viernes, 17 de marzo de 2017

Del platón de puchero (de los tiernos y terribles infantes)


Puchero tabasqueño


-Que lo entienda el que lo quiera entender, y el que no, que no lo entienda. Y después de esta contundente frase, papá inclinó la cabeza y siguió comiendo.
Sorbía del platón de puchero caliente llevándose a la boca la cuchara con la mano izquierda, a la par que daba mordidas cortitas al taquito de tortilla con sal que tenía en la mano derecha. De reojo, asomaba la mirada desde mi silla y seguía a mi ritmo las mordidas a mi propio taquito de tortilla y a mi sopa. Como él, también yo era zurdo.
-Otra cosa te hubiera sacado. Dijo mamá
Hablaban claro está de mi mano dominante.
-Dice la maestra que se la amarrará para que entrene la derecha.
Papá era de pocas pulgas. Más aún, de muy pocas pulgas.
Dejó de sorber el caldo del puchero, miró a mamá de frente y sin un solo parpadeo exclamó airado.
-¡le pone una mano atada y le rompo la madre!

¡Silencio!
Mortal silencio, acalla los rumores de mi alma, matiza los latidos de mi corazón.
¡Silencio!
¡Dios! Abraza mis angustias, entierra entre tus manos mi dolor.

Mamá calló y apenas esbozó una leve sonrisa para que yo no hiciera caso de aquellos arranques de papá. Después comenzó también a comer.
Las historias de casa eran siempre de ese modo. Mamá intentaba suavizar algunos exabruptos pero jamás lograba nada.
¡Iracundo! ¡Irascible! Papá estaba siempre presto a la más mínima provocación, o al menor sinsentido que el considerara una afrenta contra él.
El resto de la comida se nos fue en un sorber y comer el puchero y las tortillas tatemadas en taquitos.

Retazo con hueso de res, cebolla, jitomate, chayote, plátano macho, macal, yuca. Un buen trozo de elote, papas, camote morado, cilantro, perejil. Y aquella algarabía de sabores danzando en la cocina, ¡Puchero! Mamá y su eterno ir y venir de la cocina al comedor, del comedor a la sala, a la recamara, a los baños. A la azotehuela, al jardín. Caída la noche, el silencio y la mirada perdida. En el perol y sobre la hornilla, el puchero y el recalentado. La cena lista. Papá de nueva cuenta sorbiendo en silencio, mordisqueando el taco de tortilla. Los grandes bocados a las papas, a la yuca, al macal, a los trozos de elotes. Las gotas de sudor resbalando por las sienes. Villahermosa a cuarenta grados. El silencio también presente. Papá y mamá, de nueva cuenta discutiendo por mi mano zurda. Por la maestra, por la tortilla sin tostar, por cualquier simpleza
-¡Tatemadas coño! Explotaba mi papá.
-¡Puta madre! Tantos años de vivir conmigo y aún no sabes calentar las jijueputas tortillas.     
Mamá y su silencio angustioso y su mirada extraviada y su respirar profundo.
No bien había probado bocado, y de nueva cuenta a la cocina, a calentar bien las tortillas, justo como a papá le gustaban. Las miradas entrecruzadas conmigo, adustas y serias las de papá, y veladamente tiernas las de mamá.
Y así, de tal modo, la vida se nos fue durante toda mi infancia. Entre los reclamos de uno, y los silencios del otro. Entre el humo de los cigarros Raleigh de mi padre y el canturreo, casi un rezo, de mamá. Entre la mirada enérgica y de dar miedo de papá y la dulce sonrisa de mi madre.
Hasta cuatro veces a la semana se cocinaba puchero en casa. El guiso más apetecido por mi papá y el mejor cocinado por mamá. Entre las jarras de fresca limonada y las tortillas tatemadas, mi propia dieta y la de mamá fue entonces dando un giro, se agregaron las papas a la francesa, los hot dogs, las hamburguesas, los nuggets. La mirada hosca de papá aguantando con ansiedad y enojo la avalancha de comerciales y promocionales de la época. Estoicamente mamá y yo aguantamos vara. Primero fueron días, después, semanas y meses sin probar siquiera una sola cucharada del delicioso puchero. El vigor de papá fue entonces dando un giro para muchos inexplicable. El hombrón corpulento fue acusando leves adormecimientos y calambres en brazos y piernas que, día a día, se multiplicaban en tiempo y fuerza. Alucinaciones varias. Adelgazamiento extremo. Flacidez en las piernas. Caídas sin motivo. Alteraciones mentales severas. Aletargamiento en el habla. Constipaciones. Locura. Hasta que un buen día por indicaciones del médico se le ingreso al sanatorio, para sólo salir en un estuche de blanco pino con rumbo a los panteones.

