jueves, 13 de julio de 2017

Noches insomnes

Insomnio. Cd. de México, 2017 Fotografía Dany Mtz.


-Algunos caballeros dicen que tienen sueños felices cuando vienen
aquí -había dicho la mujer-. Otros dicen que recuerdan lo que sentían
cuando eran jóvenes. (Eguchi)
La casa de las bellas durmientes.
Hite Kawabata

I
De cuatro o cinco largas zancadas subí la escalera. El edificio era uno de los modernistas edificios de la colonia del valle, de tres niveles. Mi cita era en el tercero de estos pisos. Era sábado a las once de la mañana. Mi vida corría entre las clases entre semana en ciudad universitaria, y el trabajo de sábados y domingos en la pequeña empresa de mi padre. Él tenía toda una vida dedicado a la reparación de gafas. Minucioso en el cuidado de armazones y el pulido de cristales. Yo me encargaba de las entregas a clientes que preferían los fines de semana. María Luisa el nombre. Mujer, con toda la justeza para decir que era hermosa. Cuarenta y cinco años maravillosamente bien puestos. Abrió con la confianza de conocer a mi padre, con la confianza también de que mi padre, era buen amigo de su esposo. Abrió con el desparpajo de haberse levantado tarde el día sábado, de haberse bañado y de estar en ese momento, tomándose la segunda o tercera taza de café.
A los diecinueve años la vida se me iba sin una sola pizca de café en el alma.
Me senté a la mesa y no solamente saqué del maletín, los estuches de los dos pares de gafas que tenía que entregarle si no que, saqué también, la tela y el líquido para limpiar las lentes. Un ritual aprendido en este oficio. Los clientes solían ponerse las gafas, posaban frente al espejo, acomodaban una y otra vez las armazones, ajustes insignificantes, pero casi siempre necesarios. El pulido final de las lentes y por supuesto la envoltura y colocación minuciosa en sus estuches.

-¡Oscar! Respondí alzando la voz, a la pregunta de cuál era mi nombre.

-Igual que tu padre, dijo ella también en voz alta, desde la habitación.

Se sentó justo al lado mío.
-¡Dios, mira que ojeras!, dijo al paso.

Y empezó a contarme de sus largas noches de insomnio. La cercanía de su aliento a café recién tomado.

- ¿Sabes que la gente cuenta ovejas en sus noches sin sueño?

-Yo cuento el número de hombres que me han besado. Y de su rostro se desprendió la más esplendida de las sonrisas.

Las pautas de silencio, ajenas y pesadas como losas en las espaldas.  Sonreí pensando en aquella confesión a boca jarro.

-Pienso en el hombre, y en su nombre. Y recorro con ese recuerdo los pormenores del camino andado. Cómo nos conocimos. Cuándo fue el primer beso. Qué circunstancias nos rodearon. Cómo fue el abandono. Cómo mi entrega al juego amoroso. Y así cada detalle. Hasta que despierto a la mañana siguiente, sin saber a qué hora me dormí.
-¡Por lo menos es más interesante que contar ovejas! Cerró enseguida, con esta exclamación.

El primer par de gafas le iban a la perfección, las retiró para que yo me pusiera a la tarea de limpiarlos. Se levantó de nuevo para ir a probarse el otro par.

-Un día también tú contarás besos y repasarás historias para poder conciliar el sueño, dijo desde la lejanía-. Y allí también te acordaras de mí.

Del segundo par de gafas no tengo ningún recuerdo de cómo le quedaron. Se asomó de nuevo a la sala y lo hizo para que, en mi memoria, aquella imagen perdurara eternamente encriptada en mi cerebro. María Luisa había vuelto de su cuarto completamente desnuda y con el cabello acomodado por delante cubriendo parcialmente uno de los senos. Menuda y frágil figura. Senos de mujer madura, pequeños y firmes. La cintura estrecha y el abdomen plano. La blanca y tersa piel de sus muslos. Besó mis labios, primero con la inocencia con que se besa a un amigo. Su mirada de ojos cafés y aceituna penetraban mi mirada. ¡Taladrando mi alma! El roce y el calor de su cuerpo. El cálido abrazo y la ansiedad galopando mis sentidos, acelerando el corazón. De los besos, pasamos a los juegos de manos, y de los juegos de manos a la entrega. Con ella aprendí que, después de hacer el amor, la gratitud tiene que llegar con el sabor de una taza de café.

