jueves, 2 de marzo de 2017

El vestido rojo de crepe poliéster y la chalina de organza

Mujer recostada, con vestido rojo. Imagen tomada de Internet


I

-El escote no me va, Martita. Por más que quiero no me va. Si, ya sé que la tela está preciosa, y la caída, y el modelo, pero mírame, demasiado provocativa.
¡Hijo! gritó mi tía Martha, hermana de mi padre, córrele y apaga la jarra, que se tira el agua. Y entonces tuve que verme obligado a pasar por el cuarto donde la señora Olga estaba midiéndose el vestido, encargado de México, a mi tía.
-Doña Olga sonrió mientras iba caminando por el cuarto con la cabeza agachada, mirando el piso.
-A ver, dijo dirigiéndose a mí y mostrándose coqueta. Modelando el vestido.
-¿cómo se me ve?
Detuve mi andar y levanté la mirada.
El vestido era de crepe poliéster, color rojo. Largo hasta los tobillos. Y en efecto, un escote mayúsculo en V que, sin duda alguna, dibujaba perfectamente la redondez y la firmeza de los senos.
-se le ve precioso, dije. Y seguí caminando hacía la cocina.
-Hasta un niño de doce años reconoce la belleza, dijo la tía Martha.
-Olguita, y además no necesita ningún arreglo. Ahora ponte la chalina. Dijo mi tía.
Cuando volví a pasar por aquella habitación, doña Olga se acomodaba una chalina de organza estampada, hacia atrás y de esa manera cubría la desnudez en su pecho. La chalina era aperlada.
-¿mejor? preguntó volviéndose hacia mí y de nuevo posando para que yo la viera.
De algún modo, mis ojos buscaron con toda intención justo el escote, ahora disimulado apenas por la chalina.
-se le ve precioso. Volví a repetir y salí de prisa para seguir atendiendo la tienda.

II

La tienda de la tía Martha era de las pocas en el pueblo donde las señoras podían surtir su ropa. Era una tienda que había corrido con los años al paso del pueblo. Surtida de telas acorrientadas y telas finas. Opalina, crepe, organza, poliéster. Con pena tengo que decir también que, además de telas, allí se podían comprar calcetines y trusas y brasieres y pantaletas. Bueno y todo lo necesario para la confección de vestidos y bordados. Hilos, hilazas y botones. Encajes. Alguna mercancía ya definida y repetida, otras, exclusivas por encargo. Como los vestidos y ropa de moda.
Además de la venta por encargo la tía jugaba siempre al negocio redondo. Traía la ropa de la ciudad de México, las clientas se lo probaban; si les gustaba y lo compraban les hacia los arreglos necesarios a cuenta de la tía. Si no les quedaban o no les convencían los vestidos, habitualmente terminaban con la propuesta de que mejor ella se los hiciera, tomando algunos detalles del modelo. Y desde luego comprándole a la tía la tela. En esos casos había un buen pago extra por la hechura. Y además terminaba acomodando el vestido con alguna otra clienta. El asunto era concluir siempre el negocio con una clienta bien atendida y con un dinero bien ganado. La tienda estaba en el centro, en la calle principal. Era un ir y venir de gente. A cual más ansiosa por llevar algo. El tío Arturo atendía por la mañana. Yo llegaba de ayudante al terminar la escuela por las tardes.

III

La recordé todo el resto de la tarde, allí, arrinconado en la tienda. En ese espacio destinado para mí cuando no había clientes; allí, en una pequeña mesita y una silla cuando el sol iba muriendo y la tía Martha me hacía llegar la merienda; el vaso de chocomil helado y las dos piezas de pan, esas que, ella sabía que me gustaban. Una enorme concha y una trenza. La recordé mientras hacía allí, mi tarea y mientras la tía le contaba al tío Arturo, la anécdota del vestido rojo de crepe poliéster y la chalina de organza estampada.
-la verdad, con el vestido se veía bastante provocativa. Dijo la tía, al tío. Pero tu opinión fue certera, dijo después, dirigiéndose a mí, riendo.
-De todos modos es muy hermosa. Remató la tía Martha.
El tío Arturo, no dijo una sola palabra.
La recordé mientras caminaba rumbo a casa y mientras preguntaba mi madre por los tíos al llegar a casa.
La recordé mientras rezaba el Padre nuestro y el ave María, al ir a la cama. Y la vi alta y delgada y blanca. La sonrisa en la cara. El escote en V y los senos firmes y redondos.
La recordé después, cuando salí de Salto de agua a estudiar la preparatoria y justo cuando al terminar la carrera, el director me hacía entrega del diploma. La seguí recordando cada vez que conquistaba una mujer en las correrías de juventud y cada vez que al cerrar los ojos me topaba con el desvelo y el insomnio.  