Al principio del desenlace de esta historia, mamá no daba crédito. Alguna tarde del caluroso verano en Villahermosa, mi encierro pegado a la enciclopedia, a las breves notas discutidas al azar.
-¿Mami, sabías que esta yuca es venenosa? Y le mostré a mamá una fotografía.
¡Mandioca, la yuca amarga! Y perfectamente nítida la imagen. Mamá leía atenta.
La intoxicación puede darse porque etc. glucósidos tóxicos etc. enzima linamarasa etc. y se transforma químicamente en cianuro y acetona etc. el cianuro se incorpora a la corriente sanguínea y se fija a los tejidos etc. Etc. Etc.
-Supongo que sería muy peligroso desconocer esto y agregar esa yuca en el puchero ¿no crees mami?  Pregunté con esa inocencia de púber.
A partir del siguiente día, mamá y yo empezamos a comer hamburguesas, hot dogs, nuggets y papas a la francesa.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Echarle un ojo al gato



Oscar y Dany, 2016 Fotografía Oscar Mtz. Molina



Algún día del año dos mil uno estando con mi mujer en la sala, llegaron hasta nosotros mis hijos, Oscar de diez y Daniela de ocho, con unos pequeños pollos que les habíamos regalado como mascotas. 
-¿podemos abrirlos para ver cómo son por dentro? Preguntó mi hijo.
-No le tenemos miedo a la sangre. Agregó mi hija. 
Y yo, en vez de sentir orgullo pensando en que, había allí sendos embriones de médicos, sentí un escalofrío.
Ante mi negativa rotunda y absoluta, me dijo entonces mi hija, mostrando su carita más dulce.
-¿podemos entonces meterlos al micro para ver cómo explotan?

Este año cumplimos quince de acudir a terapias familiares y reconversión de actitudes torcidas. Y solo por si acaso, sigo manteniendo la costumbre de dormir habiendo echado doble llave al cerrojo de mí recamara.