María Luisa se encriptó en mi memoria desde aquella inolvidable mañana de sábado. Tenía cuarenta y cinco años y una belleza fuera de esta órbita. De tiempo en tiempo y en los siguientes quince años, volví religiosamente a verla, para llevarle las gafas que seguía arreglándole mi padre. Para limpiar sus armazones, para pulir las lentes, para verla sonreír, y para amarla como fiel amante. Siempre bella, mis manos fueron testigos crueles del marchitamiento de su piel, y de la ingrata flacidez de sus senos. Mis labios fueron también testigos de las arrugas circulares en sus labios. El brillo de sus ojos siguió fiel al asombro de los míos. Ni mis estudios, ni mi carrera profesional, ni mi mujer ni mis hijos, pudieron hacerme desistir de aquellas visitas matinales de los sábados. Sus noches de desvelo, según sus propias palabras, se fueron llenando de nuestras historias. Y su mundo insomne se transformó con el paso del tiempo, en un paraíso en el que, solamente contaban mis besos, nuestras circunstancias, nuestras entregas.

II                
Cuando yo tenía nueve años de edad falleció mi abuela. Recuerdo perfecto que mi abuelo, recién viudo, caminó conmigo hasta el tendejón de la esquina. Mi caminar era de tristeza y congoja por la abuela.
- ¡El camino está plagado de muertos! Dijo mi abuelo.  ¡Así es la vida! Remató después.
Cierto, la vida está plagada de muertos. Al poco tiempo le tocó partir al abuelo. Algunos años después a los hermanos de mi padre. A mi madre en algún punto del trayecto. Todos ellos cercanos a mi camino. Mi padre marchó cuando yo cumplía los sesenta años, el ya bastante viejo. Mi mujer abandonó mi paso y a partir de los sesenta y ocho años mi vagar se hizo en solitario. María Luisa se había ido en el silencio de una noche. Quizás entre los recuerdos de los hombres que la habíamos amado, y de los que ella solía contar nuestros besos y juegos amorosos, a manera de llamar el sueño en sus noches de insomnio.   
       
-Un día también tú contarás besos y repasarás historias para poder conciliar el sueño. Dijo desde la lejanía.
-Y allí también te acordarás de mí. Había dicho María Luisa aquella luminosa mañana de sábado, mientras se probaba las gafas.

Y en efecto. El sueño de viejo llega corto y ligero. No bien terminan de cerrarse mis parpados, cuando de nuevo se abren mis ojos a la oscuridad y al desvelo. En vez de ovejas cuento los besos y las historias de amor con María Luisa. Pero también lo hago con los besos y recuerdos de mi mujer. Y así, de uno en uno voy pasando los senderos, de una en una las mujeres a las que he amado. En el último trayecto de mi vida me procuro también nuevos besos. La ansiedad de hombre viejo llega con las mañanas de invierno, con las tardes calurosas del verano, pero sobre todo con la soledad de cualquier noche. De tarde en tarde desando el camino a casa. En esta inmensa ciudad hay jovencitas que se prestan o se alquilan para seguir llenándole la memoria a uno con sus besos, para seguir ensuciándonos las conciencias con sus juegos amorosos, para seguir enlodando nuestros pasos por la tierra. Hay desvelos que suspiran, hay noches de insomnio y desesperanza, hay madrugadas de soledad y angustia. Allí es cuando en lugar de contar ovejas, o de revolcarme en recuerdos cada vez más lejanos e imprecisos, me entretengo contando los nuevos besos, los de esta tarde, los de esta joven que dijo llamarse Martha, o Gloria, o lo que fuera.

Cuerpos de nuevo firmes, senos de nueva cuenta tiernos.

El sueño que llega tarde o temprano.

El olor y el aroma del café.

La muerte que ronda a la vuelta de la esquina.

La soledad.

El silencio.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina 

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