domingo, 23 de septiembre de 2018

Jubilación

En quirófano


Jubileo
¡El tiempo es del hombre! Hijo,
de nadie más que del hombre,
justo por eso,
el hombre deberá en cada ciclo,
ir dando vuelta a la página.


Apuré los pasos y subí de dos en dos los escalones, era aún muy ágil en aquellos asuntos de subir escalones de dos en dos, la juventud me apuntaba apenas 27. Me presenté orgulloso ante el jefe de servicio y sin más preámbulo, comenzó mi historia. El jefe de servicio, mi maestro, ordenaba uno y otro asunto y yo, como el resto de mis compañeros acudíamos prestos a resolverlos, o a enredarlos aún más de lo que estaban, según fueran los ánimos. Porque, dicho sea de paso, los asuntos banales o los auténticos problemas en la medicina, y particularmente, en la cirugía, se resuelven o se enredan de acuerdo a los ánimos. Así pues, residente de pelo y medio, cumplí a cabalidad los compromisos y las guardias; los desvelos los viví en cirugías trasnochadas, pero también por allí, en una que otra escapada en pos de miradas fugaces. En aquellas mocedades, los hubo pacientes que, se encargaron, de hacerme ver que la cirugía bien hecha, recompensa y que, el ahí se va, no tiene cabida en las manos y en el bien hacer del cirujano que se precie de serlo. Cada paciente en aquellas épocas de residencia eran libros abiertos que, había que estudiar, pormenorizadamente. Cada paciente era a la vez, un compendio de ética, al que había que tratar con decencia y con total respeto a su pudor y a su independencia.  En aquellos ayeres y en total concordancia con aquel breve cuento de Cortázar, las líneas de la mano, en el que una línea va engarzando eventos varios hasta confluir todos ellos en la línea de la mano del hombre, así yo, aunque a diferencia de la fatalidad en el cuento de Cortázar, fui llevado por acciones y decisiones, para mi buena fortuna, a caminos de bonanza.
El tiempo del hombre es apenas un parpadeo del universo, un brevísimo suspiro, pienso ahora, cuando atisbo en la cercanía, el pronto retiro. De la residencia, el brinco que di, me llevó a la práctica total de la cirugía, a enredarme y desenredarme a tiempo completo en el quirófano donde, dueño de mis sueños, labré con paciencia los surcos de mi andar entre campos quirúrgicos. En este andar se habrá quedado en el camino alguno que otro compañero, otros más habrán visto quebrantarse el ánimo, abandonándolo, ¡muchos! Por fortuna acompañaron mis pasos y ahora, al igual que yo, se dispondrán a bajar un poco el ritmo del paso.  Del hospital me lo llevo todo, la gratitud de haberme formado aquí durante mi residencia médica, la oportunidad de madurar y crecer en mis años de fructífera capacidad quirúrgica y en el último tramo, la historia que, dejaré tras de mí al frente de la jefatura.
Extrañaré sin duda, el saludo matutino de las enfermeras y asistentes, el apretón de mano de los camilleros y el personal de limpieza. El saludo de mi secretaria. La algarabía o la seriedad, según los ánimos, de mis adscritos y residentes. Extrañare el ritual casi religioso de una sala de quirófanos. Extrañaré también el banco de altura en el que, a lo largo de esta vida, solía sentarme, bien fuera antes de la cirugía, repasando paso a paso la técnica, o después de ella, alejándome abstractamente en un mundo paralelo dentro de mi cabeza. Extrañare el tazón de avena que, solía desayunar a las seis y veinte de la mañana, y las ansiedades y desmañanádas de mi mujer. Extrañare mis pasos en pasillos del hospital, pasillos que he recorrido por casi treinta y tres años.
¡Extrañare sobre manera, el silencio de mi oficina y la taza de café, puntual, a las diez de la mañana! 