© 2017 By Oscar Mtz. Molina

sábado, 7 de enero de 2017

No me haga cambiar de hábitos, señora mía


Saqueadorcito. Imagen tomada de Internet. Quintana Roo

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

La frase repiqueteaba en su cerebro mientras corría con la mirada fija contra el enorme ventanal de cristales. En la mano derecha sostenía el pesado tubo obtenido de algún sitio cercano. Un carro de esos de supermercado, reconocería después ante la incrédula mirada de su esposa. La turba, enardecida por hacerse justicia por propia mano, avanzaba desde y hacia distintos rumbos. Unos y otros en estampidas coordinadas entre sí, azuzadas por una incesante gritería. El saqueo del almacén visto desde una prudente distancia, parecía una carnicería ejecutada por carroñeros insaciables. Aparatos eléctricos, juegos de video, estufas, refrigeradores, camas, colchones. La risa plagada de nerviosismos. Los padres arrastrando a los hijos en la inconciencia de llenarse los bolsillos de lo que fuese. Jóvenes encapuchados y al grito de cristalazo, irrumpiendo con la violencia de los pocos años. Los vidrios saltando al aire. Las vitrinas de las boutiques de moda a la disposición de la rapiña. Blusas, faldas, pantalones, suéteres, y trajes de moda. Taxis y autos desvencijados cooperando, motonetas y carros del supermercado como improvisados burros de carga. Impávidos, algunos mirones metían las manos al pantalón, o cruzaban sus brazos. Sonreían entre sí.
La mañana previa, y ante los incesantes rumores en las redes sociales de probables cierres de casetas y carreteras, tomaron camino a la ciudad de México. El trayecto recorrido por trescientos setenta y cuatro kilómetros, había sido miel sobre hojuelas. Mientras cruzaban la autopista rodeando Tulancingo, la velocidad del rodamiento empezó a disminuir de manera gradual, hasta concluir totalmente uniéndose en una caravana sin fin. Los rumores de las redes tomaban finalmente su perfil de realidad. Sentado frente al volante veía a diestra y siniestra, atrás y adelante. Aquel cuadro de apocalipsis. Pesados tráileres de uno o doble remolque, camiones de pasajeros, camionetas con hijos pequeños, autos con parejas inicialmente sonrientes que, tomaban aquel paro, como parte del descanso de vacaciones. Camiones cargados de frutas y legumbres. Naranjeros. Dos camionetas de tres toneladas, con vacas que entornaban los ojos y rumiaban la poca comida ofrecida en esos lances. Él mismo encerrado en su coche, con su mujer y su hija, y la pequeña mascota, dormitando en el asiento de atrás. Los amagues de cuando en cuando ¡Se mueven!, y a subirse de prisa a los autos y camiones, después de estirar un poco las piernas, y de recoger un poco también, los nervios. Los amagues insufribles de recorrer unos pocos metros, para enseguida, volver a padecer la incertidumbre y el enojo que, poco a poco, va haciendo roncha en el cuerpo. Cuatro horas de espera y el asunto parece no tener un punto de concordia. Autos pintarrajeados en el cristal posterior. ¡No al gasolinazo! ¡Fuera Peña! ¡Muera el mal gobierno! Hombres y niños orinando a un costado de la autopista, los prudentes, entre algún arbusto que, dará al final de temporada, flores y frutos abonados en amoniaco; los poco cuidadosos orinando junto a sus vehículos, encharcando el asfalto. Las mujeres, jóvenes y maduras correteando a la intemperie hasta la gasolinera o hasta la fonda para hacer lo mismo, por unos cuantos pesos. Una que otra atrevida, envuelta en un rebozo y con el culo al aire, ahorrándose la caminata y los pesos, y el frío.    

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

El gusanillo haciendo nido en su cabeza. El desmadre entre camioneros y padres de familia, y entre jóvenes agricultores y mujeres al volante. La ambulancia varada justo en medio de aquel nudo de motores y chasises. ¡Se nos muere nuestro paciente! ¡Viene muy grave! Gente de campo, gente sincera. Y en ese mundo de caos endiabladamente complejo, en esa estrechez de maniobras, uno a uno va poniendo su parte. El autobús de pasajeros acomoda su unidad en el poco espacio que alguien sacrificó al no moverse, aún ante la tentación de recorrer esos pocos metros hacia adelante. La ambulancia puede en un breve espacio dar vuelta y volver en sentido contrario. Seguramente decenas de vehículos acomodaron su paso hasta que, unos minutos después, y por una carretera secundaria, vemos pasar la ambulancia marchando con su enfermo grave, ¿O su cadáver?. Los rumores de nueva cuenta. El enojo por quienes han tomado la autopista. Por quienes han lastimado la libertad de ir y venir. La disyuntiva de buscar salir de aquel embrollo, o esperar a que se abra el paso. Las redes sociales que hablan de destrozos y desmanes kilómetros más adelante. La entrada a la ciudad por Ecatepec también tomada. Rapiña. Presencia policíaca. Toques de queda. Conatos de violencia, allí mismo en esa fila de infortunados caminantes. La reventa de aguas y refrescos. De plátanos fritos en bolsitas. Ya no están cobrando la orinada, ¿ya no? No, ahora te obligan a comprar un plato de empanadas, o unos tacos de cecina, y te prestan el W.C.

