Me acabo de enterar que una amiga mía ha superado su miedo a las ratas y está más que contenta. No puedo evitar imaginarla frente a frente con uno de estos roedores, dispuesta para el duelo. Los padrinos de mi amiga son un par de gatos callejeros, sin raza definida, pero bien curtidos en esas andanzas; la rata simplemente se hizo acompañar de un par de anónimos y oscuros habitantes de las alcantarillas. Una vez acordadas las condiciones del enfrentamiento, los padrinos animan a las contendientes y se hacen a un lado. La rata —flaca, correosa, enorme, de pelos relamidos— fija su mirada huidiza en mi amiga, que no se amedrenta y crispa con seguridad los puños. A una voz, caminan de espaldas, enunciando en voz alta cada uno de los doce pasos acordados —¡como si se tratara de tirar un doble penalti en un partido de fútbol!—. Al finalizar el conteo, la mirada de una clavada en la otra, gesticulan, oran a sus dioses protectores, lanzan un grito de guerra y, a toda velocidad, corren en dirección al enorme trozo de queso gruyer que aguarda en el centro de la mesa.
miércoles, 6 de septiembre de 2017
jueves, 20 de julio de 2017
quítame de encima este fardo que he sido
quítame de encima este fardo que he sido
dolor encadenado por el tiempo y la miseria
ojos momificados que oculté en el lodo de mi boca
memoria del olvido
generosa podredumbre
que es Dios
por qué no enloquecí
al nacer
así no me dolería la vida
no estaría cansado de escribir tantas pendejadas
de pisar aristas
y morder la tierra fértil
en la que nunca creceré
quítame la piel al menos
no tengo raíces
ni historia personal
soy bastardo
indigno
desierta noche
nada
por qué no sólo aplastas mis dedos
muerdes mi lengua
amortajas mi cabeza
y me tiras...
quizá pueda ser feliz
J. Jonathan de la Cruz Pacheco
martes, 25 de abril de 2017
Infancia ingrata (de los tiernos y terribles infantes)
A
la memoria de los abues Gil y Consuelito
I
A las seis de la tarde la oscuridad invadía San Antonio el rancho del
abuelo.
En penumbra y casi siempre bajo una llovizna pertinaz, ¡chipi chipi
interminable! Escuchábamos desde el corredor de la casa los gritos de algún
indio arreando hacia el corral el hato de vacas y becerros. A sus
gritos le acompañaba el tintineo del cencerro colgando del pescuezo de alguna
de las vacas. A esas horas el penetrante aroma de café invadía los espacios de
la casa. El abuelo en total silencio se daba a la tarea de ir encendiendo los
quinqués de petróleo, uno en la cocina, otro en el pasillo interno, y otro más
en el comedor. Para la sala y el pequeño vestíbulo reservaba siempre la
luminosa luz blanca de la lámpara de gasolina. Los nietos nos arremolinábamos
junto a él y atentos seguíamos sus maniobras. Limpiaba la lámpara, revisaba la
llave de paso, quitaba el seguro y comenzaba a bombear los gases con una
cadenciosa calma, ajustaba el dispositivo de bombeo, encendía un fósforo, abría
la llave de paso y entonces acercaba el fósforo al capuchón de mantilla.
-¡Hágase la luz! Y la luz se hacía.
Blanca y transparente luz en medio del cafetal y los platanares. En
medio de naranjos y guayabas. El abuelo se mecía en su mecedora. Repasaba por
enésima vez las revistas ajadas y escuchaba la radio. La XEW ponía entonces la
música de Agustín Lara y a las ocho en punto la radionovela de Chucho el Roto.
Nosotros, nietos de otra época jugábamos serpientes y escaleras o damas chinas.
¡Atentos! Siempre atentos. Con un ojo al gato y otro al garabato.
Teníamos prohibido el café a esas altas horas de la tarde, solamente
veíamos cómo iba y venía la taza desde la mano a la boca del abuelo.
El olor del café se evaporaba entonces entre las mecidas del abuelo y entre
sorbo y sorbo. Nuestra atención daba paso después a lo que ocurría en la
cocina. ¡Dios! El penetrante olor a panes recién salidos del horno. La magia de
la abuela y su maravillosa presencia. Blanca y delgada, cabello levemente
ensortijado. Ojos claros. El canturreo eterno en los labios. El calor del fogón
de leños. En el caldero la enorme olla con la avena en pleno borboteo.
-panes y atole de avena. Magia de la abuela, con mermelada de guayaba,
otra obra maestra del abuelo.
La cena era una algarabía de recuentos de nuestras aventuras en el día.
