viernes, 21 de abril de 2017

El primer beso y cien años de soledad

Libertad azul. Cuadro de Lau Mendoza. Óleo sobre lienzo

No es que tenga muy buena memoria de mi aspecto físico, de cuando rondaba los doce o trece años de mi vida, sino que algunas veces me he dado a la tarea de verme en fotografías. Flaco, desgarbado y larguirucho de piernas, narizón y escurrido del culo, como si al pasar por allí hubiera dejado olvidadas las nalgas. De lo que si tengo memoria es de mi ansiedad por pasar desapercibido a su mirada, jamás me hubiera podido imaginar que, por alguna casualidad, rozara por su cabeza la idea de fijarse en mí. Yo, y al igual que yo una docena de amigos llegábamos a la secundaria después de haber juntado nuestras vidas durante los seis años de la primaria. Al tercer día la voz corría ya desesperada en los pasillos, -la niña nueva-. Blanca o pálida, con el cabello lacio y castaño cayendo como cascada de aguas cristalinas hasta la espalda. Recuerdo perfectamente el color café de sus zapatos y el vestido con un amplio vuelo en la falda. Los delgados brazos y los tiernos ojos, pero sobre todas esas cualidades y delicias, la voz, que aun en estas horas resuena nítida en mis oídos.

-Clara Cisneros- dijo

Poniéndose de pie y presentándose ante la concurrencia. Rumor entre los varones y cuchicheos entre las niñas.

-¡Qué pesadita!- murmuraba Martha Alicia justo detrás mío.

Yo, de plano girado en mi pupitre repasando aquel rostro de nariz respingada y labios frescos, escudriñando en aquella mirada de grandes ojos negros y recorriendo con los ojos desde los hombros hasta la punta de los dedos.
Clara Cisneros aterrizó una mañana plena de calor infernal que la traía directamente de la capital con toda su familia. Se encontró con el cielo más azul que pudo haber imaginado. Se encontró también con un suelo polvoriento y un aire que, de tan ralo, apenas osaba dispararle los cabellos. Casi la misma tarde que conocí a Clara, mi padre llegó con la noticia de que teníamos nuevo jefe de telégrafos. 
Tuvieron que pasar casi dos semanas de aquel primer encuentro para que pudiera por fin hablar con ella. Diez y media de la mañana. Hora del descanso. ¿qué más podía haber para nosotros en esos escasos veinte minutos? “La cascarita futbolera” claro esta. Gritos y gritos desesperados. Zapatazos a diestra y siniestra. Balones que rozaban las cabezas de las niñas, o que se estrellaban sin cuartel en las espaldas o en las paredes. El silbato que daba fin no solamente al partido sino también al descanso.

-Son unos guarros asquerosos- dijo Clara.

Mirándome fijamente a los ojos, al verse empujada entre cinco o seis sujetos empapados de sudor que, jadeando, se daban prisa por ocupar sus asientos. Yo no tuve más que permanecer callado, después, ofrecí una disculpa casi en silencio. Esa primera conversación terminó entre los olores del sudor que corría por mis brazos, y por el cuello, y por la espalda, tampoco me atreví a mirarla el resto de la mañana. A pesar de mis buenas dotes de portero al día siguiente argumenté una torcedura del tobillo; ante la insistencia, agregué también una de la muñeca izquierda. Esta vez no hubo cruce de palabras, aun así, hice todo lo posible por pasar junto a ella con la espalda y las axilas de mi camisa completamente secas. Dos semanas sin tocar un balón en la escuela es tarea harto difícil para alguien que, a los doce o trece años, sueña con llegar a ser algún día Enrique Borja o Pelé.  Las falseaduras del tobillo y de la muñeca izquierda no me lo permitían, insistí. El silencio también se había hecho crónico, más de una vez, muchísimas más, me había descubierto viéndola. Los amigos me sentían ajeno, la amistad de Pedro comprometida. Y como no estarlo, si en bola nos había confesado que Clara Cisneros casi seguramente seria su novia. Con tristeza y recelo veía como ella celebraba las bromas y los inventos de aquel galán. Para ahondar aún más mi desgracia pude ver una buena mañana que, ya sin ninguna dificultad, se asomaba a mirar los partidos de fútbol y más aún que sólo exclamaba airada cuando el tropel de jugadores hacía acto de presencia en torno a ella. Fuera de allí sonreía y celebraba de vez en vez algún gol o alguna atajada.
Después de los calores, o junto con ellos, hicieron su aparición las lluvias. Los partidos de fútbol menguaron y en contraparte, el amontonamiento en los pasillos y el murmullo subiendo cada vez más de tono. Comencé también en aquella temporada a usar los anteojos y claro esta la retahíla de apodos por obra y gracia de Pedro.
La segunda conversación formalmente dirigida a mi llegó en aquella época de lluvias, amontonamiento, apodos y espejuelos. Estaba refugiado al fondo de la biblioteca de la escuela disfrutando en soledad un vicio que había cogido desde pequeño, y del que sólo algunos pocos tenían noticias. La lectura. Incluso lo de las gafas había quien culpara aquel vicio como parte del problema.

