miércoles, 24 de octubre de 2012

Antología de escritores médicos mexicanos (II)

Manuel Acuña Narro
     (27 de agosto de 1849-6 de diciembre de 1873)



"En rigor no puede decirse que fue médico ya que siendo estudiante de Medicina fue devorado por el mal de Werther. Muerto en flor de juventud (24 años), cuando aún no había madurado en su producción, cuando era un juguete de todas las pasiones juveniles, cuando estaba influenciado por una bohemia enfermiza, pudo, sin embargo, hacer gala de inspiración tormentosa y de una facilidad poco común para versificar. 
En sus poemas se presiente al gran poeta que no tuvo tiempo de llegar a ser. Acuña no fue más que el embrión del gran poeta que nunca llegó a nacer."*
          Ricardo Pérez Gallardo


Ante un cadáver 
(Fragmento)

¡Y bien!, aquí estás ya... sobre la plancha
donde el gran horizonte de la ciencia
la extensión de sus límites ensancha.

Aquí donde la rígida experiencia
viene a dictar las leyes superiores
a que está sometida la existencia.

Aquí donde la ciencia se adelanta
a leer la solución de ese problema
cuyo solo enunciado nos espanta:

ella, que tiene la razón por lema,
y que en tus labios escuchar ansía
la augusta voz de la verdad suprema.

La luz de tus pupilas ya no existe,
tu máquina vital descansa inerte
y a cumplir con su objeto se resiste.

La tumba solo guarda un esqueleto;
mas la vida en su bóveda mortuoria
prosigue alimentándose en secreto.

Que al fin de esta existencia transitoria,
a la que tanto nuestro afán se adhiere,
la materia inmortal como la gloria,
cambia de formas, pero nunca muere.



*Antología de escritores médicos mexicanos, Editora Latino Americana, 1966. 

martes, 23 de octubre de 2012

El camaleón, de Anton Chejov (1860-1904)


El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y un hatillo en la mano, cruza la plaza del mercado. Tras él camina un municipal pelirrojo con un cedazo lleno de grosellas decomisadas. En torno reina el silencio... En la plaza no hay ni un alma... Las puertas abiertas de las tiendas y tabernas miran el mundo melancólicamente, como fauces hambrientas; en sus inmediaciones no hay ni siquiera mendigos.

-¿A quién muerdes, maldito? -oye de pronto Ochumélov-. ¡No lo dejen salir, muchachos! ¡Ahora no está permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah... ah!

Se oye el chillido de un perro. Ochumélov vuelve la vista y ve que del almacén de leña de Pichuguin, saltando sobre tres patas y mirando a un lado y a otro, sale corriendo un perro. Lo persigue un hombre con camisa de percal almidonada y el chaleco desabrochado. Corre tras el perro con todo el cuerpo inclinado hacia delante, cae y agarra al animal por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido y otro grito: «¡No lo dejes escapar!» Caras soñolientas aparecen en las puertas de las tiendas y pronto, junto al almacén de leña, como si hubiera brotado del suelo, se apiña la gente.

-¡Se ha producido un desorden, señoría!... -dice el municipal.

Ochumélov da media vuelta a la izquierda y se dirige hacia el grupo. En la misma puerta del almacén de leña ve al hombre antes descrito, con el chaleco desabrochado, quien ya de pie levanta la mano derecha y muestra un dedo ensangrentado. En su cara de alcohólico parece leerse: «¡Te voy a despellejar, granuja!»; el mismo dedo es como una bandera de victoria. Ochumélov reconoce en él al orfebre Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas delanteras y temblando, está sentado en el suelo el culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo. Sus ojos lacrimosos tienen una expresión de angustia y pavor.

-¿Qué ha ocurrido? -pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre la gente-. ¿Qué es esto? ¿Qué haces tú ahí con el dedo?... ¿Quién ha gritado?

-Yo no me he metido con nadie, señoría... -empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con la mano-. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este maldito perro, sin más ni más, me ha mordido el dedo... Perdóneme, yo soy un hombre que se gana la vida con su trabajo... Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una semana sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito, señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales... Si todos empiezan a morder, sería mejor morirse...

