martes, 29 de diciembre de 2020

La octava lección para la renovación del matrimonio



 

De las flores hermosas sólo dos.  

La flor del cerezo y el azahar de los naranjos, coronados ambos con gotas de rocío.

Los hombres casados entraron al templo con pequeños ramitos de una y otra flor. Vestían tal y como los monjes se los habían indicado.

-La camisa deberá ser blanca, de seda cruda, de manga larga y holgada, la botonadura de concha nácar. Los pantalones serán negros y con pinzas al frente, también de seda y, el cinto, será ajustado con un cordón púrpura. Las zapatillas blancas y sólo de piel de borrego.

El saco será púrpura, y de largo hasta medio muslo.

El cabello de todos los señores, se peinará con laca negra perfumada de sándalo-.

Después de los cánticos y al término de la ceremonia, los hombres abandonarán el templo e irán a las casas.

Cada uno lo hará a una casa distinta a la suya, y entrará sin dilación y sin permiso alguno.

Atravesará el patio hasta llegar a la alcoba. Allí le esperará una mujer (que no será la suya) recostada sobre una estera de bambú con una sábana de seda, su cabello habrá sido peinado y perfumado solamente, con aceite de jazmín. La mujer cubrirá su desnudez con una bata escarlata con el estampado de una flor de lirio, blanca, a la altura del corazón.

La alcoba se inundará con el perfume de la laca y el sándalo untados en el cabello y el azahar de los naranjos del varón y, el aceite de jazmín.

Hombres y mujeres se entregarán aquella tarde, al juego amoroso sin restricción alguna hasta que, caída la penumbra de la noche y bajo la densa bruma, se comiencen a escuchar las suaves notas de laúdes y tambores tocados por los monjes. Entonces, cada uno de los hombres vestirá de nuevo sus prendas y saldrá de aquella casa ajena sin volver la vista atrás; encaminando los pasos esta vez sí, a su propia casa. Allí hallará a su mujer recostada, cubierta su desnudez con una bata escarlata con el estampado de una flor de lirio a la altura del corazón, se sonreirán uno al otro. Beberán el té y después, yacerán en silencio con la quietud del alma hasta la alborada.

A partir de su encuentro todo lo habían hecho en profundo mutis. Por la mañana, lavaron sus cuerpos, hicieron cuidadosas abluciones, echaron a una hoguera ropas y sábanas del día previo.  Vistieron vestidos nuevos, ella totalmente de blanco y él con un traje negro y, de nuevo, andarán el camino renovado del matrimonio, como si nada hubiera pasado, como si fuera esta la primera de las noches de ellos dos, juntos.

-Que nuestros sentimientos sean como los sauces en la playa de Totomi, rompieron su silencio recitando aquel poema de Manyoshu sobre los sauces que, renacen, a pesar de las adversidades.

Día dieciséis del mes quinto.

Año 74, Provincia Shanxi

 

©2020 By Oscar Mtz. Molina


 

lunes, 21 de septiembre de 2020

De las evaporaciones o del acto de esfumarse

 






I

De la familia me tocó ser el tercero, con muchos años de diferencia entre uno y otro caso. El primero y el más clásico fue el del abuelo. En la espera del desayuno preparado por la abuela, -huevos rancheros con frijoles refritos, y una ramita de perejil fresco.

-ahorita vengo, exclamó el abuelo, voy por unos cigarros agregó levantándose de la mesa.

-Todavía pude ver su espalda erguida traspasando la puerta, contaba la abuela, muchos años después.

Fueron en total veintitrés años, tres meses y dieciséis días en los que, se ignoró absolutamente, cualquier indicio del paradero del viejo. Mismo tiempo en que la abuela jamás dejó de colocar su plato y sus cubiertos a la cabecera de la mesa, lugar por supuesto al que todos nos acostumbramos a dejar libre a la hora del desayuno. Puntual también, para su cumpleaños y para el día de su santo, la abuela preparaba cuidadosamente los huevos rancheros con frijoles refritos y perejil fresco. Se casó mi padre, el primogénito, nacimos mis dos hermanos y yo, y al cumplir los diez años nos enterábamos con discreción lo del asunto del abuelo. Era una especie de ritual de masoquismo extremo al que éramos sometidos los nietos. Casi simultáneamente nos enterábamos de la realidad y crudeza de la vida con la falsedad del ratón de los dientes, santa Clos, los reyes magos y la ausencia de aquel hombre. Una mañana sabatina, contando yo los catorce años, justo a la hora del desayuno, vimos aparecer por la puerta, un hombrón de espaldas curvas y rostro hosco que, sin decir esta boca es mía, cruzó la sala, tomó asiento en la cabecera de la mesa y esperó tranquilo. Casi con el mismo gesto hosco y por supuesto en total silencio, se asomó la abuela por la puerta de la cocina, desapareció y reapareció enseguida con los huevos rancheros humeantes y olorosos, los frijoles refritos, por un lado. Para aquella época, el perejil ya estaba envasado por lo que, la abuela, lo había espolvoreado sobre los frijoles.