IV

La señora Olga tenía en ese entonces veinte o veintiún años y estaba recién casada. Su marido se dedicaba a la crianza de ganado cebú y era en aquellos ayeres el presidente de la ganadera. No me acuerdo de su nombre, pero según supe, le decían Chicho. Aquella memorable tarde fue la primera ocasión que vi a la señora Olga. Si antes de eso, pasaba o no pasaba a mi lado, no lo recuerdo ni ahora ni entonces. No lo registró jamás mi cerebro. Difícil entonces, pensar en otro momento y no justo en ese en el que, con el mayor de los desparpajos, volteó hacia a mí, cuando cruzaba por el cuarto, mostrándome el vestido aquel, con el glorioso escote y sobre todo aquellos pechos que despertaron sueños inenarrables. Después de aquella tarde, debo confesar sin más que, los encuentros con ella, jamás fueron casuales, siempre los procuré con el fin tan sólo, de verla. Bien fuera que me enterara de nuevas visitas a la tienda, con el fin de ajustes en los vestidos o de nuevas compras, o desde luego a la cita oportuna a la misa de los domingos, a las que, a partir de aquel día, no volví a reprochar a mi madre. Y gustoso aliñaba mis cabellos y vestía mis mejores, aunque limitadas vestimentas. El instante se me iba en la mirada, en su paso fugaz a la entrada de la iglesia del brazo del marido, en el saludo sencillo a mi madre, en la absoluta ignorancia de mi presencia. Con tristeza veía su figura y sus pasos, alejándose. El corazón a esas edades no entiende de resabios y mujeres posibles, prohibidas, casadas, ajenas. Sin embargo cómo dolían esas tardes en las que, recostado en mi cama, volvían a mi mente sus gestos preguntándome.
 -¿cómo se me ve?
Y yo mismo preguntándome, porqué tenía que habérmelo preguntado.
-Porqué a mí.

V

-Los tíos, dijo mi madre, levantando un poco la voz.
-¿Que cómo están? dijo ahora al haber llamado mi atención.
Bien, respondí sin más
Ella insistió un poco, sobre todo al ir a la cama, en vez de ver un poco la TV.
-¿estás bien?
-andas muy raro. Dijo mi madre.
Cansado, respondí y le di un beso en la mejilla.
Había calor en el pueblo, como lo había habido toda mi vida. Como lo seguiría habiendo el resto de la vida del pueblo. Podía sin más palparse el sofocante calor. Las ventanas abiertas, el sudor en el cuello y las axilas. La sabana ligera que apenas servía para disimular. La pereza con la que corría el poco viento para refrescar. Vueltas y vueltas sobre mi cama. La visión de lo visto aquella tarde. La señora Olga dejo de ser doña Olga, y comenzó a convertirse en Olga, para mí. A la una de la madrugada, mi madre se asomó al cuarto y volvió a preguntar.
-¿Seguro que estas bien?
Y mi respuesta fue igual.
Si, ma, todo bien. Es el calor.
-¿el calor? dijo mamá, si siempre está igual.
Alguna pendejada te traerás tú. Mañana hablamos.

VI

La tía Martha y el tío Arturo me recompensaban aquellas tardes de asistencia a la tienda con dos gestos esplendidos, además de las meriendas de chocomil y pan, cinco revistas nuevecitas, olorosas, impregnando mis manos de fresca tinta, por semana. Superman, la primera de ellas, Kalimán, Tawa, Fantómas, y memín pinguin. Lo otro eran las monedas. Cinco pesos que, llenaban el hueco de mi mano, justo al mediodía del sábado, después de haber concluido mi tarea de acomodar lo acomodable. Para el ahorro, gritaba mi tía cuando alegre, emprendía la retirada. Empanadas de arroz con leche, tortitas de plátano, tacos del caviloso. Funciones del cine. Para el lunes, lo destinado al ahorro había tocado fondo y sin más volvía a comenzar de nuevo de cero.
Pero la maravilla de aquellas tardes no eran ni las revistas, ni las monedas, la merienda sí, un poco. La maravilla era aquella presencia en mi cabeza, sentado allí, reviviéndola. O su presencia real alguna otra tarde, de compras. Verla de reojo abriendo con mi tía los paquetes de encargo. Las nuevas telas para el vestido casual, o algunas prendas íntimas, seguramente brasieres o pantaletas.
-están preciosos, Martita. Exclamaba, en el cuarto de costura.
-que hermosos encajes. Respondía mi tía.
Jamás volví a ser invitado a dar mi opinión respecto a nuevos vestidos modelados. Las cortinas entre la tienda y aquel cuarto se sellaban ante esa visita y ante cualesquiera otra clienta. Me quedaba claro que, la coincidencia de aquel encuentro, había sido en mi vida, uno de esos regalos que se dan una sola vez en la vida.