-¡Hum!... Está bien... -dice Ochumélov, carraspeando y arqueando las cejas-. Está bien... ¿De quién es el perro? Esto no quedará así. ¡Les voy a enseñar a dejar los perros sueltos! Ya es hora de tratar con esos señores que no desean cumplir las ordenanzas. Cuando le hagan pagar una multa, sabrá ese miserable lo que significa dejar en la calle perros y otros animales. ¡Se va a acordar de mí!... Eldirin -prosigue el inspector, volviéndose hacia el guardia-, infórmate de quién es el perro y levanta el oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin perder un instante! Seguramente está rabioso... ¿Quién es su amo?

-Es del general Zhigálov -dice alguien.

-¿Del general Zhigálov? ¡Hum!... Eldirin, ayúdame a quitarme el capote... ¡Hace un calor terrible! Seguramente anuncia lluvia... Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? -sigue Ochumélov, dirigiéndose a Jriukin. ¿Es que te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grande! Has debido de clavarte un clavo y luego se te ha ocurrido la idea de decir esa mentira. Porque tú... ¡ya nos conocemos! ¡Los conozco a todos, diablos!

-Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para reírse, y el perro, que no es tonto, le ha dado un mordisco... Siempre está haciendo cosas por el estilo, señoría.  

-¡Mientes, tuerto! ¿Para qué mientes, si no has visto nada? Su señoría es un señor inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad... Y, si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley... Ahora todos somos iguales... Un hermano mío es gendarme... por si quieres saberlo...

-¡Basta de comentarios!

-No, no es del general.-Observa pensativo el municipal-. El general no tiene perros como éste. Son más bien perros de muestra...

-¿Estás seguro?

-Sí, señoría...

-Yo mismo lo sé. Los perros del general son caros, de raza, mientras que éste ¡el diablo sabe lo que es! No tiene ni pelo ni planta... es un asco. ¿Cómo va a tener un perro así? ¿Dónde tienen la cabeza? Si este perro apareciese en Petersburgo o en Moscú, ¿saben lo que pasaría? No se pararían en barras, sino que, al momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido perjudicado; no dejes el asunto... ¡Ya es hora de darles una lección!

-Aunque podría ser del general... –piensa el guardia en voz alta-. No lo lleva escrito en el morro... El otro día vi en su patio un perro como éste.

-¡Es del general, seguro! -dice una voz.

-¡Hum!... Ayúdame a ponerme el capote, Eldirin... Parece que ha refrescado... Siento escalofríos... Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado y que se lo mando... Y di que no lo dejen salir a la calle... Puede ser un perro de precio, y si cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán en echarlo a perder. El perro es un animal delicado... Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está bien de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes la culpa!...

-Por ahí va el cocinero del general; le preguntaremos... ¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este perro... ¿Es de ustedes?

-¡Qué ocurrencias! ¡Jamás ha habido perros como éste en nuestra casa!

-¡Basta de preguntas! -dice Ochumélov-. Es un perro vagabundo. No hay razón para perder el tiempo en conversaciones... Si yo he dicho que es un perro vagabundo, es un perro vagabundo... Hay que matarlo y se acabó.

-No es nuestro -sigue Prójor-. Es del hermano del general, que vino hace unos días. A mi amo no le gustan los galgos. A su hermano...

-¿Es que ha venido su hermano? ¿Vladímir Ivánich? -pregunta Ochumélov, y todo su rostro se ilumina con una sonrisa de ternura-. ¡Vaya por Dios! No me había enterado. ¿Ha venido de visita?

-Sí...

-Vaya... Echaba de menos a su hermano... Y yo sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro mucho... Llévatelo... El perro no está mal... Es muy vivo... ¡Le ha mordido el dedo a éste! Ja, ja, ja... Ea, ¿por qué tiemblas? Rrrr... Rrrr... Se ha enfadado, el muy pillo... Vaya con el perrito...

Prójor llama al animal y se aleja con él del almacén de leña... La gente se ríe de Jriukin.

-¡Ya nos veremos las caras! -le amenaza Ochumélov, y, envolviéndose en el capote, sigue su camino por la plaza del mercado.
 
 
Imagen: Antón Chéjov, por Osip Braz, 1898. 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Competencia de miradas


Se observan fijamente. Los separa una breve distancia, que la salamandra acorta poco a poco, sin romper el contacto visual.