Hospital Central Sur de Alta Especialidad (Pemex-picacho) 1° de marzo de 1985 / 30 de septiembre de 2018


Y de despedida tres breves Historias de Cirujanos


1.    Algo de la vista
Acomodó las lentillas de aumento y utilizando la punta de una aguja enfocó el objetivo. Inyectó con el mayor de los cuidados el anestésico local. Consideró la distancia adecuada e inclinándose, aproximó su rostro al hermoso rostro de su paciente. El asunto consistía en identificar meticulosamente las micro lesiones en la retina, al fondo del ojo y una vez aisladas, efectuar disparos laser para eliminarlas. Tenía perfectamente dominada la técnica. Se le reconocía como un experto.
El asombro de ayudantes y enfermeras, y los exabruptos e improperios de la paciente, deben haberse dado porque a tan estrecha cercanía, en vez de acercarse al ojo, se acercó prendiéndose a los labios.  


2.    Lola
Lola se recostó sobre la fría mesa, abrió los brazos en cruz y permitió que los sujetaran a las braceras; entornó los ojos, paseó sensualmente la punta de la lengua alrededor de sus labios y comentó al doctor con malicia: “Jovencita de diecisiete primaveras”. Pusieron la mascarilla cubriendo nariz y boca, aspiró cuando le dieron la indicación que lo hiciera; hizo un leve gesto de dolor al recibir la dosis de Pentotal sódico por la vena; después se fue deslizando por el túnel de la inconsciencia.
Lola soñaba con la cirugía estética, con la belleza recuperada, con los labios perfectamente delineados y sensuales, con la nariz perfecta, con los ojos libres de las bolsas y las arrugas espantosas que hacían las patas de gallo, con los pómulos tersos y la barbilla afilada. Soñaba también con senos firmes y voluptuosos, areolas cuidadosamente delimitadas, y pezones inquietos y traviesos. Lola caía irremediablemente en el tobogán del sueño y las ilusiones y se veía de nuevo chiquilla de abdomen plano, glúteos redondos y elevados, muslos firmes sin chaparreras, y piernas sin estrías, ni varices. En una frase suya: jovencita de diecisiete primaveras.
Ni aquella era la sala de quirófanos, ni aquel el cirujano plástico. El veredicto había sido unánime, la sentencia emitida sin contratiempo ni revocaciones ni enmiendas: “Pena de muerte”, dijeron.


3.    En el quirófano 
Todo comenzó de la manera más inocente y trivial que uno pudiera imaginar. Una sala de quirófanos espléndidamente iluminada, las enfermeras y los jóvenes médicos, aplicados en el devenir del procedimiento. Un paciente plácidamente acomodado bocabajo. El abordaje nítido de la columna lumbar. El cirujano en jefe ensimismado en la meticulosa labor de liberar raíces nerviosas. Y entonces, de pronto la exclamación que, ahora a la distancia de este recuento, se tornó en absolutamente inoportuna.
-asómense, y observen, una raíz nerviosa bífida, ¡un hallazgo sumamente raro! Una entre quién sabe cuántos casos- dijo, emocionado.
Y entonces la doctora N. Anestesióloga, excelsamente guapa, 34 años, madre esplendida de dos pequeñajos, esposa modelo del Doctor R, -amigo cercano del cirujano en Jefe-; acercó un banco de altura justo detrás del cirujano, subió a él (al banco, no al cirujano), colocó una mano en el hombro del doctor, aproximó su cuerpo a la espalda y su rostro al del jefe.
–No veo bien- exclamó.
Y repitió todo lo que he mencionado, pero estrechándose los cuerpos hasta hacerse uno solo, hasta volverse una sola unidad. Y se prolongó la explicación abundando en detalles, y la hasta ese instante, firme mano del cirujano, fue invadida por un espantoso temblor, y se estremeció su cuerpo al sentir el aroma de la hermosa doctora, y el roce en las mejillas, y la voz cercana al oído, y los pezones que, como dagas, amenazaban con perforar su espalda.
Y jamás volvió a ser todo como antes.
Hubo excesos al inicio. Cirugías largamente retardadas con amplias y explicitas cátedras demostrativas, y decenas de rarezas que ameritaban la observación minuciosa, hasta el vicio, donde procedimientos verdaderamente comunes, daban pie a extensas divagaciones. Siempre con el velado asombro y con la ansiada cercanía de la doctora, siempre con la proximidad de aquel cuerpo hermoso y joven, siempre con el beneplácito del resto de los concursantes, siempre con la jovialidad del cirujano en jefe, y siempre con la oportunísima presencia de aquel banco de altura que, notablemente, se había convertido en el más ruin de los cómplices.


