sábado, 21 de enero de 2017

¡Mejor olvida!

Autorretrato. Cd de México, 2016 

-Escribe desde la memoria. Me dijo el profesor.
Mientras daba una fuerte aspirada a su puro. Hizo un mutis. Exhaló el humo.
-¿Desde la memoria? Pregunté
-Sí, sólo desde allí. Respondió él.

Cayó la noche y un manto de neblina se cernió sobre la Ciudad de México. Camino en solitario por calles del centro histórico. El ulular lejano de una sirena acompaña el ruidoso taconeo de mis pasos. Tomo la oscura calle de República del Salvador hasta la pequeña plaza Primo Verdad. Hago un alto; a no más de un par de metros de mí, tirados en el piso, tres o cuatro sujetos. Malvivientes borrachos o drogados. Cruzo a la acera de enfrente y camino pegado al templo de Jesús Nazareno hasta llegar a la calzada de Pino Suárez, allí giro a la derecha. El anuncio de emergencias del hospital de Jesús, con luces azuladas y la cruz celeste. Desemboco a la calle de Mesones y sigo andando sobre Pino Suárez, llego a la calle de Regina y comienzo a caminar por ella. Lúgubres quicios de puertas de madera y aldabones de hierro, enrejados portones. Dos, tres, cuatro cuadras. Mi vista a diestra y siniestra. El maullido de un gato, ladridos aislados de perros al sentir mi presencia. La opaca conversación de veladores en algún negocio de comercio, papelerías con enormes bodegas. Una camioneta de carga, descargando mercancía a esa hora. El saludo casual. La mirada esquiva. El frío y la húmeda neblina. Las calles de Correo Mayor y la de Las cruces, quedaron atrás. La novena calle de Jesús María, y al cruzarla a nada estoy de trompicar con otro solitario transeúnte. Me llevo ágil la mano a la cintura. El frío del metal de la pistola traspasa la delgada piel de mis guantes. Sigo caminando sobre Regina. Calle Misioneros se llamará enseguida. Altos edificios repletos de ventanales. Alguna aislada luz escapando por las rendijas. ¡Murmullos de las almas! Almas quietas. El armónico ritmo de mis pasos. En la acera izquierda, casa Ibarra. Y la memoria me hace un guiño. Allí también una pequeña camioneta descargando paquetes de mercancías. Justo frente a ellos, el portón que me da la bienvenida. Abro y con suavidad empujo apenas para dar cabida a mi entrada. Suave, emparejo de nuevo y cierro desde dentro. Subo por una avejentada escalera de metal hasta el tercer nivel del viejo edificio. La oscuridad del largo pasillo, que he recorrido durante los últimos doce años de mi vida. Al fondo el cobijo, mis aposentos, el cuarto desarreglado en el que vivo. La pequeña parrilla eléctrica. La sarteneta con residuos de comida. ¡Migas! Totopos resquebrajados y fritos, revueltos con huevos. Al lado, un pequeño recipiente de plástico con frijoles refritos. La cafetera eternamente encendida y eternamente también con el café listo. Me sirvo una taza, aspiro. Saboreo el amargo regusto. Jalo una silla. Cojo un libro. Prendo la radio de onda corta, la estación establecida tiempo atrás. El blues y las leyendas, justo la mágica harmónica de Little Walter. El olor del aceite de las migas calentándose.

Repentinamente me vino la idea absurda de que me hallaba al lado de un cadáver…

Justo leo el párrafo del cuento la casa sin fronteras de José Agustín, que dejé pendiente esta mañana, y a partir de este me sigo en la lectura. Sorbo mi café, con la mano izquierda agarro migas del sartén y las llevo a la boca. Concluyo el cuento, la cosa me ha tomado quince o veinte minutos. El desmadre de mi mesa. Libros apilados y cuadernos de notas. Rayones, bosquejos de dibujos. La caja de puros, la tijera para despuntarlos, mi único lujo. La computadora dando luz. El documento de Word en el que he estado escribiendo. En la radio Bo Carter, quién ha estado aquí (¿Who's Been Here?), escribo enseguida. ¡De repente! Me vino el deseo inmenso de meterle un tiro en la cabeza… y justo en ese momento recuerdo la pistola en la cintura, el bulto que incomoda. La retiro y la coloco sobre la mesa. Me inquieta un poco verla. La cubro con algunos papeles sueltos. Despunto el puro y lo llevo a mi boca, tomo el encendedor y comienzo la tarea de encenderlo. Aspiro profundo, cierro los ojos. Exhalo el humo. La historia girando y girando ansiosa. El tecleo incesante, el puro en los labios, alternándose con los sorbos del café. Los dibujos, los rayones. Las notas, los postits adheridos en cualquier sitio de la mesa. La ceniza del puro equilibrándose en la punta. La mezcla de olores, tabaco y café, humedad en mi cuarto. La peste en mis axilas. ¡Macho cabrío! ¡Lobo de estepa!