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

A las nueve de la noche escuchaban los pormenores del día en la televisión del hotel en Tulancingo. Las imágenes de gente con palos y piedras, unos a la defensa de sus comercios, otros al robo. Unos a gritos reconviniéndolos a no caer en provocaciones. A la mesura. Otros al hurto, al destrozo. El taxi cargado con un colchón en el toldo, una lavadora en la cajuela, sobre el colchón un refrigerador grande, la mujer sentada en el pequeño espacio que, puede quedar en ese nisán, abrazada en cruz a sus pertenencias robadas. Un hombre corriendo con dos enormes paquetes de papel higiénico, cada uno bajo los brazos, y uno más equilibrándose en la cabeza. Lord cagón, así lo bautizaran después entre los tuiteros y los memes. La muerte de un policía al intentar impedir el atraco a la gasolinera. Las imágenes crudas que los medios masivos han ido soltando a la deriva. El cuerpo del hombre tirado en el suelo. Dos autobuses incendiados en Ixmiquilpan. Allí también dos jóvenes tiroteados. Uno de ellos en el suelo, en medio de un charco de sangre. Los mensajes interminables por el Facebook y al wasap. Pequeños videos de actos vandálicos. Ciudades y poblados antes calmos, ¡Humanizados! Ahora en la barbarie. Memes y memes absurdos, irritables. Declaratorias de los prohombres de la política, derecha, centro izquierda, llenos de mierda hasta la coronilla. La imagen de un french poodle, la misma raza que su mascota, pero callejero, atravesando en solitario una calle semi oscura, con la cola levantada y en el hocico una bolsa de Sabritas. Saqueadorcito, será el mote del pequeño ladrón de marras. Habían tomado la cena. Un plato de empanadas y cecina. Un tequila que a esas horas y después del largo calvario, caía de perlas. Los churros comprados en la esquina. El sueño profundo.

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

Y a las cuatro de la mañana la reflexión robándole el sueño. La educación y la cultura brillando por su ausencia. Las buenas costumbres. Los buenos hábitos. Las enseñanzas cívicas, la moral de la iglesia. Las familias. El gasolinazo como pretexto y el descontento volcado en una sociedad que se desquita. El clamor por una reivindicación del pueblo, la sociedad decrepita y la adoración a dioses no de barro, ni de lodo, ni de maíz, ni siquiera imaginarios. ¡Dioses hechos de mierda, sólo!

-No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.

De nuevo aquella frase repiqueteando dentro de su cabeza. Imaginándose alguna declaración sincera del Presidente de la República, ante los hechos de rapiña y caos, y desde luego, con la vana ilusión de una medianamente decorosa renuncia. Al final recordó lo que seguía en el texto:
“No me mire así, señora”, le dijo de buen tono. “Estoy hablando con el corazón”. Y luego, volviéndose a Homero, termino: “Menos mal que estoy pagando cara mi insensatez”.          
Y recordó también el título del cuento, Buen viaje señor presidente y al autor Gabriel García Márquez, por supuesto.

La turba enardece los sentidos. Embota los sentimientos. El sonido de los cristales que se rompen. El griterío de la gente. Las costumbres y los hábitos. La educación que se mama. Que se mama sólo lo que se quiere mamar. La cultura que no ha valido para sentar a los políticos en los banquillos de la justicia. La intransigencia de unos pocos. La malicia. La gendarmería correteando jóvenes. La risa desternillada de quien toma los videos, la fotografía oportuna. La cabeza que da vueltas y vueltas buscando el meme chusco. Las noticas amarillas. Tomó entonces el tubo y en medio de la oscuridad, anónimo, asestó el golpe preciso, insonoro entre tanto griterío, entre tanto escándalo, cauteloso y precavido hurgó en la vitrina, de aquel pequeño establecimiento. No había en su rostro pena alguna. La turba enardece los sentidos diría más tarde a su mujer, mientras que, de las bolsas de camisa, pantalón y chamarra iba sacando las plumas y los relojes mont blanc.

-Mira, estos son de dama. Dijo ella, mientras iba poniéndoselos en la muñeca.