Gana la mosca. ¿Su premio? Ser digerida rápidamente.
 
 
Imagen de Andrés Gross: Salamandras cazando moscas.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Servicio Social: (2) La cena de la culebra


PARA SER MIS primeras 8 horas de servicio social, no la estaba pasando nada mal. Levanté mi cerveza y brindé por los dioses otomíes, que seguramente a esta hora rondaban la clínica, atraídos por la música y el alcohol. El repiqueteo de la lluvia sobre el techo de lámina fue la confirmación de mis sospechas. Destapé otra lata cerveza para agradecer su gesto. A mi alrededor, los expasantes bebían como si ésta fuera la última borrachera de sus vidas (y no la primera de su nueva etapa). Como dijera uno que cabeceaba en un rincón:

Es nuestra forma de dar gracias a la clínica por su discreta y silenciosa contemplación.

El comentario, entre poético y delirante, provocó que todos lo acusaran de mamón.

Los fantasmas de existir posiblemente se encontraban afuera de la clínica, protegiéndose de la lluvia en algunas de los cientos de botellas vacías que adornaban el jardín.

A las diez de la noche, la gastritis postetílica hacía estragos en nuestras entrañas. Bastaba ver los rostros  o bajarle el volumen al estéreo para oír claramente el diálogo de estómago e intestinos, convulsionados por insoportables retortijones.

―¿Y qué chingados vamos a cenar? preguntó una voz anónima, seguramente de alguno de los nuevos pasantes.

Los expasantes, que eran nuestros anfitriones, considerando que aquella sería su última noche en la clínica, no se preocuparon por volver a llenar el refrigerador por nada que no fueran cervezas y refrescos. Ante el ayuno inminente, los nuevos pasantes nos miramos preocupados: ignorando si contaríamos si quiera con energía eléctrica, nunca se nos ocurrió llevar un frigorífico, y menos pensamos en un poco de comida. ¡Nos habían contado tantas historias acerca de una anciana caritativa, con nietas hermosas, que acogería en su mesa a los médicos pasantes en su primera cena.

―Pues lo más importante, o sea los pomos, aquí están… esos nunca faltaron… excusó el expansante de Santiago Mexquititlán.

―¡Salud por el año que se avecina! ―dijimos a coro.

Un ruido de fierros mojados fuera de la clínica atrajo nuestra atención: alguien se estaba brincándose la valla y no tardaría en estar dentro de la clínica, pensamos, no sin cierto temor justificado por nuestra novatés. Y esperamos con los ojos desorbitados que el portón se abriera.

¿Y si es uno de estos dioses indígenas que se ha despertado molesto por nuestro alboroto? preguntó Margarita, acercándose a Rubén.

Si nuestro desmadre le incomodara a los dioses, seguramente ya nos habrían devorado... farfulló el anfitrión, tranquilizándonos.

Se abrió la puerta de la clínica y entró el expasante del poblado de La Torre, sacudiéndose el agua y limpiándose el lodo de los zapatos. La tranquilidad volvió a nuestros rostros, frustrando en el fondo nuestra desesperanza esotérica.

Oye, güey, ¿no trajiste algo de comer? preguntó el expasante de San Pedro Tenango.

Con sonrisa burlona y demostrando un gran histrionismo, el aspirante a médico internista, sabedor de la necesidad de combinar el alcohol con los alimento, nos tranquilizó.

          El problema de la cena está resulto señaló el morral que llevaba colgado en un costado.

La ovación se fue apagando cuando extrajo de su morral un manojo oscuro y amorfo, que despertó las preguntas de los presentes.

Es solo una pinche víbora que acaban de atropellar en la carretera. Le pasó la llanta por la cabeza y adiós mundo cruel. Pero el resto del cuerpo está bien ―y extendió el animal sobre la mesa para que lo viéramos, provocando la repugnancia de unos y la risa histérica de otros. Una culebra de dos metros, bien nos alimenta a todos.

Decapitada, húmeda, pero todavía con el calorcito vaporoso de la muerte reciente.

