lunes, 7 de noviembre de 2016

Síndrome de Atención Dispersa (confesiones)

Autorretrato, Tijuana Mex. Octubre, 2016



Dr. Oscar Antonio Martínez Molina
Médico Cirujano Ortopedista
Escritor


“Alvarito, mi profesor de literatura en la preparatoria en Mérida Yucatán, descubrió un día que yo no solamente tenía bien metido el hábito de la lectura, en particular de la poesía y la narrativa, sino que sobre todo, mi lectura en voz alta era amen de fluida, muy bien modulada. Pasa al frente, dijo un día, y  después de ese día, durante toda la lectura de la Ilíada de Homero, asumí los papeles de Aquiles, Hector, Paris. Era el año de 1975. Esa hora de clases de literatura era razón para que el salón estuviese lleno a reventar. La química Lupita Piña, también maestra de la prepa, no se perdía una sola de las representaciones. Ella escuchaba muy atenta cada frase salida de mis labios, y yo ponía el mayor énfasis al saberla al frente de la concurrencia, con los ojos azules puestos en mi persona”.



¡La tarea no ha sido nada fácil, créanme!
Desde que tengo conciencia de mi mundo interno, mi día a día ha sido una charla constante conmigo mismo.
Bicho raro. Aislado. Distinto.

¡Solitario! Antisocial.

Etiquetas de un mundo que, simple y sencillamente no entiende que mi cabeza gira y camina de otro modo, nada más.
Aprendí desde muy joven que, los caminos que te da la vida, no tienen que ser necesariamente comunes a todo el mundo. La soledad se hizo mi amiga desde temprana época, una amistad total y absolutamente disfrutable. Esta conversación con alguien dentro de mí, ha sido mi mayor descubrimiento. Una especie de amigo insustituible. Horas y horas de constante cavilar, de crear mundos, de construir historias. Mi gran descubrimiento, la lectura, y saber que otros como yo, habían sabido salir adelante. Mi gran aliada, la escritura, y comencé desde muy joven ha dejarlo todo en apuntes.
La tarea no ha sido nada fácil, repito. He tenido que aprender a vivir una doble vida; la una muy similar a los cartabones, al estatus quo que nos rige. La otra, de libertad dentro de mi mente. Aprendí de mis amigos ha comportarme en un mundo que exigía, extroversión y buen talante. Y de la familia, padres, hermanos, sobrinos, a compartir una conducta de moral y de sociabilización aceptables. Mi mente caminaba a ritmo propio, creando, leyendo, aprendiendo con una insaciable forma de devorarlo todo. Aprendí de todos ellos que, la burla puede ser amable, y que puesta de un modo sutilmente constructiva puede ser totalmente útil. Jamás encontré en estas burlas, la malicia de hacer un daño, o al menos encontré la manera inteligente de neutralizar dichos efectos.
Mi mujer y mis hijos, un reto afrontado en una plena madurez, o al menos eso creía. El haber atrasado el momento fue una decisión que ahora a la distancia, me pareció de lo más oportuno. La responsabilidad de formar una familia, recayendo en un ente solitario, en un personaje que ha vivido siempre su mundo interno, su historia paralela, era labor por lo menos, harto incierta.
Las historias que hemos vivido juntos. La paciencia de mi mujer a toda prueba. Haberse echado a cuestas la vivencia de los hijos, y mis extrañas distracciones. Apenas recién he desnudado mi alma, ante ella. Y con nuestros hijos, ahora ya adultos, hemos aprendido a reírnos de mis distracciones, de mis constantes ausencias, de mis errores de tacto. Nos hemos reído y sobre todo, nos hemos hecho cómplices de ellas. Aprendí a vivir dentro de mis mapas mentales y ellos han sido parte fundamental para que, estos mapas, vayan corriendo en mi vida haciéndola más sencilla. Poco a poco y quizás, con un dejo de molestia, mi mujer entendió que la casa, con todas sus necesidades era sólo un asunto de ella.