4.    Y uno de caperucita roja
En aquellas ocasiones en las que él se ponía muy feroz, caperucita corría a ponerse su baby doll rojo, y entonces hacían de cuenta que andaban en el bosque y retozaban sin parar hasta que, la abuelita, los invitaba a tomar chocolate o el leñador, con el ceño fruncido y en tono amenazador, le advertía al que se ponía feroz: mucho cuidado con “comerse” a caperucita. Y cuando dijo, comerse, hizo las señas habituales de entre comillas, que consiste en hacer orejitas de conejos con los dedos índice y medio de ambas manos.


© 2018 By Oscar Mtz. Molina

martes, 17 de julio de 2018

Tiempo de nostalgias


Autorretrato con sombrero. CdMx junio, 2018


Cuando me llamó mi padre, algunas semanas después de la muerte del abuelo, lo primero que pensé fue no acudir. Según el notario había que leer el testamento y había por allí en la primera indicación el que estuviésemos los siete nietos a los que nos había heredado. Ninguno de sus hijos. Sólo los siete nietos, hijos de sus cuatro hijos. Tres parejas de primos, y yo en el centro hijo único. Todos cincuentones más que bien acomodados en la vida y sobre todo a sabiendas de que el abuelo, al que habíamos sabido querer en nuestras juventudes, para ese entonces no tenía ni una sola propiedad.
 -Fue el deseo de tu abuelo, hijo, pero como tú lo veas. Había dicho mi padre con un endiablado dejo de tristeza.
Lo consulté con mi mujer y con mis hijos. Por teléfono les pregunté a mis primos si ellos irían. ¡Considerando tiempos y distancias! Con algunos de ellos teníamos más de veinte años de no vernos. Al final decidimos emprender el viaje a nuestro pueblo.
En mi caso, como en la mayoría de los otros, el tiempo y la lejanía nos había vuelto canosos, gordos o calvos. A todos, sin excepción, nos había vuelto demasiado serios, y a alguno además de serio, huraño. Hasta su muerte, la casa en la que había vivido el abuelo sus últimos veinte años, había sido rentada, pagándosela ceremoniosamente entre hijos y nietos y sin escatimar valga decirlo, ni un sólo centavo para que estuviese bien atendido. Así pues, todos sabíamos que bienes materiales no los había en aquel testamento.
¡Fue la curiosidad! El gusanito de saber qué nos podía haber dejado.
Esa misma tarde fuimos recibidos y acomodados en la casa. La renta seguía corriendo hasta finiquitar los asuntos. Allí fue nuestro primer encuentro. Siete primos hermanos distanciados por la propia vida. Siete hombres y mujeres ajenos pero parientes estrechos. Siete vidas que habían pasado memorables veladas durante nuestra infancia y hasta bien entrada nuestra juventud. La cena y las risas entre grito y grito. Entre copa y copa de vino. Pero, sobre todo, entre recuerdo y recuerdo.
Añoranzas de encuentros y desencuentros de niños traviesos. Asaltos a la alacena de la abuela. Interminables juegos en las vacaciones de diciembre y verano. Lunadas y pijamadas en el patio de la casa. El eterno asomo del abuelo cuando la quietud hacía gala entre nosotros.
-algo traman. Solía decirle a la abuela.
Y con suma cautela hacía discretos rondines para descubrirnos engolosinados con los dulces hurtados, o con los panes de la abuela embadurnados con los tarros de mermelada. O más aún, empeñados en planear alguna aventura que, para esas inquietudes, los siete nos cocinábamos aparte.
A las once de aquella noche y habiendo escanciado con la cena dos o tres botellas de vino, decidimos armar la parranda en el jardín de la casa, la noche era fría y húmeda así que, cada uno de nosotros, nos acurrucamos en derredor de una gran hoguera. Entonamos canciones, y gritamos como críos entre risas y carcajadas hasta bien entrada la madrugada. Por momentos sentíamos en aquel corrillo la presencia del abuelo.
Al día siguiente y muy temprano nos sentamos todos en la sala para escuchar, en voz del abogado, la voluntad vertida en el testamento del abuelo.
Formalidades blablablá…
A mis nietos, y aquí no sólo nuestros nombres sino también el apodo que, él, tenía para cada uno de nosotros, moviéndonos de nuevo al recuerdo y a las risas.
Para esto, a la llegada, el notario había llevado consigo una maleta de cuero que, de inmediato, reconocimos como del abuelo.
En la medida que leía el testamento fue abriendo la maleta.
-Dispongo para cada uno de ellos…
Una moneda de oro, una pluma estilográfica Atlántica, un reloj de pulsera Omega, una bolsita de canicas y un juego de matatenas. Y aquí las carcajadas que, brotaron, confundidas con lágrimas.
La historia de aquella visita a la casa del abuelo se la contamos a nuestros hijos al volver cada uno de nosotros a casa. Nuestros hijos lo hicieron a la vez a sus parejas y con el tiempo a sus hijos, nuestros nietos.
Cada año a partir de aquello, primero los primos y después nuestras familias, nos reunimos en el pueblo. Con el tiempo y en un arrebato de nostalgia, entre muchos compramos la casa y la volvimos a vestir como la tenían los abuelos. En el jardín seguimos haciendo las lunadas en derredor de una hoguera. Las tumbas de los abuelos están siempre bien remozadas y limpias, con rosales y crisantemos.
Nuestros tesoros los llevamos a punto, relojes y estilográficas a la mano.
A veces, ancianos de entre setenta y cinco y ochenta años y ante la mirada de asombro de nietos y bisnietos, hincamos las rodillas y nos atrevemos a las matatenas y a las canicas como en los buenos tiempos. ¡Algo más nos habrá dejado de herencia decimos!