- ¿no hay perejil fresco? Preguntó el abuelo, y de inmediato me mandó la abuela a comprar al tendejón de la esquina.

Precavida como ella sola, la abuela había deslizado junto al plato con los huevos, una cajetilla de cigarros.

-ya no fumo, dijo el abuelo.

II

Lo del tío Hesiquio, el hermano menor de mi padre, fue menos clásico, pero más doloroso para la abuela, sucedió justo al cumplirse los quince años de lo del abuelo. En vísperas de casarse. Salió como sale todo el mundo con rumbo al trabajo y, en el inter, se le atravesó un autobús que lo llevó de pueblo en pueblo.

-éstos vuelven, hija, dijo la abuela a su futura nuera, sólo hay que tener paciencia. Pero la fallida tía no la tuvo y según se cuenta, se casó antes de cumplirse los cuatro meses de ausencia del tío Hesiquio.

Lo del tío no fue tan clásico porque, una vez agotadas las indagaciones de mi padre y de los otros hermanos, sobre todo en el afán de dejar bien claro que no había delito de por medio, dejaron por la paz su búsqueda. De vez en cuando algún pariente o vecino llegaba con detalles.

-Me pareció verlo, decía alguno.

-Creo que era él, mencionaba ocasionalmente otro.

La evaporación en el caso de Hesiquio, el tío que nunca conocimos de pequeños, era un clavo en la cruz de la abuela. Por más espinas de Cristo que encajara en su cabeza se le veía ir de un lado a otro con una impaciencia que, jamás, dejó de reclamarle a la santísima virgen.

Después del regreso del abuelo, tardaron otros cinco para que, lo hiciera, el hijo pródigo. También fue una mañana de sábado.

Por aquellos años, el abuelo y la abuela convivían entre gesto y gesto. Conocimos brevemente al tío Hesiquio. El abuelo sentado a la cabecera de la mesa, con sus huevos rancheros, sus frijoles refritos, y su perejil espolvoreado. -A la tercera vez que le pidió perejil fresco, la abuela le dijo que, si lo quería fresco, fuera él mismo a comprarlo.

-así está bueno, dijo el abuelo.

Pero volviendo a lo del tío, se sentó, dijo que estaba bien lo de los huevos revueltos. También dijo que había dejado el cigarro, a lo que la abuela dijo:

-por lo que se ve el vicio de fumar, está en ésta casa, ninguno rio.

-Vine por Carmelita, dijo entonces el tío Hesiquio. Carmelita era la tía que había sido dejada por él, quince años atrás, ahora casada y con tres hijos.

- ¿y los hijos y el marido? preguntó al paso la abuela.

-usted no diga nada, respondió Hesiquio y con la misma, después de comerse los huevos, dejó la casa.

Por la tarde el chisme en el pueblo era la evaporación de Carmela, y el abandono a los hijos, del tío Hesiquio no se acordaba ninguno.

Esa mañana lo único que había dicho la abuela fue:

-Le dije que tuviera paciencia.

III

Y finalmente lo mío.

A los dieciocho años me dijo mi madre, entre sonriente y no tanto.

-espero que tú, no hagas la misma pendejada.

Y no lo hice sino hasta cumplir los treinta y cinco años. Pero no crean, los pájaros revoloteando por la cabeza. Cómo se esfuma uno, así como si nada. Cómo puede uno desaparecer sin dejar huella. Cómo empezar otra vida sin un pasado detrás. Seis años de casado y con un hijo pequeño. ¿Salir por los cigarros? pero no fumo ¿Tomar un autobús como Hesiquio? Son otros los tiempos.

