y, la muerte que coincidía con la nota aguda y lastimera del violín. El público le miraba con tristeza, como viendo parte de su vida en la muerte del payaso. Poco después cada quién seguía su camino.
Jamás me hubiese imaginado que aquel aserrador con ojillos de camaleón y manos de madera fuese un bailador que tuviese la gracia de un colibrí.
Un mes después supe que estaba en el penal; su hijo, Nemesio, me contó que los militares supieron donde estaba aserrando, porque quien lo había contratado, se encargó de decirles, para evitarse el pago de su trabajo.
Le dejé unos centavos, y la promesa de estar pendiente de su familia. Salió un año después. Volvió a aserrar; sólo que ahora lo hacía por encargo de la autoridad; nadie como él para sacar la tabla: tan recta, tan limpia. Cuando llegaron de nuevo las fiestas, aquel payaso con cuerpo de potro y alas de colibrí, ya no daría más saltos de felino.