viernes, 25 de mayo de 2018

Capítulo IV: El empiema y todo aquel asunto de los drenajes





En el otoño del 2013 regresé a la ciudad de Chihuahua, al congreso de la federación de Ortopedia. Regresé después de treinta y dos años de haber marchado. Regresaba ahora como jefe de servicio del hospital central sur de Pemex en la ciudad de México, y como profesor del curso de posgrado para la especialidad en Ortopedia y traumatología, por la Universidad Nacional Autónoma de México. Me acompañaban al evento, un par de médicos especialistas, adscritos a mi servicio, y tres o cuatro residentes de la especialidad. La ponencia de tres pláticas mías en aquel congreso se veía ahora entreverada en extrañas reminiscencias.
La ciudad había crecido desproporcionadamente, también se había hecho una ciudad extendida y en extremo agringada. Dispersos por aquí y por allá, centros comerciales, y hoteles de lujosa presencia. Vías rápidas y circuitos totalmente ajenos a la ciudad que había conocido. Haciendo de tripas corazón, en lugar de irme a los paseos ofrecidos en el congreso, y con la grata y sola compañía de otro nostálgico amigo que, al igual que yo, quince o veinte años atrás había visitado la ciudad, dispusimos de todo un día para irnos por el centro a repasar aquellas nostalgias.

Regresando un tanto a mis tiempos de médico Interno de pregrado, al pasar ahora, frente al complejo de la unidad Morelos, renombrado como Hospital Regional número 1. Mi mirada en aquel vetusto complejo, ventanales brillando con el sol. El recuerdo de mi paso poco grato, por la unidad de infecciosos del servicio de pediatría. No recuerdo ahora el nombre del adscrito encargado a dicha área, o mejor aún, pretendo olvidarlo. En mi memoria un hombre ya entrado en años, hosco, de baja estatura, pediatra con subespecialidad en infectología. Yo llegaba a rotar después de hacerlo por Medicina Interna, aquí habíamos aprendido no tan sólo a hacer meticulosas y cuidadosas notas de ingreso, y evolución clínicas.
Ignorante total de los pormenores habidos en aquel servicio, en mi segundo y último día en el, acudí al llamado del jefe de servicio y quién, a raíz de aquella propuesta propia de donación altruista, en cierta manera mostraba simpatías hacia mí. Entré resuelto a la sala de juntas, al fondo y con cara de pocos amigos, el pediatra infectólogo, entre sus manos el expediente apuntado en las hojas de mi extensa nota escrita apenas, un par de horas. Se trataba del caso de una niña de diez años, ingresada inicialmente con el diagnostico de neumonía, que había ido progresando hacía una paquipleuritis y empiema loculado izquierdo. La niña llevaba internada en el espacio confinado de los infectocontagiosos, a cargo del doctor en cuestión, alrededor de tres meses, entre los cuales la niña subía y bajaba en sus condiciones de salud, fiebres que iban y venían, drenajes continuos de líquidos pleurales purulentos, cultivos, canalizaciones extremas en venas que, cada vez, iban perdiéndose entre la esclerosis y las cicatrizaciones dérmicas. Todo lo había documentado en la única nota que me permitieron hacer en aquel servicio. La frecuencia respiratoria plena de taquipnea, taquicardia, fiebres registradas en las últimas veinticuatro horas, mediciones puntuales de la saturación de oxígeno, incapacidad de uso de músculos accesorios para respirar, hipoventilación y dificultades extremas de la expansibilidad torácica, pectoriloquia áfona, que es la percepción del cuchicheo del enfermo a través de la pared torácica en un abundante derrame seroso pleural. Matidez en hemitórax izquierdo, crépitos en base pulmonar izquierda. Los cambios en los hemogramas seriados, las respuestas leucocitarias, las alternancias también seriadas de las pruebas de velocidad de sedimentación globular, las punciones en busca de hemocultivos que dieran luz al disparo de los antibióticos, antibiogramas que salían como conejos de una chistera, por cierto, en aquellos años mozos, no tenía aún este vocabulario florido y coloquial, y por lo tanto, me concentré tan sólo, en plasmar mis pensamientos, fundamentados en respaldos  que, la bibliografía médica de aquellos años, obligaba. Y que, en aquellas juventudes, motivado por los residentes de medicina interna, agregábamos a cada nota, extensas elucubraciones respaldadas por rigurosas revisiones bibliográficas. El jefe de servicio, acompañado en aquel momento ya, por el jefe de enseñanza, me hizo leer delante de ambos, la nota escrita, no agregué ni omití, absolutamente nada, me remití a la lectura concreta y directa de lo escrito por mí esa mañana. Datos clínicos del padecimiento, la historia natural de la neumonía, y de la paquipleuritis, y del empiema loculado. Pormenores de lo que la bibliografía orientaba en los estudios, hemogramas, antibióticos, y maniobras de asistencia invadida. Todo perfectamente escrito y respaldado con una limpieza y una claridad dignas de un experto pediatra en el ramo de los niños con infecciones aberrantes y de difícil tratamiento. El jefe de servicio guardaba en todo momento, prudente silencio, ningún comentario había salido de su boca, ni para bien ni para mal, aunque por la expresión hosca e impávida del adscrito, bien sabía yo que, las cosas, por alguna razón hasta ese paso de mi lectura, tendrían un giro en mi contra.