Esfumarse es no dejar huella alguna, es hacerse literalmente ojo de hormiga, sin voltear a ver hacia atrás, sin ninguna atadura con lo que dejas. Son otros tiempos me decía entre mí. Y me remontaba al silencio y al eterno ir y venir de la abuela.

Investigaba por supuesto. Todas las huellas que va uno dejando por las redes sociales y por el Internet, los agujeros a la privacidad, los bancos y las tarjetas. Las anclas que arma uno en el trabajo. Y al final del túnel una luz. Esfumarse, evaporarse, jouhatsu, así se les conoce en Japón. Porque no pasa sólo acá, ocurre en muchas partes, sólo que allá hay empresas que hacen las mudanzas. Y te asomas un día con tu nombre y al día siguiente eres ya de otra especie, la de los anónimos, pero claro, eso es allá en Japón, aquí uno debe apañarse solo, como lo hicieron el abuelo y el tío Hesiquio.

Y esto lo cuento ahora, no desde los ojos de los que se quedaron en casa, de los que lo platicaron entre sí en torno a una taza de café o desde el descubrimiento que habrá tenido mi hijo cuando creció y le dijeron lo que tuvieron que haberle dicho de mi evaporación; si no que lo cuento, desde la decisión de haber abandonado mi coche en un estacionamiento público y haber tomado con rumbo desconocido, y haber abierto los ojos en una solitaria sala de espera, después de haber subido y bajado de autobuses que, me fueron llevando, cada vez más lejos. Y que un sol extraño, desconocido, te deslumbre.

Así desperté yo, así me presenté a una oficina que sabía lo de las credenciales y eso y sin dudarlo alegué haber extraviado mis documentos, y así también me cree uno nuevo.

Un nuevo trabajo, unos dineros convenientemente ocultos, una discreción absoluta, un silencio monástico, una casa de pensión que me arropó y sobre todo una soledad que abraza mi alma, porque, los que nos esfumamos y a pesar de todos los dichos, seguimos teniendo alma, al menos por un tiempo.

El día a día y ese peso con el que cargamos nada más despuntar el alba. Esos pensamientos obtusos en mi mujer y en mi hijo, aquellas palabras de mi madre, las tardes en el pueblo, y, el silencio que, va velando todo recuerdo, hasta transformarse con el paso del tiempo, en olvido. Y despertar una mañana y mirarme al espejo y ya no hallar al otro, es entonces que, se empieza, a vivir de nueva cuenta. Otros conocidos, alguno con pretensiones de amigo, compañeros de trabajo, igual y alguna nueva sonrisa que, de tanto repetir tu nuevo nombre te lo va endulzando. Es allí, justo allí, cuando por fin te desprendes del pasado, cuando de vez en cuando se asoma como si de algún sueño se tratara, como si alguien te hubiese platicado su vida o como si se confundiera con alguna historia leída o vista en una película.

Meses o años puede ser la medida, sin embargo, sólo en ese momento será cuando comience tu vida, la otra desde luego, aunque, -y he ahí la sombra-, alguna tarde, alguna madrugada te mirarás de nuevo al espejo y allí entre la bruma de la memoria, descubrirás tu viejo rostro como lo hago yo justo en éste instante, y, tomo lápiz y papel y escribo, y doy rienda suelta a los demonios. Y pienso si, después de veinte años de haberme esfumado, sea tiempo de quemar las velas y dar vuelta de nuevo rumbo al pueblo, y volver a casa.

Justo en este instante también, viene de nuevo la imagen de la abuela con aquel plato con los huevos rancheros, los frijoles refritos, y el perejil fresco.