© 2018 By Oscar Mtz. Molina

viernes, 25 de mayo de 2018

Capítulo IV: El empiema y todo aquel asunto de los drenajes





En el otoño del 2013 regresé a la ciudad de Chihuahua, al congreso de la federación de Ortopedia. Regresé después de treinta y dos años de haber marchado. Regresaba ahora como jefe de servicio del hospital central sur de Pemex en la ciudad de México, y como profesor del curso de posgrado para la especialidad en Ortopedia y traumatología, por la Universidad Nacional Autónoma de México. Me acompañaban al evento, un par de médicos especialistas, adscritos a mi servicio, y tres o cuatro residentes de la especialidad. La ponencia de tres pláticas mías en aquel congreso se veía ahora entreverada en extrañas reminiscencias.
La ciudad había crecido desproporcionadamente, también se había hecho una ciudad extendida y en extremo agringada. Dispersos por aquí y por allá, centros comerciales, y hoteles de lujosa presencia. Vías rápidas y circuitos totalmente ajenos a la ciudad que había conocido. Haciendo de tripas corazón, en lugar de irme a los paseos ofrecidos en el congreso, y con la grata y sola compañía de otro nostálgico amigo que, al igual que yo, quince o veinte años atrás había visitado la ciudad, dispusimos de todo un día para irnos por el centro a repasar aquellas nostalgias.