La belleza de mi escrito de aquella mañana, concluía, desde mi perspectiva, en una narrativa esplendida en torno a la toracostomía y el manejo de los drenajes pleurales. Una auténtica joya.
Haciendo un repaso de lo dicho mencionaré que la toracostomía es un método quirúrgico de mínima invasión, que consiste en identificar un espacio intervertebral apropiado, hacer una incisión que vaya desde la piel, los tejidos subcutáneos, músculos intercostales hasta literalmente atravesar la pared externa de la pleura en la que, se sospecha, la acumulación del derrame, que en el caso de la niña, se trataba evidentemente de pus. Una vez realizado el pequeño abordaje, se procedía a la colocación de una sonda de drenaje, que se dejaba pertinentemente fijado a la piel de la paciente, mediante puntos de seda. El drenaje se colocaba después, en un sistema de frascos de cristal interconectados, y que tenían la función de succionar la pus en aquel empiema, el sistema incorporaba una válvula conocida como de Heimlich.

Volviendo al caso de la niña, decir que en efecto aquel sistema estaba implantado en ella desde su ingreso al servicio aislado de infecciones pediátricas. En mi perorata mencionaba las bondades del drenaje, los cuidados en la herida, las oportunidades de drenar aquel derrame purulento, de paso mencionaba también sobre las complicaciones tardías tales como las fístulas bronco pleurales o bronco alveolares, que motivaban una fuga de aire por las zonas de la toracoscopía, y por supuesto las bondades de los oportunos cambios de dichos drenajes pleurales, en el afán de evitar sobre-infecciones.

 - ¿las bondades de los oportunos cambios de dichos drenajes pleurales, en el afán de evitar sobre-infecciones?  ¡Sarcasmo puro! Aquel había sido el tono que el doctor pediatra e infectólogo empleó para interrumpir mi lectura.

Se levantó de su asiento. Silencio que corta espacio y tiempo. Me miró sin parpadear directo a los ojos. Ni siquiera volteó a ver al jefe de servicio, ni al jefe de enseñanza.

-¡Sépase! Que cambiaremos los drenajes pleurales, porque así lo hemos discutido antes de que entraras, con el jefe de servicio. Será por eso y no por todas las pendejadas que has escrito.
Enseguida y ante mis propias narices rompió aquella belleza de nota médica, con toda la cauda de notas y referencias bibliográficas.

-y no te quiero ni un segundo más en mi servicio. Dijo y salió de prisa de aquella sala de juntas.

- ¿cómo se te da lo de Ortopedia y Traumatología? Me preguntó el jefe de enseñanza.

Creo bien, respondí. Aún bajo el pasmo de aquella despedida de la que, había sido, mi rotación más efímera. Una mañana del primer día, y apenas dos horas del segundo.
Allí podrás escribir lo que desees, de todos modos esos cirujanos lo único que entienden es de martillos, sierras, yesos, parrandas y mujeres.
Y salí enseguida, un poco con el rabo entre las patas.