@ 2020 By Oscar Mtz. Molina


jueves, 12 de marzo de 2020

La soledad de los cementerios

—Doctor, ¡Tome mi lámpara de pilas para que se ayude! ¡Le paso la barreta para que pueda despegar las tablas, y vea bien si la difunta es difunta!
De un salto había caído a horcajadas sobre el ataúd. Tres candiles de gasolina alumbraron el rectángulo de aquella tierra llorosa. El viento arreaba una lluvia menuda, fría a la que no se le veía fin. La noche llegó y se hizo profundamente oscura.
El joven médico tenía poco de haber llegado a este pueblo, recién había instalado su consultorio y se encontraba cenando cuando Jesús, el esposo de la difunta, llegó a la casa de doña Licha. Le habló rápido y atropellado en su dialecto.
—¿Qué dijo doña Licha?
—Quiere que vaya al cementerio y le diga si su esposa aún tiene vida.
Miró hacia arriba: un numeroso grupo de indígenas, alrededor de la fosa, observaba en profundo silencio. Su indumentaria blanca le confería un aspecto albino a la noche; y sus rostros, cruzados por luces y sombras, mostraban una imagen de luto ancestral.
Dejó la bombilla. Con la herramienta, golpeó con fuerza para despegar un tirante del cajón y luego hacer palanca. Poco a poco cedió e hizo a un lado la tabla. Nadie hablaba. Ni un murmullo. Un relámpago alumbró el enorme cedro, que se bamboleaba por la insistencia del viento y cuyas ramas gemían al chocar entre sí.
Sucedió en un tronar de dedos. La madre joven y el niño se quedaron atascados. Las parteras no pudieron hacer nada y se tomaban de la cabeza al ver la sangre que fluía de entre las piernas, de nada sirvió el chacloco, los tapones con tela pabellón. La jovencita murió al nacer el niño que llegaba al mundo sin vida. La enterraron a las cuatro de la tarde. Un hermano que vive en otra ranchería llegó tarde y fue al lugar donde enterraron a su hermana. Al dejar las flores, escuchó ruidos y sobresaltado llegó corriendo a la casa a decirle a la familia. La gente se desperdigó y aviso a demás familiares y amistades y el esposo fue con las autoridades. El comandante tomó dos policías y enterraron en la fosa un tubo de metal. Lo tarde de la tarde y el cielo encarbonado daba la sensación de que la noche se había adelantado.
El médico llegó a la loma respirando ruidosamente, empapado. Abajo, un ciento de hombres lo esperaban con tea en la mano. La noche dejó de ser impenetrable, tanta luz se abría que se vislumbraba la inmensa soledad del cedro. Aparecían manchones blancos. como si hubiesen salido de las tumbas.
“Médico” gritaba el comandante, alto, moreno y con vientre abultado. “Ya estamos abriendo la fosa. Le llamo cuando terminemos”.
Por momentos el cielo resplandecía y el trueno parecía encontrarnos.
Los indios se ordenaron alrededor de la fosa; las mujeres con reboso y los varones con sombrero y cubiertos por una camisa que les cubría los brazos.
Abierto el ataúd la gente se persignó. Los labios de las mujeres parecían rezar y los hombres llevaron su sombrero al corazón. No había más ruido que el silbido del viento y el crujir de las ramas. A lo lejos se escuchaba el ladrar de los perros.
Una lámpara aluzaba la cara de la mujer, que más que mujer parecía una niña dormida. Cejas largas, brunas, con su pelo trenzado. Se calzó el estetoscopio y llevó la capsula hacia la mitad del pecho.
cuando el médico levantó la mano y movió la cabeza de un lado a otro, se escucharon los sollozos y una nueva tanda de lágrimas se confundió con la lluvia monótona. Ulularon los tecolotes y los aullidos de los perros se acercaron a la multitud que poco a poco y en filas ordenadas partieron del cementerio. Volvió la oscuridad densa y el azote del viento a la soledad del cedro.