Al final de aquel día tan lleno de exabruptos, rumores y noticias, reían. Saqueadorcito, el french poodle, con la cola levantada alegremente y con las Sabritas en el hocico, se veía muy tierno y bien valía aquellas risas.              



© 2017 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 5 de enero de 2017

Oficio de escritor


Autorretrato, Altamira 2016 

¡El olor a mariscos cocinándose impregnaba espacio y tiempo!
Levantó con la mano izquierda la tapa del enorme sartén. Mantequilla y aceite de olivo, la base. Las jaibas, marinadas en salsa de chipotle y pimienta y sal, tornándose rojizas. Los vapores desprendiéndose en una grisácea nube. El vaso de ron de caña en la mano derecha. Bebió un largo trago y sin pensarlo demasiado, vació el resto de ron en la sartén rociando las jaibas. ¡Una enorme llamarada chamuscándolas! Rió a carcajadas por su ocurrencia. Tapó la sartén y dejó que la cocción continuara por unos pocos minutos.
Estaba sin camisa y con una sucia barba de tres días. Sudando por pecho y espalda. Despeinado y apenas lavado de la cara. Tres días también de apenas breves horas de pegar pestañas. El tecleo ágil y sin pausas en el tablero de su vieja laptop. Inservible para otras funciones que no fuesen las de máquina de escritura. Las vueltas y vueltas de ideas en la cabeza. Tres días también de descorchar botellas de vino y del cigarro tras cigarro en una fumadera sin fin.
Retiró la sartén de la hornilla y la llevó a la mesa. Apartó libros y cuadernos de notas. Hojas con delicados dibujos a lápiz. Estilizados autorretratos. Bocetos de bestias retorcidas. Aves.
Ella salió de la habitación contigua. Recién bañada. Blancas las carnes. Pequeña de estatura. Indescriptible. Senos y nalgas firmes. Piernas esbeltas sin un ápice de grasa. Ágil. Completamente desnuda.
Sonriente. Ojos claros, verdes o azules. El cabello húmedo, recortado hasta los hombros. Sonrisa inocente.
Sirvió sendos vasos de vino. Los vapores de mariscos irrespirables.
¡Espléndidamente irrespirables!
Coqueta se sentó sobre la mesa y cuidadosa cogió una jaiba. Pasó la lengua sobre ella, saboreando. Mordisqueó el vientre de la jaiba, inundando labio y paladar. Jugos inenarrables. Chipotle, pimienta, sal, olivos, jaiba, ron. Entornó la mirada.
Mordisqueó su vientre. Ahora era él, quien se prendía a su sexo, ofrecido en la mesa. Aspirando con fruición otros aromas mucho más exquisitos, bebiendo sorbo a sorbo otros jugos mucho más enloquecedores.
Juego de proezas.
Destazar una jaiba embebida en chipotle a dentelladas, sin mancharse. Y llevar por el cielo, una hembra. Lujuria de las carnes.
Dormitó apenas cuarenta y siete minutos. Lavó de nuevo cara y cabeza con agua del lavabo. Las axilas y los brazos pegosteados de sudores. El sofocante calor del mediodía. Echó agua en el cuello y en los brazos, en la nuca y en la espalda. En su abultado abdomen.
Apenas tomó una toalla para secarse las manos. Se sentó una vez más ante la laptop. Se sirvió medio vaso de tinto. Prendió un cigarro sosteniéndolo entre los labios. Comenzó el tecleo infame.
“¡El olor a mariscos cocinándose impregnaba espacio y tiempo!…”
Comenzaba así su novela.
Mientras escribía tecleando, miró de reojo los dibujos que había hecho. Autorretratos. Bocetos de una joven.
“Salió de la habitación contigua. Recién bañada. Blancas las carnes. Pequeña de estatura. Indescriptible…”
Empezó a describirla en su relato.
A las dos de la tarde. Puntual como siempre. Llegó Matilde, su casera. Mujer madura, casada y religiosa de las de atar rosarios. Madre de tres adolescentes. Entrada en carnes. ¡Muy entrada en carnes! Escuchaba el tintineo constante de las teclas. Limpió la habitación en silencio. Arregló cama y retiró del baño los paños húmedos. Pasó por encima escoba y plumero. Se acercó después al hombre y a la máquina. Tintineo constante. Ofreció de un plato despostillado dos empanadas de frijoles y queso. Una taza de café. ¡Caliente! Vertido desde un desvencijado termo.
“Ella se sentó sobre la mesa y cuidadosa cogió una jaiba…”
Escribía justo esta frase.
Suspendió la escritura. Cogió una empanada y dio una enorme mordida. Bebió enseguida dos o tres tragos de café.
-Doña Matilde, dijo entonces él.
-¿le gustaría salir en mi novela?
Doña Matilde sonrió muy apenas.
-¿y qué tendría yo que hacer? Dijo ella
-¡Nada! Exclamó él
Y la tomó de la cintura sentándola a la mesa. Hizo con el dedo índice de la mano derecha y sus labios, la señal de guardar silencio.
Gentil empezó a separarle las piernas.
“Mordisqueó su vientre. Ahora era él, quien se prendía a su sexo, ofrecido en la mesa…”
Así seguiría justo, su historia.