© 2018 By Oscar Mtz. Molina

martes, 10 de abril de 2018

-Todos somos Luis-


Imagen tomada de Internet. que podía titularse: Abatimiento

Hay pacientes que no hay que atender, 
y dinero que no hay que ganar. 
Mi maestro J. A. Vázquez García..


-Todos somos Luis- Es la consigna que, pone al gremio médico, de nuevo a la vista de la sociedad mexicana, empezar diciendo que, la nuestra, es una sociedad que se refocila condenando a diestra y siniestra, a los distintos actores, apoyándose en medios informativos o redes sociales que, deciden hechos y verdades a modo, en la mayoría de los casos, sin tener ni siquiera el más mínimo conocimiento de lo que sucedió, o de las circunstancias que rodean un acto.  

-Todos somos Luis-
Nos hace reflexionar también, como médicos, sobre la realidad actual en la atención de los pacientes quienes, de un tiempo a la fecha, se han convertido por sí o por intermediaciones externas, en enemigos de quien ellos mismos eligieron para ser atendidos y tratados. Esta reflexión hace pensar en el hecho que, nosotros los médicos, tomamos muchas veces en broma, la realidad ancestral enquistada en la memoria colectiva: si te fue bien es sólo porque Dios así lo quiso, y la gastada frase: Gracias a Dios, primero; después a usted, doctorcito.
Gastada frase que a nosotros nos parece siempre graciosa, sobre todo cuando paciente y familia, ignoran todo el estrés y todas las penurias que, pasa uno en el quirófano, al operar un paciente, obeso, diabético descontrolado, enfermo cardiaco, fumador empedernido, que jamás ha hecho nada por su salud, y al que nos empeñamos con que salga bien para que la fractura, o la prótesis o los problemas de vesícula o apéndice o lo que sea, se resuelvan de manera correcta. Muchas veces en ese mismo tipo de pacientes, si el camino se tuerce en complicaciones, y a pesar de haberse dicho aquella frase de primero Dios y etc. por obra y gracia  todo cambía y entonces el único que carga con la culpa es usted doctorcito. Dios campantemente, se hace a un lado.
-Todos somos Luis-
Es la eterna verdad sobre el modo de actuar médico, siempre atendiendo pacientes en instituciones carentes de insumos, batallando entre las necesidades y lo mínimo indispensable, entre el bien hacer y el tener que, acomodarse, a lo que buenamente puedan ofrecerte.
La eterna crisis para atender a los pacientes en el medio privado, con remuneraciones por parte de los seguros de gastos médicos muy bajos, porque los pacientes compraron los seguros con las primas más bajas, limitándose a la atención en hospitales o clínicas que en ocasiones tienen limitaciones asistenciales, pero cuyos seguros, solo daba para esas clínicas, o en caso de no contar con seguros médicos,  cuidándoles el dinero, con los ruegos eternos de pacientes y familiares: -donde me salga más barato doctor- ¡y núnca! Donde se tenga mayor seguridad.
-Todos somos Luis-
Nos debe hacer recapacitar, en nuestra propia condición, al aceptar tratar a pacientes que, acuden a nosotros, rodeados de una familia que, tiene la esperanza metida en la piel,  de que las cosas vayan mal o no vayan tan bien, para poder irse con todo en los reclamos al médico.
-Todos somos Luis-
Nos debe hacer reflexionar también en el dolor de los padres y en el niño que, tuvo el infortunio de fallecer por una reacción alérgica (anafilaxia), para que nuestro actuar cotidiano, nos haga sensibles y procuremos que cada paciente, en la medida de lo posible sea atendido en las condiciones mínimas de seguridad. Esto sin duda, será una medida que, conlleve a tener que buscar clínicas y hospitales con mayor infraestructura, y que infortunadamente muchos pacientes, cuyas posibilidades económicas no puedan sufragar dichos costos, deberán acudir sin más a la asistencia médica social, que, en México, salvo los grandes hospitales e institutos, el resto y particularmente en provincia, dejan mucho que desear.
-Todos somos Luis-
Es una reflexión no solamente para los médicos, si no para las instituciones, y en particular para la sociedad mexicana.
¡No para los políticos! Ya hemos visto que, ellos, se cocinan de otro modo.

© 2018 By Oscar Mtz. Molina     

sábado, 3 de marzo de 2018

Sesenta años


Fotografía en quirófano, de Verónica Robles G.