VII

La secundaria y la preparatoria trajeron para mí nuevos horizontes en la vida, Salto de agua me regalaba en esas épocas, días inolvidables, que comenzaban apenas despuntar el día. A las siete de la mañana tomábamos las primeras clases. A las once hacíamos el primer corte de tiempo y entonces eran las aguas del río Tulijá las encargadas de refrescar nuestras ideas, y refrescar sobre todo nuestras ansias. Las tardes seguían siendo placidas en la tienda de los tíos. Ahora además de atender a los clientes, llevaba algunas cuentas de vendedores a quienes se entregaba mercancía para venta en comunidades indígenas, poblados alejados de aquella cabecera. Aboneros les decía mi tía, aboneros les decían los deudores. Habíamos aprendido a etiquetar cada objeto en venta, desde el más pequeño de los botones, hasta la más fina tela, con una rara simbología entremezclando números y letras, de tal manera que sin consultar a los tíos enfrentaba cada día a los clientes sin hacer ninguna pregunta. El cambio más radical en aquellos días fue que, ahora, en punto de las cinco, acompañaba al tío Arturo en el café, amén de no despreciar en absoluto la merienda. La señora Olga se apareció una de esas tardes preparatorianas, una de esas tardes en las que ya mayor, me quedaba atendiendo la clientela. Buscó y rebuscó botones y encajes, telas varias. Acomodaba sobre el mostrador la tela, contrastaba los encajes. Ahora los botones. Los carretes de hilo. La piel blanca de la cara y las manos. La piel blanca del delgado cuello. La sonrisa que se dibujaba en su rostro. Las estilizadas manos que señalaban hacia uno y otro lado de la tienda. La cintura estrecha. Los muslos torneados y esplendidos, dibujados en aquellos pantalones. Las nalgas. El ir y venir por aquel espacio. Los hombros redondeados, las clavículas prominentes y armónicas, simétricas, sobresaliendo de aquella delgada blusa de lino blanco y transparente. Los pechos y la visión del vestido de crepe poliéster, color rojo y el escote en V de aquella tarde.
-El escote no me va, Martita
Había dicho Olga.
Y jamás imaginó que, aquel niño de doce años, había vivido con la ilusión de volver a verla en todo su esplendor.
Diecisiete años tenía yo aquella tarde en que sin nadie más de por medio, me toco atenderla, veinticinco años ella.
Justo al despedirse de mí, una vez concluida la compra, se atrevió con una dulzura.
-Nunca me puse el vestido rojo de crepe, mi marido dijo que se veía muy provocativo. Por lo del escote. Lo guardé nuevecito.
Cuando dejó la tienda rompí el mutismo con el que había escuchado la noticia. Ella había marchado y no escuchó las palabras que salieron de mi boca.
-se le veía precioso.

VIII

Olga se divorció tres años después de aquel encuentro. A los veintiocho años de edad. Sin hijos. Eventualmente cruzábamos algún saludo al encontrarnos por las calles del pueblo, o al coincidir en alguna casa. Mis visitas ahora se limitaban a los tiempos de vacaciones. Mis estudios avanzaban en una carrera por llegar a ser alguien, así decía mi madre, y así decía también mi tía Martha. Continué ayudando a los tíos en la tienda. Continué la costumbre de acompañar al tío Arturo en el café de la tarde. De ayudar aportando ideas que dieran enfoques distintos en la mercancía. La merienda seguía siendo de chocomil y panes. El calor en el pueblo, endemoniadamente indescifrable. Mi habitación se llenaba ahora de libros y discos, y fotografías, y sueños. El desvelo de aquellas calurosas noches tomándome ahora en pantaloncillos cortos. La lectura hasta la madrugada. El recuerdo de un escote pronunciado en V, de un vestido de crepe poliéster, de una chalina de organza estampada. De un senos.