domingo, 24 de noviembre de 2019

La frontera sur

Parque central Tapachula Chis. imagen tomada de Internet



I
El último tramo lo habían hecho en una destartalada camioneta nissan, por una carretera llena de hoyancos brincoteando a uno y otro lado; se habían apretujado doce en la caja, entre maletas y mercancías varias desde Mazatenango en Guatemala con la promesa de llegar a Tapachula, la perla del sur o el infierno, con aquellos cuarenta grados de temperatura. La nostalgia de haber dejado Honduras cuatro días atrás. Por un lado su hijo de quince años, por el otro su hermano de veinte. La hija que decidió quedarse en Tegucigalpa. 
-Ma, había dicho, malo por conocido, allá en México pasan cosas muy feas, mejor quedarse acá. Y se quedó sola peregrinando.
Alicia miró a su hijo, -ya casi llegamos, le dijo. 
Una nube de polvo de la carretera los cubrió empanizando sus sudorosos rostros. Alicia de treinta y cinco años, morena, alta, de un metro y sesenta y ocho de estatura, ojos negros, vivaces. Guapa.
Revivió el ingreso a México, aquel calvario de nueve o diez horas esperando turno, la angustia ante los rumores corriendo de uno a otro lado. Ya no van a poder pasar, el gobierno de México está rechazando a todos, parece que van a echar la guardia Nacional, etcétera.
Finalmente pasaron Alicia y su hijo y su hermano. La apartaron a ella y la llevaron a un pequeño salón, el jefe de la garita y dos o tres agentes policíacos. Una propuesta, hecha así sin rodeos fue que se acostara con ellos, el jefe primero y así después de acuerdo a jerarquías. No fueron tan sutiles con que se acostara, directamente le dijeron que tenía que coger con ellos. 
Terminó aceptando la segunda propuesta, allí despachó quinientos dólares por cada uno para poder entrar al país. Mil quinientos dólares que bien hubieran servido para tantas otras cosas. Entre tales pensamientos siguieron su camino y dos o tres horas después fueron detenidos por un retén de la guardia Nacional. 
-A Tapachula, escuchó que respondía el chófer de la camioneta. Todos venían o del Salvador o de Honduras. 
- Al centro de refugiados, escuchó esta vez. Se esfumaba la promesa de llegar al centro de la ciudad. Los bajaron a todos. Por allí cada uno deslizó algunos billetes para evitarse todo aquello de las revisiones y las interrogantes. Allí fue cuando Alicia, se dio cuenta de que en la garita, el agente fronterizo le había entregado documentos falsos, copias inservibles. Llorando explicó una y otra vez lo de las propuestas de los oficiales y el pago de mil quinientos dólares, el robo de sus papeles, allí también la invitación formal de las autoridades, a retractarse de sus dichos. Renovación moral y el término de la corrupción por decreto.
Pudo ser la oportuna presencia de medios de comunicación, o de miembros de alguna asociación civil, o el alborotado grupo de hondureños que reclamaba airado, el caso es que bajo el cielo azul de Tapachula, a cuarenta grados y alrededor de las cuatro de la tarde ingresaron al centro de refugiados.


II
Algo de fruta, mitades de naranja, mango. Agua de limón. Arroz con puchero. El baño en regaderas múltiples. Hombres y mujeres. Aquel griterío. Al fondo, los negros de distintas partes de África, algunos sentados en las banquetas otros en cuclillas, los ojos desorbitados. Alicia y su hijo y su hermano recién agrupados, reconociéndose entre otros paisanos. 
-Maestra de educación primaria, respondió ella, cuando se le preguntó a qué se dedicaba en Honduras. El calor en ascenso en aquella galera de techo de lámina. Los administradores del galpón aquel y el infame discurso de bienvenida. México y su larga historia de refugio y asilo, nuestros hermanos y hermanas de Centroamérica, abrigo y comida, asistencia médica, desistir de seguir hacia el vecino país del norte, etcétera. Alicia y de nuevo la angustia al pensar en sus papeles extraviados, no robados según las recomendaciones recibidas en el retén. El hijo durmiendo de cansancio, el hermano con la mirada perdida al horizonte.
-¿Qué no traen sus documentos? Eso sí que se trata de un problema grave, un delito mayor aquí en México, expulsión inmediata o cárcel, le dijo la mujer aquella, licenciada Amanda quién sabe qué, asignada al centro de refugiados. 
-Seguro los confinaran por separado. Dios quiera que aparezcan sus papeles. Caer en manos de delincuentes y así, la licenciada dejando caer cada frase ante la mirada de asombro y miedo de la maestra Alicia. 
-Ni se le ocurra ofrecer dinero, sería además de asuntos migratorios graves un problema de soborno, de corrupción y eso ya no existe, agregó.
Y hasta ellas el murmullo en ascenso, los gritos y los acalorados exabruptos, el corrillo de jóvenes hondureños sin camisas, salvadoreños tatuados, otra vez los pinches negros y sus exigencias ¡Hijos de su puta madre! Si no estuviéramos tan observados, pensó la licenciada Amanda.
-Bueno Alicia, veremos qué se puede hacer, dijo la licenciada, dices que fue en la garita de entrada donde se extraviaron sus papeles agregó. Ya no se puede Alicia, ya tenemos una política moral, pero con mil dólares lo podemos ir considerando. Alicia con los ojos anegados en lágrimas. Mil por cada uno y con la mayor discreción. Son otros tiempos maestra, son otros.