Dic. Altamira 2016 By Oscar Mtz. Molina

jueves, 22 de diciembre de 2016

Tito (Veinte años de vida)




Tito, Fotografía de Oscar Mtz. Cd de México, 2018



I
El día 10 de marzo del 2000, mientras Laura daba vueltas a la llave para entrar a casa, el french, temeroso y tímido y a escasos suspiros del pánico, se repegaba aún más contra la pared. Tenía apenas dos días de haber sido llevado a casa y la incertidumbre era sin duda el sentimiento más presente en su espíritu perruno. Después de haber permanecido toda la mañana en aquel silencioso espacio, el sonido del metal de la llave entrando en la cerradura, los dos o tres giros, el clic preciso al abrirse el cerrojo. La plenitud en aquella maravilla de olfato entrenado a lo largo de siglos y siglos de adaptación y entrenamiento. Habían sido suficientes las cuarenta y ocho horas de contacto, para saber que aquellos olores eran los del cuerpo y los cabellos de Laura, estos los de Dany, estos otros los de Oscarín, y finalmente estos últimos, perfectamente identificados, los del viejo narigón y gruñón, empeñado en que, aquella minúscula presencia de apenas tres kilos y medio, no era bienvenida en casa.

-Cualquier casa que se respete, deberá estar ausente de mascotas, cualesquiera que sean estas sus géneros, razas, u orígenes. Y delante de la taza de café expresso, con el ceño fruncido eternamente, y el hosco silencio en los labios, parecía que aquel veredicto sería inalterable. Los niños suplicaban apenas, con la mirada. Laura de vez en cuando intentaba un argumento, el perro se arrinconaba más y más contra la pared.     

El empeño de Laura y los niños, dos años le calculan, y fue víctima del maltrato. Golpeado, vejado, fractura de la mandíbula. ¡Chueco!, lo sacrificaran si no lo acomodan. Y aquella mirada triste, y aquel cuerpo raquítico, y el pelambre raído por la desnutrición. La mordedura ajena, la mandíbula superior al frente, y la inferior a occidente, o al poniente.

¡Atravesada!


-Nadie lo quiere


-Seguro lo sacrificaran


Y jamás supe si la mirada del french, o la de Dany, o la de Oscarín, o la de Laura, o la de todos, fue la más triste, y tres segundos después de la frase: está bien, que se quede. Fue a la vez la más brillante y alegre.


Complicado compartir un espacio con un enemigo que te encara paso a paso. Que se te cierra en una carrera juguetona, que distrae tu lectura con un ladrido innecesario, que mancha tus zapatos con un charco de orina, o con muchos charcos.

¡Entrenamiento! Y aquella parecía ser la palabra y la acción que lo resolvería todo.