¡Hijo! Levántate que se te hace tarde. Decía mamá.

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

A las cinco de la mañana y a ponerse los pantalones y la camisa a toda prisa. Lavar la amodorrada cara, tomar el café con algún tazón de avena. Cepillar a toda prisa los dientes y el alma. La mañana fresca en Salto de agua. La única hora en que Salto, se ponía fresco, y después de esta hora, los calores rayando los vapores infaustos del infierno. Mis pasos rapiditos para llegar a tiempo a la escuela secundaria. El taconeo en aquel silencio y en aquellos solitarios senderos ¡Alguna anima en pena con rumbo al mercado! Mientras yo, en solitario andando, rumbo a la pequeña escuela. Mi padre apenas metiéndose a la regadera para ir también a su trabajo. Pescar en el Tulijá, aprender a nadar, refrescarme en sus aguas, dejar pasar el tiempo, el eterno sol al cenit. Voltear hacia el firmamento y descubrir la estrella fugaz, el lucero matutino, la cauda del cometa Kohoutek. Dentro de mi cabeza un mundo que gira y gira, voces con las que acompaño mi andar, conversaciones eternas. Sueños y sueños por andar. Risas al encontrarme hablando a solas, de nuevo. Historias que, he arrastrado, de tiempo en tiempo; eternas y puntuales como la vida misma. Saberme extraño y ajeno al resto. Historia que, me platico, como si mi otro yo viviese en paralelo. Salto de agua, el pueblo aquel en el valle del Tulijá, quedó prendido de alfileres en el corazón, y en la memoria.

Hey, Thats No Way To Say Goobye. Guitarra, voz y pensamiento Leonard Cohen

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

Devoro libros, me cuento historias al paso y, en búsqueda constante, infinita, eterna, me acerco a la orilla de la madurez. Cirujano de las mil y las cinco mil, de los guantes manchados en sangre, de los largos y profundos silencios dentro de un quirófano, de la introspección y la vuelta al pasado. Las largas charlas conmigo mismo. La sonrisa, o la franca carcajada. Locuras a mi andar. Las madrugadas que se siguen colgando a mis espaldas. La música, mi música. El caminar por este mundo. La ciudad de México encristalada y de hierros retorcidos, polvo en las ventanas y en el quicio de las puertas. Olores a meados, y a suadero, a caño y, a cantinas de pueblo, a carnitas y a tamales, sabores varios, cerveza, champurrado, paletas de chongos zamoranos, agua de Jamaica y horchata ¡café! Eternamente mío.

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

Madrugadas pariendo al unísono, sinsabores y letanías de angustia y dolor, y pariendo también alegrías sin ton ni son, explosivas, radiantes, meticulosamente paridas desde el otro yo. Desde aquel otro yo que se burla de mí y que, deja caer, gotas ácidas en mi camino ¡sólo! y sólo, por joderme la agonía y el llanto. Por arruinar mis penas, por dejar al paso el arrastre de cobijas y el arrastre de mis pies. Y repito, sólo por joder mi dolor. Sólo para no dejar que caigan lagrimas desde las cuencas de mis ojos, sólo para decirme, una y otra vez, que la vida, lo quiera o no, me ha sonreído quizás, sin yo saber. Sólo por joder.

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

¡Puta y reputa madre! Silencio y soledad. En este caminar, en este rodar y rodar, acumulé amigos, parientes, conocidos, personas que, en un parpadeo, cruzaron un segundo sus pasos a los míos, a veces en una sola mirada que se cruzó con la mía, como diciéndome ansiosa el adiós, así sin más. La urgencia de alejarse de mí, de mis sueños, de mis insomnios, de mis eternas preguntas al universo. Porqué yo, porqué a mí, porqué, porqué, porqué. Las voces que siguen martillando mi cabeza desde dentro, ansiando salir y tomar el mando de mis asuntos. Mi mujer y su mirada tratando siempre de saber qué pasa dentro de este universo interno, mi hija y mi hijo siempre también, riendo de todas las locuras que, están siempre, a punto de pasar. Preguntándose sin duda lo que pueda venir enseguida. La ocurrencia, la inevitable explosión de mi risa. ¡Qué descompondrá ahora mi papá!  