III
-¿Mil por cada uno? Dijo su hermano y comenzó a llorar. Alicia lo justificó diciendo que de ese modo se mantendrían juntos y que, seguro, los documentos estarían allí al día siguiente. Los documentos de vuelta y con ellos, los sueños de trabajo en México, así era la promesa del gobierno. Esa también había sido la palabra dada por la licenciada. Durmieron llevados por el cansancio después de haber tomado cualquier cosa en la cena, un poco de avena con leche y un poco de fruta. Alicia tomó un poco de café. La madrugada le llegó entre los gritos de sus paisanos y la algarabía de los negros. 
-Aprovecha la madrugada para hacer tus necesidades en el baño, a esa hora ni quien te moleste, le había recomendado una paisana y así lo hizo.

El desayuno llegó puntual a las ocho y media, la promesa de la licenciada, -una vez se guardó los tres mil dólares-, de verla a las nueve y asegurándole llevar los papeles. Dos horas después y la licenciada sin dar rastro. Aquellas miradas entre Alicia y su hijo y su hermano. Casi al mediodía y con la ciudad de Tapachula rozando los cuarenta y dos grados se asomó la licenciada, la sonrisa y los ademanes cariñosos. 
-Se están poniendo rejegos, viera usted maestra que quieren una untada más de las manos, unos setecientos más para que busquen bien sus papeles y que por la tarde. Alicia y de nuevo la angustia y la intención de rogarle a la licenciada. Sacó los setecientos dólares y los entregó a la mujer aquella, la licenciada se quedó con la mano estirada, setecientos por cada uno mamita, dijo.
De nuevo la eternidad en la espera, la licenciada salió a su hora de comer, a veces ya no regresa hasta la mañana siguiente, anda como loquita la pobre entre tantos asuntos que lleva y entre tantas personas por las que se desvive ayudándolas.
Alicia medio comió, nuevamente mango y mitades de naranja, y puchero con arroz, y agua de limón. Iba y venía de uno a otro lado. En su cabeza vueltas y vueltas la visión de la manita alargada de la licenciada. Como a las ocho de la noche el fresco airecito de la ciudad, tal vez treinta y cinco grados. 
-Que dice la licenciada que no se preocupe, surgió un asunto con lo de sus papeles pero ya lo está viendo ella, dijo el hombre mientras le ofrecía a la maestra un vaso con agua. Duerma usted tranquila, agregó y se dio la vuelta.
No pegó pestañas en toda la noche. De nuevo el wc al alborada.

A las once menos diez la licenciada y su sonrisa, y sus gestos de mamá bondadosa. 
-Que no los encuentran mamita tus papeles, dijo, y Alicia sintió cómo le movían el piso. 
-Ellos me los robaron, respondió Alicia, y la mirada de enojo de la licenciada. 
-Maestra, le dijo, esta vez en tono de enojo, habíamos quedado en que se le habían extraviado, ahora que si usted dice que se los robaron la cosa es diferente, habrá que integrar una denuncia y usted deberá sostener que, los agentes de la garita, son los culpables, agregó. Cómo usted me diga, pero para qué meterse en esas honduras. Quizás sólo sea de quinientos dólares más para que se pongan las pilas, si usted los perdió allí seguro los encuentran y de nuevo estiró la manita. Por cada uno, dijo, por si Alicia tenía dudas.

IV
-Cómo que se acabó el dinero, preguntó su hermano, ella le hizo señas para que no se enterara su hijo. 
-Ya queda muy poco, respondió Alicia. Dios quiera que mañana lleguen los papeles, dijo, con estos hijos de puta no se sabe, agregó. 
El jueves y el viernes se fueron en una larga desesperación, la licenciada no se apareció, la habían citado en gobernación, un ascenso por su desempeño, hay que decir que algunos administrativos se sentían realmente felices por aquel rumor muy bien merecido, apuntaban.
A las diez y media de la noche del domingo, totalmente a deshoras la licenciada y su presencia en aquel centro desde el que despuntara hacia las grandes ligas de la política contra los migrantes, el mero mero del país del norte había pedido que nadie más intentara pasar. 
-Alicia, dijo, ya casi lo tengo arreglado, bueno hasta ya me permití ver sus papeles, la sonrisa en el rostro de la maestra. 
-Hablé personalmente con el agente fronterizo, es mi amigo y me dijo que afortunadamente ya recuperó todo. Aquella mirada de la licenciada y de nuevo sus gestos de madre buena, además, dijo la licenciada, a como están las cosas con los gringos, agregó. Pero así sin papeles ni para atrás ni para adelante, y luego su hermano y su hijo de por medio. El agente me dijo que se acuerda muy bien de usted porque fue muy educada y muy amable y sobre todo porque es muy hermosa, si hasta sus ojitos brillaban cuando le hablé de usted, agregó.