“puedes cambiar el tornillo de plástico que se le rompió a la tapa de la taza del W.C, me dijo un día, distrayéndome de mi lectura, o de mi música, o de mi escritura, o de mi conversación interna. Me asomé al baño y lo primero que hice fue hacer un diagnostico del daño, debo aclarar que no tenía ningún mapa mental para dicho diagnostico, jamás antes en mi vida me había enfrentado a un problema de esa índole. Mi primer intento fue con unas pinzas que, por lo ancho de la tuerca, no conseguí abrazar. Mi mujer y los niños observando. Mi objetivo concreto, era aflojar una tuerca, y entonces tomé un desarmador y un martillo para percutir sobre la tuerca y lograr aflojarla.
– si golpeas allí, se puede romper la taza, dijo mi mujer premonitoriamente. Mejor no lo hagas. Agregó.
En ese momento ella ignoraba que, mi atención, estaba alejada de sus palabras a varias millas de distancia. Y que se concentraba solamente en lograr mi objetivo. Aflojar esa tuerca a como diera lugar. Percutí un par de veces y logré aflojar el tornillo de plástico, ufano desatornille y mostré a mi mujer y a mis hijos el tornillo con su tuerca. Cierto, la taza había presentado una leve fractura. Leve dije. Mientras otra vez, hacía un nuevo diagnostico de la situación de fisura. Obvio, sin mapa mental. Ignoro si mi mujer o mis hijos decían algo, mi atención estaba puesta en este nuevo momento. ¡Mi decisión hecha! Resuelto llevé mi mano a la manija para soltar el agua desde el depósito. Nuevamente mi mujer y su letanía.
-No le bajes al agua.
Pero mi nuevo objetivo concreto, era averiguar si había o no roto el W.C.
Y de nuevo, ella ignoraba que mi atención corría por otros lares y en la lejanía.
Le bajé a la palanca del agua, y por supuesto que, pudimos comprobar que la fisura era real, y por lo tanto el agua del depósito se desparramó por todo el baño. Para mis hijos aquel momento ha sido de los más memorables de muchos otros. Y como dije al principio, hemos reído de ellos.
Le ayudamos a mi mujer a recoger el agua, y a limpiar un poco aquel tiradero. Procuré en todo momento, evitar la mirada de frente con ella. Mis hijos se reían un poco y se burlaban del suceso. Yo volví al sitio del que no debí haber salido, mi sillón y mi libro, o mi escritorio y mis cuadernos.
Tres o cuatro horas después, contábamos con una nueva taza de baño, y por supuesto con su respectivo lavabo de manos.
-Para que hagan juego, dijo mi mujer”
Yo asentí, diciéndole que eso habría sido lo correcto desde un principio.

Agradecer a mi mujer y a mis hijos esa paciencia infinita que han tenido conmigo, esa sonrisa que siempre ha estado en sus caras, ese sentimiento de saber que lo toman un poco a la ligera, que no me confrontan en mis desatenciones, que me ayudan burlándonos de ellas, que se convierten en nuestras anécdotas y nuestras historias. Esa desfachatez con la que, extendemos la sobremesa con risas, y en esas noches que se pasan de recuerdo en recuerdo. La historia repetida de llegar a casa y la pregunta directa de mi hija.

-¿Pa, ya notaste el cambio?

Y recorrer en silencio y disimulando que si lo he hecho, las paredes y muebles de sala, el comedor, la recamara. Mi hija riendo. Ir a la cocina y con una sincera atención buscar por cada recoveco. La comunicación con mis ojos. Mi hija a punto de las carcajadas siguiéndome los pasos.
Con una sensibilidad a toda prueba, cómplices mis hijos, mi mujer cuando así lo requiere el tiempo.

-Pa, Mami se cortó el cabello. Me lo dice en un susurro. Y yo le guiño el ojo por su valiosa ayuda.

-hija, te quedó muy bonito el corte de pelo. Le digo a mi mujer, y ella aprecia mi gesto.

-¿En serio te gusta?, me dice mi mujer, mientras ríe con mi hija.

-Si, en serio, te ves muy guapa. Contesto yo, con la alegría de haberla sorprendido.

-Hace tres días que me lo corté. Agrega ella.