Regresando un tanto a mis tiempos de médico Interno de pregrado, al pasar ahora, frente al complejo de la unidad Morelos, renombrado como Hospital Regional número 1. Mi mirada en aquel vetusto complejo, ventanales brillando con el sol. El recuerdo de mi paso poco grato, por la unidad de infecciosos del servicio de pediatría. No recuerdo ahora el nombre del adscrito encargado a dicha área, o mejor aún, pretendo olvidarlo. En mi memoria un hombre ya entrado en años, hosco, de baja estatura, pediatra con subespecialidad en infectología. Yo llegaba a rotar después de hacerlo por Medicina Interna, aquí habíamos aprendido no tan sólo a hacer meticulosas y cuidadosas notas de ingreso, y evolución clínicas.
Ignorante total de los pormenores habidos en aquel servicio, en mi segundo y último día en el, acudí al llamado del jefe de servicio y quién, a raíz de aquella propuesta propia de donación altruista, en cierta manera mostraba simpatías hacia mí. Entré resuelto a la sala de juntas, al fondo y con cara de pocos amigos, el pediatra infectólogo, entre sus manos el expediente apuntado en las hojas de mi extensa nota escrita apenas, un par de horas. Se trataba del caso de una niña de diez años, ingresada inicialmente con el diagnostico de neumonía, que había ido progresando hacía una paquipleuritis y empiema loculado izquierdo. La niña llevaba internada en el espacio confinado de los infectocontagiosos, a cargo del doctor en cuestión, alrededor de tres meses, entre los cuales la niña subía y bajaba en sus condiciones de salud, fiebres que iban y venían, drenajes continuos de líquidos pleurales purulentos, cultivos, canalizaciones extremas en venas que, cada vez, iban perdiéndose entre la esclerosis y las cicatrizaciones dérmicas. Todo lo había documentado en la única nota que me permitieron hacer en aquel servicio. La frecuencia respiratoria plena de taquipnea, taquicardia, fiebres registradas en las últimas veinticuatro horas, mediciones puntuales de la saturación de oxígeno, incapacidad de uso de músculos accesorios para respirar, hipoventilación y dificultades extremas de la expansibilidad torácica, pectoriloquia áfona, que es la percepción del cuchicheo del enfermo a través de la pared torácica en un abundante derrame seroso pleural. Matidez en hemitórax izquierdo, crépitos en base pulmonar izquierda. Los cambios en los hemogramas seriados, las respuestas leucocitarias, las alternancias también seriadas de las pruebas de velocidad de sedimentación globular, las punciones en busca de hemocultivos que dieran luz al disparo de los antibióticos, antibiogramas que salían como conejos de una chistera, por cierto, en aquellos años mozos, no tenía aún este vocabulario florido y coloquial, y por lo tanto, me concentré tan sólo, en plasmar mis pensamientos, fundamentados en respaldos  que, la bibliografía médica de aquellos años, obligaba. Y que, en aquellas juventudes, motivado por los residentes de medicina interna, agregábamos a cada nota, extensas elucubraciones respaldadas por rigurosas revisiones bibliográficas. El jefe de servicio, acompañado en aquel momento ya, por el jefe de enseñanza, me hizo leer delante de ambos, la nota escrita, no agregué ni omití, absolutamente nada, me remití a la lectura concreta y directa de lo escrito por mí esa mañana. Datos clínicos del padecimiento, la historia natural de la neumonía, y de la paquipleuritis, y del empiema loculado. Pormenores de lo que la bibliografía orientaba en los estudios, hemogramas, antibióticos, y maniobras de asistencia invadida. Todo perfectamente escrito y respaldado con una limpieza y una claridad dignas de un experto pediatra en el ramo de los niños con infecciones aberrantes y de difícil tratamiento. El jefe de servicio guardaba en todo momento, prudente silencio, ningún comentario había salido de su boca, ni para bien ni para mal, aunque por la expresión hosca e impávida del adscrito, bien sabía yo que, las cosas, por alguna razón hasta ese paso de mi lectura, tendrían un giro en mi contra.

La belleza de mi escrito de aquella mañana, concluía, desde mi perspectiva, en una narrativa esplendida en torno a la toracostomía y el manejo de los drenajes pleurales. Una auténtica joya.
Haciendo un repaso de lo dicho mencionaré que la toracostomía es un método quirúrgico de mínima invasión, que consiste en identificar un espacio intervertebral apropiado, hacer una incisión que vaya desde la piel, los tejidos subcutáneos, músculos intercostales hasta literalmente atravesar la pared externa de la pleura en la que, se sospecha, la acumulación del derrame, que en el caso de la niña, se trataba evidentemente de pus. Una vez realizado el pequeño abordaje, se procedía a la colocación de una sonda de drenaje, que se dejaba pertinentemente fijado a la piel de la paciente, mediante puntos de seda. El drenaje se colocaba después, en un sistema de frascos de cristal interconectados, y que tenían la función de succionar la pus en aquel empiema, el sistema incorporaba una válvula conocida como de Heimlich.