-Escribes basura. Dijo el profesor esta mañana. Tienes que hacerlo desde la memoria. Desde la precisa descripción de las cosas, de las calles, de las vivencias. De los ojos que amaste un día. De lo que perdiste en una borrachera. En el delirio de verte abandonado y echado al olvido. En el amor y el odio de la mujer que se perdió en la voz de otro hombre, y se enredó en otras promesas.

Pinche profesor, sabía perfecto de mi mujer y su abandono. Del engaño con mi primo y con sus promesas.

-Dejemos esas cosas. Le dije una y otra vez al viejo. Mientras escudriñaba en mi mirada. Sonriendo.

-¡Provócate! Había dicho. Mientras daba una buena chupada al puro.

-¡Provócate, y déjate de pendejadas! Y clarito vi la risa burlona en su cara.

María Inés y mi primo me engañaron literalmente desde el primer día de nuestra boda. La cama y las sábanas aún estaban tibias de nuestra primera noche, cuando ellos se encargaron otra vez de calentarlas. Es mejor dejarlo de ese tanto. Salir de casa y poner tierra de por medio. Que la vergüenza sea de esa puta, y no tuya. La vida es para vivirla hijo, no para pasarse echando lágrimas y penas. ¡Mejor olvida!
Y jamás he vuelto a poner un pie en el pueblo, en mi casa. Si claro, ha sido la misma pistola. Y ha sido también el mismo dolor de madrugada. Y las mismas lágrimas y la misma pena.

-La memoria, decía el profesor. Y la misma cantaleta.
-A tus historias les falta esa vibración que da la vida. Esa sensación de dolor. Esa nostalgia. Ese sentido de saber que pudo haber pasado. La verosimilitud en una narrativa.
Y el profesor se paseaba de lado a lado, tratando de despertar esa memoria.
-El proceso de la escritura, y no tan sólo la técnica. Siempre rematando con esta aseveración de mierda.
-Concebir la idea, organizarla, planificarla, considerar la situación comunicativa. Los objetivos. Las notas, los postits. ¡Técnica! ¡Técnica! Gritaba el profesor. ¿Y la memoria, y el recuerdo, y la sangre viva?

Se quedaron en el pueblo, en la casa. A María Inés le pegue el tiro en la cabeza, después que vio cómo acababa mi primo entre las sabanas. ¡Sangre viva derramada! Y después sobre todo, de haber implorado mi perdón, para que no le pasara lo mismo. Echó sus lágrimas mientras arrodillada se prendió abrazada de mis piernas. Y después de esa noche, a tres meses de mi boda, entonces si no volví a poner un pie en mi casa y en el pueblo. Y de eso hacía ya treinta y cuatro años.

El profesor y sus vueltas. Y su puro. Y su mirada.
-¿Cómo puede un hombre hacerse humo? Y justo exhaló una enorme voluta de humo desde la boca.
-Puede -respondí-. Sobre todo si se prestan las circunstancias -agregué, con una leve mueca de mis labios, como si fuera una sonrisa.

En septiembre de mil novecientos ochenta y cinco, la Ciudad de México se vino abajo con el terremoto. Uno deambulaba por las calles como si estuviera muerto. Caía la tarde y el silencio y la penumbra lo embargaban a uno. Las casas y los edificios que, uno había visto en pie, eran enormes montículos de escombros. Unos y otros ayudábamos en el buen hacer. Auxiliando y recuperando cuerpos. Limpiando calles, levantando muros. Historias de dolor y llanto. Historias de sobrevivencias inexplicables. Vivales de toda calaña por supuesto. El profesor ansioso por conocer lo que había pasado.
Le conté entonces. El hombre era de aspecto decente. Alto y delgado. Se asomó una tarde por calles del centro, allí entre las ruinas del Regis. Se integró a cuadrillas de rescate. Tratando de pasar desapercibido. Cuarenta años o algo por allí. Esculcó los bolsillos de uno de los cadáveres. Cruzaron nuestras miradas.

-No es nada malo. Dijo. Tan sólo un pequeño cambio. Y tomó la licencia de manejo de aquel individuo muerto. Remplazándola con la suya. Aquella tarde fumamos brevemente un cigarrillo.
-Que todos piensen que he muerto -dijo-, seguro lo harán saber a mi familia -y con una pasmosa tranquilidad se levantó después, y jamás volví a verlo.
-En esos días aciagos, profesor, resultó muy fácil pasarse del lado de los muertos.

-¿Cómo puede un hombre, entonces, hacerse una conciencia de humo?
-Puede. Dije de nuevo, enfrentándolo.

 Esta tarde y después de haber conocido mi secreto, el profesor cambió ligeramente el tono.
-Escribe desde la memoria, pero sin dejar a un lado la técnica. Me dijo el profesor. Tus cuentos están muy bien armados, aprecio en ellos un gran trabajo de argumentación, de planteamiento de objetivos. Un proceso narrativo seguramente respaldado en anotaciones y búsqueda de información. ¡Tus cuentos vibran! A leguas se ve que vuelcas en ellos ese sentimiento escondido en el fondo de tu alma.

María Inés y su ruego mientras, hincada, pedía mi perdón, y mi primo en el silencio de un sueño del que nunca despertó. La voz sincera de mi padre. Que la vergüenza sea de esa puta, y no tuya. ¡Mejor olvida!

La escritura es técnica, es un proceso complejo de crear fantasías. Provócate y déjate de pendejadas. Escribes basura. La memoria y la tarea de ir describiéndolo todo.
Cayó la noche y un manto de neblina se cernió sobre la ciudad de México. Camino en solitario por calles del centro histórico. El ulular lejano de una sirena acompaña el ruidoso taconeo de mis pasos. Tomo la oscura calle de república del Salvador hasta la pequeña plaza Primo Verdad. Hago un alto; a no más de un par de metros de mí, tirados en el piso, tres o cuatro sujetos. Malvivientes borrachos o drogados. Cruzo a la acera de enfrente y camino pegado al templo de Jesús Nazareno hasta llegar a la calzada de Pino Suárez, allí giro a la derecha…

Y voy tecleando cada detalle que he vivido en el trayecto de la casa del profesor, en el vecindario de República del Salvador, hasta mi cuarto.

¡De repente! Me vino el deseo inmenso de meterle un tiro en la cabeza!

Habíamos empezado la charla aquella, con la frase del profesor. Provócate y déjate de pendejadas. Y la risa burlona en su rostro. Mientras le contaba lo de María Inés y mi primo, se fue desencajando en una seriedad nerviosa. ¡Sangre viva derramada! Y sus ojos querían salirse de las órbitas. Provócate, había dicho y por fin lograba despertar en mi alma demonios escondidos. María Inés y el coraje de haberla amado con todas mis ansias. María Inés y todo el resto de mi vida en la soledad y en el anonimato. María Inés y la vida de un hombre sin conciencia, de un hombre con una identidad desconocida. María Inés y la historia de un hombre que desapareció entre los muertos del hotel Regis.
El profesor sabía aquella historia, la técnica había dicho. ¡Los detalles! Cada uno desde la memoria. Cuidadoso dejó el puro sobre el cenicero de su mesa de trabajo. El libro que revisábamos. La escritura como proceso cognitivo. Por nada se desprenden las cenizas de la punta del puro, así de intranquilo se notaba, así de temblorosa su mano. ¿Café? Preguntó con una voz que denotaba ansiedad. Miedo. La frente con un hilillo de sudor. La literatura es ficción. La escritura si bien es cierto que requiere del sentir de quien escribe, no necesariamente parte de una vivencia. 
-Profesor, la historia de María Inés y mi vida no necesariamente tiene que ser contada.
Fue cuando saqué la pistola que, por alguna razón, siempre portaba escondida en el cinto.                   
  
¡De repente! Me vino el deseo inmenso de meterle un tiro en la cabeza!

El profesor cayó primero sobre sus rodillas, el disparo había sido a muy corta distancia. El sonido seco y opaco calibre .22. Mantuvo unos brevísimos segundos los ojos abiertos, con la vista fija en mí. Después alcancé a ver que cerraba los ojos, mientras caía suavemente sobre su costado derecho. La cabeza hizo un extraño sonido al golpear secamente contra el piso. Un delgado hilillo de sangre empezó a manar del orificio por el que entró la bala. Permanecí con los brazos colgando a los lados. En mi mano derecha la pistola. Alcancé a ver que la ceniza del puro aún se mantenía equilibrándose en la punta.    
Volví a casa, comí las sobras de las migas recalentadas. Tomé café caliente. En la radio, The Wolf Is at Your Door, de Chester Arthur Burnett. Habrá que ir buscando un nuevo sitio para comenzar el asunto de la escritura. Técnica, sin memoria. Talleres de textos. Criticas compartidas. Habrá que, también, buscarse una nueva identidad y un nuevo perfil. Y empiezo con la tarea de destruir los papeles que, hasta ahora, me identifican. Y esperar alguna explosión, alguna matazón, algún terremoto, inundaciones, desgracias imprevistas.   


2017 By Oscar Mtz. Molina   

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