…ya no pongo música clásica a todo volumen a las seis de la mañana, los sábados y domingos. Ya no paso horas y horas recostado o sentado en un sofá leyendo libros, dos o tres simultáneos. Ya no busco los desvelos de antaño, que me llevaban a dormir tan sólo cinco o seis horas al día. Ya no descubro las tramas en las películas contándolas a mi mujer y a mis hijos en plena sala del cine, quitándoles el encanto, a menos que el asunto sea muy obvio. Ya no cuestiono cada acto, analizándolo, lo dejo ir de golpe y porrazo. Ya no tomo las dieciocho tazas de café exprés, que acostumbraba. Ya no mantengo mi seriedad y me gesto adusto, con el entrecejo fruncido de la noche a la mañana, me doy ahora, instantes de reposo, algunos breves segundos.  Ya no cargo con papelitos para recordarlo todo, y aquel famoso en la bolsa de mi camisa con la leyenda brutal y certera: “ver todos los otros papelitos” ha quedado en el anecdotario.
Con los años, y sobre todo con los buenos amigos a mi lado, he aprendido que, hablar de deportes en general y de futbol en particular, no es tan malo, a pesar de que siga ignorándolo todo, o casi todo. Que la música, la religión y la filosofía, pueden adaptarse al hombre y a su tiempo, y mi música, puede ser tan buena como las suyas, o mi filosofía tan válida como la del que menos, o como la del que más, y que la religión se profesa desde una rendija del espíritu, y a partir de allí, se vierte por distintos senderos. O no se vierte, y también es valido. Que hacerse una fotografía sonriendo no es tan difícil, aunque para mi siga siéndolo, ¡lo intento! Que a veces la mejor compañía es la soledad y un buen libro, y que otras veces, lo son, las charlas con amigos, y la copa de vino. Y que la presencia de mi mujer y de mis hijos en mi vida, ha sido la mayor libertad que ha tenido mi alma.
Seguramente aquí, mis amigos, mis compañeros de trabajo y particularmente mis pacientes, se harán la pregunta de ¿cómo los he operado?, mis respuestas son los mapas mentales, los objetivos concretos. Cada una de las cirugías las repaso dentro de mi cabeza con lujo de detalle, pero además, lo hago considerando los pormenores y las posibles complicaciones, así como las opciones y alternativas para resolverlas. Nada queda a la deriva. De allí el silencio que me rodea en la sala de quirófanos, a diferencia de otros, cero gritos, cero enojos. Cada decisión con la atención puesta al extremo. De allí también mis cortos tiempos quirúrgicos. Cada procedimiento tiene un tiempo y un ritmo, cada uno de ellos la finalidad de lograr el objetivo. Los mapas mentales se construyen paso a paso. De la A, a la Z. En cada mapa mental vislumbro el objetivo final, y por supuesto los pasos que debo dar para conseguir la meta. Si se bloquea un camino, retomo una nueva ruta que previamente está considerada. Al termino de la cirugía, y mientras mis residentes ponen suturas, me arrincono en algún lugar de la sala, y me siento en un banco de altura. Nuevamente el silencio y la soledad se hermanan en mi cabeza.  
    
Lo observo, lo veo subir y bajar escalones, lo escucho y me veo en él. Lo platico ahora ya con mi mujer. A veces sonríe y levanta los hombros. Discute, lee mucho, silencioso en su paso. A veces explosivo. Irreverente, altanero. Otras callado, y obediente. ¡Contestatario! Aferrado al destino y al éxito. Temeroso brutal al fracaso. Habrá que seguir el paso. Mi hijo es una especie de continuación de esta historia. Habrá que irlo llevando por caminos menos agrestes que los míos.

-Mapas mentales, le digo.

Mi mujer y mi hija se ríen un poco de nosotros. Ambas la han tenido más difícil al tratar de adivinar por donde andamos.

-Pa, eres un caso que no tiene remedio.

Y ella y mi mujer saben ahora, que han sido las partes fundamentales en este remedio. Seguro que ellas si lo saben, yo, solamente lo sospecho.

La historia sigue su juego hija, y al ocaso de mi vida, cuando me veas caminar en silencio, y veas que una mueca que parece sonrisa se asoma a mis labios, tiéndeme tu abrazo y sonríe conmigo como lo has hecho tantas veces, alegrándome. Este viejo amigo que ha caminado a mi lado, y dentro de mi mente desde hace tanto tiempo,  de vez en cuando me cuenta cuentos que solamente yo comprendo. 


Ciudad de México, 7 de noviembre del 2016
© 2016 By Oscar Mtz. Molina 

No hay comentarios: