jueves, 24 de noviembre de 2016

Amor entre soledades VI

Arte efímero. MUAC. Cd. de México, 2015


-¡Escúchame grandísimo cabrón!, exclamó mi padre, mientras yo daba la vuelta, alejándome.
-Pones un pie fuera de esta casa, y no vuelves a vernos. Te olvidas de rentas, dineros y demás cositas que güevoneando todo el día, te hemos estado consintiendo.

Me paré en seco, y giré ciento ochenta grados para verlo de frente. Corpulento, y grueso. El cabello ondulado. Las cejas pegándose en el centro al fruncir el ceño.  La comisura de los labios temblando. Eso le pasaba siempre que estaba muy enojado.

-Pa. Dije con la voz quebrándose entre mis labios.
-Yo a usted le tengo mucho respeto, y no se trata de ganar o perder lo que usted, desde su buen corazón, ha querido darme. Pero la quiero pa, y mucho; como usted no se imagina. Tal vez como usted ha querido a mi madre.

-a tu madre no la metas en esto. Respondió mi padre a botepronto.

-como usted diga, pero le digo que la quiero.

-Pues escoge entre esa muchacha, que no te merece, y lo que en esta casa dejas.

-Pero eso sí, vociferó mi padre. Arqueando aún más las cejas y aumentándole el temblor del labio.

-tu pones un pie fuera de esta casa y sales a buscar a esa mujer y para nosotros habrás muerto.

Así fue como me quedé en casa y aprendí poco a poco a olvidarla. O al menos, a pensar que no hablando de ella, la olvidaba. Me casé al poco tiempo con la hija del compadre de mi papá, y a decir verdad me llené la vida de placeres que salían de los bolsillos de ellos. Tuve hijos con la mujer buena y complaciente que, el destino, había puesto en el camino. Del mismo modo como a ella, le puso mi sino. Crecí en el negocio que compartí con mi padre, y bajo la estricta dirección de sus sentidos. Desde aquella breve rebeldía, jamás volvió a tratarse el asunto de la mujer de mis días de juventud. Adela
Pueblo chico infierno grande. Adela se casó también con algún agente viajero, y de vez en vez se asomaba por el pueblo. Tampoco era cosa de removerle el polvo a los ijares. Pasamos por la vida como se pasa en la resolana de la tarde.
Con la vejez de mi papá, llegó también la muerte de mi madre. Se adelantó en ese viaje, sumisa y sumida en el eterno silencio y el ir y venir de la casa.
La tarde sombría nos apañó a los dos en el quicio de la puerta. Yo con un café, y mi padre con el eterno cigarro en los labios. El gesto adusto y contrito por los años. Las manos temblorosas por el mal del Parkinson. Las arrugas surcando frente y entrecejo. A lo lejos, y cada vez más acercándose, Adela bamboleando las caderas, meciendo entre ellas el aire. El paso enérgico y el taconeo firme. El porte altivo, los pechos de madurez a toda prueba. Pasa justo al centro de la acera. En ningún momento pierde ritmo en el paso, ni en la cadencia. La vemos alejarse de nuestra presencia momentánea. Apreciamos en todo su esplendor desde la retaguardia, glúteos, muslos y piernas.

-¿Adela?, pregunta mi padre. ¿Aquella muchacha verdad?

-Sí, pa, aquella.

-¿Cómo es que no te enredaste con ella, estando tan guapa?, vuelve a inquirir mi papá.

-Cómo que ¿Cómo es que no lo hice? Por usted y sus amenazas de desheredarme y dar por muerto, si ponía un pie fuera de casa.

-Bueno, eso fue lo que me pidió tu madre que te dijera.

-En aquellos ayeres tu mamá tenía un genio de los mil demonios, y yo andaba enrollado en algunos quereres non santos. Entenderás ahora que, lo menos que quería, era contradecirla.

Al decir esto, mi padre apenas dejaba ver una sonrisa.
En la distancia el taconeo de Adela, se perdía.


2015 By Oscar Mtz. Molina

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