IX

La historia de Olga después del divorcio, es una de esas historias enigmáticas veladas por un manto de incertidumbre y misterio. Lo que pasaba en esa vida nunca fue del dominio público. Rumores, los había al por mayor. Se apuntaban y se borraban galanes imaginarios e hipótesis incalificables. Viajes escondidos para dar rienda suelta a instintos reprimidos durante meses o años. El ir y venir de disparatados dichos.
-Si vieras que hermosa está. Me dijo la tía Martha. Una de esas tardes en las que la búsqueda de una brisa fresca, nos hacía sentarnos en el quicio de la puerta, allí en la tienda. Ahora ya, exclusivamente de visita. Mi trabajo me obligaba en los últimos años, a pasar solamente un pocos días en el pueblo. Había cumplido ya los treinta años.
-¿te acuerdas de aquel vestido rojo y aquel escote, y aquella respuesta tuya cuando te preguntó cómo se le veía? Preguntó mi tía.
-si vieras que no me acuerdo, tía. Respondí a bote pronto.
-sí, es que estabas muy pequeño. Dijo mi tía Martha.  Tenías como nueve años. Agregó enseguida en tono de certeza.
-Doce. Pensé dentro de mí y decidí justo en ese momento que debía cambiar el recuerdo y la historia.

X

En el asunto de las sumas y las restas, la vida te empareja. A mis doce años, Olga tenía veinte. Yo era apenas un niño, y ella estaba casada. La inocencia que mostró al pedir mi opinión en torno de aquel vestido, era sólo comparada a la inocencia de mi respuesta.
- se le ve precioso. Había yo dicho en aquel momento. Y por cierto lo volví a repetir entre vuelta y vuelta.
Esta tarde Olga está sentada en la sala de su casa. Tomamos café y platicamos de los rumbos del pueblo, y de sus añoranzas. Estamos solos, porque salvo la asistencia de criadas por la mañana, ella así ha decidido sus tardes. Tiene treinta y ocho años. La suma de su vida y de mi vida corriendo en paralelo. Como dijera la tía Martha, es hermosa. Hay una viveza en su mirada, y una viveza también mientras conversa. Ese sonido esplendido que tienen las palabras saliendo de su boca, el movimiento de sus labios. Las blancas y delgadas manos dibujando estelas en el aire. Los gestos y la sonrisa. La delgada y esbelta línea de su cuerpo. Los hombros redondeados, las clavículas simétricas. Las piernas torneadas y bellas.
Llegó por que tenía que llegar. Llegó porque yo estaba allí para que llegase. Y porque ella estaba allí, esperando también por ese momento.
-¿Y el vestido rojo de crepe? Pregunté en algún resquicio de aquella tarde.
Y entonces Olga, en vez de responderme, se levantó decidida, caminó hasta su habitación, tardó en volver a aparecer algunos minutos que parecieron eternos.
Aquella visión me remontó de nuevo a la ruptura de mi infancia.
Olga modeló por segunda ocasión para mí. El vestido de crepe poliéster se amoldaba justo a su cuerpo. Cada curva de sus caderas enmarcadas maravillosamente. La estrechez de su cintura, y la redondez de los glúteos. La línea de los muslos. El espléndido y prolongado escote en V, mostraba ahora, como lo había hecho antes, la firmeza y la belleza de los senos.
El vestido rojo de crepe poliéster, había, después de dieciocho años, cerrado el circulo.

XI

Cuarenta años de nuestras vidas, a partir de aquella tarde en la que Olga, modeló de nuevo aquel vestido, los vivimos juntos. Salto de agua siguió enredado en nuestra piel a pesar que las cosas fueron cambiando. El tiempo así lo quiso y como es ley de la vida, mis padres y mis tíos se despidieron en oportunos momentos. La tienda se traspasó primero y se vendió después. Las visitas al pueblo se fueron espaciando. La vida se encargó de llevarnos a Olga y a mí, a nuevos derroteros. Recorrimos el mundo como dos vagabundos y como dos enamorados eternos. La inocencia de aquella primera vez en mi vida, y de descubrirla con el vestido rojo, persiguió cada instante de mi juventud.

Acudí por última vez al pueblo porque así había sido su voluntad. Porque debía cumplir cada detalle de lo que Olga me había pedido. Acudí en la soledad de quién con su partida, lo ha perdido todo. Esparcí las cenizas de mi mujer para que las aguas del Tulijá se encargaran de llevar aquel espíritu a las riberas. Extendí después, tal y como ella lo pidiera, al centro de aquel río, desde una barcaza, la chalina de organza estampada, y el vestido de crepe poliéster. En la lejanía aún pude ver el destello rojo del vestido dando tumbos y piruetas entre las aguas.


© 2014 by Oscar Mtz. Molina

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