Volviendo al caso de la niña, decir que en efecto aquel sistema estaba implantado en ella desde su ingreso al servicio aislado de infecciones pediátricas. En mi perorata mencionaba las bondades del drenaje, los cuidados en la herida, las oportunidades de drenar aquel derrame purulento, de paso mencionaba también sobre las complicaciones tardías tales como las fístulas bronco pleurales o bronco alveolares, que motivaban una fuga de aire por las zonas de la toracoscopía, y por supuesto las bondades de los oportunos cambios de dichos drenajes pleurales, en el afán de evitar sobre-infecciones.

 - ¿las bondades de los oportunos cambios de dichos drenajes pleurales, en el afán de evitar sobre-infecciones?  ¡Sarcasmo puro! Aquel había sido el tono que el doctor pediatra e infectólogo empleó para interrumpir mi lectura.

Se levantó de su asiento. Silencio que corta espacio y tiempo. Me miró sin parpadear directo a los ojos. Ni siquiera volteó a ver al jefe de servicio, ni al jefe de enseñanza.

-¡Sépase! Que cambiaremos los drenajes pleurales, porque así lo hemos discutido antes de que entraras, con el jefe de servicio. Será por eso y no por todas las pendejadas que has escrito.
Enseguida y ante mis propias narices rompió aquella belleza de nota médica, con toda la cauda de notas y referencias bibliográficas.

-y no te quiero ni un segundo más en mi servicio. Dijo y salió de prisa de aquella sala de juntas.

- ¿cómo se te da lo de Ortopedia y Traumatología? Me preguntó el jefe de enseñanza.

Creo bien, respondí. Aún bajo el pasmo de aquella despedida de la que, había sido, mi rotación más efímera. Una mañana del primer día, y apenas dos horas del segundo.
Allí podrás escribir lo que desees, de todos modos esos cirujanos lo único que entienden es de martillos, sierras, yesos, parrandas y mujeres.
Y salí enseguida, un poco con el rabo entre las patas.

© 2018 By Oscar Mtz. Molina

martes, 10 de abril de 2018

-Todos somos Luis-


Imagen tomada de Internet. que podía titularse: Abatimiento

Hay pacientes que no hay que atender, 
y dinero que no hay que ganar. 
Mi maestro J. A. Vázquez García..


-Todos somos Luis- Es la consigna que, pone al gremio médico, de nuevo a la vista de la sociedad mexicana, empezar diciendo que, la nuestra, es una sociedad que se refocila condenando a diestra y siniestra, a los distintos actores, apoyándose en medios informativos o redes sociales que, deciden hechos y verdades a modo, en la mayoría de los casos, sin tener ni siquiera el más mínimo conocimiento de lo que sucedió, o de las circunstancias que rodean un acto.  