El french, ahora ya conocido abiertamente como Tito, fue poco a poco integrándose a un modo y aun espacio reconocido como suyo, sin embargo, el dolor y el sufrimiento vividos, los seguiría persiguiendo en el tiempo. Tosidos y ahogamientos producidos por la mala alineación de su mandíbula harían correr más de una vez a Laura y a los niños. Para el hosco hombre, lo más cercano al socorro, era levantar la mirada del libro, o dejar por escasas milésimas de segundo el oloroso aroma del café, y seguir ausente la tarea de resucitamiento.


II


¡French!

¡Poodle!

¡Caniche!

¡Grande, mediano, enano, toy!


La historia, incierta como la propia historia de Tito. Siglo XV y su redención entre aristócratas y nobles. Francia y el reclamo por Alemania, y Rusia. La precisión de la etimología: poodle, de Pfudel (charco) uno que juega con el agua, instituido en Inglaterra en 1643 y caniche, de canard (pato) en relación con la caza de estas aves, en Francia. Antes de esta época, algunos escritos hacen mención de esta raza en el mundo árabe, alrededor del siglo VII d.C.

Aristócratas y recuperadores de caza, particularmente dentro del agua, chapoteadores, buenos nadadores. Bueno, en este sentido Tito ni nadador, ni cazador de patos. Aristócrata sí, si consideramos su gusto refinado por la música clásica.


III


La vida la comenzamos a vivir a la par, Tito juntó sus pasos a los nuestros y por dieciocho navidades, nuestros pasos han andado de uno a otro lado. Entre Chiapas y Tamaulipas. Sorteando caminos de neblina y lluvia. Soleados y calurosos. ¿De que estarán hechas las almas de los perros? Pequeñas sanguijuelas capaces de arrancarle a uno las sonrisas. Mis hijos lo apapachan y lo abrazan como al mejor de los amigos. Él, simple y llanamente se deja hacer, se acurruca junto a ellos, gentil también los acaricia, con las manos tersas o con la húmeda lengua. Laura se enternece cuando lo ve enfermo o cabizbajo con la columna curvada por los años. Tito además es parte del edificio, tiene que ver con los vecinos de uno y otro condominio. Sus diarios paseos son acompañados con saludos. Va y viene de uno a otro lado de los jardines que lo han cobijado. Es también motivo de charlas en familia, de uno a otro lado preguntan por su estado. 
En estas andanzas, ahora han quedado atrás las escapadas y las perdidas horas de agonía. Atrás quedaron también los intentos de escaparse a una libertad añorada que, alguna vez, nos hizo recorrer nuestra colonia en su búsqueda, al haberse extraviado por breves parpadeos de vigilia.    

¡Viejito! 

Aún lejano, con muy poco contacto entre ambos lo miro ir de uno a otro lado de la casa. ¡Literal! Como Pedro por su casa. Husmeando y olfateando alacenas, escudriñando entre mis zapatos, asomándose discreto por el baño mientras rasuro mis canosas barbas. Confiado a veces se acurruca y se acerca a mi costado. Bromeo con mis hijos. Tito será el encargado de cruzarme de lado a lado el río Estigia del Hades, peleará cual guerrero valeroso contra el temido guardián de los infiernos, el can cerbero, mítica bestia de tres cabezas. Bueno, eso es lo que nosotros pensamos y platicamos. Viéndolo tan aguerrido, seguramente el can cerbero, meterá la cola entre las patas y dará vuelta, huyendo temeroso, agachando los tres pares de orejas, uno por cada cabeza.


IV

El ocaso está cada día más y más cerca, su andar es lento y cansado, el lomo arqueado y la cabeza agachada. El apagado ladrido que solamente se asoma de vez en cuando. Largas horas de sueño apacible. Sin duda, en breve nos aprestaremos a cruzarlo a la otra orilla de su lago, a la otra orilla de su propio río. todos nosotros velamos ya nuestras armas, para que nadie pueda evitar que Tito, llegué a las praderas celestiales.   
-¿De que estarán hechas las almas de los perros?

Y buscando respuestas me sumo en el más profundo de los sueños.




©2018 By Oscar Mtz. Molina