El que se subió al árbol de naranjas y por nada se viene abajo. Al que le picó
una abeja en el afán de robarse un cacho de panal rebosante de miel. El que
resbaló entre el lodazal. El que tomó agua del arroyo y se tragó las larvas de
caracol. El que siguió el canto de las peas hasta perderse en el platanar.
Justo aquí la abuela hacía un alto en la tarea de servirnos la cena, se
santiguaba y decía.
-Dios los proteja, ¡jamás! Sigan a las peas. ¡Aves de mal agüero que
delataron a Cristo nuestro Señor y por ellas lo atraparon!
-¿Ya viste dónde andaban, viejo? Preguntaba entonces al abuelo.
Para esas horas el abuelo estaba más atento de Chucho el Roto y de
Matilde de Frizac, que de nosotros.
A las nueve el abuelo hacía el camino de regreso, apagaba primero la
lámpara de gasolina y se seguía en orden inverso con todos los quinqués de
petróleo.
-hora de dormir. ¡Ordenaba! No sugería ni pedía ¡Ordenaba!
La noche se iba entre risas y murmullos. Entre adivinanzas y juegos a
oscuras. Entre asomos por la ventana para descubrir en aquella negrura de la
noche las titilantes luces de luciérnagas y cocuyos. Entre la música y los
chirridos de grillos y chicharras. Entre los lastimeros cantos de búhos y el
aleteo ciego de murciélagos.
¡Invariablemente! Alguno de nosotros o todos a la vez, teníamos hambre a
las once o doce de la noche y en penumbras y en medio del silencio, tentando en
el pasillo, tomábamos a bordo la cocina y desde algún canasto, a hurtadillas
nos hacíamos llegar galletas y panes que, la abuela, dejaba estratégicamente
dispuestos para los pequeños ladronzuelos.
El sueño nos invadía después hasta dar de nuevo la vida con nosotros
alrededor de las cinco y media de la mañana. El intenso aroma de las cerezas de
cafetos y el azahar de los naranjos. La ordeña de las vacas. Los gritos del
abuelo dando órdenes a los trabajadores. Los bostezos y las cobijas de unos. El
suéter y las chamarras de franela. La orinada al fondo del patio. La lavada de
la cara y las manos en las frías aguas de la pileta. Pasar al gallinero y
recoger los huevos entre el cacareo enardecido de las gallinas. Sacar las
bacinicas de los abuelos y tirar los orines en el retrete de la fosa séptica.
De nuevo la magia de la abuela en la cocina. Los huevos rancheros con
frijoles refritos. Queso fresco hecho en el rancho. Las muchachas haciendo las
tortillas. Los imperdibles taquitos de tortilla con sal.
En la radio, a las ocho de la mañana, tres patines y la tremenda corte y
en el corredor externo, las risas del abuelo ante las ocurrencias de José
Candelario tres patines ante el juez. Las complicidades de Luz Maria Nananina y
las penurias de Rudesindo Caldeiro y Escobiña.
A las nueve de la mañana de nuevo la aventura de corretear entre los
cafetos jugando a las escondidas. Las resorteras haciendo blanco en zanates y
tordos que se apresuraban a picotear los plátanos maduros, o a hurtar los
granos de maíz del gallinero. El sol despuntando y abriéndose paso entre las
nubes oscuras. La presteza del abuelo para construir con su navaja extraños y
complicados barcos de corcho y bambú. Barcos mercantes y de guerra. La locura
sin par de echarlos a navegar en las turbulentas aguas del arroyo. ¡Empaparnos
hasta la coronilla! Descalzos soportando estoicos las punzadas en los pies al
caminar entre guijarros y piedras. Al mediodía los interminables partidos de
beisbol en la terraza del beneficio de café, y en punto de la una y media, el
silencio, la paciencia y la serenidad en torno de la radio, la maravilla de las
ondas hertzianas de la XEW y la voz venida desde la lejanía ¡Kaaalimán!
Al caer la tarde de nuevo el reto de andar en los platanares, el asunto
de las peas y sus extraños graznidos nos movían un poco el tapete, aun así nos
atrevíamos a seguirlas.
II
Ahora veo a mis propios nietos en sus visitas a casa. Tan felices con
sus teléfonos celulares y sus tablets. Cada uno emocionado jugando los juegos
digitales. A cual más y en solitario con explosivas y alegres expresiones,
celebrando algún gol virtual ¡Inexistente! Disparando en batallas contra bestias y seres
intergalácticos. Los mayorcitos riendo de videos chuscos y celebrando
ingeniosos memes.
-¡Son muy felices! Le digo a mi mujer, mientras da la propina al
repartidor de pizzas, y los llama a la mesa. Yo, atento como lo fuera siempre
mi propio abuelo y también un poco, para que me recuerden, les voy sirviendo
coca cola en vasos desechables.
