lunes, 1 de mayo de 2017

La casa de los gatos (De los tiernos y terribles infantes)

Quema de año viejo. Fotografía Oscar Mtz. Molina, Altamira 2016

I

La tarea no era fácil. Lo primero que teníamos que hacer era atraparlos y para eso, la mejor hora siempre fue al caer la tarde, en la pesadez de la siesta. Nos deslizábamos con un sigilo digno de un soldado de asalto. De esos que veíamos por la televisión en aquellos episodios de Pelotón. Los atrapábamos echándoles encima una camiseta o un saco de ixtle, cuidándonos siempre de sus garras. Maullaban enfurecidos, nerviosos, revolcándose entre nuestras manos. La calma luego. El apaciguamiento. La fatiga. Para nosotros era también el momento de tranquilidad.

¡Los gatos se dejaban hacer entonces!

Envolvíamos sus patas y su cuerpo dejando descubiertas las cabezas. El maullido cambiaba y en lugar de aquel de defensa y desesperación, pasaba a ser un maullido más sordo, como pidiendo compasión. Lo que seguía después era escurrirnos en algún lugar solitario; bien fuera detrás del centro de salud, o mejor aún en el ala abandonada del beneficio de café. Para esas horas las sombras nos habían cubierto y nos deslizábamos como fantasmas con nuestra preciada carga, nuestra presa codiciada.
La navaja era una de esas suizas rojas de buen tamaño. Había sido la navaja del padre de Emanuel, el honor te correspondía cuando cumplías los diez años ¡Nunca antes ni por favor! Ni por lo que fuese.
Sostuve al gato enredado por la camiseta, entre mis piernas, la boca apretada con firmeza con mi dedo anular y medio, mientras exponía uno de los ojos del animal con los dedos índice y pulgar de mi mano izquierda. El gato tranquilo y quieto, mi mano izquierda temblando por el esfuerzo. Tomé el mondadientes de la navaja y sin pensarlo demasiado, clavé el mondadientes justo en el centro del ojo, un chisguete de líquido saltó mojando mi mano. Lo que siguió después fue un revoltijo de sucesos la mar de enredados. El maullido fue, no solamente agudo si no tremendamente espeluznante, el gato se revolcó violentamente entre mis manos, descubriéndose y saltando desde mi regazo, tambaleándose y chocando contra las paredes, escapó de nuestras manos. Gritos de todos los presentes con el afán de atraparlo. Correrías hacia uno y otro lado. Emanuel gritando enojado por el mondadientes, y pendejeandome por el descuido y yo, arqueado entre náuseas y vómitos imparables, hasta tres o cuatro veces. Habíamos comido mango verde con chile piquín y sal de grano. Mis pantalones enrojecidos por el chile y con pedazos de mango verde. ¡Arcadas hirientes! los líquidos y los mocos escurriendo por mi nariz y mi boca. El tono amenazante de Emanuel y la risa y la burla del resto.
A las nueve de aquella noche volví a casa cobijado en la oscuridad.

II

-Dios está con nosotros
¿Dios está con nosotros? pregunté
-sí, Dios está con nosotros. Eso significa Emanuel. Dijo la tía Enedina. Prima hermana de mi padre y además eterna maestra de catequesis.
Así que Emanuel quiere decir Dios está con nosotros. Pensé para mis adentros, a sabiendas que, mi madre, se refería a él como alma del demonio o hijo de satanás u otras linduras, pero todas por ese estilo.
Era justo dos años mayor que yo, porque según yo los dos habíamos nacido en el mismo mes de mayo. Así que en aquella época él tendría ya los doce. Había quedado huérfano de padre desde los ocho y prácticamente desde esos días se echó a la calle. ¡Jamás! que yo me acuerde le tuvo miedo a algo o a alguien. Si había que matar zanates o perseguir iguanas o garrobos, él iba por delante. Si había que desollar los garrobos y las iguanas para los presos de la cárcel, prácticamente él se encargaba de hacerlo. Si no le cuadraba algún chiste o alguna bromita de alguno de nosotros, sus cuates, él se encargaba de hacérnoslo saber con un pescozón en la nuca, o con una llave de lucha libre sujetándonos por la cabeza y el cuello con sus brazos o con las piernas. Casi siempre exigía de nosotros, no la rendición si no la súplica al perdón, enseguida nos liberaba y amigos como siempre. En las peleas de a de veras con algún desconocido de nuestras huestes, por muy grande que estuviese, allí sí que había que verlo en su dimensión completa. ¡Violento! El frenesí de destrozar a sus rivales. A veces a golpes, otras a mordidas si era necesario. A veces sangrando de las narices y de la boca, ante las palizas recibidas por alguien de mayor edad o de mayor alcance, y aun así nosotros sabíamos que la pelea no terminaba hasta que el otro se rindiese, o pusiera mejor tierra de por medio. Sorbía su propia sangre desde la boca, dejaba que la costra se secara al filo de las narices, o que la que había escurrido por sus antebrazos, permaneciese allí como trofeos o huellas de las peleas. Vanagloriándose.
Jodidos y pobres, él y su madre vivían en una casucha de ladrillos y láminas, con un patio inmenso lleno de árboles frutales, herencia del padre. Justo a dos solares de nuestra propia casa.
    