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

Sesenta años y sin poder sentar cabeza ¡puta y reputa madre! Me miro al espejo y el cabello aún oscuro y negro, con apenas unas cuantas canas en mi haber. Un largo camino por recorrer ¡Las dudas! Eternas dudas sin respuestas, desde que tengo razón.
Sesenta años y aún me atrevo a darle un vuelta de tuerca a mi camino.

Sesenta años y muchos libros por leer, muchas tardes por delante para amar a mi mujer, muchos cuentos por escribir, muchas alegrías para arrebatarle al tiempo, muchos caminos por ir conociendo, muchos sabores y olores nuevos por descubrir, muchas sonrisas en mis hijos por provocar. Muchos silencios y soledades por disfrutar.

¡Hijo! Levántate que se te hace tarde. Decía mamá.

Sesenta años y sigo levantándome de madrugada a hurgar en el universo, y muy en particular, en este universo dentro de mi cabeza para saber si ya tengo las respuestas, y no, todavía no están.

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

Sesenta años y aún no he aprendido a dejar de soñar.

En breve comenzaré a escribir un tratado sobre mi otro yo o sobre el otro yo de todos los amigos, y conocidos, o sobre el otro yo de todo el universo, el universo paralelo donde habito. Que, a esta cabeza y a este cerebro, hay que darle tareas para que este quieto, para que no reviente, para que no haga pendejadas o no se meta en chingaderas.  

Sesenta años y apenas me conozco.
¡A penas!  

© 6 de marzo de 1958/2018 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 9 de febrero de 2018

Bailaor


Oscarin. Fotografía Oscar Mtz. Molina

Bailaor

Danza ¡flamenco!
cuerpos que se mecen
Armonía ¡Ritmo!
Virilidad ¡Misterio!
Danza ¡flamenco!
Zapateo intenso
Palmoteo en las caderas
Cante jondo
Alegría y lamento
Danza ¡Bailaor!
Guitarras de madrugada
Angustias y desvelos
Danza, danzarín del tiempo
Músculos en el pecho
Piernas que levantan vuelo
Danza, danzarín nocturno
Levanta tus alas hacía rumbo nuevo
Danza ¡flamenco!
¡Varón!
Cante jondo
¡Hembra!
Sensualidad.
¡Caderas!
Labios rojos
Castañuelas
Ojos negros



© 2014 By Oscar Mtz. Molina

domingo, 28 de enero de 2018

Frío


Chet Baker & Paul Bley

¡En casa algunos días de diciembre son como este!

Las tardes se van llenando de neblina.

Hay humedad por todos lados y lo que mayormente chinga, es la lluvia y el frío.

Por más que haga uno por acercarse a la estufa, a calentarse, se siente cómo penetra el frío, calando hasta los huesos; haciendo que castañeteen los dientes.

Apenas la sonrisa y el chocolate de mi madre, ayudaban un poco.

El viento solía zumbar como lo hace ahora, colándose por las rendijas, igualito que acá

¡La soledad no era la misma, el dolor tampoco!

De algún modo, madre se las arreglaba para que, mis hermanos y yo, juntos en aquellos fríos, nos arropáramos como si fuéramos uno solo.

La vida es una eterna búsqueda, un recorrido circular.

Ayer era de subida y hoy hundido en este calabozo de mierda.

Calabozo en el que me hundo, con cada raya disuelta.

Cala el frío pero cala más la soledad y el recuerdo

En la memoria el olor a jazmines y rosales, a ruda y a romero

¡Madrugadas con aroma de azahares!

De aquellas tardes de invierno, con el sol pardeando, huellas en el alma.

¡Madre! El dolor del remordimiento en la memoria

¡Madre! Angustia de saberte ajena

Profunda, arrastrada voz, figura frágil y ausente.

Cualquier tiempo es bueno, para decir adiós.

Para darle vuelta a la hoja, para dejar de sentir las manos

Para sentir que, no las calienta, ni el vaho de mi boca.

¡Solo frío!

Frío en la penumbra.

Frío

Frío

Frio

¡Para comenzar a volar! Para volver, polvo, a la tierra.

© 2018 By Oscar Mtz. Molina
Chet Baker & Paul Bley. -Diane.  “If I should lose you "