Me retiro al rincón de mi estudio, libros y libros que me rodean en un
extraño mutis. De algún modo me pongo melancólico y triste al pensar en la
ingrata infancia que tuve.
© 2017 By Oscar Mtz. Molina
jueves, 20 de abril de 2017
Los dedos del diablo
La
encontraron escondida bajo mi cama. A la luz de las antorchas, las rendijas de
sus ojos llorosos nada tenían que ver con guaridas de gatos negros o
aquelarres. La niña temblaba de miedo. «Es sólo una huérfana en busca de comida
y abrigo», dije tratando de cubrir su desnudez. «¡He aquí la prueba de su
brujería!», espetó el primer inquisidor, «la maldita hechizó incluso al señor
obispo». No dije más. Ella fue condenada a la hoguera, y yo a buscar a otra
alma libre que acompañe mis noches.
sábado, 1 de abril de 2017
El olvido y las puertas y ventanas de la conciencia
Doña Carlotita. Fotografía Oscar Mtz. Molina. Berriozabal 2011
De
la memoria de doña Carlotita, mi madre.
“Entre la memoria y el olvido,
el hombre escoge el olvido, y se da a la tarea de cerrar de vez en cuando las
puertas y ventanas de la conciencia, un poco de silencio, un poco de tabula
rasa (tabla rasa) de la conciencia, a fin de que de nuevo haya sitio para lo
nuevo y sobre todo para las funciones más nobles, este es el beneficio de la activa capacidad de olvido, una guardiana de la puerta, una
mantenedora del orden anímico, de la tranquilidad, de la etiqueta; con lo cual
resulta visible enseguida que sin capacidad de olvido no puede haber ninguna
felicidad, ninguna jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún
presente. Criar un animal que se debate entre la memoria y el olvido y que gira
hacia el olvido, es criar un animal al que le sea licito hacer promesas”. Nietzsche. Segundo
tratado, culpa, mala conciencia y
similares. Genealogía de la moral.
La contraparte a la memoria, el olvido.
Mi madre nos ha platicado desde la coquetería
de sus pequeños ojos y desde la picardía de su risa, las andanzas por las frías tierras de Tenejapa Chiapas. Su infancia casi siempre se ha visto
reflejada en su memoria por eventos tragicómicos. Amén de algunos francamente trágicos
que, fueron sin duda alguna, cubiertos por la magnificencia del olvido. Si por
un lado los recuerdos buenos, brotan cual fuente de aguas cristalinas a manos
llenas, aquellos malos, se han perdido en esa laguna inmensa que es la no
memoria. Mi madre recuerda siempre, con un innegable dejo de alegría, las
travesuras con la tía Blanquita. Recorrer la plaza del pequeño pueblo, hablando
de los años cuarenta, comer los dulces tradicionales y la algarabía en las
fiestas populares. La mezcla pagano religiosa de las celebraciones en la
iglesia. La impensable convivencia entre ladinos e indios. “Estaban para servirnos y servían. Tratarlos bien o mal, era tan sólo tema de la
conciencia de cada uno. Tenejapa al caer las tardes, melancolía encajonada
entre montañas, la tierra a flor de piso. ¡Por allí! aisladas banquetas. Tiendas
y tendejones para joder a los indios, para enriquecerse a costa de ellos. Para comprar
sus cosechas, y embrutecerlos con aguardiente de caña, trago de los demonios,
trago de alambiques prohibidos. Mamá y la tía Blanquita recorriendo las
solitarias callejuelas, molestando a la vecina tocando sus puertas y a un sólo grito,
emprender la huida, salir corriendo a refugiarse entre las enaguas y los
faldones de la abuela. Corretear gallinas y encaramarse al lomo de las enormes
puercas. El abuelo y su negocio de hacer jabones de legía. El abuelo y su presencia
gallarda y su sombrero y su entonada voz y su mirada al futuro. El abuelo y mi
madre que se quedó un día sin su presencia. Y la tristeza reflejada ahora en
estos pequeños y vivaces ojos que parecen agrandarse con cada gesto de su cara,
y con cada nota que sale de su voz bien modulada de cantante lírica.