En silencio, Alicia acompañada de la licenciada abandonando el centro de refugiados, noche fresca en Tapachula, la recomendación al hermano, mientras voy por los papeles, dijo.
Del centro para refugiados no más de trescientos metros, un caserío dispuesto entre árboles de mango ataulfo. Al fondo tres o cuatro casas y a esas horas algunas mujeres entrando y saliendo, reconoció a más de una por haberse visto en el desayuno o la comida. La licenciada y aquella parsimonia al encuentro con su amigo el agente fronterizo, la bienvenida, la presentación formal. 
-La maestra Alicia, dijo la licenciada, al fondo los dos o tres asistentes del agente, los mismos del primer encuentro en el puesto fronterizo.
-Alicia, dijo la licenciada, a partir del lunes asumo el nuevo nombramiento y no quisiera dejar pendiente su asunto. Aquí mi amigo y sus ayudantes quisieran pedirle algo por haberse esforzado en la búsqueda de sus papeles, agregó. Enseguida, la licenciada recibió el folder con los documentos. 
-La espero afuera maestra, dijo, mientras se daba la vuelta; al salir de la habitación hizo un guiño a uno de los ayudantes y enseguida la siguió.
Con los nuevos lineamientos..., empezó diciendo la licenciada mientras devolvía la carpeta al ayudante.
-Hay que acompañarlos ahora mismo hasta Guatemala, pasen por su hermano y su hijo, y le explican todo lo de la deportación y un poco también lo de que aquel país ya firmó con los gringos lo del asunto de país seguro, concluyó. 
Dentro de aquel cuarto Alicia cerró los ojos y pensó en que al día siguiente y Dios mediante, conocería por fin el centro de Tapachula, después, ante la mirada del agente en jefe, el primero en turno, comenzó a desnudarse.

©2019 by Oscar Mtz. Molina

martes, 30 de julio de 2019

¡Que no quiero ver la sangre!

Estampa taurina




Un pasodoble previo a la salida de los tercios, las trompetas y particularmente el golpeteo sobre los cueros de la tarola.

Cómo me acuerdo ahora de tu rostro, la sonrisa pero sobre todo la expectativa en tu mirada.

Era la primera vez que asistíamos a una corrida de toros.

Para no desentonar dispusiste para mí de una boina a cuadros, y mi regalo mayor, la bota para el vino, y el vino, claro.

También tú te apañaste con una linda pañoleta de encajes y un sombrero tipo sevillano.
Aquel ambiente tan peculiar, entre mexicano y español.

No pudiste soportar el humo de los puros, tampoco era para tanto, pero bueno.

¿Te acuerdas? habíamos convenido corear los oles, solamente cuando el distinguido lo hiciera, para no parecer villamelones.

Reíste un poco por los trajes de luces, mallones dijiste, ternos repliqué, trajes de luces apretados y abultando la entrepierna.

Y de repente el matador a la espera del bravo, de rodillas.

El primer astado, un toro ensabanado, había dicho el anunciador de la plaza.
Enorme y de pelaje blanco, de allí que sea ensabanado.

Los pitones enganchando la chaquetilla tabaco y oro, penetrando chaleco, camisa y corbatín.

Deslizándose después entre las costillas y las débiles carnes, pleura, pulmones, aorta y corazón.

¡Silencio! Mudo y sepulcral asombro.

De aquella mirada expectante, ahora lágrimas y espanto. Abrazada a mí, igual en un pasmo.

Calló la orquesta y el pasodoble, en la plaza, silencio y asombro.

Ni una sola gota del vino de la bota. Ni un sólo ole de nuestras gargantas.

Así fue lo de la plaza y lo de los toros, recuerdas.

Así también la tarde en casa, con el asombro, el temor, el llanto en tu mirada.

La bota de vino vaciada en un santiamén de boca a boca, la lectura de Federico García Lorca.


¡Que no quiero verla!
Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

©2019 by Oscar Mtz. Molina