lunes, 7 de febrero de 2011

Iguanas gigantes en el D.F. (Angustias y pesadillas)



Jamás imaginé ni en el más loco de mis días aciagos, en este ir y venir por avenidas y calles de la ciudad, que aquella mañana helada y solitaria ―como las más de este febrero también alocado―, y justo al doblar la esquina que me separaba para subir al microbús, me topara de frente con aquella descomunal iguana. Verde, intensamente verde, con ojos abultados, inquietos y vivaces y la lengua rosada que torpemente se movía de adentro hacia afuera.
El microbús me dejo plantado allí mismo, como si nada.
La calle desierta por la helada.
Lenta, subiendo la angustia por pies y piernas engarrotadas.
La iguana caminando directamente hacia mí.
Detuve bruscamente mis pasos. Me quedé parado. Inmóvil, paralizado.
Movió con lentitud una pata delantera balanceándose sobre el otro costado, manteniéndose en esta posición algunos segundos.
Una iguana gigante, ni duda cabía. Las tenía perfectamente identificadas en mi mente. Las había visto más de una vez asumiendo este andar lento y perezoso.
Repitió el movimiento, adelantando esta vez la otra pata delantera y de nuevo el balanceo hacia el otro costado.
Descomunal en su aspecto. La mirada desde hacía ya buen tiempo, atenta a mi cuerpo.
Por mi mente la idea vaga de salir corriendo, pero de nuevo, la imagen en mi memoria recordando la manera en que éstas bestezuelas se yerguen sobre sus cuatro patas, y cómo ágilmente despliegan velocidades nada despreciables, dando la apariencia de flotar, de apenas tocar la tierra.
Y aquí estamos pues, solos esta mañana de invierno en la ciudad de México; yo inmóvil, absolutamente quieto, la gigantesca iguana con la mirada fija en mi, con ese bamboleo lento de su cuerpo acercándose sigilosamente, olfateando y oteando con la lengua.
La maldita bestia lo tiene claro, he visto hacerlo antes por el Discovery Channel; cuando esté a una distancia prudente combinará tres acciones distintas, pero a un solo tiempo: uno, abrirá enormemente la boca, dos, proyectará enérgicamente su lengua rosada y pegajosa, y tres, se lanzará violentamente sobre mí, impulsándose con las patas de adelante.
A mí no me quedará otra cosa que tratar de hacerme un ovillo facilitándole mi deglución, y sobre todo, evitándome con ello un sufrimiento innecesario.

3 comentarios:

josé manuel ortiz soto dijo...

Oscar, una ciudad tan inmensa como esta, nos da para ésta y más sorpresas. Me gustó la tensión que mantiene la historia de principio a fin.

Saludos.

sendero dijo...

Ufff cólega haces que tu prosa nos ponga a sudar. excelente y un abrazo rub

Patricia dijo...

He leído con muchísimo gusto tu cuento Oscar. Coincido con Sendero, excelente.