-No se te ven mal- dijo, al mismo tiempo que sonreía.
-Las gafas- apuntó después.

Yo aprecié en aquellas palabras algún cumplido y lo único que se me ocurrió fue dar las gracias.
Recuerdo muy bien que después, cerrando aquel libro le mostré el titulo: "Cien años de soledad", y con la naturalidad de haber leído tantas veces en voz alta a la abuela, o a mi madre, o al viento para que se llevara mis palabras a donde quisiera, sonreí y continué mi lectura justo donde la había interrumpido.

-Voy a hablar con la niña- le dijo- y vas a ver como te la sirvo en bandeja…

En la promesa espontánea de Pilar Ternera a Aureliano Buendía. No hubo después un sólo descanso en el que no corriéramos despavoridos al refugio de aquella biblioteca, ni en el que ansiosos y cómplices buscásemos aquel libro. Alguno de los dos sin importar el turno empezaba la lectura, dos o tres páginas, casi un murmullo. Ambos además leyendo al mismo tiempo las líneas, como queriendo comprobar que la lectura correspondiese efectivamente al texto, o como si quisiéramos en aquella cercanía dar validez a nuestras palabras. Había mucho fuego en aquella lectura, demasiada magia y demasiado encantamiento. Había también mucho fuego en aquella cercanía. ¿Cómo no echar a volar la imaginación ante aquel mundo de fantasía de Úrsula y Melquíades? ¿Ante aquella irrealidad del General Aureliano Buendía? ¿Ante aquel sueño y aquella pesadilla del Mauricio Babilonia, de Mercedes, de Remedios Moscote y Pilar Ternera, impúber y puta?. Había también sonrojos por nuestra parte, y a falta de una educación sexual formal, teníamos que imaginar lo que hacía el General Buendía, y lo que pasaba por la mente de José Arcadio, y el porqué de los obsequios de Pietro Crespi, y las angustias de Meme. Y porqué ansiaba más que seguir leyendo, sentir la respiración de Clara y el sonido de su voz. Y su brazo rozando mi brazo. Y su cuerpo pegado junto al mío en aquella soledad y en aquel silencio en la que dos almas vivían como si solamente fuera una sola.
Cuatro o cinco semanas después corría en boca de todos. Desde el primero hasta el ultimo en la escuela, sabía ya que Clara era mi novia ¡todos! excepto yo.

“Pilar Ternera murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso…"

Así comienza el ultimo capitulo de Cien años de soledad.
Para aquellos momentos el rumor había rebasado ya los muros de la escuela y se extendía, no solamente al circulo cercano de amigos, si no que era ya noticia de reuniones familiares, corrillos en el parque del barrio, y me atrevo a decir que de veladas de sociedad y fiestas del pueblo. No dudaría, si ese fuera el caso, que hubiese aparecido por allí anunciado en los periódicos. Una de aquellas mañanas interrumpí mi lectura y quedé en silencio. Me armé del poco valor que aún tenía, y le pregunté, buscando la luz de sus  ojos.

-¿Es cierto lo del rumor?
-¿Ese que dice que eres mi novia? Dije

Despegó también la mirada del texto. Volteó a verme. Sonreía.
Había cambiado tanto, y descubrí en sus ojos un extrañísimo brillo que la hacia verse ya no como la niña del primer día, sino como la mujer más hermosa que jamás hubiera visto. Había crecido con Mercedes y Amaranta, con la Meme, con Pilar Ternera, con Úrsula, con Rebeca, con Remedios, y con todas aquellas mujeres que hicieron de un infierno, un mundo de sueños, y que habían por sobre todas las cosas, en el lapso de cien años, sobrevivido a sus varones.

- Es cierto. Dijo entonces Clara Cisneros. Y sosteniendo mi cara entre sus manos me dio aquel primer beso en los labios.

Desde la pequeña biblioteca de aquella escuela, una brillante explosión de luz, dio paso a la salida de primero miles, y enseguida millones de mariposas amarillas que aleteando jubilosas,  invadían incesantemente pasillos, salones y patios. Jardines, mercados y plazas. El pueblo entero con sus campos y colindancias.


© 2007 By Oscar Mtz. Molina

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