-Todos somos Luis-
Nos hace reflexionar también, como médicos, sobre la realidad actual en la atención de los pacientes quienes, de un tiempo a la fecha, se han convertido por sí o por intermediaciones externas, en enemigos de quien ellos mismos eligieron para ser atendidos y tratados. Esta reflexión hace pensar en el hecho que, nosotros los médicos, tomamos muchas veces en broma, la realidad ancestral enquistada en la memoria colectiva: si te fue bien es sólo porque Dios así lo quiso, y la gastada frase: Gracias a Dios, primero; después a usted, doctorcito.
Gastada frase que a nosotros nos parece siempre graciosa, sobre todo cuando paciente y familia, ignoran todo el estrés y todas las penurias que, pasa uno en el quirófano, al operar un paciente, obeso, diabético descontrolado, enfermo cardiaco, fumador empedernido, que jamás ha hecho nada por su salud, y al que nos empeñamos con que salga bien para que la fractura, o la prótesis o los problemas de vesícula o apéndice o lo que sea, se resuelvan de manera correcta. Muchas veces en ese mismo tipo de pacientes, si el camino se tuerce en complicaciones, y a pesar de haberse dicho aquella frase de primero Dios y etc. por obra y gracia  todo cambía y entonces el único que carga con la culpa es usted doctorcito. Dios campantemente, se hace a un lado.
-Todos somos Luis-
Es la eterna verdad sobre el modo de actuar médico, siempre atendiendo pacientes en instituciones carentes de insumos, batallando entre las necesidades y lo mínimo indispensable, entre el bien hacer y el tener que, acomodarse, a lo que buenamente puedan ofrecerte.
La eterna crisis para atender a los pacientes en el medio privado, con remuneraciones por parte de los seguros de gastos médicos muy bajos, porque los pacientes compraron los seguros con las primas más bajas, limitándose a la atención en hospitales o clínicas que en ocasiones tienen limitaciones asistenciales, pero cuyos seguros, solo daba para esas clínicas, o en caso de no contar con seguros médicos,  cuidándoles el dinero, con los ruegos eternos de pacientes y familiares: -donde me salga más barato doctor- ¡y núnca! Donde se tenga mayor seguridad.
-Todos somos Luis-
Nos debe hacer recapacitar, en nuestra propia condición, al aceptar tratar a pacientes que, acuden a nosotros, rodeados de una familia que, tiene la esperanza metida en la piel,  de que las cosas vayan mal o no vayan tan bien, para poder irse con todo en los reclamos al médico.
-Todos somos Luis-
Nos debe hacer reflexionar también en el dolor de los padres y en el niño que, tuvo el infortunio de fallecer por una reacción alérgica (anafilaxia), para que nuestro actuar cotidiano, nos haga sensibles y procuremos que cada paciente, en la medida de lo posible sea atendido en las condiciones mínimas de seguridad. Esto sin duda, será una medida que, conlleve a tener que buscar clínicas y hospitales con mayor infraestructura, y que infortunadamente muchos pacientes, cuyas posibilidades económicas no puedan sufragar dichos costos, deberán acudir sin más a la asistencia médica social, que, en México, salvo los grandes hospitales e institutos, el resto y particularmente en provincia, dejan mucho que desear.
-Todos somos Luis-
Es una reflexión no solamente para los médicos, si no para las instituciones, y en particular para la sociedad mexicana.
¡No para los políticos! Ya hemos visto que, ellos, se cocinan de otro modo.

© 2018 By Oscar Mtz. Molina     

sábado, 3 de marzo de 2018

Sesenta años


Fotografía en quirófano, de Verónica Robles G.


¡Hijo! Levántate que se te hace tarde. Decía mamá.

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

A las cinco de la mañana y a ponerse los pantalones y la camisa a toda prisa. Lavar la amodorrada cara, tomar el café con algún tazón de avena. Cepillar a toda prisa los dientes y el alma. La mañana fresca en Salto de agua. La única hora en que Salto, se ponía fresco, y después de esta hora, los calores rayando los vapores infaustos del infierno. Mis pasos rapiditos para llegar a tiempo a la escuela secundaria. El taconeo en aquel silencio y en aquellos solitarios senderos ¡Alguna anima en pena con rumbo al mercado! Mientras yo, en solitario andando, rumbo a la pequeña escuela. Mi padre apenas metiéndose a la regadera para ir también a su trabajo. Pescar en el Tulijá, aprender a nadar, refrescarme en sus aguas, dejar pasar el tiempo, el eterno sol al cenit. Voltear hacia el firmamento y descubrir la estrella fugaz, el lucero matutino, la cauda del cometa Kohoutek. Dentro de mi cabeza un mundo que gira y gira, voces con las que acompaño mi andar, conversaciones eternas. Sueños y sueños por andar. Risas al encontrarme hablando a solas, de nuevo. Historias que, he arrastrado, de tiempo en tiempo; eternas y puntuales como la vida misma. Saberme extraño y ajeno al resto. Historia que, me platico, como si mi otro yo viviese en paralelo. Salto de agua, el pueblo aquel en el valle del Tulijá, quedó prendido de alfileres en el corazón, y en la memoria.