Una aureola de misticismo se cernió sobre nuestras cabezas; era posiblemente la presencia de los dioses otomíes que rondaban la clínica la que nos hizo callar y aceptar su designio. ¿Era acaso esto una ofrenda, un pacto de bienvenida o despedida para con estos hombres que luchan a diario por la salud de los suyos? Para ser sincero, habríamos esperado una bienvenida con un borrego en barbacoa o un buen mole de guajolote.

¾Pero estos no son dioses griegos, buey, pensé, envuelto en un halo de lucidez etílica. Y volví a levantar mi cerveza, brindando con ellos.

Una hora después ¾ya completamente ebrios, olvidándonos de la repugnancia primera¾ nos dispusimos a engullir los trozos de culebra, que semejaban pescuezos de pollo con un poco más de carne. No digo que fue aquella la mejor cena de nuestra vida, pero creo que sí nos darían la energía suficiente para seguir soportando las borracheras de los otros trescientos sesenta y cuatro días por transcurrir.

Imagen toda de la red.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Servicio Social: (1) La llegada


Todos llegan por el mismo camino. El frío oscuro de lo desconocido fue la señal para que se levantara precipitadamente del asiento, corriera trastabillando por el pasillo congestionado del autobús y, sin aplastar ni un pollo, alcanzara la puerta justo en la parada del pueblo.
¾¡Bajan en Donicá! ¾grita un joven flaco, a pesar de que tres pasajeros descendían tranquilamente.
Allí estaba a media mañana, detenido en el tiempo a orillas de una carretera, sin saber para dónde caminar, buscando desesperadamente las siglas salvadoras: “S.S.A.” Secretaría de Salubridad y Asistencia.
¾Perdone... ¾se dirige a una de las mujeres que acababan de descender del autobús. La mujer señala un camino de tierra roja; luego le ofreció una sonrisa de topo tímido.
―Allí donde se ven aquellos árboles y la antena. Ahí está la clínica que busca.
El mapa del Estado de Querétaro que consultó debió estar equivocado. Según aquel, la clínica se encontraba al pie de la carretera Temascalcingo-Amealco. Se sintió decepcionado.
A sus recién cumplidos veinticuatro años, el médico pasante en servicio social de Donicá, se echó a caminar cuesta bajo por la carretera roja. No está convencido que ese camino lo lleve al que será su hogar por el próximo año. Camina arrastrando los pies, la mochila le pesa, siente bajo los tenis las piedras granulosas de la recién mantenida carretera. Se llamaba José Manuel y es originario de Jerécuaro, Gto., pero en esta historia prefiere no ser nadie. Apenas ha caminado cien metros y la angustia lo invade, se decepciona sin saber por qué. Quizá porque el camino rojo parece no terminar, perdido entre curvas y arboledas. A pesar de ser mediodía, un frío intransigente cala, maltrata. La distancia se prolonga más allá del río, entre otra curva y más árboles.
¾Perdone... ¿la clínica? ¾la mujer, indiscutiblemente otomí, por su indumentaria, apenas si presta atención al estúpido joven que se cruza en su camino. Y sigue su marcha precipitadamente.
¾¡Chinga tu madre! ¾musita casi en silencio, invadido por una oleada de furor. Quisiera gritarle que ¿acaso no sabía que él era el nuevo médico pasante de la comunidad?, que ya tendría necesidad de consultarlo y entonces vería, hija de su pinche madre. Pero no fue solo el furor lo que le invadió: éste llegó y desapareció como si no nunca hubiera existido, como una simple oleada intempestiva que invade, pero que se disipa al poco tiempo. Y nuevamente, en su reciente llegada, se sintió solo y vacío; incomprendido. Solo y su alma; desahuciado, con la necesidad de abrir aún más los ojos y comprender el medio que lo rodea. Con ganas de despertar del sueño apenas iniciado y saber que no era este el sitio al que lo habían asignado por un año.
Al salir de la curva, ochocientos metros adelante, apareció el cono rojo característico de las bodegas Conasupo, supo que ahí, por todos los demonios, estaba la clínica, entre pinos temblorosos, agitados tempestuosamente por la brisa emanada de la presa Santiago Mexquititlán.
Y por primera vez, en los diez minutos que llevaba en la comunidad de Donicá, tuvo un instante de calma.
 
Imagen tomada de la red.