III
        
Lo de aquella tarde estúpidamente desastrosa del gato y el mondadientes, dejó para mí una huella muy difícil de borrar. La vergüenza hizo que, durante los siguientes cuatro o cinco meses y con el beneplácito de mi madre, me alejara del grupo de amigos de la cuadra, y por supuesto de Emanuel. Cabizbajo me deslizaba por las calles evitando en lo posible los encuentros con ellos, camino a la escuela. A veces topaban mi paso para invitarme de nuevo a volver al redil de la manada. Mi padre pesaba en el barrio y de algún modo se extendía sobre mí un manto de velada protección. Mamá sin saber en absoluto el asunto del gato, aliviaba un poco la carga refiriéndose al buen camino que tomaron mis notas en los últimos meses de mi educación primaria. Dejó de referirse a Emanuel como alma del demonio y sólo hacía mención de lo vago que era.
El reencuentro comenzó una tarde del descanso de verano, muchas horas para un encierro. Los juegos a la pelota. Las correrías por el barrio, en donde por cierto habían ido desapareciéndose los gatos.
-deberías acompañarnos para verlos. Me dijo un día Emanuel. Con la confianza que pueden tenerse un niño de once y otro de trece años, después de haber estado jugando toda la mañana.
La galera abandonada del beneficio de café resultó la casa perfecta para aquellos desvalidos. Por lo menos alcancé a contar once gatos, allí entre ellos los de los vecinos. Quietos, acurrucados entre las sombras del edificio. Amontonados y apretujados entre sí. Nosotros en completo silencio apretujados también. A una orden de Emanuel y para sorpresa mía, dos o tres de nuestros amigos comenzaron a gritar y a hacer ruido con palos y tablas. ¡El maullido y la desesperación de los gatos! Rebotando contra las paredes, chocando unos y otros, saltando y cayendo terriblemente descompuestos. Algunos de ellos, despistados y medrosos chocando contra nosotros. Nuestras risas, carcajadas silenciando los maullidos. Gatos perdiendo toda compostura, gatos de andar inseguro y estúpido, gatos desorientados en los saltos ¡Todos ciegos!
La confianza volvía a mí y mejor aún volvía entre mis amigos y yo, y particularmente volvía entre Emanuel y yo. Esa tarde de vuelta a casa, pensaba yo entre mis adentros que bien valía la pena sacarse aquella espina.

IV  

¿Dios está con nosotros?
¿O dónde esta entonces? ¿Cuidando gatos ciegos y torpes?
La fecha exacta, dieciséis de noviembre de 1974. Alcancé a tomarme tres tragos bien puestos de aguardiente de caña. Todos reíamos impacientes. El gato era sin duda alguna el más hermoso que jamás antes hubiese sido atrapado, pero sobre todo era uno muy valiente, jamás emitió maullido alguno. La concurrencia esperando la orden de Emanuel. Él con una tranquilidad pasmosa jugueteando con la navaja roja, enseñándomela. El mondadientes ausente. La hoja principal abierta. El caos a la orden suya. El gato escapando de las manos, huyendo por el tejado, sin emitir un sólo maullido. ¡Cómplice!. El mareo y la obnubilación en mi cabeza. Las manos, cuatro o cinco pares sujetándome brazos y piernas. Las rodillas de alguien apretando mi pecho, otros pares de manos sujetando mi cabeza. Mis gritos, aullidos desaforados. ¡Angustiosos! De pánico. Emanuel y la magia de la navaja suiza, los gritos ordenando. Después el silencio y la oscuridad. La penumbra. Las lamidas en mi mano de algún compasivo gato. Gritos de hombres, exclamaciones de dolor de mi madre. El coraje en los exabruptos de mi padre. Correrías y saltos, golpes de desvencijadas hojas de las ventanas, puertas tiradas a mazo puro.

V    

Si preguntan en el pueblo por mi nombre Oscar Antonio, jamás me conocen. Pero si preguntan por el tuerto, enseguida les darán razones. Con el tiempo se apaciguaron las pesadillas y los temores. Me construí un pequeño patrimonio con las buenas hechuras de mi padre, pero sobre todo por las exigencias y amarraduras de mi madre. En aquellas épocas pocas cosas podían hacerse, a lo más que opté, una vez cicatrizadas mis heridas, fue conformarme con un parche de piel fina, por fortuna solamente se perdió uno de mis fanales. El otro, opaco y como fuera me permitió seguir mirando para adelante.
Emanuel y tres o cuatro más fueron refundidos en una correccional de menores, tenían entre doce y trece años cuando aquello y estarían allí, unos pocos años y después serían liberados. Así eran y así son las leyes. Papá tenía el respeto del barrio y del pueblo, se movía entre los comerciantes y la gente que manejaba los dineros. Él se encargaba de llevarles sus libretas de cuentas y todas esas cosas que para ellos eran importantes. Silencioso como siempre, como toda su vida, una de esas mañanas y después de haberse ausentado unos días del pueblo, llegó con un periodiquito del día previo, aventándolo y señalándole a mi madre.

¡Motín en la correccional de menores!

Y allí decían que justo unos días previos a ser liberados, había habido una revuelta y pleitos entre pandillas. Los cuatro sujetos del pueblo habían recibido sendos piquetes en el tórax, los cuatro sujetos del pueblo, habían fallecido. Los cuatro sujetos del pueblo, los únicos muertos. Eso decía el pequeño periodiquito que, por cierto, esa misma tarde comenzó a venderse como pan caliente entre toda la población.

VI                      
      
Mamá se empeñó siempre que pudo prohibiéndome salir con aquel niño, con Emanuel.
-que sea la última vez que te veo con él. Decía. No te va traer nada bueno. Agregaba en tono serio.
-pero ma, es divertido. Y además es nuestro vecino. Respondía yo
-¡es un niño malcriado y travieso! acotaba mamá. ¡Un vago! Gritaba luego.
De todos modos en aquella época, salía y me divertía de lo lindo, hasta que descubrí por mí mismo que, no sólo era malcriado y travieso, si no que era un grandísimo hijo de la chingada.

-¡Un hijo de su reputísima madre! Me repito en esta soledad de viejo, casi ciego.


© 2017 By Oscar Mtz. Molina