Hey, Thats No Way To Say Goobye. Guitarra, voz y pensamiento Leonard Cohen

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

Devoro libros, me cuento historias al paso y, en búsqueda constante, infinita, eterna, me acerco a la orilla de la madurez. Cirujano de las mil y las cinco mil, de los guantes manchados en sangre, de los largos y profundos silencios dentro de un quirófano, de la introspección y la vuelta al pasado. Las largas charlas conmigo mismo. La sonrisa, o la franca carcajada. Locuras a mi andar. Las madrugadas que se siguen colgando a mis espaldas. La música, mi música. El caminar por este mundo. La ciudad de México encristalada y de hierros retorcidos, polvo en las ventanas y en el quicio de las puertas. Olores a meados, y a suadero, a caño y, a cantinas de pueblo, a carnitas y a tamales, sabores varios, cerveza, champurrado, paletas de chongos zamoranos, agua de Jamaica y horchata ¡café! Eternamente mío.

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

Madrugadas pariendo al unísono, sinsabores y letanías de angustia y dolor, y pariendo también alegrías sin ton ni son, explosivas, radiantes, meticulosamente paridas desde el otro yo. Desde aquel otro yo que se burla de mí y que, deja caer, gotas ácidas en mi camino ¡sólo! y sólo, por joderme la agonía y el llanto. Por arruinar mis penas, por dejar al paso el arrastre de cobijas y el arrastre de mis pies. Y repito, sólo por joder mi dolor. Sólo para no dejar que caigan lagrimas desde las cuencas de mis ojos, sólo para decirme, una y otra vez, que la vida, lo quiera o no, me ha sonreído quizás, sin yo saber. Sólo por joder.

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

¡Puta y reputa madre! Silencio y soledad. En este caminar, en este rodar y rodar, acumulé amigos, parientes, conocidos, personas que, en un parpadeo, cruzaron un segundo sus pasos a los míos, a veces en una sola mirada que se cruzó con la mía, como diciéndome ansiosa el adiós, así sin más. La urgencia de alejarse de mí, de mis sueños, de mis insomnios, de mis eternas preguntas al universo. Porqué yo, porqué a mí, porqué, porqué, porqué. Las voces que siguen martillando mi cabeza desde dentro, ansiando salir y tomar el mando de mis asuntos. Mi mujer y su mirada tratando siempre de saber qué pasa dentro de este universo interno, mi hija y mi hijo siempre también, riendo de todas las locuras que, están siempre, a punto de pasar. Preguntándose sin duda lo que pueda venir enseguida. La ocurrencia, la inevitable explosión de mi risa. ¡Qué descompondrá ahora mi papá!  

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

Sesenta años y sin poder sentar cabeza ¡puta y reputa madre! Me miro al espejo y el cabello aún oscuro y negro, con apenas unas cuantas canas en mi haber. Un largo camino por recorrer ¡Las dudas! Eternas dudas sin respuestas, desde que tengo razón.
Sesenta años y aún me atrevo a darle un vuelta de tuerca a mi camino.

Sesenta años y muchos libros por leer, muchas tardes por delante para amar a mi mujer, muchos cuentos por escribir, muchas alegrías para arrebatarle al tiempo, muchos caminos por ir conociendo, muchos sabores y olores nuevos por descubrir, muchas sonrisas en mis hijos por provocar. Muchos silencios y soledades por disfrutar.

¡Hijo! Levántate que se te hace tarde. Decía mamá.

Sesenta años y sigo levantándome de madrugada a hurgar en el universo, y muy en particular, en este universo dentro de mi cabeza para saber si ya tengo las respuestas, y no, todavía no están.

Quién apagara el fuego de mi alma, quien apagara el sonido de mi voz, el taconeo de mis pasos ¡Quién podrá apagar las ansias de volar, volar, volar!

Sesenta años y aún no he aprendido a dejar de soñar.

En breve comenzaré a escribir un tratado sobre mi otro yo o sobre el otro yo de todos los amigos, y conocidos, o sobre el otro yo de todo el universo, el universo paralelo donde habito. Que, a esta cabeza y a este cerebro, hay que darle tareas para que este quieto, para que no reviente, para que no haga pendejadas o no se meta en chingaderas.  

Sesenta años y apenas me conozco.
¡A penas!  

© 6 de marzo de 1958/2018 By Oscar Mtz. Molina