Viajar
a San Cristóbal representaba siempre una odisea. Recuerda mi madre. Una larga jornada
de camino entre barrancas y bosques de frondosas cubiertas. ¡Lodo y lodazales! La
carga en las bestias, las sillas y andaderas para que los indios a mecapal
subieran la pendiente con los niños pequeños a cuestas ¡En volandas! Los adultos
con pisada firme sorteando charcas. La niebla de los bosques, la humedad y la
pertinaz llovizna. El alto en algún claro del camino, la cesta de la comida,
pushitos de frijol con huevo, tasajo y cecina preparadas por el abuelo, frutos
del huerto, verduras cocinadas, huevo duro. Pozol en jícaras para los indios. San
Cristóbal de las Casas, era el mundo de los sueños, era la gran ciudad sin
angustias o por lo menos con angustias distintas. San Cristóbal era los dulces
y el pan frescos, recién hechos. Y eran las grandes Iglesias y las
peregrinaciones en familia. Y eran los tíos y primos alrededor del Justo Juez o
de Santo Domingo. Y era la locura del día de plaza en los mercados, el regateo de
los productos de los indios, hasta casi conseguirlos regalados, y era particularmente
en estos casos, el orgullo de las victorias de las amas de casa y de los
caballeros coletos para surtir y resurtir sus tiendas para volver a vender los
mismos productos semi transformados a los indios, pero a precios mucho más
altos y sin regateo alguno. Nos vendían la cera de abejas silvestres y les devolvíamos
las velas. Parafina, cera de abejas, pabilos y rueda. El calor derritiendo la
cera y la parafina, los pabilos pendiendo de la enrome rueda, el baño cuidadoso
y sutil para ir engordando el hilo hasta volverse vela. La abuela Cuca y su
enérgica presencia en el recuerdo de mi madre, la primera nieta. La comunicación
silenciosa entre ellas. Esa mirada inquieta y a la vez profunda y tranquila. El
trago en un pequeño vaso de veladoras sostenido entre sus dedos pulgar y anular
y meñique y el cigarro entre el índice y el dedo medio. Alas azules o alas extra.
Y al rememorar todo esto y contarlo, mi madre suspira profundamente, como si
estuviese aspirando desde la lejanía y el pasado, las volutas de humo que se desprendían
de aquellas tardes, de aquellas soledades, de aquellos cigarros.
El problema de la memoria y el olvido
puede ser inferido a partir de las reflexiones, sobre los diferentes modos de
apropiarse del pasado.
“Para que algo permanezca en la memoria
se lo graba a fuego; sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria” Nietzsche
Pero el olvido, y me quedo con esto, es
el guardián favorito de las puertas y ventanas de la conciencia. Sin el olvido
activo, mi madre seguiría llorando a sus muertos, y en vez de contarnos anécdotas
y juegos, presencias y ausencias gratas o no tanto, estaría envuelta en el
mundo trágico de su camino. Tiempos infaustos y dolidos. De once hermanos que
fueron, tan sólo vivieron tres, los otros ocho fueron cerrando sus ojos al
mismo tiempo que a mi madre, le fueron cerrando puertas y ventanas de su
conciencia. ¡Ríe y llora al mismo tiempo! se asombra mi hija y mi mujer. Canta
y cuenta historias que, a la lejanía parecen chuscas, pero que le cambiaron
vida y destino en su momento. Se asombra de minucias y lo celebra todo. Arropa por
igual a los hijos y a los nietos y bisnietos. Atiende al hombre con el que
decidió compartir la vida desde hace sesenta y tres años; planta y riega sus
flores y sus verduras y sus hierbas. Camina siempre con la prisa de quien estuviera
huyendo de algo. Canturrea y reza en murmullos. Dormita en pequeños tiempos
durante el día y es como si con esa breve pausa, cargara de nuevo de energía,
sus pilas. Nietzsche dice que sin la
capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna jovialidad,
ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente.
Durante la noche del domingo veintisiete
de septiembre del dos mil quince y parte de la madrugada del día veintiocho, en
México como en muchas partes del mundo, el cielo nocturno se vio invadido por
una espectacular luna roja ¡Luna de sangre! Mi madre rondaba los ochenta años,
tengo que decirlo a pesar de que insista que digamos que ronda los sesenta y
cinco. Permaneció en vela atenta al espectáculo. Desde las ventanas de la casa,
y en la soledad más esplendida, la maravillosa soledad de estar acompañado de
uno mismo, siguió paso a paso el encanto del paseo de la luna por nuestro
cielo. El asombro y la alegría de haberlo presenciado. ¡Jamás me podía perder lo de la luna de sangre! Exclamaba
mi madre al día siguiente, cuando me platicaba de su desvelo. Era la manera de
decirme y de mostrarme su felicidad por continuar su sino, por dar cara buena a
la memoria de las cosas gratas, las buenas diría Nietzsche. Y era también de algún
modo, la manera de echarle un cerrojo más a las puertas de la conciencia,
olvidando recuerdos no gratos. ¡Los malos recuerdos! diría también el filósofo alemán
de los grandes bigotes.
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